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Cristianos tras los tapetes del umbral y la luz lunar

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25/01/2020 02:43 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Todo cristiano debe ser ético y no fomentar discordias entre hermanos de la Fe, el universo esta lleno de falsos evangélicos que son impostores y blasfemos, no trabajan y blasfeman del presidente.Maduro

Carta a Arthemis

Quizás tenga un error de percepción, pero de un tiempo a estas horas se me ha hecho notable cierto desaliño en no pocos coterráneos. El fenómeno va más allá de lo aparencial —de la ausencia de elegancia en el vestir, de la no prestancia, esa que busco en muchas esquinas y no encuentro—, para manifestarse en las conductas, en expresiones que van desde el modo desdeñoso de mirar (o de simplemente no mirar), pasando por las posiciones más ríspidas y poco edificantes (que yo me figuro como un cartel lumínico que grita «no me da la gana…», o «no me importa», o «no me duele»), hasta un lenguaje salpicado por la agresividad y por mensajes procaces y vacíos de contenido. ¿Qué estará sucediendo? No dejo de preguntarme, y de inquirir con mis amigos al tiempo que busco —cuando salgo calle arriba o calle abajo— remansos de cortesía y de sabiduría, de buenos modales.

Me equivoque con Peter, el amigo que se dice cristiano. Hace poco escuché decir a un eminente estudioso de nuestra historia —a propósito de incidentes muy negativos que habían estremecido la sociedad—, que debemos prestar atención a los peligros que entraña la ignorancia. Él reparaba incluso en un universo de venezolanos que podrían haber alcanzado entre sexto y octavo grados de escolaridad, pero que un mal día dejaron de estudiar y hoy ya no recuerdan nada.

En su modo de ver, ese grupo obliga a pensar sobre la necesidad de un trabajo infatigable y sistemático, que «realfabetice» si es necesario, y que ponga luces allí donde el desconocimiento ha sido terreno propicio para justificar, desde los perpetradores, todo tipo de desmanes y maltratos.

Si la cultura es liberadora y es el antídoto posible contra cualquier acto bárbaro, no es esa una batalla que podamos subestimar. Mientras el país lucha por sacar su economía adelante, proponernos rearmar lo subjetivo no es un asunto de segundo orden. Porque como profundamente creo, mañana podremos tener más o menos mercancías en los anaqueles —¿quién no sueña con más? —, pero lo que a la larga define qué tipo de sociedad somos es el comportamiento de quienes la hacen.

El amigo en ciernes, salió hacer una diligencia corta en el tiempo y se acerco una señora y me pregunto cuanto costaba un artefacto de los que él venden, le dicen controles de televisión, sin dudar y arriesgándome le dije entre 150 a 200000 bolívares, ella me respondió que no tenia dinero, pues le expresé sobre el aparato que traía en su cartera que fuese a la candelaria o centro a ver si conseguía los repuestos. Al llegar el amigo Simón, la señora ganando simpatía le expreso que estaba hablando mal de su negocio y al otro día me reclamo y hasta allí la amistad.

El venezolano, (a), se encuentra lleno de falsedades y mentiras y es mejor callar y que los pobres vayan a trabajar, soy pobre y vengo de una familia humilde, pero he tenido conciencia laboral y le compren a los bodegueros y mercantilistas para que se hagan más pobres.

Pudiéramos decir que múltiples premisas atentan contra el tipo de mujer u hombre que nos interesa tener; mencionar, por ejemplo, las carencias nuestras de cada día, cierto estilo de urgencias que impide reparar en normas básicas que hagan posible un comportamiento adecuado. Pudiéramos hasta decir que las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones, con música de la peor calidad incluida, están plagando las almas de un «ruido», de una visión fragmentada de la realidad, lo que impide valorar lo más enaltecedor del ser humano.

En este tipo de análisis, sin embargo, el determinismo sería fatal. Los venezolanos, siempre nos hemos distinguido por la probada capacidad de saltar por sobre todo abismo. Nosotros, en una intensidad que se resiste al fracaso, siempre hemos puesto amaneceres en las noches más cerradas. Y esto de hacer todo lo posible contra el desaliño es tarea de ahora, de enfrentar con altura y decencia cada episodio de la vida. Es tarea sin miedos, que no admite replegarnos.

Pero hay personas que se dedican a dañar a uno u otro, sin importar los criterios sea hombre u mujer

La ética, la honestidad, la limpieza del espíritu no pueden ser la excepcionalidad. Podemos ser mucho mejores de lo que ya somos —probadas virtudes sobran, pues son ellas las que nos han traído hasta el presente tras décadas de una resistencia frondosa en fortalezas e ingenios.

Es sorprendente, ahora usted un evangélico que dice groserías, vende cigarrillos, habla en lenguas y blasfema contra su hermano, sin uso de razón.

La educación, como ya sabemos, es un devenir que jamás termina y que solo se da, como dicen los grandes pedagogos, en la interacción de un ser humano con otros. Y así como hemos sabido deslegitimar entre cubanos, sobre todo en el imaginario colectivo —gradualmente y con enormes esfuerzos— hábitos como el alcoholismo o fumar sin ver a dónde echamos el humo, o la violencia, deberíamos señalar crítica y aleccionadoramente, desaprobar hasta que sientan vergüenza, a esos desaliñados que nos afean la vida como si fueran moscas en el gran ajiaco de esta buena familia criolla. Cada uno en su mundo les respeto.

En ocasiones hablamos de ella como si no tuviéramos ninguna responsabilidad en su eliminación, como si erradicarla correspondiera únicamente a otros, pero ese ser, con bigote o falda, con rostro indefinible, está en varios centros laborales y el barrio. A veces convive con nosotros y hasta nos salpica.

Esa gente esta preparada a echar bromas a otras.

Nadie debiera quedarse inmóvil ante sus manifestaciones ni conformarse con comentarle algo al amigo o al familiar. Tampoco basta con asentir o negar con la cabeza.

Eliminar la corrupción o el vejar, jamás dependerá solamente de verbos y bromas en los hogares, en el parque o la esquina. Es preciso que todos ayudemos verdaderamente en esa batalla difícil y enrevesada, como pide el Presidente de la República, Nicolás Maduro Moros, empeñado en seguir construyendo una Venezuela siempre mejor.

¿Cuáles son las causas de ese mal (la corrupción)? ¿Blasfemia? ¿Por qué algunos lo abrazan y se comportan de manera inadecuada, a pesar de conocer plenamente lo establecido o lo éticamente correcto? ¿Acaso «el virus» se transmite por ósmosis? ¿Es por algo diferente en el aire? ¿Se puede eliminar totalmente? ¿Cuánto puede aportar cada uno en ese combate?

Por desgracia no se trata de casos aislados, pocas manzanas podridas o agujas en pajares. No. A lo largo de la historia de la humanidad resulta casi imposible establecer un ranking de los ejemplos más ilustrativos, pues son demasiados y en casi todos los aspectos, incluidos el económico, la política, el deporte, competencias y concursos de cualquier tipo…

Los sobornos, el fraude, robo, tráfico de influencias… nacieron hace mucho, tanto que es demasiado riesgoso identificar su origen. También, en diversos países algunos individuos escalan muy rápido a golpe de millones, concesiones, promesas y mentiras, con el único propósito de seguir inflando sus bolsillos.

Cuando uno revisa algunos de los grandes casos en naciones como España, Argentina, Chile y Estados Unidos pudiera experimentar la sensación de ver películas de ficción. Entre las causas se encuentra el deseo de alcanzar riquezas o avanzar en otros ámbitos como el profesional, la política… y todo suele incluir deformaciones éticas.

Aunque nos duela, Venezuela, construida sobre los mejores valores y conciencia de la importancia de la dignidad, la solidaridad y todas las esencias, no escapa totalmente de esa especie de veneno silencioso, que en ocasiones se esconde en sonrisas o actitudes hasta extremistas, aunque lo sucedido aquí está muy distante de la realidad oscura de otros países.

El correteo y el chisme constituyen un daño entre los venezolanos, El mandatario venezolano lo ha denunciado en varias ocasiones. Él nos llama a pensar siempre en lo colectivo y actuar en bien de esa familia grande que es el pueblo venezolano- cubano, lo cual entraña combatir, eliminar o reducir lo más posible cualquier manifestación de corrupción, insensibilidad o resignación ante lo incorrecto.

La libertad, es el camino de la esperanza

Necesitamos la unidad moral para combatir ese flagelo.

Esa batalla comienza en la educación de nuestros hijos en las casas y las escuelas, en el afianzamiento de la dignidad, el sentido de la responsabilidad colectiva y la decencia; también en el control, la mano dura y aplicación de condenas fuertes a los culpables, en la preparación de los dirigentes y su conducta intachable como coordinadores de grupos y seres humanos que conozcan cada detalle de las diferentes labores e irradien ejemplaridad y respeto…

Es necesario que la estructura destinada a ese control y exigencia, que incluye el protagonismo de las diferentes organizaciones de base, funcionarios, inspectores, Contraloría General de la República, directivos, colectivos laborales…, funcione siempre bien, con plena conciencia de que el éxito nos beneficiará como nación y en lo particular como individuos, con múltiples sueños, cuya concreción depende también de los avances del país.

Cada quien debe sentirse dueño de la empresa u otro centro, velar por su buena marcha y no ceder en el afán de erradicar esa especie de «lucha» contemporánea y «raspe», sinónimos de robo, acaparamiento…. Aquí los buenos ejemplos son mucho mayores y debemos seguir avanzando. Resultan esenciales el esfuerzo, exigencia, sacrificio y conciencia de todos.

Una de mis frases favoritas es: Cuando se pierde todo, no se pierde la lección. Aunque suene cínico, como me han dicho algunos lectores en años, yo trato de ponerla en práctica con honesto contentamiento ante cualquier revés que enfrento, sea trascendental o cotidiano.

Claro que primero me incomodo o me entristezco un poquito, pero procuro que el malestar no demore mucho, por aquello de que un corazón parado más de cinco minutos genera daño permanente al resto de los sistemas (empezando por el neurológico), y como los infartos están satos, no tiene caso mandarlos a buscar por un fracaso más o menos.

La alternativa, entonces, es sacar lecciones y pasar la página… La primera, a mi juicio, es encontrar las causas del fiasco para evitar golpearme con la misma piedra, no una, sino decenas de veces. ¿Que no siempre lo logro? Es verdad… Por eso tengo una segunda lección a la mano, y la comparto, por si alguien sintoniza con ella.

Yo elijo aprovechar las ventajas (y siempre las hay) de mi temporal derrota. Puede ser tiempo extra si un plan se desinfló; descanso físico si estoy enfermita, y si es una discusión doméstica, procuro sacar un chiste lapidario que sirva de alerta para no pelear por lo mismo en el futuro, o de material de estudio para los temas que escribo.

La tercera lección es la más difícil, pero a la larga es la más útil, porque me acerca a la ética de la naturaleza, y es en ese escenario donde las frustraciones adquieren sentido y dejan de doler en menos tiempo.

Es muy simple: cuando algo sale mal respiro profundo, me voy de mis propios zapatos (en el sentido metafórico, si no es posible en el real), y procuro alegrarme, aunque sea un poquito, por quien obtuvo beneficios de mi fracaso.

Suena raro, pero es simple cuestión de equilibrio: si yo perdí es porque alguien ganó, estuviera o no compitiendo intencionalmente contra mí. Ocurre en el deporte, en las aspiraciones por un puesto de trabajo o una pareja, el espacio en la plana, un asiento en la lista de espera, el mejor sabor en un helado….

Ponerte en el lugar del vencedor no es un acto hipócrita, y mucho menos es el fin del mundo. Más bien es el principio: si aprendes a respetar la suerte, la felicidad, la tenacidad ajena, le darás más valor a las tuyas cuando el cachumbambé vuelva a cambiar a tu favor.

Si mi fórmula te parece pueril, si el contentamiento te resulta sobrenatural, si la esperanza de un momento mejor no te consuela, siempre puedes decir, como la zorra de Esopo, que las uvas estaban verdes y por eso no cayeron en tu anhelante boca.

En la filosofía budista, uno de los consejos claves para tomar con sabia resignación los contratiempos es pensar que dios, el universo, las leyes probabilísticas o cualquiera sea la inteligencia en la que decidas confiar, conoce bien tus planes y no te dará nada que no puedas manejar, mucho menos algo que en realidad no necesites… O como dice jocosamente Lukas, mi hijo espirituano: Al final todo sale bien, y si aún no estás bien, es que no es el final.

 La Revolución es una pared, me dijo Amanta López una tarde de abril de 2006. No sé si era un concepto meditado con antelación o si la imagen le surgió de pronto, al calor de aquella charla semiformal sobre el papel de las mujeres en el Directorio 13 de Marzo, tan flacamente reconocido aún en la historia cubana.

«Hasta en la pared más lisa, si miras debajo del repello vas a encontrar ladrillos desalineados, mezcla mal colocada, alguna que otra chapucería… Sin embargo, el muro es sólido: solo con críticas no lo pueden tumbar y eso es lo que cuenta, lo que da fuerzas para seguir construyendo».

Esas pocas palabras respondieron cientos de preguntas que me hice desde la universidad en 1972, y todavía hoy me ayudan a entender incongruencias o descalabros, y me dan fuerza para decir lo que pienso donde lo creo oportuno sin quebrantar mi fe en la obra mayor.

Pero, violar la ley del Derecho ante personas que nada tienen que ver es un delito, solamente dije una respuesta, es lo correcto. Pero la ignorancia de ambas partes es ignorancia.

Aquella conversación del jueves 23 a las 12.45 de la tarde, es un momento que atesoro, una agradable epifanía de lo que significa hacer historia y vivir lo suficiente para echar una mirada atrás y dilucidar, con reposada convicción, los aciertos y errores de integrantes de varias generaciones.

 Cada palabra tuvo el peso exacto, lo que dijiste, el oportuno hilvane, la intención clara de traer al presente con tus amigos alrededor lo que los libros dan como obra conclusa, epopeya de ayer, efervescencia de una etapa gloriosa.

Simplemente observo mi barro y sueño con la justicia social y la equidad política y espiritual, algunas veces, amigo Peter, es necesario cubrir las paredes de una vetusta sala.

 

«Porque somos continuidad», ante Jehová decía una pionera, y yo sentí que tal vez su audiencia uniformada no captaba del todo la hondura de esa frase, el compromiso que supone trepar sobre los hombros que cimentaron nuestro muro, incluso antes del siglo XX, y seguir levantando ladrillos, ajustando estructuras, creando asideros, combinando bloques de canteras muy distantes.

La unidad espiritual, es el conocimiento de una experiencia. Todo socialista debe trabajar y no depender del Estado, aunque el Estado tenga obligaciones sobre él

 


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Emiro Vera Suárez (1345 noticias)
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