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Des-territorializar-nos

27/07/2009 10:22 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

¿Es posible desterritorializar nuestra identidad? ¿Es posible hacer abstracción del lugar donde nacimos y a la vez seguir teniendo un vínculo identitario con éste, sin ser estigmatizado por sus características socioculturales? ¿Y el arte? ¿Tiene identidad el arte? ¿Y si la tiene, quién la otorga?

Europa  Press

Hablar de identidad es hablar de etiquetas. La identidad se configura por ellas, por ese conjunto de creencias, ideas, percepciones, opiniones y juicios que nos formamos en torno al ser. Poner o quitar etiquetas, en cualquier campo de acción social, nos conduce a poner de relieve o a minimizar ciertas características esenciales de un individuo frente a otro, en la cual se expresa –explícita o tácitamente– una jerarquía, una diferencia. Pues quien recurre a poner etiquetas identitarias, cualquiera sea su índole y cualquiera sea el fin que conlleve, se autodesigna el poder de nombrar, de definir, valorar o juzgar frente a alguien o a algo que “acepta” ser nombrado, definido, valorado o juzgado. Es una voz activa de autoridad que se ejerce sobre el silencio pasivo del acato. Necesariamente dimensiona una relación de poder, y por ende, de desigualdad. Quien nombra tiene el poder para hacerlo. Quien “acepta” ser nombrado niega su propio poder. En el campo del arte, no es menos compleja ni evidente dicha relación y está imbricada por designaciones tendientes a dotar de significados diferenciadores.

Uno de estos significados está referido al origen geográfico. La obra artística es diferenciada por el lugar geográfico en que se produce, o por el origen de nacimiento de su productor, de tal forma que esta etiqueta permite, ante todo, su ubicación inmediata, su relación de pertenencia a un lugar, lo cual significa su incorporación al mundo catalogado, dividido, ordenado, y es en este orden donde la obra artística reconoce su propia identidad y cobra identidad frente a otra: el arte cubano ante el arte americano, el arte africano ante el arte europeo, etc. Lo que no es catalogado, parecería no existir. Es decir, adolecería de referencias que permitan su ubicación, y dentro de este grupo de referencias, la más inmediata y primitiva es la de un vínculo de pertenencia a un lugar “ubicable”: es un “Pertenezco, luego existo”. Pero ¿quién ordena este pertenecer en el mundo del arte? ¿quién cataloga la obra? ¿con qué criterios? ¿Influye en el valor artístico y comercial de la obra el reconocimiento de pertenencia al lugar donde se generó su creación?

La palabra identidad es una palabra saturada de ideología. No puede des-intercalarse de ella. Existe porque la “ideología” la sostiene, la crea y la re-crea; la hace existir. Vastas son las exploraciones teoréticas sobre el concepto de identidad, así como de su función narrativa y sus paradojas. Identidad, de cualquier modo, tiene que ver con ese ir y venir por lo que “creemos” que somos y por lo que los demás “creen” que somos. Trata entonces de creencias, de consideraciones y suposiciones elaboradas tanto en el ámbito individual como en el colectivo, que al superponerse, imbricarse, traslaparse unas a otras, van creando un sistema de referencias que nos posibilita el reconocimiento de características que nos revelamos como esenciales, es decir, que configuran lo que queremos reconocer como nuestra esencia. Este proceso de reconocimiento y autoreconocimiento permite la comparación, y por ende, la evaluación. En la medida en que reconozco las características “esenciales” del otro, puedo diferenciar las mías, por tanto, puedo reconocerme. Y en la medida en que puedo reconocerme, puedo compararme y evaluar al otro. Un espejo frente a otro espejo, en el que ambos reflejan la imagen de la imagen de la imagen, hasta perder el origen. Aún si distinguiéramos los espejos, ¿cómo saber quien emite la imagen original y quien es el reflejo?

En este camino, el lugar de nacimiento, por sí mismo, dota de una etiqueta, uno es en tanto el lugar donde nace, es decir, lo estigmatizamos por su lugar de origen. Si bien, todo lo que hace la gente en relación a sí misma y en relación a los demás forma parte de su identidad, sólo por nacer en un sitio se adquiere una carga ideológica, antes incluso de ser hombre o mujer, blanco o negro. Tal como se ha configurado geopolíticamente el mundo contemporáneo, léase confederación de estados, uniones estratégicas, tratados y convenios internacionales, así como sus tímidos experimentos liberales –la apertura parcial del mercado laboral– y sus efectos –la migración masiva, el discurso de la identidad abocado al lugar de origen se ha recrudecido en las prácticas sociales cotidianas porque potencializa la diferencia: somos en tanto nos diferenciamos.

En efecto, el discurso de la identidad es un discurso de la diferencia. Se trata de un discurso del yo hacia el “ellos” que trasmina por completo la vida social y que con un dejo de aparente ingenuidad preserva –mediante recovecos lingüísticos, prácticas y actitudes– faltas de equidad. Haber nacido en Ecuador y vivir en España pone en juego el estigma “sudamericano, migrante, pobre”, aunque éste pudiera ser dueño de un bar y se encuentre económica y legalmente estable no tan fácilmente podrá liberarse de las etiquetas de un san papiers, en contraste, por ejemplo, con las de un “español, estable, rico”, que se encuentre en una situación socioeconómica precaria y tenga que ser pensionado con recursos públicos. O pensar en alguien nacido en Guinea Ecuatorial es pensarlo “negro”, pese haber sido una colonia española y haber población blanca no sólo de origen español. Lo mexicano es asociado con lo indígena, aun cuando sólo el diez por ciento de la población de cien millones de habitantes guarde –no sin esfuerzos titánicos– algunos vínculos tradicionales con su origen prehispánico. Un estadounidense nace con el estigma de ser “americano”. Un argentino, “sudaca”. A quien nace en la India, sin más conocimiento que el de su origen natal, lo identificamos por su religión y le decimos hindú. De igual forma, quien nace en la capital política de un país, porta un valor simbólico distinto frente a quien nace en provincia. El lugar de origen también dota de significación en otras dimensiones identitarias que se antojan incluso cómicas, rayan en lo absurdo, pero que han venido funcionando como un recurso más o menos exitoso del estigma popular: nacer en Cuba, se identifica con ser comunista; en Francia, con ser liberal; en New York, cosmopolita; en Utah, mormón. En Texas, rico; en California, hippie, y si tiene apellidos latinos lo identificamos con chicano. Se puede desmadejar una lista tan larga como etiquetas diferenciadoras podamos recuperar de las creencias populares.

El lugar de origen, pues, comprende –a mi juicio– una carga ideológica que define y condiciona los criterios primarios de identidad, independientemente de la pertenencia a un colectivo. Y aunque el significado etimológico de la identidad se inscriba en correlación de lo igual y de lo no distinto, su principal y más recurrida función es la de marcar las diferencias. La identidad geográfica define entonces una pertenencia a un territorio, o mejor, en el sentido de Renan en su concepto de nación, un “sentimiento de pertenencia”. Este sentimiento cuando lo referimos a un otro, pone en tensión el principio de igualdad. Uno es igual a Otro siempre y cuando ambos pertenezcan al mismo lugar, por tanto desaparece la noción de Otro. Es un identificarse con un igual o con uno no distinto de sí mismo, mediante el vínculo territorio. La identidad geográfica se asocia también con ciertas cargas “genéticas” o físicas que funcionan como referentes de igualdad, como el color de la piel: “todos los negros vienen de África” o “todos los blancos son de Europa” o “todos los mexicanos son morenos”. Confecciones sin ninguna validez racional, pero que ordenan de cierta manera el mundo social. De tal manera que cuando queremos diferenciarnos geográficamente de algo o de alguien apelamos a esas cargas o etiquetas, recurrimos a la noción de “entre iguales”, por haber nacido en el mismo territorio, e identificamos como “diferentes” a “ellos”, a quienes nacieron en otro lugar. La palabra que bautiza es la del yo: “es diferente a mí”, y no: “soy diferente a él”. La identidad, pues, se encuentra fatalmente atravesada por una paradoja, una vez más. El reconocimiento del otro, posibilita el reconocimiento de sí mismo. Y por este reconocimiento pasa la identidad de pertenencia a un lugar, juega con las etiquetas de extranjero o paisano, pero sobre todo se basa en la creencia, desde la voz que habla, ­de que lo proveniente de fuera, “lo extraño” no es lo normal, mientras que “lo igual” sí lo es. Y la referencia inmediata para elaborar dicha valoración es el lugar de nacimiento: Dime de dónde eres… y te diré cuánto vales.

La identidad geográfica del arte no siempre da una posición de poder, a diferencia de otro tipo de identidades, porque depende del territorio por el que transita la creación

Las identidades del arte y del artista

Resulta inconsistente, por lo anterior, que el carácter accidental de haber nacido en un lugar u otro, así como su consecuente sentimiento de pertenencia, determine las cualidades artísticas de un autor en su producción cultural. Menos todavía que el lugar de origen del artista signifique el valor comercial de su obra. Cuando nos referimos al arte cubano, por ejemplo, la primera referencia para definirlo es el origen de nacimiento del artista. El artista es cubano porque nació en Cuba; luego entonces, todo lo que él produce como arte –dentro y fuera de ese territorio– es arte cubano. Esto no tendría mayores complejidades si no fuera porque la catalogación de “cubano” comprende externalidades ajenas al valor artístico y comercial de la obra. Su “cubaneidad”, en este caso, es un costo frente a un europeo.

Europa  Press Por ejemplo, el que Picasso haya nacido en Málaga es irrelevante e impertinente para la valoración de su obra. Ésta no ha sido canonizada como “arte malagueño”, no ha sido reconocida por el lugar de origen del artista. Apelando a cierta rigurosidad con referencia a los cánones, tampoco se reconoce como exclusivamente arte español. Picasso no es un territorio. Es una época, una corriente de pensamiento, una escuela, un contexto situacional político-histórico, pero no un territorio. Su arte es producto de su eticidad, de su carácter, de su “entendimiento” del mundo, de su visión de mundo. Y como tal es valorado y reconocido. De su arte no pende una etiqueta geográfica que reza: “malagueño”.

Alfredo Bryce Echenique nació en Perú. Como escritor pasó 20 años de su vida entre París y Barcelona donde produjo la mayor parte de su obra literaria. ¿Qué etiqueta geográfica le ponemos a su obra? Su literatura es ¿francoespañola, catalana, peruana, latinoamericana, francoiberoamericana, eurolatinoamericana o euroamericana? ¿Se puede decir que su obra es “occidental”? ¿Con qué criterios geográficos vamos a dotar de identidad su obra literaria? En este caso, se podría argumentar que la identidad geográfica del autor no es descriptiva de su obra artística, sino normativa por funcionalidad. Pero ¿funcional a qué o a quién, si el autor “pertenece” al mundo de lo “dominado”: Perú? Por tanto, su identidad geográfica resultaría disfuncional a su identidad literaria, específicamente en el proceso que implica el reconocimiento de Occidente a su obra. ¿Qué hace el autor, entonces? ¡Continentalizarse!: occidentalizar su obra, puesto que la crea precisamente en Occidente y con las experiencias percibidas que le provee Occidente mismo, de tal forma que el reconocimiento va implícito en su propia creación.

Lo anterior, me da pie para sostener que la identidad geográfica del arte incluso no da una posición significativa de poder, a diferencia de otro tipo de identidades de pertenencia, puesto que es “escamoteable” y su funcionalidad es camaleónicamente dependiente del territorio por el que transita la creación artística. Si esto es así, entonces estamos ante un constructo cultural que es des-construible, ante una identidad-simulacro, una etiqueta que no tiene referente genuino, (¿es que alguna lo tiene?), se trata de un constructo social funcional a la cultura dominante-occidental, la cual regula todos los procesos de canonización artística.

Todo criterio de valoración artística no deja de ser subjetivo, ciertamente. Sin embargo, a lo largo de la historia del arte se han establecido determinadas convenciones de valoración que permiten definir, interpretar y significar una obra. Pero también es cierto que se han colado criterios que no sólo no contribuyen a esta tarea hermenéutica, sino que además la entorpecen y generan iniquidad en el cosmos comercial, como es el caso de la identidad geográfica en el arte.

Conclusiones

La catalogación del arte por su identidad geográfica forma parte del discurso ideológico dominante y genera la desigualdad y las desventajas en el acceso al mercado y a los bienes simbólicos, en cualquiera de sus expresiones. Si bien esta identidad de pertenencia no es una característica genética de la concepción artística y sí subraya la diferencia que se expresa en desventajas para lo “no occidental”: Es innecesaria, puesto que no define intrínsecamente a la creación artística. ES esencializadora de la diferencia, puesto que promueve la desigualdad en la recepción artística y, por ende, genera desventajas en el proceso de su canonización y prestigio. ES posibilitadora de cualificaciones impertinentes en el proceso de definición y clasificación de la producción artística, puesto que al hacer referencias geográficas se incorporan otros factores de índole marginal al campo artístico, como las condiciones socioeconómicas, políticas, etc. ES legitimadora de la ideología dominante-occidental, puesto que opera como referente de comparación dentro de las estructuras mentales de la colectividad artística y regula las influencias y orientaciones valorativas en las prácticas artísticas.

Quien “acepta” ser nombrado niega su propio poder. En el campo del arte, no es menos compleja ni evidente dicha relación


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Autor:
Guadalupe Lizárraga (28 noticias)
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