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Cosas de Cuba: Inmunidad educacional III

08/04/2010 19:02 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

“Mi tío se enteró del artículo en Internet. Tengo miedo de que sepa que es una periodista y que investigue y salga yo ahí. Me matan en la escuela. Dile a mi mamá que venga a buscarme el viernes, por favor”

El mensaje anterior fue enviado por Amanda hace apenas 10 minutos desde el preuniversitario Gilberto Arocha. Han pasado cuatro semanas desde que apareciera el primer artículo en este blog y la vida de la adolescente de apenas 17 años ha dado un vuelco de 180 grados. “A veces me pregunto si estoy haciendo lo correcto”, confiesa cuando me cuenta la reacción de sus compañeros de aula ante la oleada de visitas ministeriales.

http://4.bp.blogspot.com/_RZcFMtMtclI/SJjQi5DeE7I/AAAAAAAAAKc/GUFmXpOvrts/s320/viaje+a+cuba+Brahim+Y+Raquel+429.jpg

Desde hace tres semanas Gilberto Arocha ha sido sometida a numerosas inspecciones por parte de funcionarios pertenecientes al Ministerio de Educación. “Todas las mañanas llega un carro blanco, se han entrevistado con los estudiantes, con profesores, hasta con las cocineras. No sé si habrán logrado probar lo de las guaguas, pero están revisándolo todo, los planes de clase, todo”, comentaba Amanda durante su último pase. Le pido que se siente y, una vez más, me cuente detalladamente qué ha estado pasando en su escuela. Acepta con reticencia. “No publiques nada más hasta que termine doce grado, sólo me faltan dos semanas”. Asiento.

Estímulos imaginarios

Los treinta pesos de los estudiantes aún estaban guardados en las maletas. Ninguno imaginaba que la fecha de salida del preuniversitario cambiaría para el sábado. No sabían que ese viernes las guaguas no estarían parqueadas y que un aluvión de inspecciones llegaría a la escuela. Pero en la dirección los nervios comenzaban a tensarse. El director había sido avisado de que recibiría una inspección sorpresiva por las guaguas ilegales que salían todos los viernes, a un costo de 30 pesos hacia Guanabo y 20 pesos hasta Alamar.

“Ese día se paró en el matutino y dijo que una madre había mandado una carta por las guaguas y por eso iba a venir una visita del Ministerio; pero ya alguien le había avisado y no lo iban a joder”. Amanda vuelve a revivir el momento y aún sigue nerviosa. “Creí que sabía que era yo quien había hablado. No sabía qué hacer. Miré a los demás y estaban bravos, no por el director, sino porque teníamos que esperar hasta el sábado para irnos”.

El aviso oportuno permitió al director organizar una estrategia de persuasión con la complicidad de otros profesores. En pocos minutos la subdirectora pasó por las aulas y le explicó a los estudiantes cómo se realizaba la entrega de estímulos. “Si les preguntan deben decir que les compramos cakes y los llevamos a pasear por Guines”, repitió en cada aula ante la mirada atónita de cientos de alumnos. Amanda no podía creer lo que estaba escuchando; pero la disposición de sus compañeros a hacerse eco de la mentira la sorprendió aún más.

“Yo llevo ocho años arriesgándome por ustedes”, confesó el director al día siguiente en el mismo matutino donde los alumnos cantan el himno escrito en Bayamo y saludan la bandera de la estrella solitaria. 2920 días desde que saliera la primera guagua, 2920 días enriqueciéndos gracias al trabajo de miles de padres y sintiéndose orgulloso de ello. La semana anterior, durante una reunión de padres celebrada en Guanabo, se había molestado por la poca presencia de estos. “Y gracias que le sacamos a los hijos de la escuela el viernes”, gritó. “Sí, claro, y nosotros pagándote 30 pesos por eso”, pensó una madre cuyas palabras no llegaron a escucharse.

La pista de la comida

“Al principio puede que alguien te dijera la verdad. A estas alturas ya no sé. Han dejado que los estudiantes se unan y ya nadie va a hablar”, asegura Amanda. Las primeras entrevistas fueron realizadas por un hombre alto, vestido de blanco, según las descripciones de la estudiante. Aunque no sabemos cuál habrá sido el contenido de las preguntas, los alumnos que salían comentaban que trataban de “cogernos de atrás para alante”. Pero sería difícil encontrar un fallo en un plan pensado hasta los últimos detalles.

“Si les preguntan por el sábado, dicen que dan tres turnos de preparación para prueba de ingreso y que las guaguas del pase salen por el mediodía, después de las clases”, explicaba una profesora a los alumnos de su grupo. Minutos después, en una de las entrevistas el bocadillo era repetido a la perfección. “Ahhh… entonces se van los sábados. Pero me imagino que sea el sábado tempranito, no?”. “Para nada, damos tres turnos de…”. Desgraciadamente los resultados de las pruebas de ingreso de estos alumnos que ni siquieran han recibido la preparación mínima para los exámenes serán más elocuentes que cualquier párrafo aprendido de memoria minutos antes.

No obstante, la mentira tiene patas cortas. La solución al rompecabezas yacía en el almacén de la escuela. Viernes tras viernes se acumulaba la comida que supuestamente debía darse a los estudiantes. Ante la ausencia de estos, era obvio que los sacos se incrementaban hasta alcanzar una cifra sospechosa para los inspectores. Interesados en llegar al fondo del asunto, los funcionarios auditaron el almacén y descubrieron el sobrante. Cuando inquirieron a la cocina, esta confesó que “no tenía estudiantes los viernes”. Pero, al parecer, esto no fue suficiente para aplicar una medida administrativa a quien había sido un director corrupto por más de ocho años.

Inmunidad…

La investigación se torna infinita y ya el director anunció su triunfo en el matutino de la semana pasada. “Solo quedan dos visitas, si no prueban nada con esas dos, entonces no me pueden hacer nada”. La euforia y la alegría preocupa a Amanda. Aquellos que antes criticaran las actitudes de su director hoy pintan carteles que rezan “Uh, ah, Ernesto no se va” y “Abajo el Ministerio”. La escuela se ha convertido en un caos. En las aulas de Gilberto Arocha, los profesores abusan de su poder para apagar las teleclases y pedir a los estudiantes que escriban y firmen cartas a favor de Ernesto.

“La muchacha más inteligente de mi aula escribió un mamotreto diciendo que el Ministerio no puede juzgar a un director sin pruebas. Todos la aplaudieron”, cuenta Amanada. Los 30 pesos de estos que niegan y tergiversan un acto de corrupción permanecen guardados en el fondo de sus maletas. “Ellos creen que cuando se vayan los del Ministerio las guaguas volverán a salir. Al final lo que todo el mundo espera es llegar a casa antes”.

Pero esto ya no preocupa a Amanda. Llegar a la escuela se ha convertido en una pesadilla desde que su director anunciara en el matutino que ya sabía quién había sido la reponsable. “Fue una niña”, aseguró, “y la voy a botar”. Trato de tranquilizarla, pero después de ocho años de inmunidad resulta demasiado difícil convencerla de que esta vez sí se van a tomar las medidas pertinentes.


Sobre esta noticia

Autor:
Ariel (3892 noticias)
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Tipo:
Nota de prensa
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