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Diálogos piloteros: la F1 en el vestidor

03/10/2010 10:22 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Era una fría mañana de finales de noviembre, una de esas en las que al salir por la puerta de casa, se siente una bofetada de frío que es particularmente perceptible cuando se tapa uno la cara con una bufanda. Fernando salió temprano del hotel en que estaba alojado en Bilbao, muy temprano, a las siete de la mañana. Ya pasaron los días en que se sentaba plácidamente a desayunar antes de salir de casa, de hecho, ni los recordaba.

Un conductor de la empresa, de cuyo show publicitario iba a participar én Madrid, se bajó precipitadamente del coche, tendiéndole la mano.

- Señor Alonso, es un placer conocerle. Le sigo en todas las carreras.

- Buenos días. Muchas gracias –dijo Fernando, acomodándose la cartera en el bolsillo de su chaqueta–.

Afortunadamente para el meditabundo y somnoliento Fernando, el conductor del vehículo no era demasiado hablador, y no le dirigió la palabra en todo el trayecto hasta el aeropuerto, limitándose a despedirse cortésmente cuando llegaron a la terminal. Fernando salió del coche, seguido por su guardaespaldas, que empezaba a disgustarse y alarmarse cada vez que divisaba en lontananza a más de tres personas. Siguió lo de siempre, un camino lo más recto posible hasta la puerta de embarque, flanquedo por cientos de cabezas que volteaban a mirarle sorprendidas, algún flash, y, acelerando el paso, llegó hasta el control policial.

Una vez dentro del avión, se acomodó en el asiento de clase business y cerró los ojos, aunque bien sabía que no sería capaz de dormirse fuera de su cama. Una voz femenina le interrumpió.

- Perdón ¿me permite?

Mientras abría lentamente los ojos, notó como un fresco perfume, embriagador y seductor, penetraba dentro de él. Pertenecía a una mujer de unos treinta años, bajita, de voluptuosas caderas, que le rozó con el trasero su hombro. Se acomodó en su asiento y sus miradas se cruzaron un instante. La mujer se sonrojó ligeramente y se echó a reír, con una risa deliciosa, de esas que contagian.

- ¿Qué? –dijo Fernando, esbozando una leve sonrisa–.

- En la vida pensé que iba a estar sentada en un avión junto a Fernando Alonso. Cuando se lo diga a mi marido se hartará de reír a mi costa.

Fernando torció ligeramente el gesto cuando oyó nombrar al marido de la mujer, pero se rehizo pronto e interrogó a la joven con la mirada.

- No, lo siento, pero no le puedo dar explicaciones, me moriría de la vergüenza. Encantada de conocerle, me llamo Celosía.

- ¿Celosía? ¿qué nombre es ese? –dijo Fernando sorprendido–.

Celosía se echó a reir de nuevo y se puso en pie. Mientras colocaba su bolso junto a una maleta que había en la parte superior, Fernando notó de nuevo esa fragancia seductora, que le llenó completamente esta vez. "Me está empezando a subir el ritmo cardíaco, me va a volver loco".

- ¿Sabes qué, Fernando? –le dijo Celosía, mientras se volvía a acomodar en su asiento–. Te lo tengo que decir, porque si no, no me lo perdonará por la ocasión perdida, me dirá que no tuve valor ¿te importa que te hable de tú?

- Ni mucho menos, adelante, que ya me tienes intrigado. Permíteme que te tutee yo también.

- Mi piloto favorito es Hamilton, y lo peor es que soy de Asturias, de Arriondas. Creo que soy la única asturiana a la que le gusta Lewis.

Fernando se echó a reír de buena gana, mientras cerraba nuevamente los ojos. "¡Dios, ese perfume!".

- ¿Pero sabes, Fernando, tú y Withmarsh me parecéis los más atractivos?

- ¿Withmarsh? Oye, Celosía ¿y qué es lo que te gusta de Hamilton?

- Uf, no es que sea una entendida, pero a veces es... como muy impredecible, más luchador que...

- ¿Qué yo? –interrumpió Fernando.

- Pues sí, Fernando –dijo sin dudar un instante Celosía–. Tú nunca fuiste ese gran gladiador que muchos piensan, no lo creo, pienso que tu gran virtud y tu gran defecto es que usas demasiado el cerebro y muy poco el corazón.

- ¿Crees que no arriesgo? –preguntó Fernando, al que la conversación le estaba haciendo perder interés en Celosía–.

- Claro, por supuesto, y yo también, subida en este avión, y el frutero que abre su tienda y se expone a que le roben... siceramente, Fernando, me gustaría ver más pasión en ti. Jamás te he visto en televisión sonriendo tan sinceramente como lo estás haciendo ahora.

Una azafata interrumpió la conversación, entregándole a Alonso un folio, en el que garabateó unas palabras y su firma. Se volvió con la esperanza de continuar su conversación, pero Celosía se encontraba haciéndole guiños a un niño que tenía sentado al otro lado. Lewis, siempre Lewis, pensó.

Cuando llegaron a Madrid, de camino de la salida se despidió de Celosía, que amablemente le deseó mucha suerte. Un nuevo hombre de la empresa del show, le asaltó con rapidez y se llevó a ambos, piloto y guardaespaldas a un Lexus mal aparcado, merodeado por varios taxistas que cambiaron su feroz semblante cuando vieron que se acercaba Fernando Alonso. 

El tráfico a esa hora era infernal en Madrid, y como siempre pasa, se invierten treinta minutos para lo que son necesarios solo cinco. Fernando miraba de reojo a los demás conductores que estaban detenidos junto al Lexus. Nadie se fijaba en otro coche, todo el mundo va a lo suyo en estas grandes ciudades. El conductor se empezaba a impacientar, quejándose de que la sede de la empresa estaba a doscientos metros y que llevaban diez minutos parados. 

Finalmente, llegaron a un edificio moderno, gris, con mucho metal y acristalado en su cúpula. Fernando se bajó del coche sin despedirse del grosero conductor que ni los buenos días le dio. Se abrió la puerta del edificio y empezó el bombardeo de flashes. Fernando puso su mejor sonrisa y se acordó de Celosía "¿parecerá ahora sincera mi sonrisa?". Una señora mayor le cogió del brazo y le indicó que le siguiese.

- Vamos muy mal de tiempo, señor Alonso, ha tardado usted mucho.

Fernando comenzó a balbucear una atropellada excusa, pero la señora le interrumpió.

- Tenga, aquí hay dos camisetas, entre en ese cuarto y póngase la que mejor le quede... ¿sabe? A mí no me gusta la F1, pero mi marido es fan de Hamilton... y de usted...

- Su marido sí que entiende, señora –dijo Fernando, un poco cansado de tanta vida social a las nueve de la mañana–.

Cuando entró en la habitación, había una persona que le resultaba familiar, que estaba terminando de acomodarse una camiseta similar a la que le dio a él la señora. Cuando se giró, una sonrisa verdadera iluminó su rostro desde que lo hiciese por última vez ante Celosía.

- ¡Hombre, Pedro! Me alegra verte ¿Tú también en este acto? ¿Cómo estás?

- ¡Fernando! Muy bien. No en Ferrari, pero no me puedo quejar, de hecho, es que no me debo quejar –dijo riéndose–.

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Pedro de la Rosa siempre le cayó bien a Fernando. En todo momento con esa sonrisa en la cara y con su trato afable, además nunca tuvo suerte en la F1, y eso hace que mucha gente le viese como alguien entrañable.

- ¿Qué, hay sitio para un abuelo en la Scuderia o soy demasiado bueno? –dijo Pedro mientras se mesaba los cabellos–.

- Vaya cerdada te hizo Sauber ¿no? Ya podrían haber esperado a que terminase la temporada ¿qué sucedió exactamente para que fichen a un piloto como Heidfeld?

- Oficialmente me dijeron que mis pobres resultados, en comparación con Kamui, les hicieron replantearse el futuro rendimiento mío en el equipo... y no lo vieron claro.

Pedro decía estas palabras con un ligero regusto de amargor que no dejaba entrever en su rostro. Era un profesional en esas lides, capear el temporal y afrontar el huracán con optimismo y una sonrisa.

- Dicen que Felipe se va de Ferrari a Sauber el año que viene...

- Pues claro –interrumpió Fernando–. Felipe no está a gusto en el equipo desde la carrera de China. Se ha comportado razonablemente bien, pero lo de Alemania le dolió mucho. Ya no es el mismo. Ahora hablan de Renault ¡imagínate, Robert y yo en el mismo equipo! Y también de su marcha a Sauber que, sinceramente, lo veo más.

- Fernando, yo tengo patrocinios, no muy grandes, pero aportan ¿no sería genial que yo pudiese hacer de segundo en Ferrari? Creo que puedo aportar mucho... además ¿recuerdas el caso del espionaje?

Ambos rieron de buena gana, pero Fernando fue el primero en rehacerse.

- No estás diciendo ninguna tontería, Pedro. Creo que serías genial para el puesto, y seguro que contigo no habría ningún problema en el equipo. Déjame comentarlo con don Emilio, a ver qué le parece ¿te imaginas, Marc, tú y yo en el mismo equipo? ¡el Ferrari Spanish Team!

De nuevo surgieron las risas, y mientras continuaban ambos bromeando, la mente de Pedro se imaginaba momentos, trabajo, incluso algún triunfo vestido de rojo. Unos vigorosos golpes en la puerta les sacaron de su mundo.

- ¡Señores, tenemos que irnos ya!

Era la voz de la señora que les dio las camisetas, que a juzgar por el tono, empezaba a enojarse, y no parecía una de esas personas a las que es gracioso ver y sufrir enfadadas. Ambos se apuraron y recogiendo sus cosas, iban a salir de la habitación cuando la puerta se abrió, apareciendo aturulladamente un viejo conocido de ambos. Se quedaron sorprendidos, esperando. El recién llegado les saludó en inglés y habló después en perfecto español, dirigiéndose a Pedro de la Rosa.

- Acabo de comprar el Hispania Racing Team y tengo un acuerdo con Volkswagen ¿todavía quieres seguir en la F1? –dijo con picardía, mientras tendía una tarjeta de visita a Pedro, tarjeta en la que aparecía un número de teléfono y las iniciales "JV"–.

Nota: La historia y sucesos aquí relatados son pura ficción, sin más pretensión que entretener al lector.

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Sobre esta noticia

Autor:
Zeptem (399 noticias)
Fuente:
zeptem.com
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Tipo:
Reportaje
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