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Dios y mitología

28/08/2018 15:30 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La tarea de definir qué es un mito no es nada fácil. De hecho, los grandes investigadores discrepan entre sí acerca de su significado

 

 sociológico y de su interpretación. Comienzan por hacer grandes distinciones _entre lo que es un mito, una leyenda, una saga, un cuento popular o una tradición, llegando a unas profundidades psicosociológicas bastante difíciles de entender, que, por otro lado, en nada ayudarían a la mejor comprensión del propósito de este libro.

Por eso, sin dejar de tener en cuenta lo que aquellos autores han dicho sobre las características fundamentales del mito, nosotros nos fijaremos más en la idea general que la gente tiene de los mismos.

Según la acepción más común, un mito es un conjunto de creencias falsas que se refieren a dioses, héroes, o seres imaginarios, ' que, en tiempos pasados, intervinieron positiva o negativamente en las vidas de los hombres.

Estas creencias conllevan ciertos ritos, ceremonias y tradiciones, supuestamente exigidos o sugeridos por este tipo de seres. Los mitos, al tratar de seres extrahumanos —y con frecuencia suprahumanos— que trascienden los límites de las vidas de los mortales, suelen tener un carácter religioso, aunque sus protagonistas no sean, con frecuencia, un modelo de bien obrar, y sus acciones dejen bastante que desear, según los cánones de la moral humana.

Otra característica de los mitos es la complejidad y confusión de las mutuas relaciones entre los diversos dioses y héroes. Cuando éstos son seres humanos glorificados, sus acciones se distorsionan y se exageran enormemente de modo que estén a la altura de las de los seres suprahumanos.

Parte importante de las creencias mitológicas es la relación que los dioses tienen con los mortales, haciendo que éstos cambien sus hábitos de vida o adquieran costumbres y tradiciones nuevas que, con frecuencia, son bastante raras y antinaturales.

Prescindiremos en parte de lo que algunos mitólogos nos dicen acerca de que los mitos, en el fondo, son ideas arquetípicas o modelos que la humanidad debe tratar de imitar, o hacia los cuales debe tender. Sin embargo, sí tendremos en cuenta las características fundamentales que aquéllos les asignan a los mitos, para ver si las mismas están presentes en el cristianismo.

Hay otra corriente de pensamiento en cuanto a los mitos, que sostiene que éstos, lejos de ser una pura fábula irreal, son, por el contrario, una realidad distorsionada, tanto por el paso del tiempo como por la mente del pueblo. Pero en el fondo, tanto mitos como leyendas, proceden de hechos históricos. Estos hechos históricos pueden haber sucedido hace muchos miles de años y ésta es la razón de que hayan llegado hasta nosotros tan deformados y en la actualidad parezcan tan fantásticos y hasta tan absurdos en muchas ocasiones.

Por lo tanto la diferencia fundamental entre la primera y la segunda manera de ver un mito, consiste en la existencia o no existencia de un hecho real que haya dado lugar a la creencia posterior. Sin embargo los dos puntos están de acuerdo en admitir que los hechos, tal como se cuentan en la actualidad, son inadmisibles, o, en otras palabras, no pudieron suceder tal como son narrados ahora.

Los defensores de la irrealidad sostienen que la mente humana crea el mito inconsciente y paulatinamente para ponerse una meta que alcanzar o bien llenar ciertas profundas necesidades anímicas.

Por otro lado, los defensores de la realidad propugnan que la mente humana, alrededor de un hecho remoto y de alguna manera extraordinario, se dedica a fabular, convirtiéndolo igualmente en propósito que conseguir o en motivo que recordar. Pero, real o irreal en sus principios, ambas posiciones sostienen como ya apuntamos que lo que en la actualidad se cuenta y tal como se cuenta, dista mucho de ser objetivo.

Para los propósitos de este libro, ambas posiciones son válidas, si bien el autor se inclina más a pensar que la mayor parte de las leyendas y mitos son hechos reales pero deformados por el paso del tiempo y por los inconscientes deseos del ser humano.

Debido a la gran distorsión con que estos hechos han llegado hasta nosotros, en nuestros días la palabra mito se ha hecho sinónima del adjetivo «falso». Un mito es por lo tanto, en la mente del pueblo, una creencia falsa, no importa su antigüedad, su complejidad doctrinal o todos los ritos misteriosos y venerables de que esté rodeado.

¿Cae el cristianismo dentro de esta definición? Creemos que sí, a pesar de su antigüedad, a pesar de sus millones de fieles en todo el mundo, a pesar de su elaborada teología, y a pesar de los muchos hombres ilustres que a lo largo de los siglos se han declarado cristianos.

He aquí lo que dice Rudolf Bultmann, uno de los teólogos cristianos más eminentes de los últimos tiempos:

«El Nuevo Testamento anuncia a Jesucristo: no sólo su predicación acerca del reino de Dios, sino ante todo su persona, que fue mitologizada desde el mismo inicio del cristianismo. Los especialistas del Nuevo Testamento no están de acuerdo sobre si Jesús se proclamó a sí mismo como el Mesías, ... o sobre si creyó que era el Hijo del Hombre que iba a venir sobre las nubes del cielo. Si así fuera, Jesús se hubiera entendido a sí mismo a la luz de la mitología... Sea como fuera, la primitiva comunidad cristiana lo vio así: como una figura mitológica.

Esperaba que volviese, como el Hijo del Hombre, sobre las nubes del cielo, para traer la salvación o la condena, en su calidad de juez del mundo. También consideraba a su persona a la luz de la mitología, cuando decía que había sido concebido por el Espíritu Santo y había nacido de una virgen; y ello resulta aún más evidente en las comunidades cristianas helenísticas, donde se le consideró como el Hijo de Dios en un sentido metafisico, como un gran ser celeste y preexistente que se hizo hombre por nuestra salvación y tomó sobre sí el sufrimiento, incluso el sufrimiento de la cruz. Tales concepciones son manifiestamente mitológicas, puesto que se hallaban difundidas en las mitologías de judíos y gentiles y después fueron transferidas a la persona histórica de Jesús.

En particular, la concepción del Hijo de Dios preexistente, que desciende al mundo en forma humana para redimir a la humanidad, forma parte de la doctrina gnóstica de la redención y nadie vacila en llamar mitología a esta doctrina...

Para el hombre de nuestro tiempo, la concepción mitológica del mundo, las representaciones de una escatología, de un redentor y de una redención, están ya superadas y carecen de valor». («Jesucristo y Mitología». Edic. Ariel. Barcelona).

Pero a pesar de esto, Bultmann sigue siendo cristiano. Porque piensa que «hay algo más profundo que permanece oculto bajo el velo de la mitología cristiana». Y a eso más profundo, es a lo que él quiere llegar a través de su método:

«A este método de interpretación del Nuevo Testamento, que trata de redescubrir su significado más profundo, oculto tras las concepciones mitológicas, yo lo llamo desmitologización. No se propone eliminar los enunciados mitológicos, sino interpretarlos».

Más sobre

Ésta es nuestra gran diferencia con Bultmann, un teólogo inteligente y sincero, que no encubre la evidente realidad de las formas míticas del dogma cristiano como hacen otros. Nosotros, en cambio, no queremos interpretar la mitología cristiana de una manera diferente a como se interpretan las otras mitologías. Puesto que es igual a ellas, habrá que interpretarla de una manera semejante.

Para nosotros el judeocristianismo es una mitología más, basada en la aparición, hace unos 4.000 años, de un misterioso personaje llamado Yahvé, que se manifestó repetidamente al pueblo hebreo, de ordinario en una especie de nube; y basada también en la existencia real de otro extraordinario personaje llamado Jesús. Las apariciones del primero, y las enseñanzas y actuaciones del segundo, han llegado a nosotros muy deformadas, pero no son susceptibles de una interpretación diferente a la que se le da a las demás mitologías.

Es notable el contraste del pensamiento crítico con que los seguidores del judeocristianismo se enfrentan a los otros grandes mitos-religiones, y la ceguera que manifiestan cuando se enfrentan a los evidentes rasgos míticos de su propia religión. E igual que les sucede a los seguidores del judeocristianismo, les sucede a los seguidores de las otras religiones. Ello es una prueba de que los mitos tienen unas raíces muy profundas en el ser humano, que van más allá de su racionalidad y que tienen que ver con sus genes, con el desconocido funcionamiento de su cerebro y de su mente, con el inconsciente colectivo, y quién sabe si hasta con vidas anteriores, o con la existencia de espíritus en torno a nosotros, que sin que caigamos en la cuenta, teledirigen la existencia humana. Es cierto que la ciencia no admite esto; pero también es cierto que aunque la ciencia sabe mucho de cosas materiales, de todo lo referente al espíritu y al más allá, no sabe nada.

En las páginas que vienen, trataremos de probar que el judeocristianismo no es ninguna excepción entre los grandes mitos que a lo largo de los milenios han ido brotando en la humanidad.

 

Los mitos desde el punto de vista cristiano

Al hablar de mitos y mitologías hay que tener muy en cuenta el punto de vista o las creencias del que habla de ellas. Para el que ha sido educado en una cultura y con unas tradiciones, fruto precisamente de esos mitos, todos loa personajes mitológicos y sus hazañas son básicamente reales. En cambio, para el que las estudia fríamente desde afuera, muchos siglos después de que las culturas inspiradas por esos mitos hayan dejado de existir, sin que las creencias mitológicas hayan tenido nada que ver con la propia formación, tales relatos heroicos y leyendas carecen por completo de sentido

Para un sincero cristiano, Júpiter por ejemplo, con todas sus liviandades olímpicas y extraolímpicas, y Osiris con sus incestos, son puras supercherías, fruto de la mente fecunda de los autores antiguos.

Y sin embargo, ese sincero cristiano —incluso con títulos universitarios— oye con devoción los sabios rebuznos de la burra de Balaam porque ve que su amada Biblia (¡la palabra de Dios!) así se lo dice expresamente en el libro de los Números.

Es cierto que hoy los escrituristas tienen muchas maneras de explicar racionalmente toda esta facundia asnal, o cualquier otro de los muchos hechos peregrinos que nos encontramos en la Biblia. Hoy día el sector más avanzado del cristianismo dista mucho de leer la Biblia al pie de la letra y ha dejado muy atrás los años en que se veía el dedo de Dios en cada verbo, en cada adjetivo y en cada coma de los «libros sagrados».

(Aunque en contraste con esta postura inteligente, hay que decir que en el seno de protestantismo hay una ola creciente de fundamentalismo irracional y fanático que todavía sigue tragando sin masticar toda la mitología bíblica como si hubiese sido dictada al pie de la letra, por el mismo Dios en persona).

Los teólogos y escrituristas inteligentes dentro del cristianismo, aquéllos a quienes el hecho de haber mamado conjuntamente la leche y la fe no les ha privado de la capacidad de la autocrítica ni de la visión panorámica, defienden muy bien sus creencias y dogmas distinguiendo entre las diversas «verdades de fe». Hay hechos ante los que un cristiano no puede dejar de creer, so pena de ser hereje; y hay hechos y creencias dentro de la propia religión que pueden aceptarse o no, sin que ello afecte para nada a la ortodoxia y al «status» del individuo dentro de su Iglesia.

Por ejemplo, las apariciones de Lourdes y Fátima, por muy oficialmente aceptadas que hayan sido por Roma, pueden ser o no aceptadas por el simple fiel, sin que esto lo haga reo del infierno.

Pero esta misma capacidad de crítica la vemos en los pueblos antiguos con relación a sus mitologías. Según nos dicen los mitólogos, los pueblos antiguos sabían distinguir en sus creencias, entre las «historias verdaderas» y las «historias falsas».

Transcribo a R. Pettazzoni en «Essays of the History of Religión»:

«Los indios pawnee (en Norteamérica) hacen una distinción entre las "historias verdaderas" y las "historias falsas" y colocan entre las historias verdaderas en primer lugar, todas aquellas que tratan de los orígenes del mundo; sus protagonistas son seres divinos, sobrenaturales, celestes o astrales. A continuación vienen los cuentos que narran las aventuras maravillosas del héroe nacional... que los liberó de monstruos, del hambre o de otras calamidades o que

llevó a cabo otras aventuras nobles y beneficiosas. Vienen por último las historias que se relacionan con los curanderos, y explican cómo tal o cual mago adquirió sus poderes sobrehumanos o cómo nació tal asociación de chamanes. Las historias "falsas" son aquellas que cuentan las aventuras, en modo alguno edificantes, del coyote. En una palabra, en las historias "verdaderas" nos hallamos frente a lo sagrado o lo sobrenatural; en las "falsas", por el contrario, ante un contenido profano...»

Como podemos ver, los pueblos antiguos también conocían de exégesis y sabían distinguir el trigo de la paja en sus creencias. Ojalá muchas de las autoridades eclesiásticas que la Iglesia cristiana ha padecido a lo largo de los siglos, hubiesen tenido el mismo sentido común que los antiguos.

He aquí cómo la autoridad de Mircea Elíade corrobora lo que leíamos en párrafos anteriores de Pettazzoni:

«La distinción hecha por los indígenas entre "historias verdaderas" e "historias falsas" es significativa. Las dos categorías de narraciones presentan "historias", es decir relatan una serie de acontecimientos que tuvieron lugar en un pasado lejano y fabuloso. A pesar de que los personajes de los mitos son, en general, dioses y seres sobrenaturales, y los de los cuentos, héroes o animales maravillosos, todos estos personajes tienen en común esto: no pertenecen al mundo cotidiano. Y sin embargo los indígenas se dieron cuenta de que se trataba de historias radicalmente diferentes».

A los que hemos sido educados en el seno del cristianismo, nuestros dogmas nos han parecido por años cosa bastante lógica, mientras que a otros que oyeron hablar por primera vez de ellos cuando ya habían llegado a la adultez, les suenan a algo sin sentido e inadmisible. Conozco personalmente el caso de un profesor universitario japonés, que con gran entusiasmo estudiaba el cristianismo con ánimo de hacerse cristiano. Un buen día lo noté preocupado y cuando le pregunté qué le inquietaba me dijo: «Todo en el cristianismo me fascina. Pero eso de que Dios se haga comestible en un pedazo de pan es algo que me da mucho que pensar y que, por otra parte, se me parece demasiado a ciertos mitos de otras religiones». El buen profesor japonés, no sé si por ésta o por otras razones, nunca llegó a «convertirse».

Para un musulmán, la reencarnación hinduista1 o la transubs-

1 Usaremos el término hinduisia-hinduismo de uso más común actualmente, prescindiendo del vocablo indoista-indoísmo utilizado por ilustres autores del siglo pasado.

Tanciación católica son puro mito. Para un budista el Dios personal cristiano es puro mito. Para un cristiano enfervorizado en su fe, Crishna, Quetzalcoatl o Zoroastro, verdaderos Cristos en sus respectivas religiones, apenas si tuvieron existencia real.

Cada loco con su tema. La Tierra es un planeta poblado de mitómanos que no quieren oír hablar de los mitos de los demás y que están dispuestos a romperse la cabeza en cualquier momento por defender su propio mito. Y eso es ni más ni menos, lo que hemos estado haciendo repetidamente a lo largo de la historia: guerrear por nuestras míticas religiones.

¿No habrá llegado ya el momento de comenzar a sospechar cada uno de su propio mito, viendo la firmeza y la seguridad con qué otros

—vistas desde otro punto de vista— son falsas? ¿Por qué cada uno se empeña en decir que lo que él piensa es la realidad, mientras que lo que los demás creen, es mito? ¿Han caído en la cuenta los cristianos de que el número de personas que en este planeta cree en mitos, es en la actualidad y ha sido siempre, enormemente superior al número de personas que acepta las doctrinas cristianas? ¿Qué hace el Dios cristiano que permite que siglo tras siglo, la mayor parte de la humanidad siga en el error? ¿Es que no le interesa su «salvación»? ¿Para qué vino entonces el Hijo de Dios a la Tierra? ¿No hay una gran contradicción entre esta indiferencia, y el hecho terrible de haber permitido la muerte de su Hijo, para que la humanidad entera creyera y se salvara? ¿No será la explicación de esta contradicción, que nuestras sagradas creencias cristianas son tan míticas como las de las demás religiones?

Más adelante volveremos sobre estas inquietantes preguntas que ahora dejo flotando en la mente del lector.


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