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De Cuba y algunos contrastes: Inmunidad educacional II

08/03/2010 20:42 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Es jueves en Gilberto Arocha, y, como de costumbre, la hermana del director del preuniversitario ubicado en Guines sube a los albergues para recoger el dinero de la guagua del siguiente día

Cinco estudiantes de onceno grado ya tienen la certeza de que, el viernes dejarán de dormir en H3, su albergue original, y pasarán a H1. ¿El motivo? No tienen 30 pesos para pagar la guagua. El estímulo recibido por el resto de los alumnos, en su caso, se transforma en castigo.

http://www.cubaencuentro.com/var/cubaencuentro.com/storage/images/cuba/articulos/de-vuelta-al-asfalto-193708/un-instituto-preuniversitario-en-el-campo-panoramio/1710816-1-esl-ES/un-instituto-preuniversitario-en-el-campo-panoramio.jpg

“El viernes, al mediodía, el director manda a los responsables de la limpieza a arreglar los dormitorios. Después, va cerrando los albergues y los estudiantes dejan las maletas en H1 hasta que vienen las guaguas. Los que se quedan, como no llenan un albergue, tienen que dormir ahí esa noche hasta el sábado, cuando llegan las guaguas oficiales del pase”, comenta Amanda.

ABC del estímulo preuniversitario

Las escuelas en el campo surgieron en el año 1971, como alternativa a los centros preuniversitarios urbanos. Con esta nueva modalidad, se pretendía vincular la formación docente con el interés por el trabajo y contribuir al aumento de la productividad en el sector agrícola.

En los preuniversitarios ubicados en Guines se cosechaba fundamentalmente papa, mientras en el IPVCE Vladimir Ilich Lenin, los cítricos constituían el producto esencial. Además del trabajo en el campo, durante los primeros años del IPVCE, los alumnos se vinculaban a la fábrica de pilas y radios situada cerca de la escuela, donde podían aplicar directamente los conocimientos adquiridos en las aulas.

El estímulo ha sido uno de los aspectos que se ha tratado de mantener en todos los sectores laborales y estudiantiles para premiar el esfuerzo y la competitividad sana. Cuando se aplica correctamente, puede generar cambios favorables en el centro en cuestión y en las actitudes personales.

“Cuando estaba en doce grado, en la Lenin, llegó un director nuevo. Era grandísimo. Un poco gordo. Negro. Pero tenía la mirada más dulce que he visto en mi vida. Nunca gritaba. No maltrataba a los estudiantes. No te avergonzaba ni te humillaba como el anterior. Le decíamos Maxim, de cariño, como el personaje de los Transformers.

“Un día nos explicó, en el matutino, como sería la emulación. Se acumulaba una cantidad de puntos por limpieza en los albergues, productividad, actividades deportivas y culturales, resultados docentes, trabajo voluntario (voluntario de verdad, no voluntatorio). Al final del mes se decían los tres primeros lugares y el grupo con mejor nota salía de pase un jueves.

“Todos los grupos se esforzaban por obtener la mayor cantidad de puntos. Recuerdo que limpiar los baños del docente aumentaba notablemente la cifra, allá fuimos nosotros y dejamos los baños con brillo. No ganamos esa semana. Cogimos el segundo lugar. Pero ese año nuestra unidad estuvo muy limpia. Al final nos dimos cuenta de que ya no importaba la emulación. Él nos hacía sentir felices trabajando, algo que no habían logrado sus antecesores”.

Experiencias como la de Gretel, egresada de la Lenin y graduada de Estomatología, se repiten en otros preuniversitarios. Mileidys, estudiante de la Universidad de la Habana, cuenta que cuando era estudiante del IPUEC Primer Congreso, “el director estimulaba a los estudiantes por los resultados docentes, la limpieza del albergue y el trabajo en el campo. Como no había guaguas para sacarnos de pase el jueves, le pedía ayuda a los padres y, cuando llegaba alguno en un carro, dejaba ir a otros estudiantes premiados”.

Según una madre del preuniversitario Gilberto Arocha, para otorgar el estímulo de pase con antelación, el director del centro debería llamar al Municipio de Educación y pedir la transportación para trasladar a los estudiantes. “El problema es que en el Municipio le van a decir que no, porque no hay combustible, entonces se aprovecha de eso para sacar las guaguas de 30 pesos”, añade.

Una escuela para fantasmas

“Este viernes salieron tres guaguas. Una a las 5 de la mañana para los varones de onceno y doce grado de Alamar; otra a la 1:00 p.m. y la última, a las 7:00 p.m. A los alumnos que optan por la policía los recogieron en otra guagua porque tenían una reunión sobre la carrera y de ahí seguían para sus casas.

“Como fue de sorpresa, los que estaban en la lista de los 30 pesos pidieron su dinero de vuelta y se fueron en la otra guagua. No pasaron ni cinco minutos y ya la guagua de los 30 pesos estaba llena de nuevo. La escuela se quedó casi vacía”, cuenta Amanda.

La matrícula de doce grado es de aproximadamente 389 estudiantes y la cifra de alumnos en total rebasa los 450 alumnos. Sin embargo, los viernes en la noche, la algarabía habitual de los estudiantes es desplazada por un silencio fantasmal, únicamente interrumpido por la respiración de cinco niñas, que duermen fuera de su albergue y cuyo único pecado es no tener 30 pesos para salir en la guagua ilegal.


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Autor:
Ariel (3890 noticias)
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Nota de prensa
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