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Cuidado con taxistas en México

03/03/2018 08:40 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Como habitante de esta ciudad, trato de ser amable, pero siempre procuro estar alerta ante cualquier indicio de peligro porque me he visto envuelto en más de un evento de este tipo. Doy cuenta de uno

Soy un cliente regular del servicio de taxis en la Ciudad de México. He conocido, por tanto, taxistas de todo tipo: desde los que esperan cualquier motivo para  confiar su vida hasta los que permanecen herméticos durante el trayecto; los que piden que el cliente maque la ruta hasta los que eligen las vías más transitadas; los que se quejan de la alza de gasolina y de las horas que deben permanecer en el volante para poder “sacar lo de la cuenta” y el gasto diario hasta lo que alardean sobre el dinero que ganar diariamente. Como habitante de esta ciudad, trato de ser amable, pero siempre procuro estar alerta ante cualquier indicio de peligro porque me he visto envuelto en más de un evento de este tipo. Doy cuenta de uno:

Hace años, un escritor, amigo mío, y yo  abordamos un taxi en Puente de Alvarado y le pedimos que nos llevara a Los Reyes Coyoacán donde vive mi amigo, y después me iría a dejar a mi casa. Pagaríamos la mitad del costo del servicio cuando llegáramos a la casa del escritor y el resto lo cubriría yo apenas me dejara en mi domicilio. No hubo inconveniente. Nos subimos en los asientos traseros del taxi. Hasta ahí todo iba bien. Mientras cruzábamos la ciudad,   mi amigo y yo  platicábamos, lo recuerdo perfectamente, sobre los escritores de moda. Debo aclarar que yo llevaba como 7 mil pesos distribuidos en mis calcetines, siempre he sido desconfiado,   y en mi cartera sólo un par de billetes de 100 pesos. Como a tres cuadras de llegar a la casa del escritor, vimos cómo, con un volantazo, el taxista se le cerró a una patrulla y cómo se bajó inmediatamente de la unidad. Mi amigo y yo nos quedamos mirando supongo que de una forma ridícula ante la incertidumbre . No sabíamos lo que sucedía. Los policías se acercaron al taxi y pidieron que nos bajáramos. ¡El taxista nos había acusado de que lo queríamos asaltar¡ Nosotros no habíamos cruzado palabra con él más que para ponernos de acuerdo en las condiciones del viaje, y tratamos de argumentar los absurdo de la acusación.

Lo primero que hicieron los uniformados fue recargarnos contra la patrulla de modo que pudieran revisarnos, supongo, en busca de alguna arma  con el que se ayuda, es claro, el asaltante para cometer un delito. Era lógico, no encontraron nada. Éramos unos asaltantes sin armas. Tampoco eso abonó en nuestro favor. Mi amigo no llevaba, por fortuna, dinero. Entre nuestras identificaciones encontraron que uno era colaborador del periódico Excélsior y el otro académico de la UNAM. Tampoco esto abonó en nuestro favor. Lo que el taxista pedía a cambio de no levantar una denuncia era que cubriéramos el total del viaje que aún no se había realizado. Yo me opuse, desde luego, pero mi amigo decidió pagar con la condición de que fuéramos hasta su casa donde tenía el dinero. Los policías y el taxista se negaron y le pidieron a mi amigo que caminara y regresara con el dinero. En garantía estaba yo.

Sé que tuve suerte, que mi amigo fue más sabio y que el costo de vivir en esta ciudad ya deberíamos saberlo. Seguiré caminando la ciudad porque el miedo no debe paralizarnos

Mientras mi amigo regresaba hice un nuevo intento de convencer a los policías de lo absurdo de la acusación. Fue en vano. Era tal mi impotencia que les extendí una tarjeta con los datos de un cuñado mío que tenía un puesto medianamente importante en la PGJ-DF para que se comunicaran con él. Esto los alertó y me pidieron que no buscara más problemas, que ellos sólo cumplían con su trabajo y que les parecía justo el trato que el taxista había ofrecido. Les dije que no pensaba pagar por un servicio que no se había hecho, y que no permitiría que el taxista sí, en complicidad con ellos, asaltara a mi amigo. Como quieras, me dijeron, esperaremos a que él regrese. Me senté en la banqueta a esperar a mi amigo. Tenía aún los 200 pesos en mi cartera y el resto el dinero en mis calcetines. No ignoraba que mi actitud era imprudente y temeraria, pero mi frustración me cegaba. Cuando regresó mi amigo le dije que no pagara por mí, que cubriera sólo lo que a él le correspondía. No me hizo caso y cubrió el total del viaje. En cuanto recibieron el dinero, los patrulleros, dos, y el taxista abordaron su unidades y desaparecieron. Apunté el número de placas de los dos vehículos y busqué con la mirada un teléfono público. Nada.

Mi amigo y yo nos quedamos unos instantes parados sin hablar. Voy a tomar otro taxi, le dije. Es mejor que te quedes en mi casa, mañana te irás. No, le contesté, gracias. Me iré ahora. Esperó a que abordara un nuevo taxi. No quiso que lo dejara en su casa. Caminaré, me dijo. Aún llevaba los 200 pesos en mi cartera y conforme me acercaba a mi casa, los 200 pesos se volvían más míos o sentía que pertenecían a mi amigo, no al taxista. El trayecto lo hicimos en silencio, aunque estuve a punto de platicarle mi experiencia para justificar que no pensaba pagarle, que mi amigo ya había cubierto el costo de ese viaje que él estaba haciendo por su compañero. Fui prudente. Al llegar frente de la puerta de la entrada de mi casa, bajé y le extendí los dos billetes de 100 pesos. Le dije que se quedara con el cambio. Me dio las gracias y se encaminó sobre la avenida mientras yo me quedaba parado en la banqueta con un hueco en la cartera. Sentía que los 200 pesos valían más que los 7 mil que estaban en mis calcetines,

Ahora a la distancia de los años, sé que tuve suerte, que mi amigo fue más sabio y que el costo de  vivir en esta ciudad ya deberíamos saberlo. Seguiré caminando la ciudad porque el miedo no debe paralizarnos.

Soy un cliente regular del servicio de taxis en la Ciudad de México


Sobre esta noticia

Autor:
Leonel Robles (507 noticias)
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Suceso
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