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DE DIOSES Y HOMBRES - Sin pecado concebida

21/02/2011 12:48 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

He ido a ver De dioses y hombres por la única motivación del parecido de su foto de portada con El gran silencio (Groening, 2006), mira por dónde. Y dicho equívoco, en absoluto inocente sino intencionado y sibilino para reeditar aquella milagrosa afluencia de público a una película de tres horas y cinco minutos en bendito silencio monacal me ha llevado a constatar que el único parecido entre ambas películas es, en efecto, la casulla de los monjes. De dioses y hombres es simplemente un documento pastoral, una homilía ejemplarizante de testimonio martirial enfundada en estética y formas de nouvelle vague, para despistar. O sea, eso que nos llevan contando toda la vida y que te cuentan en el cole de curas, que te cuentan en misa y que te cuentan en una mani por la Libertad de Es-pa-ña o por la Libertad de Las Familias (sospecho qué familias son esas).

Pues eso. Unos monjes muy buenos se aprestan a exponerse a ser sacrificados por la violencia islamista en su monasterio del Atlas marroquí (¿!). Dios es un personaje más que como en el deus ex machina que inventaron los griegos (lo inventaron todo por cierto) participa en la trama y endereza las muy humanos flaquezas, temores y dudas de algunos de los frailes a los que se ve invocando a gritos a su patrón en su celda nocturna (momentos de mucho miedo).

Quizás la cúspide del sonrojo y la desvergüenza de este artefacto travestido de cine artístico del que desconozco su oscura motivación (me refiero a la guita, a quién paga todo esto que diría Pla) es cuando los habitantes musulmanes del pueblo les piden ¡a los monjes franceses del Atlas! que no se vayan, que sin ellos no son nada (sic.). Desde las ilustraciones colonialistas inglesas de negritos del siglo XIX no creo que haya ningún documento tan explícito para explicarle al personal por qué tenemos que estar en esos lugares donde los retrasadillos de los indios, los moros y los negros nos necesitan, porque no se valen y porque hay que educarlos (aunque de paso, quizás, recojan té o se encuentren algunos diamantes mientras reptan en una mina, ya sabes...) Quiero decir que es muy raro todo esto en el 2011 año de cifra ya casi cibernética en el que hay quien se implanta orejas en la espalda por chulear. Y que no me cabe en la cabeza que alguien vea en este panfletillo dominical estrictamente ceñido a las pautas canónicas del documento pastoral algo (lo que sea) de verdad, de sinceridad, de humanidad, de relato verosímil, o sea, de cine, de arte. La diferencia entre esto y El gran silencio, tratándose ambas de monjes en sendos monasterios, es toda, o sea, el retrato indeciblemente bello (vean una fotografía y otra) del silencio (ni más ni menos) y de una manifestación tan transcultural como el recogimiento, la introspección y puede que el éxtasis. La ensimismación en el suspenso del mundo. El gran silencio es una gozosa experiencia metacinematográfica de la que sales como de un viaje porque has participado de algo tan rompedor y esencial como el silencio, a manos llenas, donde se propone otra vida posible y otro lugar improbable. Una otredad. Cualquier parecido será un milagro.

ARM


Sobre esta noticia

Autor:
Teatroycine (43 noticias)
Fuente:
teatroycine.blogspot.com
Visitas:
3705
Tipo:
Reportaje
Licencia:
Distribución gratuita
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