Globedia.com

×

Error de autenticación

Ha habido un problema a la hora de conectarse a la red social. Por favor intentalo de nuevo

Si el problema persiste, nos lo puedes decir AQUÍ

×
×
Recibir alertas

¿Quieres recibir una notificación por email cada vez que Postcefalu escriba una noticia?

Cuatro mil quinientas millas

16/06/2011 09:23 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La carrera de  Alexander Mackendrick queda interrumpida tras seis películas  de moderado o incluso gran éxito - la última de ellas, "Sweet smell of success"  ya en su USA  natal- para volver transfigurada en tres títulos finales de muy desigual fortuna crítica.La justamente aclamada "A high wind in Jamaica", que  parece la única que cuenta para la mayoría, está flanqueada por dos films  olvidados. "Sammy going south", rodada dos años antes y criminalmente cortada  casi treinta minutos para un remontaje que ha circulado más de lo admisible durante años y finalmente en 1967 "Don´t make waves", aún más  defenestrada e igualmente maltratada por las ediciones en toda clase de formatos.imageEn el intervalo de más de un lustro que separa "Sweet smell of success" de "Sammy going south", Mackendrick sólo trabajó, sin acreditar, en dos films que serán fundamentales para entender el  cambio de rumbo que experimenta en ese trío final mencionado, "The devil's disciple", que firmó Guy Hamilton y "The guns of Navarone" de J. Lee Thompson.Y en fin, quiero demasiado a Richard Quine para mencionar otro film que dicen que rodó con la ayuda de Mackendrick, dejémoslo ahí."Don´t make waves", a pesar de poder tener más puntos de contacto con  sus famosas comedias en la Ealing británica y ser  divertida, locuaz y naive como muchos Zampa o Sidney  contemporáneos, sí es comprensible que haya quedado más datada y circunscrita a una época. Unos años en los que también conecta con Tashlin y Taurog, que ahora parece tan lejano que fuesen mirados con rigor vista la involución actual y eso incluye hasta a Jerry Lewis. Habrá que volver a  recordar los argumentos que se utilizaron y quizá deje de quedar como extravagancia la sola mención de cualquiera de ellas entre los grandes films de esos años.En cambio, la escasa fama de "Sammy going south" es un misterio.Ni siquiera cuando en 1987  Steven Spielberg estrenó y llenó los periódicos de medio mundo con su "Empire of the sun", que tiene con ella claras y "sospechosas" coincidencias (y no es la única película en su filmografía que algo o  mucho debe a Mackendrick), fue apenas recordada.

Ya parece que no va a figurar nunca entre los grandes films iniciáticos de su década y cualquier otra época, pero los que la revisamos con tanto placer una y otra vez, no nos resignamos.La versión original, recientemente re-distribuida, rozando las dos horas de metraje, con su paleta de colores y sonido correctos, es un prodigio de ritmo, sensibilidad y precisión.

Mackendrick, nada preocupado por la empatía como buen stevensoniano, no sólo mira siempre desde la posición del niño y no parece interesado en extraer grandes conclusiones sobre cómo era esa bellísima  y ya problemática África  - que empezaba a despertar del colonialismo finalizada la segunda guerra mundial  - sino que casi parece querer eludir la aventura misma o al menos su  aspecto vitalista, liberador:  no tener ataduras ni horarios, dormir al raso, conocer  otras gentes y lugares... nada es divertido ni expansivo si no hay que comer, se tiene frío o miedo, los demás creen saber mejor que uno mismo lo que nos conviene y  no hay seguridad ninguna de que el destino sea  ese punto de partida necesariimageo para emprender una nueva  vida.

Se convierte de esta manera "Sammy going south" en una intensa pero sobria crónica de supervivencia en un mundo donde la acción y el pensamiento son una misma cosa y, como decía  Borges, las distancias eran mayores porque se tardaba más tiempo en recorrerlas.

¿Es realmente una película de aventuras? Por supuesto, lo es para el espectador, que vive ensimismado cada giro del relato, pero sólo termina siéndolo para Sammy, cuando a mitad de viaje encuentre a Cocky Wainwright, el viejo buscador de diamantes interpretado con ternura por Edward G. Robinson, que cambiaría todo por haberlo tenido como hijo. Y desde luego lo será completamente en perspectiva, cuando años después si todo le va bien, los buenos recuerdos  borren los malos de su  memoria y aprenda la verdadera lección, la que obtiene cuando, en un momento maravilloso, Sammy mata de un tiro a un leopardo y apenas empiezan a vitorearlo cuando aparece en plano el cachorro que queda desamparado con la muerte de su madre.

No estoy muy seguro en cambio de que su pequeña odisea pase de anécdota para contar en reuniones sociales  para  esos frívolos  turistas ingleses  que recordarán a aquel niño  que pudiendo dormir en camas con doseles, vestir ropa limpia y haber viajado lujosamente en primera hacia el norte, se fugó del tren para dirigirse al sur en busca de su tía, solo.

Se han generalizado  demasiado los "profesionales" de la aventura, los que disfrutan con el peligro, son capaces de ser ingeniosos y hasta chistosos ante la inminencia de lo que paraliza o empequeñece a cualquiera, siempre con esa autosuficiencia y esa seguridad en que todo saldrá bien - mezclas y derivados de  Indiana Jones, James Bond y compañía - quizá porque ya nadie quiere oir hablar de sufrimiento para lograr algo, ni de largos ni de medios plazos, sólo de éxito  y eso juega en contra del film.

Sólo el romántico Cocky - con la complicidad in extremis de Jane  - sabe de la Ítaca de Kavafis y lo importante que es que el niño termine su aventura porque de otra manera todo habrá sido en balde.


Sobre esta noticia

Autor:
Postcefalu (179 noticias)
Fuente:
postcefalu.blogspot.com
Visitas:
1226
Tipo:
Reportaje
Licencia:
Distribución gratuita
¿Problemas con esta noticia?
×
Denunciar esta noticia por

Denunciar

Empresas
Lugares

Comentarios

Aún no hay comentarios en esta noticia.