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Tres cuentos de Cecilia y un jabón Laud

02/12/2010 22:53 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

A los 97 años, Cecilia Martínez recuerda varias de sus insólitas historias: su consulta con José Gregorio Hernández, la censura que le impuso Gómez, un breve romance con Gardel y su affaire con Pedro Estrada

No hay otra manera de comenzar un texto sobre Cecilia Martínez que no sea aclarando, desde el primer párrafo, que su historia es increíble. Y valga también agregar, y que perdonen tan patético lugar común: increíble pero cierta. Es que no hay otra forma de aproximarse a la vida de esta fantástica mujer, la que abrió con su voz los micrófonos de Radio Caracas Radio, la que dio las buenas tardes en el primer programa que transmitió en vivo RCTV, la que cantó el primer jingle publicitario del país, la primera mujer que se divorció en Venezuela, la que fue amiga de presidentes, artistas e intelectuales de su época, la que ruborizó a Gómez, fue cortejada por Gardel y enamoró a Pedro Estrada, la que vio con sus propios ojos el primer avión que sobrevoló Caracas. A sus 97 años, que cumplió el 24 de noviembre, cuentos —¡y qué cuentos!— le sobran a una dama a quien los años parecieran acariciar en lugar de maltratar. 97 años: se dice fácil, pero quién podría imaginar que no habría superado los cuatro de no ser por la intervención del más célebre médico del país, quien le salvó la vida en 1917. ¿Quién? José Gregorio Hernández. He aquí la primera de sus magníficas historias.

Inyección milagrosa

"Mi papá y el doctor Hernández eran muy amigos. Todos los días se tomaban un brandicito juntos en la casa. Pero una vez me enfermé gravemente de la garganta. De manera que cuando llegó José Gregorio, papá hizo que me revisara inmediatamente", recuerda Cecilia Martínez como si el episodio recién hubiese ocurrido hace dos días.

Lo cierto es que el médico, apenas vio la garganta de la niña y constató un par de detalles más, salió en carrera hacia la farmacia de la esquina, sin decir siquiera una palabra. Varios minutos después regresó con una jeringa que Cecilia recuerda gigantesca, con una aguja larguísima como un brazo. La inyectó en el vientre y le ordenó reposo. Luego, el doctor Hernández llamó al papá de la niña y, cuenta ella, le dijo con toda seriedad: "Si no la inyectábamos hoy, su hija no pasaba la noche". Tenía difteria. A la mañana siguiente volvió el médico, y así estuvo controlándola por varios días, hasta que sanó por completo.

Un par de años después Cecilia oyó un alboroto en la calle. Gritos, gente que corría. Escuchó que habían matado al doctor Hernández. Al parecer uno de los seis carros que para entonces había en Caracas lo había atropellado. Ella corrió con la gente a la esquina de Amadores, donde tuvo lugar el accidente. Llegó y vio un gentío aglomerado. "Pero te imaginarás que como yo era una niñita, enseguida los adultos me sacaron y no me dejaron ver nada", recuerda.

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Mordaza Gómez

Pasó el tiempo y a Venezuela llegó lo último de la tecnología mundial: la radio.

Improvisadamente, ella terminó siendo protagonista en la primera transmisión que salió al aire de la YV1BC, luego Radio Caracas Radio. El espacio se llamaba La hora de la canción. Mientras su tío tocaba la guitarra ella cantaba. Era una suerte de guardia musical en vivo. Hace una pausa, respira hondo y aparece ante nosotros la bella adolescente de aquella época, que canta tal como lo hiciera hace ochenta años: "'Quisiera amarte menos, no verte más quisiera, librarme de esta hoguera que no puedo resistir, es cruel este cariño que no me da descanso, sin ti la paz no alcanzo, y lejos no sé vivir'… ésa fue la primera canción que interpretamos".

Aquel debut le ganó las simpatías de los dueños de la estación, y muy pronto recibió un ofrecimiento que no pudo rechazar: cantar el jingle publicitario de un popular jabón de la época. Ella ni sabía lo que era un jingle. Pero aceptó. Entonces tenía que ir a la estación seis veces al día para cantarlo en vivo. Carraspea un par de veces y vuelve a entonar la publicidad que entonces hacía: "Suspirando está en el baño Ana María de La Luz, porque ella quiera bañarse con John Laud. Y su madre no concibe, que Ana María de La Luz quiera meterse en el baño, con John Laud. Mamita, mamita, prepárame un ataúd, si tú no me dejas bañarme con John Laud". Ella termina y uno tiene que aplaudirla.

Enseguida agrega: "Pero Gómez la prohibió rapidito porque la encontró inconveniente. Claro, en ese tiempo era un escándalo que alguien quisiera bañarse con un hombre. Imagínate tú: ¡hoy la gente se baña con el que le dé la gana! ¡Lo que basta es que te lo presenten!", y ríe alegremente.

Romance de un tango

Algunos años después contrajo su primer matrimonio. Apenas tenía veinte días de casada cuando a la ciudad llegó el ídolo del momento de quien, lógicamente, ella era fan número uno: Carlos Gardel.

Después de varias presentaciones que había cumplido en Caracas se organizó un agasajo en su honor la noche antes de que se marchara. Cecilia Martínez fue invitada junto con su esposo.

El evento se efectuó en el piso alto de un edificio frente a la Catedral de Caracas, junto a la Plaza Bolívar. Al llegar la ubicaron en la misma mesa de Gardel. El cantante estaba en un extremo y ella en el otro.

"Es que me estoy viendo en este momento", dice con los ojos entreabiertos: "Tenía un vestido de tafetán azul, muy bello y juvenil". Gardel advirtió enseguida su presencia y ella confiesa: "Yo creo que desde el momento en que llegamos a esa mesa, Gardel empezó a coquetearme y yo le coqueteaba también. Él me veía y yo lo veía", y se ríe.

De pronto se levanta el argentino y sin quitarle la mirada camina hacia ella. Llegó adonde estaba y le tocó el hombro al marido: "Señor, me perdona, pero ¿me daría el honor de bailar con su esposa?". A lo que el hombre, que estaba hablando de carreras de caballos ("que era lo único que a él le interesaba") responde: "Sí, chico", con toda despreocupación.

"Entonces Gardel me pone el brazo para que me levante y a mí me empezaron a temblar las piernas —cuenta Cecilia. Las rodillas me sonaban como si fuesen bolas de boliche. Yo no sabía ni qué decirle, y le suelto: 'Pero yo no sé bailar tango', y él contesta: 'Conmigo cualquier mujer baila lo que sea'. Me dejé llevar, iba a su ritmo. No nos dijimos ni una palabra. Él fue muy atento y respetuoso. Cuando terminamos la pieza volvimos a la mesa. Él me llevaba del brazo, pero antes de dejarme en la silla me haló hacia él y me dijo: 'Si yo fuese su marido, jamás la habría dejado bailar con Gardel'".

"¡Dios mío! Me senté temblando de miedo y no volví a mirarlo más en toda la noche", confiesa. A la mañana siguiente él voló hacia Colombia, y apenas unos días después falleció en un accidente aéreo. Quizá, por qué no, Gardel bailó con Cecilia el último tango de su vida.

Hombre de poder

Varios años más tarde, después de haberse convertido en la primera venezolana en firmar un divorcio, Cecilia Martínez conoció a otro hombre trascendental para la historia del país: Pedro Estrada. Y no tiene reparos en confesar: "Nosotros tuvimos un pequeño affaire". De inmediato aclara que eso ocurrió mucho antes de que él se convirtiera en el Jefe de la Seguridad Nacional del gobierno de Pérez Jiménez. "Y jamás entendí por qué cambió tanto y terminó volviéndose asesino".

El hecho es que una vez su hija mayor enfermó de peritonitis. Cecilia, sola y sin dinero, mandó a buscar ayuda entre sus vecinos para llevar a la niña a algún hospital cercano. De inmediato se ofreció uno, a quien ella había visto en múltiples ocasiones pero a quien ni siquiera saludaba: Pedro Estrada, entonces funcionario del gobierno de Eleazar López Contreras. "Apenas él se enteró, se comportó de maravilla. Nos llevó a una clínica, mandó a llamar a un médico importante para que se presentara de urgencia y operara a la niña, y luego nos dejó un motorizado en la puerta para lo que necesitáramos. Por si fuera poco, no nos permitió pagar ni un centavo", recuerda.

"A partir de allí nació una amistad entre nosotros. Pero luego, cuando cayó López Contreras, él tuvo que salir huyendo del país. En medio de los disturbios alguien me llamó para pedirme que lo ayudara y, después de lo que había hecho por mi hija, no pude negarme. Fui hasta su casa y lo saqué en el carro por la puerta trasera, y lo llevé al aeropuerto. Así logró fugarse", cuenta.

Meses después recibió una inesperada llamada. El propio López Contreras le telefoneaba desde Miami: "Cecilia, ¿qué hacemos con Estrada? ¡Ése hombre está locamente enamorado de ti! ¡Vente para Estados Unidos!", le propuso. Pero ella no quiso.

Al tiempo, cuando Pérez Jiménez se hizo presidente y Pedro Estrada regresó como el líder de la Seguridad Nacional, volvió a recibir una llamada en la que él le decía: "Antes, cuando era un tipo normal, sí me querías; pero ahora que tengo poder no. No te entiendo". Y ella le contestó con el corazón: "Precisamente: ahora que eres poderoso no quiero tener absolutamente nada contigo".

"Yo quería a Pedro como un amigo —afirma—, nada más. Es que, para decirte la verdad, en ese momento tenía otro romance pendiente". ¡Caramba! "Ay, mi amor, es que a mí nunca me ha faltado un roto por descocer".


Sobre esta noticia

Autor:
Rosaliakj (888 noticias)
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Nota de prensa
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