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La gran diferencia entre URSS vs ALEMANIA vs ESTADOS UNIDOS

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04/08/2019 09:42 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Aunque las condiciones eran duras, los prisioneros de guerra alemanes en la URSS estaban en unas condiciones mucho mejores que los soviéticos cautivos por el Tercer Reich

La Alemania nazi echó mano de una serie de diferentes aliados, estados satélite y voluntarios de diferentes lugares de Europa para implementar el plan Barbarrosa, es decir, la invasión de la URSS. De modo que no es extraño que entre los prisioneros de guerra de la URSS hubiera decenas de nacionalidades: alemanes, italianos, rumanos, húngaros, fineses, croatas, suecos...

En la URSS no se hablaba públicamente sobre los prisioneros de guerra alemanes. Incluso hoy se debate acerca del número total de cautivos alemanes y del Eje. Las cifras varían entre los 2, 3 a los 3, 4 millones.

Se construyeron más de 300 campos en los territorios cercanos a la URSS para encerrar a los prisioneros. No eran de gran tamaño, en cada uno de ellos había desde cientos a varios miles. Hubo campos que estuvieron activos solamente durante meses mientras que otros lo estuvieron años

Los prisioneros alemanes se utilizaban para labores de tala, para la construcción de casas, puentes y presas así como demás trabajos. Viacheslav Mólotov, ministro de Exteriores de la URSS, declaró en una ocasión que ningún alemán volvería a casa hasta que Stalingrado fuera reconstruido.

El trabajo de los prisioneros alemanes en la URSS estaba lejos de la esclavitud. Tenían jornadas de ocho horas y se les pagaba, aunque no mucho. Los que superasen sus cuotas recibían un bonus que podían colocar en una cuenta bancaria. Algunos prisioneros compraron todas las joyas de las tiendas locales antes de volver a casa.

Los prisioneros de los países del Eje eran tratados mejor que los alemanes. Tenían algunos privilegios, como trabajar en las cocinas. Por eso muchos alemanes intentaban esconder su verdadera identidad y distanciarse de “la nación de los agresores”

Los prisioneros no siempre tenían un buen comportamiento. En ocasiones huían de la cárcel. Entre 1942 y 1948 más de 11.000 prisioneros trataron de huir, pero solo lo consiguió el 3%.

Hubo incluso algunos disturbios. En enero de 1945, los prisioneros de un campo cerca de Minsk protestaron por la mala alimentación. Hicieron barricadas en los barracones y tomaron como rehenes a varios guardias. Cuando fracasó el intento de negociación, avanzó sobre ellos la artillería soviética. Murieron más de 100 personas.

La repatriación de los prisioneros de guerra comenzó poco después del final del conflicto. En 1946 se enviaron a sus países a los enfermemos y a los discapacitados. Entre 1946 y 1955 se repatriaron alrededor de dos millones de personas. La última amnistía tuvo lugar en 1955, tras la visita del canciller de la República Federal Alemana, Konrad Adenauer, a la URSS

Según los datos disponibles, casi el 15% de los prisioneros de guerra de los países del Eje murieron durante su cautiverio en la URSS. La mayoría de las muertes se produjeron durante los años de guerra, cuando había una severa falta de comida, ropas y alojamiento. Sin embargo, el número es bajo si lo comparamos con la proporción de prisioneros de guerra soviéticos que murieron en Alemania (58%).

TRATADO ALEMAN A LOS PRISIONEROS DE GUERRA (Alimentación, falta de comida y agua)

En Auschwitz, al igual que en el resto de campos de concentración y exterminio nazis alemanes, el hambre era crónica y omnipresente, siendo el principal motivo del descenso de la esperanza de vida hasta las pocas semanas o meses.

Y es que, aunque oficialmente existía un menú equilibrado para los presos, en realidad, poco tenía este que ver con la comida que se distribuía en la cantina de Auschwitz.

La ración diaria de alimento consistía en un tazón de una amarga bebida parecida al café como desayuno, un plato de sopa aguada a partir de verduras podridas o carne a mediodía y un mendrugo de pan con una pequeña ración de margarina antes de dormir.

Aunque en ocasiones era aún menor. Y es que, del mismo modo que aquellos que se encontraban al final de la cola de reparto a menudo no recibían alimento alguno, los miembros de la SS castigaban arbitrariamente a los presos privándoles de la alimentación.

Tras unas semanas en el campo ingiriendo esta ínfima cantidad de calorías y aquejados por diarreas, fuertes dolores abdominales y el consiguiente deterioro anímico, muchos prisioneros morían desfallecidos.

El hambre consumía primero la grasa, después los músculos y por último el alma de los prisioneros. fotografía tomada en el campo nazi alemán de Mauthausen. Cortesía de National Archives and Records Administration

TRATADO A PRISIONEROS 2 GUERRA MUNDIAL

dibujo realizado por David Olère, polaco judío superviviente de Auschwitz. © Ghetto Fighters’ House Museum.

«Los médicos nazis arrancaban la carne a los niños y se la hacían comer a otros presos»

 

Josef Mengele

Le llamaban el «Ángel de la muerte», pero ni ese terrorífico apodo es capaz de evocar una milésima parte de toda la maldad que atesoraba en su negro corazón Josef Mengele. Médico de carrera y matarife de vocación, el que es conocido a día de hoy como uno de los seguidores más fanáticos del nazismo no era, allá por la década de los 40, más importante que cualquier galeno de tres al cuarto destinado a un campo de concentración. Sin embargo, sus crueles experimentos humanos en Auschwitz le terminaron granjeando -a la postre- un hueco entre los asesinos más sanguinarios del Tercer Reich.

Inocular tintes azules en ojos de niños para volverles más arios; extirpar (y reimplantar) miembros en menores... La lista de maldades perpetradas por este médico no tiene límite. Pero, para Olivier Guez (autor de la novela histórica « La desaparición de Josef Mengele» (Tusquets Editores, 2018) hay uno que sobresale tristemente por encima del resto. «En una ocasión cogió a un padre y a un hijo, les asesinó, les arrancó la carne del esqueleto y, posteriormente, envió sus restos a un museo de Berlín. Lo más tétrico es que, en los días posteriores, unos obreros polacos se creyeron que aquella carne era su ración del día y se la comieron

Conoce la macabra historia del Doctor Josef Mengele, el ángel de la muerte link de abajo

https://www.tekcrispy.com/2018/12/31/josef-mengele-angel-de-la-muerte/

 

PRISIONEROS ALEMANES EN ESTADOS UNIDOS

Fritz Ritz, los prisioneros alemanes que vivían en Texas mejor que los propios texanos

Cuántas películas y novelas se han hecho sobre los campos de prisioneros alemanes de la Segunda Guerra Mundial! El duro trato inflingido a los soldados y sus inauditos intentos de escapar han sido sobradamente glosados, en obras como La gran evasión, La fuga de Colditz o Traidor en el infierno, entre otras. En cambio, muy pocas veces se ha tratado el caso contrario: el de los soldados alemanes capturados. ¿Cómo era su cautiverio?

El caso es que a medida que fue avanzando el conflicto y decantándose a favor de los aliados, el número de prisioneros fue aumentando progresivamente, alcanzando cifras que empezaron a constituir un problema de logística. Las islas británicas, transformadas en auténtica base militar, ya no eran el lugar idóneo por su cercanía a las líneas enemigas y porque la atención debía centrarse en alimentar y alojar a las tropas propias. Así que, entre 1943 y 1945, más de 400.000 alemanes fueron enviados a Estados Unidos, donde se había creado más de medio millar de campos de prisioneros.

Muchos de ellos terminaron en Texas, por el amplio espacio disponible y el clima cálido; al fin y al cabo, la Convención de Ginebra (1929) establecía que los prisioneros debían ser ubicados en climas similares a aquellos en los que habían sido capturados y buena parte de aquellos alemanes se habían rendido en el norte de África, careciendo de ropa para aguantar frío. Así que Texas acogió el doble de reclusos que otros sitios: 78.000.

Uno de esos sitios, Camp Huntsville, estuvo listo en la primavera de 1943. Tenía 400 edificios repartidos por sus 338 hectáreas y no tardó en ser conocido por los lugareños como Fritz Ritz. ¿Por qué? Porque, al igual que en los demás, tanto las instalaciones como el régimen carcelario eran bastantes cómodos. Los oficiales gozaban de mucho espacio en sus barracones -36 metros cuadrados para cada uno- y el resto de prisioneros podía tomar el sol y jugar al fútbol, disponían de agua caliente y ropa de cama, se les proporcionaba buena comida -cerveza incluida- e incluso podían acceder a estudios universitarios, consiguiendo créditos que serían válidos para universidades de su país al acabar la guerra

La vigilancia tampoco era demasiado rígida; al fin y al cabo una fuga no tenía mucho sentido porque el océano Atlántico les separaba de casa, así que los propios oficiales germanos se encargaban de mantener el orden entre los suyos. Y si, pese a todo, alguien se empeñaba en escapar y era capturado, el castigo se reducía a un mes de encierro. Es más, hay registrados casos de soldados linchados por sus compañeros al intentar introducir de contrabando una emisora de radio.

Paradójicamente, esa laxitud provocaba el aburrimiento de no pocos prisioneros que empezaron a interesarse por el american way of life y aceptaron someterse a una especie de cursos de reeducación, donde les enseñaban conceptos de democracia e historia de Estados Unidos, respeto a otras razas, etc. Se esperaba que al regresar a Alemania encabezaran una nueva generación de ciudadanos que dejaran atrás las ideas nazis.

Por raro que parezca, esa situación no era bien vista por muchos texanos. De hecho, hubo quejas de los habitantes del vecino Huntsville, que no entendían por qué aquellos alemanes casi vivían mejor que ellos mismos, que tenían que sufrir racionamiento y habían perdido a sus familiares y amigos en el frente a manos de aquellos teutones tratados a cuerpo de rey. No obstante, hubo una forma de cambiar esa animadversión: muchos alemanes aceptaron trabajar voluntariamente en Huntsville, bien como enfermeros, bien en el campo (¡a veces recogiendo algodón!). Se identificaban con las siglas PW cosidas a la ropa y ganaban entre 80 centavos y un dólar y medio diario, contribuyendo a levantar la economía local. A veces comían con sus empleadores y, en algunos casos, llegaron a casarse con texanas.

A partir de 1945 se incrementó de forma importante el número de prisioneros, pues se enviaban a Estados Unidos unos 60.000 al mes. Pero el fin de la guerra estaba ya muy cerca y al poco de terminar el gobierno de Truman empezó a devolverlos a Europa. Algunos regresarían poco después y solicitarían la ciudadanía estadounidense, recordando aquel remanso de paz que les había librado de la dureza del combate; otros pusieron los cimientos de la nueva Alemania, formando una generación distinta ideológicamente.

En cuanto a los campos, la mayoría se desmantelaron o reconvirtieron en equipamientos de utilidades diversas. El de Huntsville, por ejemplo, es hoy un verde campo de golf; en cambio, el de Hearne se ha conservado como testimonio histórico, parcialmente restaurado y con visitas guiadas.

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