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Cuento de Navidad. Josefina Bolinaga Año 1934

04/11/2015 16:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Niños adorados. Pensando en vosotros escribí estas páginas. ¡Un niño! Muñequillo de carne que con sus risas y lágrimas derriba al hombre más coloso

Josefina Bolinaga.Foto 05. 06. 1935 ABC Madrid

 

Cuento de Navidad.

                                                                               I

Bajaban del monte cogidos de la mano, temblorosos los cuerpecillos y con una medrosa luz en los ojos…

-Teno fío, Tita- dijo Miguelín.

-¿Tienes frio corazón? Ya verás qué prontito estamos en casa. Y el nene, entonces, se sentará en aquella sillita en la cocina.

-Aúpame, Tita.

-Un poquito más hermanico. Al llegar a aquellas piedras grandotas, te aúpo. ¿Quieres?

-Chi- dijo Miguelín.

Al llegar allí, en aquellas piedras grandotas, descansó la niña. Dejó en el suelo el haz de leña que traía a sus espaldas.

Sopló los amoratados dedos que el frío congelaba, y:

-¡Hala! Miguelico.

Haciendo un esfuerzo de amor, cogió en sus brazos al niño.

Se tambaleaban a menudo las piernecillas y tropezaba en los guijarros del camino.

                                                                                 II

Cuando llegó a la miserable choza, ya era de noche. Margarita miró a las estrellas, que tenían el color de su pelo. Y posando, cuidadosa, la niña en el suelo llamó:

-Señora tía, ¿si quisiera alumbrar?

-Ya era hora. Holgazanota, de que te allegases. Entavía los cacharros sin fregar.

-Está lejos el monte, señora.

-Lejos. Lejos- rezongó la madrastra-Lo que pasa es que te entretienes con el vuelo de una mosca. Hala pa la cocina, que hacer no te falta.

Margarita cogió la manecita de Miguelín, que chupaba un dedito asustado,

-Amos, hermanico. Ahora te sentarás allí, a mi vera.

-¿Cómo se sentará?- gruñó la madrastra -. Los críos, a la cama.

El chiquillo se echó a llorar.

-No quero. A la tama, no quero.

-Calla, guapo, majo mío- arrulló Margarita-. Calla. Al nene será bueno y se irá a la cama, y luego yo le contaré aquel cuento tan bonito <<del hada del bosque>>.

Miguelín sonrió entre pucheritos.

-Señora tía – habló dulcemente la niña-: ¿No habría por ahí un cachito de pan?

-No piensas más que en comer, chicuela.

-No. Si no es para mí. Yo no tengo hambre. Es para el Miguelico. Ya usté ve que en todo el día ha catao nada la criatura.

-No aguanto lecciones de nadie. Pues si no ha comío, ansina espabilará más. Que el hambre aguza los sentidos.

Margarita calló, y una lágrima tembló en sus pupilas.

-Toma Hambrentón- gruñó la madrastra.

Miguelito hincó sus dientecillos voraces en un negro mendrugo.

Dulcemente canturreándole, le acostó…

-Nana, mi niño… Nana…

Miguelín entorno sus ojos.

                                                                               III

La niña fregaba. La niña no Tenía más que once años, y la desgracia la convirtió en una mujercita.

Cuando su madre vivía, aquella choza era un paraíso; pero ahora… ¡Cuántos besos les daba aquella madrecita! ¡Qué trozos de pan tan ricos! ¡Qué ternura en sus palabras!    

-¿Por qué se habrá marchao?-pensó la niña-. ¡Si volviese!...

Se oyó una una algazara grande en la calle. Sonaban las zambombas con ronco son. Los panderos cantaban alegres, y los niños desgranaron un cantar.

-Esta noche es Noche-buena.

A Margarita la palpitó el corazón con fuerza. ¡Noche-buena! ¡Lo había olvidado! La noche de los niños. La de los nacimientos encantadores con sus ovejitas y sus caminitos de escarcha. La brillaron los ojos. Chocando entre sí los cacharros que resbalaban de sus manos, se atrevió a decir:

-¡Ay, señora tía! Hoy es Navidad.

-¿Y qué?

-Yo le diría una cosa, pero…

La vocecilla tembló.

-Siempre andas con remilgos, condená de chiquilla.

-Es que…- balbuceó.

De pronto, dijo con brío:

-¡Si nos dejara usté ir a ver el nacimiento del castillo!

La madrastra puso sus manos en jarras. La miró de hito en hito con fiereza, y al fin se hecho ha reír.

-¡Al demonio! ¡Esta chica está loca! Va a ir al castillo. Con lo lejos qué esta… Está loca esta chica.

-Señora. Yo era por mi hermanico. ¡Se pondría el pobre tan contento! Y a más dan juguetes a los pobres.

-Te quiés callar, mona sabia- atajó la mujerona-. Ya esas dándote prisa, y a la cama, que se gasta aceite en el candil.

-¿Y padre onde anda?- pregunto la niña.

-Onde A ti no te importa, curiosona.

Calló la niña. Siguió la música de los cacharros que fregaba. Tembló su cuerpecillo entumecido, y fuera tornaron a cantar: <<Esta noche es Noche-buena>>…

Cuando llegó a la miserable choza, ya era de noche. Margarita miró a las estrellas, que tenían el color de su pelo. Y posando, cuidadosa, la niña en el suelo llamó:

A lo lejos sonaron pitos, zambombas y tambores.

                                                                            IV

Acurrucadita entre los harapos, Margarita soñaba despierta. ¡No podía dormir! Pensaba en el nacimiento, aquel nacimiento fantástico del castillo… Cuantos lo habían admirado, hacían de él los elogios más fervientes…

Ardían sus manos… Ardían sus sienes… Adentro le punzaba el gusano del hambre…

Casi delirante, se levantó.

De puntillas, miró sigilosa por la puerta. ¡La casa dormía!

Entonces, blandamente, con acento de madre, llamó:

-Miguelico, hermano mío…

El niño despertó sobresaltado.

-Chist… No llores. Vamos a ver una cosa muy guapa y al nene le darán un tambor o un tren ¿quieres?

Arrebujóle en su viejo toquillón. Cautamente, salió.

La noche, serena. Despejado el cielo…

                                                                                V

 

Caminaba a tientas, a empujones, por la vereda. Allá, a lo lejos, en la carretera, subían borriquitos llevando en sus lomos niños dichosos. También iban a ver el nacimiento.

Margarita, siempre con su hermanito en brazos, andaba ligera… ligera…

El deseo de llegar le daba alas misteriosas.

Si ella pudiese ir por la carretera, pues algún alma buena le haría sitio en su carrito. Pero…  no… No quería ser vista. Quizá la volviesen a su casa, y entonces…

Lastimadas las manos, abatido el cuerpo de cansancio, llegó… Era el amanecer… Tenía fiebre… Tenía hormigueo en el cuerpo. Tenía desvarío en la cabeza. Pero el nacimiento estaba allí. Mil veces más lindo de lo que ella soñara. Bajaban los pastores, lucientes sus ojos, cargados con ricos presentes.

Los borriquillos llevaban saquitos de harina. Un molino movía sus aspas. En el campo, junto a una hoguera, dormitaban los zagales. Y las ovejitas triscaban tomillos de verdad.

Lucecitas verdes. Lucecitas encarnadas.

-¡Jesús!- dijo Margarita creyéndose transportada a un paraíso.

Miguelín puso su dedo rosado en un lindo río.

-No tene agua, Tita.

-Claro, ¡no ves tú que es de mentirijillas!

-¿Y los coderitos dicen beeé?... y aquel bodiquito ¿es de carne?

Margarita reía. Margarita brincaba de gozo. Ya no se acordaba de su vida triste. La choza estaba muy lejos. Allí había niños, muchos niños embelesado con el nacimiento. Niños que tenían madre y recibían besos de ellas.

Margarita sintió un latigazo en el corazón, pero el árbol de Noel la distrajo. Un árbol de Noel suntuoso, grande, magnífico. De él pendían miles de juguetes, y todas las miradas de los niños estaban fijas allí.

Miguelín lo miraba absorto.

-Uno ten, Tita uno ten.

-Un coche con caballitos. Una moña.

El niño palmoteó, reluciéndole los ojos.

Abrióse una puerta del castillo. Y, escoltada por deliciosos niños, salió la dueña.

Era lindísima. Refulgían sus ojos como diamantes de bondad. Sonreía su boca feliz derramando el bien. En sus cabellos lucía una guirnalda de mirto.

-Hijos míos- hablo dulcemente-:

Hoy es Noche-buena. La noche de los niños. La noche de la caridad. Hay juguetes para todos. En el árbol de Noel tiemblan las ramitas plenas de ellos. Acercaos, buenos niños. Acercaos y pedid lo que deseéis.

Iban los niños empujados por sus madres. Llegaban tímidos. Abiertos con asombro los ojos, miraban el hechicero árbol de Noel.

-¡Una pelota!- dijo un niño rubio.

-¡Un polichinela!- susurro uno morenillo.

-Yo quiero un coche de ruedas- balbuceó un pequeñín.

-Pues yo, aquella casa de muñecas.

Todos fueron llegando. Margarita estaba allí quietecita, más tímida que nunca, tambaleándole el corazón. Miraba como en adoración a la señora del castillo. ¡Qué linda! ¡Qué buena! Su madre era así… así.

En vano suplicaba Miguelín, goloso de los juguetes.

-Amos, Tita.

-Espera, Hermanico- susurraba la niña.

Sólo ellos faltaban. Sólo… La señora linda y buena miró a Margarita intensamente, y con una seña cariñosa la llamó:

-Acércate, niña.

Margarita dio unos pasos. Sintió que un sudor frío bañaba se frente. Las piernas estaban torpes. Envuelta en sus harapos, trémula, llegó.

La señora lindísima posó sus dulces ojos en la niña. La miró intensamente, maternalmente.

-Pide, niña querida- dijo en un arrullo-. Pide lo que quieras.

Y Margarita, obsesionada por el dulce sueño que era su tormento, suplicó cayendo de rodillas:

-¡Señora… Que vuelva nuestra madre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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