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Del que pasa y no se siente

25/05/2009 00:06 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Un hombre, aturdido por un amor no correspondido y bajo la influencia de un libro, vive y muere en una amarga situación

I

El sol todavía no se anima a salir por el oriente pero un nuevo día ya ha empezado…

Es hipócrita el decir que uno ve, comprende y critica la situación de otras personas enajenadas en su “propio” sistema social, al que aman pero que en realidad no comprenden. Es hipócrita el decir que uno no camina con esos patrones cuando la realidad es otra. Es por eso que en ningún momento tengo la pretensión de decir qué está bien y qué está mal. Pero esta es la razón de este escrito; la búsqueda de una verdad subjetiva, o tal vez, objetiva. En todo caso. Tal vez ni siquiera surja una verdad.

El sol todavía no se anima a salir por el oriente pero un nuevo día ya ha empezado, lleno de las ideas de un mundo de estudio, de trabajo, de esclavitud. No pretende encontrar energías de donde no las tiene, ni fingir una felicidad hipócrita la cual algún día fue su amiga.

La historia empieza con un personaje deprimido, que toma una ducha sin prender la luz del baño para poder mantener la quietud de su mente un corto instante más. Con ningún acto digno de contar, sale de casa, espera el transporte y se dirige a la universidad. En estos momentos sólo se encuentra agobiado por una cosa que tal vez, con el pasar del tiempo pueda ser contada. Todavía no regresa a su mente aquel sueño olvidado de estudiar filosofía y letras en un país africano.

Sabe que tiene que leer muchos temas atrasados, y en un intento de maximizar su rendimiento, aprovecha el tiempo en el bus para empezar a leer uno de los tantos temas. Lee uno no muy largo; todo marcha bien. Empero empieza con el segundo, y las cosas nunca volvieron a ser igual. Es el segundo capítulo de un libro, que una tarde de viernes Demian le recomendó. Se interesa enormemente por el tema, se identifica con él, y, al terminar el capítulo antes de llegar a su destino, decide leer el libro completo.

Después de un par de cigarrillos light justificados por el frío penetrante de la mañana, pero que no son más que un desesperado grito para lograr ahogar algo, camina ansiosamente hacia la biblioteca y encuentra su tan anhelado libro. No puede evitar de abrirlo, leer las primeras páginas, pedirlo en préstamo y muy para su desgracia entrar a clase donde no podrá leerlo por un buen rato. Durante toda la clase, no habló más de unas 10 palabras y nunca soltó el libro; ni por un instante. Era como si quisiera hacer contacto con él, así no lo estuviera leyendo.

Durante seis horas seguidas, continúa en clase. No la misma claro está. Pero en cada cambio de clase, abría el libro y leía una o dos páginas mientras caminaba al otro salón. Sin mencionar el repentino encuentro con esa persona especial que antes mencioné. Un fugaz encuentro, pero al menos vio parte de su risa; no de su sonrisa.

Finalmente, hueco de dos horas en su horario. Perfectas para almorzar y descansar un rato. Está solo. Eso no le importa. Le agrada. Busca en su billetera para ver su presupuesto, y decide que si quiere almorzar los otros dos días de la semana, debe ahorrar hoy. Sabe, que hoy tiene hambre de otra cosa…

Durante cada clase se dio a la tarea de analizar el comportamiento global de las personas a su lado, sin incluirse porque el muy orgulloso piensa que es único y que vive con los ojos abiertos en un mundo despiadado y mecanizado donde todos actúan igual. Todos van hacia el mismo lado. Alguien quiso jugar a ser dios, y lo consiguió. Todos piensan lo que el profesor piensa. Algo que para él es enfermizo. Recordó sus sueños olvidados y su alma se perturbó. Y junto con esto, la cuestión monetaria, el hambre tan peculiar del día de hoy y la decisión de buscar algo diferente, busca un lugar dentro de ese recinto frío y calculador, que tantas historias ha visto forjar, que tantas noches de lluvia ha presenciado sin un leve sentimiento, sin una leve emoción porque nadie, nunca, se percató que las paredes cuentan muy buenas historias.

Camina hacia su lugar de “esparcimiento” espiritual, pero decide ir justamente debajo de ese pasillo, a la zona de fumadores, a sentarse al lado de un árbol, fumarse tres o cuatro cigarrillos mientras lee las primeras 80 páginas del libro que lo encomia. Hoy, puede crear una burbuja a su alrededor y entre tanto ruido, risas y gritos, se sumerge con su querido amigo, en un mundo que sólo hasta hoy empieza a conocer.

Su identificación con el libro crece al aumentar el número de páginas. Se siente como Max Demian[1] en algunos casos, y en otros como Emil Sinclair[2]. Comprende, que los silbidos que tanto aterran al protagonista de su nuevo mundo, son iguales a los ruidos que lo rodean. Comprende que alguna vez fue alguien como Demian, y que muchas veces ha sido alguien como Sinclair. Se alegra al ver que no es el único que no percibe el mundo de una forma diferente (¡Pero algo errado! Afirmaría luego haber estado).

Siente el pasar de la gente, presiente y cree conocer sus ideas y sueños. Y aunque embebido en la lectura, se acuerda de su Demian personal, esa persona que lo animó a instar y a no morir unos días atrás, se acuerda de su risa y de cómo él ama verla. Y espera… Leyendo, espera que tal vez, Demian le vea y se acerque. Y le bese. Pero ya está acostumbrado a eso. Lo que él dice querer nunca sucede en su vida.

Aún así, disfruta su rato bajo el sol, que luego desapareció detrás de una nube. Empieza a hacer frío y no encuentra cigarrillos. Espera un poco más a pesar del temblor. Pero no llegó Demian. Se va. Pone los pies en el elevador y deja que la voluntad de otros lo lleve a donde quiera. Paradójicamente, desemboca en una sala de estudio y por fracciones de segundo pensó lo atestado que ese lugar estaría. Y aún así, ese lugar sería más frío para él que el piso al lado del árbol en donde estaba leyendo antes.

Entró. Se asombró. Ese lugar que nunca descansa, que nunca tiene sillas porque todas están ocupadas por estudiantes que persiguen sus sueños, está desértico. Ni un alma el día de hoy. Era raro que fuera cierto. Tal vez era lo que su mente y corazón querían ver.

II

Pasaron las dos horas. Otra vez al elevador. En el recorrido de bajada, una parada. No entra nadie. Eso quiere él. Segunda parada, se sobrecarga el elevador. Casi no cierra la puerta. Nadie se esfuerza por bajar. Él menos. El elevador tiembla al descender, y sólo él sabe. Sólo él piensa, que si el elevador fallara y cayera, la pérdida menos importante sería él. No le importa. La muerte no le es ajena. No le teme. Pero no tiene pensamiento de suicida.

Se abren las puertas. Camina hacia el salón. Entra. Ve a sus compañeros. No saluda a nadie. A nadie conoce. Nadie se interesa por conocerlo. Está bien. Él tampoco se interesa. Ve que llegan a estudiar y entiende que la publicidad que atrae a sus compañeros a estudiar, en él evoca lo contrario.

Despierta, tienes que levantarte, hoy es tu primer día de filosofía y letras en la universidad de Casa Blanca. Vive tu sueño. Estás en el paraíso

Es un cuento más o menos así: Les venden que el costo de no estudiar, acarrearía serias consecuencias en un futuro no muy lejano. No importa el costo monetario actual. Importa que si no estudian no harán dinero en un futuro; serán pobres y por lo tanto infelices. Es lo que los economistas llaman, y de eso sabe él mucho, el costo de oportunidad. Pero su costo de oportunidad es distinto. Presiente que sufriría un costo enorme si en un futuro se muere y no hizo nada por vivir. Por vivir sus sueños. Por intentarlo, aunque es consciente que en un mundo así, es muy factible que no lo logre. Pero moriría en el intento. Esa es su ideología. Eso es lo que piensa. Lo que come. Lo que siente.

Muchos le ven y piensan que parece muerto en vida. Él, aunque deprimido, agobiado, triste y todos sus afines, se siente más vivo que nunca. El leer el libro le ha revelado muchas cosas. No las comenta con nadie. Nadie le entiende. Sólo Demian. Pero Demian no está. Quiere verle, pero no le encuentra. Cuando caminaba hacia el salón creía verle y oírle. Siempre, falsas alarmas. Qué mierda.

Atiende a clase, fingiendo prestar atención, pero su cabeza está en otro lado. Esboza garabatos en el cuaderno y bosteza. No le interesa la clase. Nadie lo nota. Él está apartado. Como siempre nunca intima con nadie. En un rincón del salón mira el reloj. El minutero se mueve tan imperceptiblemente que el tiempo se le hace eterno. Quiere irse de clase, pero no quiere quedar mal con el profesor. Perdiendo el tiempo, divaga en los rincones más oscuros de su mente, haciendo reminiscencia de todo lo ocurrido en su vida. Se acuerda de cosas que nunca había vivido según él, pero todo indicaba lo contrario.

Son las cinco de la tarde. Aturdido como siempre, se dirige al bus, se sienta, coge el libro y empieza su viaje de nuevo. Esta vez, lee, llora en público y recuerda. Al mismo tiempo se pregunta, cómo aquel autor, sin conocerle, pudo retratar su vida tan detalladamente, tan exacto, que le trajo otro recuerdo. Recuerda una de sus ideas locas sobre la vida y la muerte. Se acuerda que sólo en sueños ha sido verdaderamente feliz y sabe, que en este momento, de intensos sentimientos, bien podría estar muerto. Bien podría estar muerto, viviendo en un sueño de emociones fuertes y sentimientos encontrados, que lo llevan a cierto tipo de evolución espiritual… Siente una alegría estremecedora. Pero todavía no es feliz.

III

Esta vez, el tiempo está de su lado. Se detiene mientras aprovecha su lectura y en un súbito movimiento inconsciente, se baja cuarenta y cinco cuadras al sur-oeste de su casa. Le gusta caminar. Es un gusto que desarrolla cada día más. Sólo su Demian lo sabe. Esta vez no sólo camina. Camina y lee. No necesita levantar la mirada porque camina por el aire. Camina en las nubes. Hora y media de trayecto. Avanza en el libro. Se identifica más. Se aterroriza. Siente miedo. Siente rabia. Siente tristeza. Siente alegría.

Finalmente, llega al edificio. Sube por las oscuras escaleras, tan oscuras como su corazón entenebrecido por la situación. Abre la puerta recién aceitada. Chirrea. Él se extraña. Nota que no es la puerta. Es su estómago. Famélico por no comer nada en más de doce horas, prepara algo para salir del paso, se quita la ropa, cena desnudo con una copa de vino y la caricia del tierno viento helado que se cola por la rendija inferior de la puerta como única compañía. Cena y lee. Termina el libro. Se siente satisfecho de haberlo terminado. Pero no está completo. Entonces decide.

Vestido de nuevo, prende el auto que con tanto esfuerzo compró trabajando medio tiempo, porque aunque es estudiante, trabaja por su sustento y lujos que la sociedad le vendió como necesidades. No es un auto nuevo. No es viejo. Lo tiene bien cuidado. Conduce por una de las vías principales sin rumbo alguno, perdiendo el tiempo, consumiendo combustible, pero eso es lo que él quiere.

Conduce en promedio a 140 kilómetros por hora. El auto no da más. Si de él dependiera, iría tan rápido como para desintegrarse solo en el camino. Golpea la lluvia. Es raro, porque no la escucha. Sólo la ve. Ve que le entenebrece la visión por el panorámico. Activa los limpiaparabrisas y no pasa nada. La lluvia sigue ahí perturbándole. Pero sigue adelante, no se detiene, hasta que siente una gota fría pero a la vez cálida rodar por su pómulo izquierdo. Realiza, que no es la lluvia. Es su llanto. Pero es demasiado tarde para secar las lágrimas. El auto choca con el separador debajo de un puente y vuela hacia la columna del mismo. En esos últimos instantes, ve a su Demian que algún día fue una Beatrice[3], pero que hoy se asemeja más a un Demian. Ve toda su historia con su personaje especial. No ve nada más. Ve más allá de lo que en realidad sucedió. Se idealiza con esa persona tal como en sus sueños. Tan mística y poderosa le es la imagen, que las lágrimas retroceden. Ha sido feliz en ese póstumo instante. Ahora puede ver a la muerte que le sonríe de frente. El auto choca y explota.

IV

Él lo dice frecuentemente. En sus sueños es feliz. Sólo en ellos. Abre los ojos esperando verse en un hospital, pero se ve en el comedor de su apartamento, desnudo, con la cara sucia con comida del plato que adoptó como almohada la noche pasada. Es consciente que fue feliz. Es tarde. Debe ir a estudiar.

Hoy no lee en el bus. Hoy no piensa en nada. Pero Demian es el diáfano cristal hacia otro recuerdo. Recuerda uno de sus sueños. Recuerda que el pasado de Demian lo apuñala por la espalda mientras fuma un cigarrillo por la mañana en frente de la universidad, cae fumando, sonriendo y muere. Es raro el recuerdo que le viene a la mente. Lo repite una y otra vez, desde distintos ángulos. Desde sus ojos, desde los ojos de varios espectadores y desde los ojos de su verdugo.

Se abre la puerta del bus. Instintivamente se baja. Con una motivación que no puede ser medida porque es carente de algún valor. Piensa en Demian. Camina lenta y calmadamente. Compra un cigarrillo light, lo enciende y lo disfruta hasta el filtro. Compra otro. Otro. Otro. Diez minutos para entrar a clase.

Una voz suave, ligera como el viento le llama por detrás. Nadie le toca. Nunca nadie lo hace. Reconoce la voz. Es Demian. Demian sonríe, posteriormente ríe y luego desaparece sin decir nada. Fue un destello corto pero lento. Llega otro ser que no conoce. Nunca le ha visto y eso, que ha visto la cara de casi todos en la universidad. Ese otro misterioso le grita algo. Algo. Algo que él comprende pero sus oídos y mente no entienden. Se voltea. Mira de reojo. No es un puñal. Es un arma de fuego de bajo calibre cuyas balas le penetran la espalda mientras fuma, sonríe y suelta una lágrima. Tres impactos y el horrendo ser desaparece también. Aparece Demian y ve correr los ríos de sangre en el piso, mientras la multitud, congelada, no parpadea, está atónita, pero fría. La gente voltea y finge no haber visto nada. Demian tampoco llora, pero voltea el cuerpo casi desangrado por completo, para ver el último brillo de sus ojos. Él mira a Demian con sus últimas fuerzas, pero en sus ojos siente un vacío y frío inmenso. No obstante, balbucea: “Nadie percibió mi andar. Soy como el viento. Así tiene que ser. Así serás feliz. Así seré feliz, porque empiezo a soñar”. Cierra los ojos. Demian se marcha. Queda solo. Muere.

V

El sol todavía no se anima a salir por el oriente pero un nuevo día ya ha empezado. Suena una voz dulce y ligera como el viento. Es Demian. A su lado. Según parece, viven juntos. Son felices. No hay evidencia que indique que algo así hubiera podido suceder. Tampoco hay tiempo para reminiscencias. Despierta le dice Demian. Ahora contempla en silencio claramente la esbelta figura desnuda de Demian que eriza su piel. Demian continúa. Despierta, tienes que levantarte, hoy es tu primer día de filosofía y letras en la universidad de Casa Blanca. Vive tu sueño. Estás en el paraíso.

[1] Demian, Historia de la juventud de Emil Sinclair. HESSE, Hermann.

[2] Demian, Historia de la juventud de Emil Sinclair. HESSE, Hermann.

[3] Demian, Historia de la juventud de Emil Sinclair. HESSE, Hermann.


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Davemeister (1 noticias)
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