Dar la vida por la revolución
En la Asociación de Estudiantes de Oxford, el Presidente ecuatoriano volvió a repetir la arenga con la que ha mantenido alineada a su clientela revolucionaria: “ … con mi vida defenderé la revolución …”.
Los estudiantes británicos no se inmutaron con ese temerario compromiso de vida. Seguramente, las obras de teatro de Shakespeare les habían ilustrado sobre el alcance real de las tragedias humanas. Después de todo, fue Hamlet el que dijo “ser o no ser” ante un destino sombrío de sangre y de poder.
El séquito de ministros, subsecretarios y asistentes ecuatorianos, en cambio, aplaudió ardientemente la audacia de su Jefe. En fin de cuentas, más que un acto de valentía, la metáfora no fue otra cosa que una advertencia a los enemigos y opositores del Gobierno. Sirvió para recordarles que la revolución le pertenecía y que lo propio lo defendería con todas sus fuerzas, inclusive con su vida.
Ninguno de los últimos gobernantes ingleses, Thatcher, Blair, Brown, ha puesto su vida delante o detrás de un proyecto gubernamental. Churchill, en el entorno de la segunda guerra mundial, llegó a decir que la victoria había costado “sangre, sudor y lágrimas”. Jamás un primer ministro del Reino Unido se ha considerado dueño de lo que ha hecho desde tan alta magistratura. Los gobernantes ingleses han sabido que el poder ha residido en el pueblo, debidamente representado por el Parlamento. Han tenido plena conciencia de su transitoriedad. La historia y la institucionalidad británicas les han impedido, adicionalmente, que sean soberbios y temerarios. No fue en vano que en Inglaterra se configuró el principio del gobierno limitado, gracias a la contribución teórica de Locke, en el siglo XVII.
Un discurso prudente También ha caracterizado a los presidentes estadounidenses. ¿Podemos imaginarnos a Obama diciendo que daría su vida por su proyecto de cambio o a Bush hijo ofrendando su permanencia en la tierra por la victoria en Irak o Afganistán?. Un presidente estadounidense, a pesar de ser considerado el gobernante más poderoso del mundo, sabe que no es dueño de ningún proyecto gubernamental y que si comprometiera su vida, aunque sea en una arenga, los ciudadanos se reirían o se sentirían engañados. Al igual que los electores británicos, los electores estadounidenses eligen a sus presidentes para que “respeten la Constitución” y, así, salvaguarden sus derechos naturales a la vida, a la propiedad y a la libertad.
Los gobernantes ingleses no tienen ninguna posibilidad de sentirse dueños de los proyectos gubernamentales
Fuera del mundo anglosajón, los gobernantes suelen tener ínfulas de gerentes propietarios de la cosa pública. Sin llegar al extremo de ofrecer sus vidas por un proyecto político, los pintorescos gobernantes de Francia y de Italia se parecen, en su elocuencia, a muchos de los presidentes latinoamericanos. En no pocas ocasiones, Sarkozy ha perdido la perspectiva por defender la “grandeza de Francia”. Lo mismo le ha ocurrido a Berlusconi en nombre del “espíritu latino y romano”.
En todo caso, ha sido el dictador Chávez quien ha unido su persona con su perversa revolución para proclamarse “dueño” del destino de los venezolanos. Gracias a esa mixtura ha gobernado en su nombre personal, en el de su poderosa familia y en el de su revolución bolivariana, pero no por el pueblo y para el pueblo. El que se ha opuesto a su fallida revolución se metido con él. Los exiliados políticos que cuestionaron su proyecto tuvieron que abandonar Venezuela antes de ser enviados a las cárceles. Cuántas veces ha dicho que primero deberán matarle para detener su revolución. Tan sagrada es ésta, para él, que ha formado milicias y comités barriales de defensa revolucionarios.
El revolucionario Chávez le tiene a Venezuela con más pobres, más delincuencia, más inflación, más corrupción, más violencia urbana. En estas precarias condiciones socioeconómicas, ¿de qué le sirve al ciudadano venezolano que su Presidente esté dispuesto, no en la realidad sino en el reino de las metáforas, a inmolarse por la supuesta “espada de Bolívar”?.
El Presidente ecuatoriano debería dejar de comprometer su vida por una revolución que, tan sólo el 2009, ha producido 200.000 nuevos desempleados. Más saludable sería que se comprometiera, allí sí con su vida, a mantener la dolarización, a garantizar la seguridad de cada ciudadano, a bajar los impuestos, a dar confianza al sector privado para que invierta y genere empleo, a respetar la intimidad de los hogares ecuatorianos sobre el número de habitaciones disponibles para extraños y a aclarar las denuncias de su hermano mayor.
Si solamente, por un día, dejara de emular las prácticas chavistas, la mayoría de ecuatorianos comenzaría a recuperar la confianza en su porvenir. Y si Ya no comprometiera su vida por la revolución y por la espada de Bolívar que camina solitaria por América Latina, esa misma mayoría se sentiría aliviada para trabajar por un mejor presente y futuro.
La metáfora presidencial estuvo fuera de lugar
Www.luisfernandotorres.com
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Comentarios de Dar la vida por la revolución
FYS (09-11-2009 23:22)
Sobre esta noticia
Autor: Luis Fernando Torres (78 noticias)
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Tipo: Opinión
Esta noticia se publica con licencia: Distribución gratuita
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