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Diario del Hombre Invisible

16/11/2010 23:26 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Cuando les comenté a mis amigos que me iba a inscribir en la maestría de Pensamiento Filosófico Latinoamericano, todos me miraron con mucho escepticismo. Era algo sumamente sospechoso. Me formé leyendo literatura europea, en especial, la del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Me consideraba absolutamente eurocentrista, particularmente yo era una especie de mazacote pangermánico. Supongo que aún lo sigo siendo. Estoy casi seguro de que resulta más fácil cambiarse de camisa o de interiores. El problema no era esencialmente que yo fuera lo que fuera. El problema se concentraba en que sentía un particular desprecio por ese discurso tan de nuestros filósofos que se sostiene sobre la base de dos conceptos ontológicos: opresor-oprimido. Me rehusaba a ver al pensamiento europeo, digamos de una vez, al pensamiento occidental, como un monstruo devorador del alma de los buenos salvajes. Ese discurso que terminaba por justificar la miseria de nuestros pueblos. Un discurso victimizador y narcótico al que yo he responsabilizado de la fragilidad de la cultura política latinoamericana.

Vas a sufrir, me dijeron casi al unísono, pero les explicaba que me resultaba muy práctica esa maestría. Me ahorraba mucho tiempo en procesos de inscripción e incluso la posibilidad de que me descontaran por nómina cada semestre me despejaba el espirituoso asuntillo de quedar en blanco cada inicio de curso. Asumía que esa facilidad tendría su costo. Así que me inscribí y, como me aconsejara una vez Rómulo Betancourt –nunca bien llorado político venezolano– me cubrí la nariz.

La confrontación con ese pensamiento no se hizo esperar y nada más el primer día de clase ahí estaba como el dinosaurio. Haciendo gala de toda mi hombría, me aguanté los quebrantos estomacales y culminé con mucho éxito el primer semestre. Si bien el discurso que sostenía al latinoamericano como víctima de la historia no calaba en mí, logré darme cuenta de que el asunto tampoco era una absoluta ficción justificadora. Había razones para pensarlo, es más, de entrada era cierto, pero del Descubrimiento de América hasta el día de hoy, bastante agua había pasado bajo el puente como para seguir sosteniéndonos sobre esa idea. Escribo "sosteniéndonos" para no tener que escribir otra vez "justificándonos".

De esa idea opresor-oprimido se desprende aquello de que si tenemos una filosofía latinoamericana y de si es o no original. De eso he escrito en par de oportunidades. Pensar en que no tenemos filosofía puesto que tomamos muchos registros y códigos europeos me resultaba desquiciado y hasta injusto con quienes tanto le han aportado al corredor de las ideas latinoamericanas, sean pensadores de izquierda o de derecha. Crear una nueva epistemología desde la profundidad del alma americana me parecía tirado de los cabellos, era una exageración. Entendía que desde lo ya creado podríamos definir o redefinir nuestra identidad. Eso era lo que yo pensaba hasta que leí un libro llamado "Intuiciones Ecofemistas" de Ivone Guebara.

En el libro, Guebara, una monja filósofa que se adscribe la tesis del ecofeminismo pero desde la teología de la liberación, plantea también ese cambio epistemológico. El libro me lo recomendó y facilitó el profesor Álvaro Márquez-Fernández para que continuara ahondando en el tema de la mujer. Guebara sostiene que la mujer necesita construir una nueva epistemología desde ella misma. Entiende que el patriarcado montó todo un aparato ideológico lleno de dogmatismos que no permiten que la capacidad cognoscitiva de la mujer galvanice culturalmente. Parte de una idea de Lezek Kolakowsi, quien escribe que el rol de la cultura de la filosofía no cosiste en entregar la verdad sino en construir el espíritu de verdad. "Para nosotras las mujeres, afirma Guebara, la invitación a que movamos las aguas patriarcales en todos los niveles del saber, se impone hoy más que nunca, como una exigencia de justicia hacia nosotras mismas y hacia la humanidad". Si la mujer quiere cambiar su manera de pensar, necesita establecer nuevas y diferentes posturas frente al conocimiento, abrir espacios de pensamiento alternativo, pensar su propio pensamiento en función de aquello que quieren. Esta idea la comprendí y justifiqué. Lo curioso es que, si se quiere, es lo mismo que han venido planteando Dussel y compañía y a lo que yo me he opuesto tan visceralmente; es decir, lo que no entendí desde el oprimido lo entendí desde el opresor.

Esto no significa que he cambiado mi pensamiento en cuanto a la relación entre unos y otros. Si bien he logrado comprender, he logrado visualizar las bases que han sostenido las relaciones entre opresor (europeo/hombre) y oprimido (americano/mujer) insisto en que someternos y someterse a un cambio tan abrupto no es del todo necesario. Negar al otro, sea opresor u oprimido, históricamente nos ha traído más desgracias que beneficios y percibo que al construir esa nueva epistemología pasaremos por la negación del otro. Creo que una alternativa bastante viable, aunque claro está, desde la necesidad de seguir profundizando, sea tomarnos más en serio las ideas que sobre la interculturalidad viene sosteniendo Raúl Fornet-Betancourt; es decir, des-filosofar la filosofía, lo cual no significa negar el aporte del pensamiento europeo, ya que sus reflexiones tienen como base, entre otros, a Marx, Sartre y Lévinas. "Aprender a pensar desde la alteridad, como tanto insiste Álvaro Márquez-Fernández, es sinónimo de aprender a pensar desde una diversidad personal y colectiva, cultural e histórica, en donde la realidad está abierta para la convivencia, pues debe ser necesariamente compartida con otros", pero no un "otro" desde el criterio político de Carl Schmit, más bien como un "sí mismo como otro" de Ricoeur o, si se quiere, un "otro" desde el "nos-otros" de Lévinas.


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bitacoradelabismo.blogspot.com
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