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Democracia

09/01/2017 00:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Reflexión argumentada sobre el concepto de democracia y el proceso electoral americano

Este artículo pretende abrir una ventana de reflexión hacia las formas de nuestra sociedad. Muchos sistemas utilizados en política están tan instituidos en nuestras mentalidades que se nos olvida ponerlos en duda. Así, la frontera entre lo obvio y lo absurdo se vuelve invisible para nuestros ojos, cegados por la aparente legitimidad de lo instituido. Estos conceptos ideales, son construidos y reproducidos por una variedad de instituciones en función de sus intereses. Durante este proceso, desarrollan y despliegan incesantemente sus propios mecanismos de defensa, con el fin de escapar a la crítica. Aquí nace el problema, ya que en las sociedades donde fallece la crítica se estanca el desarrollo. Uno de estos conceptos idealizados es la democracia.

Antes de analizar en la práctica el sistema electoral americano, segunda parte de este artículo, debemos tratar el concepto de democracia. Democracia es un término de origen griego que se divide en Demos y -cracia. Demos es una palabra polisémica que viene a significar el pueblo en su conjunto o las clases populares, mientras que -cracia equivale a poder o gobierno. La democracia como tal precede a la experiencia ateniense del siglo V y IV a.C, cabe mencionar aquí las democracias tribales o Mesopotámicas, pero fue la única que tuvo una influencia histórica sobre las sociedades posteriores. Por lo tanto, los griegos son considerados como los padres de la democracia. Fueron los primeros en observar, reflexionar y formular teorías políticas sobre ella. En esta época, la democracia era directa y la utilización del término por la mayoría de los intelectuales denotaba un tono despectivo y un fuerte desacuerdo. PLATÓN, por ejemplo, se oponía radicalmente a la toma de decisiones por el pueblo, ya que lo consideraba inculto e inapto para una tarea de semejante envergadura. Prefería reservar este cometido a los filósofos habiendo alcanzado previamente la Verdad, que les guiaría hacia la toma de las decisiones más acertadas. Por otro lado, ARISTÓTELES, sin oponerse totalmente al ideal democrático, consideraba sus peligros; que un gobierno ejercido por los pobres degenerase en un gobierno en el interés exclusivo de los pobres.

Tras la edad Antigua, la palabra cayó en desuso hasta el siglo XIII, cuando empezó a reaparecer como un término peyorativo. Como explica R.R.PALMER en Notes on the use of the word “democracy” 1789-1799, es muy extraño, hasta entre los filósofos franceses de antes de la revolución, la utilización de la palabra democracia en un sentido positivo. Así se explica la provocadora frase que WORDSWOTH, poeta romántico inglés, escribía en 1794: “Pertenezco a esa odiosa clase de hombres llamados demócratas”.

El concepto de democracia experimenta una transformación constante a través de las épocas y se va adaptando al pensamiento político de cada una de ellas. Después de la revolución francesa, se empieza a desarrollar la estructura de la democracia representativa moderna. Los intelectuales sobrepasan el enfoque normativo de la Antigüedad, basado en el objetivo moral del hombre en la sociedad y la finalidad como concepto filosófico, para centrarse en los medios y la eficacidad del sistema político. Adoptando esta óptica, Joseph SCHUMPETER define la democracia como un método para obtener un gobierno fuerte, y así elude la búsqueda de cualquier objetivo ideal o moral.

Junto al desarrollo de la democracia representativa yacen nuevas teorías oligárquicas que se apoyan, por ejemplo, en la apatía como pilar fundamental de las democracias liberales. Según W. H. MORRIS JONES, la apatía es un “signo de comprensión y tolerancia de la diversidad humana” y sirve de contrapeso a las corrientes radicales, que constituirían el verdadero peligro para la democracia liberal. Estos movimientos radicales atraen principalmente a la población con pocos recursos económicos y culturales, de acuerdo con Seymour M. LIPSET, que aboga por dejar los asuntos políticos en manos expertos profesionales guiados por sus competencias. La política se limitaría entonces para el pueblo a elegir periódicamente entre diferentes grupos de expertos en continua competición. La apatía y la ignorancia popular se convierten para estos autores en virtudes. Es curioso recalcar como los propósitos sobre los peligros de la iniciativa popular, que defendían filósofos abiertamente antidemocráticos de la antigüedad, resurgen en los escritos de autores que se declaran democráticos en la edad contemporánea. Los homólogos de los autores antidemocráticos de la antigüedad defienden hoy en su mayoría la democracia como mejor forma de gobierno posible, pero alegan que las formas clásicas no son aplicables en la actualidad. Es decir, defienden una teoría oligárquica de la democracia. El sociólogo alemán Robert MICHELS, por su parte, se ahoga en un profundo pesimismo tras constatar el inexorable parentesco entre oligarquía y organización social. A raíz de lo cual formula su famosa ley de hierro de la oligarquía: “La democracia conduce a la oligarquía y contiene necesariamente un núcleo oligárquico”, “…una característica esencial de todos los grupos humanos es la de constituir clanes y sub-clanes y, como toda ley sociológica, por encima del bien y del mal.” LIPSET responde entonces a MICHELS con un razonamiento un tanto tendencioso. En su opinión, la separación entre dirigentes y dirigidos no puede ser más que virtud, ya que se encuentra en todas las democracias del mundo y existe un consenso sobre la democracia como mejor sistema de gobierno.

Como explica Moses I. FINLEY en democracia antigua y democracia moderna, los términos democracia y demócrata se han convertido, en el siglo XX, en palabras implicando la aprobación de la sociedad. Su significado se ha desvalorizado hasta perder cualquier valor descriptivo, mientras que todas las corrientes políticas pretenden defender la auténtica democracia para ser aceptadas socialmente y aumentar su número de votos. En un informe sobre el uso del término “democracia” y su familia léxica en las elecciones cantonales y legislativas francesas de 2002 y 2004, Aurélie MORIN y Cécile SOURD llegan a la conclusión que estos términos son completamente moldeables y recurrentemente utilizados por diferentes partidos para expresar ideas contradictorias. También destacan que ningún candidato se declara en contra de los valores democráticos, sino que acusan a los demás candidatos de ser antidemocráticos.   

En cambio, pese a lo que pueda parecer, la democracia como concepto práctico no se baña en el más puro relativismo. El Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de 1966 establece la base jurídica de los principios democráticos con arreglo al derecho internacional. Los criterios más relevantes son : La libertad de expresión (Artículo 19); la libertad de reunión pacífica (Artículo 21); El derecho a la libertad de asociación con otras personas (Artículo 22); El derecho y la oportunidad de tomar parte en la conducción de los asuntos públicos, directamente, o por conducto de representantes libremente elegidos (Artículo 25); El derecho al voto y a ser elegido en elecciones periódicas genuinas que se realizarán mediante el sufragio universal e igual y tendrán lugar por voto secreto, garantizando la libre expresión de la voluntad de los electores (Artículo 25). En teoría, estos criterios deberían servir de clasificación para determinar los países que son democráticos. Pero en la práctica los medios de comunicación son los que elaboran nuestra concepción de los diferentes gobiernos, ya que la reputación y la influencia de un Estado terminan pesando más que su conformidad a ciertos requisitos desconocidos por la gran mayoría de la población mundo.

Ley de hierro de la oligarquía: “La democracia conduce a la oligarquía y contiene necesariamente un núcleo oligárquico”

Para comprender lo que resulta de la aplicación del concepto de democracia, vamos a analizar el proceso electoral en un país ampliamente reconocido como democrático. Por lo tanto, la segunda parte de este artículo se va a centrar en analizar el proceso electoral estado-unidense. La escogencia de este país en concreto para realizar el análisis que nos incumbe se debe a que es un modelo ampliamente publicitado por el mundo entero. Los Estados-Unidos han pretendido durante más de un siglo exportar la democracia globalmente e intervenir militarmente en su nombre, siendo su fiel defensor a nivel internacional. Pero, ¿Por qué el proceso electoral entonces? Porque el voto es el momento de ejercicio democrático más importante para el ciudadano en una democracia representativa. Como su nombre indica, en este tipo de democracia, una vez el ciudadano ha votado es representado por un candidato. La función de delegado, o político, se ha profesionalizado con el tiempo y ha ido desarrollando sus tecnicismos, alejándose progresivamente del alcance del ciudadano cualquiera. Cabe recalcar aquí que las justificaciones de este proceso se basan en la idea de que el político necesita un bagaje de conocimiento específico cada vez más amplio para gobernar. Esta idea parte de una confusión entre la función de político, séase encarnar la representación del pueblo, y la de tecnócrata, que debería basarse en la aplicación de las decisiones tomadas. En la antigüedad cada ciudadano era apto para tomar cartas en los asuntos públicos, mediante el acceso a la información, la rotación de funciones y el derecho a la participación directa. Por lo tanto, el poder de gobernar técnicamente ya no pertenece al pueblo, sino a los políticos. Este sistema, instituido como democracia, está mucho más próximo de la oligarquía que de la democracia clásica. Se podría estudiar como un régimen oligárquico en constante evolución desde la revolución burguesa de 1789. Pero la apariencia democrática es más fuerte que el grado de democracia real y sustenta así el conformismo popular. Para ROUSSEAU, la idea de representatividad es incompatible con la de democracia. Así lo presentaba en 1762 cuando afirmaba en el contrato social: “El pueblo inglés piensa ser libre y se engaña: lo es solamente durante la elección de los miembros del Parlamento: tan pronto como éstos son elegidos, vuelve a ser esclavo, no es nada. El uso que hace de su libertad en los cortos momentos que la disfruta es tal, que bien merece perderla.” La delegación de poder podría coexistir con la soberanía popular si los delegados aplicasen a rajatabla el programa para el que se les ha votado, pero raros son los ejemplos. Progresivamente hemos alcanzado una dinámica donde el elector sabe que la mayoría del programa de los partidos es fantasía, sabe que vota a un órgano que gobernará independientemente de él y de sus intereses y que su única opción es opinar en el bar alrededor de una caña. El político por otra parte sabe que el elector lo sabe y su único objetivo es ganar más electores incluyéndolos en su discurso, sin importar ya la ideología. Este círculo vicioso donde unos engañan libremente y otros se dejan engañar mientras vivan tranquilos acarrea el desencantamiento democrático que estamos viviendo (visible en la alta abstención y voto en blanco). El ciudadano se siente que su participación es completamente prescindible a la hora de gestionar el Estado. Y es que realmente el ciudadano ni siquiera es libre a la hora de votar, ya que está influenciado por la publicidad de cada partido. Michel DEBRE, político francés, resume muy bien en una frase la democracia representativa: “El ciudadano común, que es un verdadero demócrata, se hace en silencio un juicio sobre el gobierno de su país y, al ser consultado en fechas periódicas, para la elección de un diputado por ejemplo, expresa su acuerdo o desacuerdo.”

Salgamos ahora de la abstracción filosófica para centrarnos en la realidad práctica. El sistema electoral americano es una democracia indirecta, lo que significa que el elector no elige directamente al presidente, sino mediante unos delegados y grandes electores. El famoso bocadillo de nutella con chorizo de la democracia americana, conseguir combinar democracia pero indirecta. Este sistema se organiza en dos vueltas: las primarias y la presidencial.

Durante las primarias, cada uno de los 50 estados que componen el país tiene asignado un número fijo de delegados, en función de su población residente. El partido demócrata cuenta con 4763 delegados en total y el partido republicano con 2472. Entre los cuales 881 son súper-delegados; Puesto honorífico del que benefician diferentes miembros del comité nacional del partido, legisladores de la cámara de representantes y senadores, que pueden apoyar a quien deseen (sin representar a ningún pueblo). Un 15% de la convención demócrata son súper-delegados y un 7% de la republicana, pero los súper-delegados republicanos tienen la obligación de votar al candidato que haya ganado el voto popular en su estado. Para ganar una convención, un candidato tiene que adquirir la mitad más uno de los delegados de su partido. En el partido demócrata la proporción de votos obtenidos corresponde a los delegados otorgados a cada candidato, con un mínimo de 15% para adquirir representación, mientras que el partido republicano alterna entre el método proporcional y el de winner-takes-all. Los delegados se reúnen a posteriori en la convención nacional del partido para elegir al candidato definitivo, guiados por el voto popular. Entonces el partido adquiere cohesión, reagrupándose detrás del candidato habiendo acumulado más delegados a su favor. Pero cada ciudadano tiene que inscribirse en las listas electorales, como republicano o demócrata, para poder votar en las primarias. Este pequeño detalle resulta en unas cifras de participación un tanto alarmantes: basándose en los datos del Pew Research Center y Dave Leip’s Atlas of U.S. Presidential Elections en 2010, 2012 y 2016, de 324 millones de habitantes que tienen los Estados-Unidos, 103 millones no tienen derecho de voto, ya sea por minoría de edad u otra razón. De los 221 millones restantes, 88 millones no votan ni en las primarias ni en las presidenciales y 73 millones no votan en las primarias pero suelen votar en las presidenciales. Entre los 60 millones restantes, la mitad no han votado ni a Clinton ni a Trump, sino a otros candidatos. Lo que significa que solo 30 millones de ciudadanos, es decir el 9% de la nación o el 14% de los ciudadanos de Estados-Unidos con derecho de voto, han elegido a Clinton y Trump como candidatos. Podemos comprobar así que la elección de los candidatos no emana ni de lejos del pueblo americano en su totalidad, pero el derecho a ser elegido tampoco. Para presentarse a las primarias hay que ser mayor de 35 años, ciudadano americano de nacimiento y haber vivido durante un mínimo de 14 años en territorio estado-unidense.  Por otro lado, la forma de votación es elegida por los partidos y difiere según el estado. Aparte de la votación tradicional, otro método utilizado en las primarias es el caucus. Consiste en una multiplicidad de reuniones de barrio, o asambleas, organizadas por los partidos en un estado. Después de unas horas de debate, las asambleas votan a mano alzada para la elección de los delegados locales, que a su vez apoyarán a los respectivos delegados estatales del partido durante las convenciones de los condados. Además, este proceso de primarias dura varios meses con un calendario fijado de antemano. Cada estado tiene entonces sus propias fechas de votación durante las primarias. Lo que quiere decir que ha mitad de recorrido, una vez un candidato ha acumulado una mayoría de delegados o ha adelantado a los demás candidatos lo suficiente como para que abandonen, el resultado ya se conoce. Por lo tanto, las papeletas de los ciudadanos de los últimos estados en votar tienen un valor nulo.

Una vez ha sido elegido el candidato de cada partido empieza la carrera a la presidencia. Teniendo en cuenta que los candidatos alternativos recogen una cantidad de votos proporcionalmente similar a la de los partidos animalistas en España, el voto del ciudadano está limitado a 2 partidos, es decir a 2 candidatos, A o B. Los estados reciben entonces un número de grandes electores proporcional a su población. Estos 538 grandes electores forman el colegio electoral y votarán directamente al presidente. El candidato que alcance los 270 grandes electores gana. Teóricamente son la representación del voto mayoritario en sus respectivos estados. Por ello deberían estar obligados a elegir al candidato para el cual se les ha votado, pero en 21 estados no hay ninguna disposición en particular y pueden votar libremente. Los grandes electores que deciden votar por su cuenta y no acatar el voto popular son llamados faithless electors. Aunque solo se ha producido en 9 casos hasta ahora. Por otra parte, el método utilizado para el recuento es el de winner-takes-all, lo que significa que con tener la estricta mayoría de grandes electores de un estado se le otorgan todos al candidato en cuestión. Por lo tanto es posible perder el voto popular pero ganar el colegio electoral, como ha pasado en estas últimas elecciones. De hecho, teóricamente es posible perder el 100% del voto popular y ganar las elecciones gracias al colegio electoral. Además, la constitución de los Estados-Unidos da rienda suelta a los estados para la selección de sus grandes electores. Así que el gobernador de un estado podría elegir directamente a sus grandes electores en vez de someterlos a votación. Desde este punto de vista, el colegio electoral no es más que una institución que estorba a la democracia. Y es que es básicamente un sistema para verificar el voto democrático. Según el biógrafo Greg WEINER, James MADISON quería un sistema de checks and balances con el objetivo de no abandonar la política a las pasiones populares. Tenía miedo de que el pueblo se dejase guiar por populistas y prejuicios. Por entonces, el colegio electoral servía también para ralentizar el proceso de elecciones y así alcanzar una mayor retrospectiva. Se podría decir que estaba pensado como un último resorte para que personajes como Trump no lleguen a obtener el poder que confiere la presidencia de Estados-Unidos, argumento anti-democrático aunque valido, pero no sirve ni siquiera para eso hoy en día.

Durante este particular concurso de popularidad que son las elecciones americanas 40% de los ciudadanos con derecho a voto se han abstenido. Y es que el porcentaje de votantes comparado desde 1980 oscila entre el 48% y 57% de los ciudadanos con derecho de voto, según BBC News. Lo que significa que vota la mitad del país aproximadamente. Del 60% restante, 29% ha votado a Clinton y 27.7% a Trump. Es decir que Trump ha ganado las elecciones con menos votos que su adversaria y con los de un poco más que ¼ de la población con derecho de voto, o el 19.4% de la nación. Para plantearlo de otra manera, el 72.3% del electorado no le ha votado. Es la quinta vez en la historia de los EEUU que gana un candidato con menos votos que su adversario. Ni siquiera alguno de los candidatos ganó la mayoría de los votos recogidos, Clinton obtuvo 48.2% y Trump 46.1%. Si la abstención fuese un candidato hubiese ganado las elecciones con 490 grandes electores, frente a Clinton con 32 y Trump con 16. Únicamente en 6 estados y el distrito de Washington hubiesen ganado el candidato republicano o demócrata. Y la razón principal del éxito de Trump no es otra que el fracaso de Hillary. Esto se debe a que son los dos candidatos más impopulares desde 1956. Clinton ha perdido votantes en todos los estados, votantes que han decidido no ir a votar. Ha perdido un total de 5.075.873 votos demócratas en comparación con las elecciones anteriores. Por otra parte, 6.1 millones de ciudadanos con la edad legal para hacerlo no han podido votar en estas elecciones por su condición de ex-convictos. Se debe a que en algunos estados la recuperación del derecho de voto para los ex-convictos no es ni inmediata ni automatica. Esto perjudica principalmente a la comunidad afroamericana, que es mayoritaria en las prisiones. Concretamente 1 de cada 13 afroamericanos en edad de voto no puede votar, según los datos de 2010.

A nivel de financiación, el sistema electoral americano prevé unos fondos públicos a los que se acogen muy pocos candidatos. Y es que este sistema tiene sus restricciones: hay un límite de gastos y obliga a los candidatos a renunciar a las donaciones privadas. Por lo tanto, tras las primarias, los candidatos prefieren orientarse hacia el sistema de donaciones privadas y prescindir de fondos públicos. Hasta el año 2002 las donaciones podían darse directamente al partido o candidato pero hoy en día es necesario pasar por un intermediario. Las organizaciones con capacidad legal para financiar una campaña son los Political Action Comittee o PAC, los súper-PAC y las organizaciones 501(c)(4). Estas últimas deben su denominación al código IRS de las organizaciones que obran por el bienestar social y están exentas de impuestos. Basicamente recaudan las donaciones de billonarios con el objetivo de influenciar las elecciones y no tienen porque revelar sus donantes. Por otra parte, los PAC son organizaciones privadas de financiación. La mayoría de los PAC representan intereses empresariales, laborales o ideológicos. Pueden donar hasta 5.000$ al comité de un candidato por elección ( ya sea primaria, general o especial). También pueden entregar hasta 15.000$ anualmente a cualquier comité nacional de partido, y hasta 5.000$ anualmente a cualquier otro PAC. Pueden recibir hasta 5.000$ de cualquier individuo, PAC o comité de partido por año. Los súper-PAC en cambio no tienen límite de financiación. Son teóricamente independientes de partidos y candidatos y pueden recaudar cantidades ilimitadas de dinero de corporaciones, sindicatos, asociaciones e individuos. Después pueden utilizar sus fondos sin limitaciones para actuar por o contra un determinado candidato. A diferencia de los PAC tradicionales, los súper-PAC tienen prohibido donar dinero directamente a los candidatos políticos y su gasto no puede estar coordinado con el de los candidatos que se benefician de las donaciones. Deben revelar sus donantes a la comisión federal de elecciones de manera mensual o semestral. La mayoría de estas organizaciones representan empresas, sindicatos o grupos de presión que así pueden hacer valer sus intereses una vez un candidato haya ganado las elecciones. Por esta misma razón algunas empresas donan a los 2 candidatos y así le aseguran una plaza a sus intereses, sea cual sea el resultado electoral. Es a partir de 2010 que el tribunal supremo abolió los límites de financiación, basándose en la libertad de expresión de los donantes, y nacieron los súper-PAC. Estas donaciones vienen mayoritariamente de las familias más ricas del país. Y es que la política en Estados-Unidos es un sistema que sirve a sus mayores contribuidores. Un dato muy pertinente aquí es que el índice de reelección de diputados en el senado desde 1964 hasta hoy oscila entre 60% y 100%, y entre 80% y 100% en el congreso. Es decir, que los miembros de estas instituciones son políticos a tiempo completo y muchos de ellos de por vida. Esto se debe a que de esta manera tienen más que ofrecer a sus contribuidores y les aseguran una cierta continuidad. De hecho, la importancia del dinero en este sistema es tal que los fondos reunidos por cada partido suelen definir el resultado de las elecciones presidenciales.

Para terminar de retratar la experiencia democrática norte americana no hay palabras más pertinentes que las del expresidente americano Jimmy CARTER. Declaró en septiembre de 2016 que los Estados-Unidos se han convertido hoy en día en una oligarquía. Mostrándose indignado por la necesidad de recolectar “al menos 200 o 300 millones de dólares” para obtener la nominación. Lamenta que Washington esté corrompido por la influencia del dinero. Tratando la influencia del dinero en la política americana decía concretamente: “I think that's been the worst damage to the basic moral and ethical standards to the American political system that I've ever seen in my life.”, "So now we've just seen a complete subversion of our political system as a payoff to major contributors, who want and expect and sometimes get favors for themselves after the election's over." Concluyendo su declaración formuló en 6 palabras, que ultiman este artículo por su perspicuidad, en lo que se ha convertido el país: “an oligarchy with unlimited political bribery."


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