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De la cima a la sima

15/09/2009 23:48 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Muy poca cosa basta para desinflar el souflé del alma nacional. No bien una idea o ilusión nos hace encaramar al fulgor de las Grandes Esperanzas

Muy poca cosa basta para desinflar el souflé del alma nacional. No bien una idea o ilusión nos hace encaramar al fulgor de las Grandes Esperanzas y ya al día siguiente, luego del menor contratiempo, el país amanece encogido en una postura más humilde, más convencional, más chanta y menos glamorosa. Recorre nuestro espíritu un perenne loop entre la euforia histérica y la depresión taciturna. La primera pole position, la del entusiasmo, la estimula y alimenta cualquier serie de buenas noticias o triunfos y da lugar a una inflación galopante del estado anímico de los contagiados; la segunda, la de la depresión derrotista, se produce apenas esa racha es cortada por siquiera un revés. Eso basta. Recién hemos visto todo eso, como lo hemos visto ya cientos de veces, con la selección de fútbol; tontamente -e interesadamente por los periodistas deportivos, quienes viven de echarle ají al pobre caldo- se la elevó a un pedestal del que sólo podía caer. Presuntos gigantes de la defensa y arqueros imbatibles anduvieron a los tropezones como una tropa de zombies; lo olvidaron todo y los acribillaron a goles. Y ahora reina una depresión disfrazada de realismo.

¿Cuál es el origen de dicha peculiaridad? ¿Con qué otros rasgos se asocia? Tal vez deba culparse a nuestra pequeñez y lejanía, a la poca bola que se nos da y el poco peso que tenemos, de lo cual emerge cierta inseguridad colectiva acerca de qué somos y cuánto valemos. De ahí esta urgencia permanente por oír buenos comentarios de los visitantes, aunque al mismo tiempo, sabiéndonos diminutos, sospechamos que sólo se nos toma el pelo. Nadie puede desarrollar una sólida identidad si nadie lo ve ni lo cotiza y se sospecha de todo juicio positivo por mucho que se desee oírlo. La consecuencia es mucha inseguridad y desaliento. De ahí, dicho sea de paso, una muy frágil disposición por trabajar duro; para hacerlo se requiere creer que uno realmente existe y dispone de los talentos necesarios.

Otros rasgos asociados a dicha bipolaridad enfermiza son una notoria incapacidad para afirmarse en la cumbre si a ella se ha llegado y ser ganador duradero y no de un día; nuestra porfiada tendencia es a perder la moral si la competencia es dura y perderla aún más si por azar ganamos; normalmente damos menos de lo que podríamos y a menudo somos derrotados antes de salir a la cancha. Esto a su vez fomenta un espíritu negligente, un hacer a medias en todo, la tentación de patear el tablero fingiendo desprecio por el juego, pues suponemos de antemano que nos van a sacar la cresta.

Muy poca cosa basta para desinflar el souflé del alma nacional. No bien una idea o ilusión nos hace encaramar al fulgor de las Grandes Esperanzas

Para decirlo sin ambages, salvo las excepciones que confirman la regla, esta no es nación de ganadores. Estos requieren dos condiciones de las que carecemos: resistencia para aceptar muchas derrotas, lo cual es difícil; resistencia para aguantar las cargas del éxito, que es aún más dificultoso. Si acaso cuesta perder sin desmoronarse, cuesta mucho más ganar sin perder la compostura. Es notorio, en el ámbito del deporte, que cuando uno de los nuestros se pone en posición para llegar a la cumbre, apenas sale del camerino se olvida de lo que sabe, no resiste la presión de las expectativas y termina protagonizando una plancha o, con suerte, "una victoria moral". Equipos, individuos, grupos, etc. rara vez cosechan cuando el fruto a la mano es el éxito. "Llegar cerca" es nuestro destino. Las copas las miramos, pero rara vez las tocamos.

Para ganar se requiere estabilidad emocional, no hundirse en los reveses ni exaltarse en las victorias, mantener la cabeza fría y el corazón latiendo a sólo 60 pulsaciones por minuto. En cambio el péndulo hormonal del chileno medio oscila sin parar del polo Sur al polo Norte y hasta sus arrebatos de furia hablan no de fortaleza, sino de debilidad. Por eso la típica patota vandálica no es sino una legión de menesterosos juntándose entre muchos para reunir fuerzas y sólo si están amparados en las sombras. Lo fuerte es tranquilo, seguro, estable y hasta lento; lo débil es tembloroso, exaltado e histéricamente predispuesto al atarantamiento. Un individuo así desatina, se deprime, después se exalta, se acelera, habla de más, se le caen las cosas, le hacen goles tontos, y en todo se comporta en todo como colegiala. Así no.


Sobre esta noticia

Autor:
Fidelam (4709 noticias)
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Tipo:
Nota de prensa
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