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Crisis de los refugiados

23/11/2015 09:50 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Lleva decenios abierta, aunque hace pocos meses que está en las portadas de los telediarios

Hasta su reciente estallido en las portadas de los telediarios, la crisis de los refugiados se había mantenido prácticamente oculta por el interés de los países desarrollados para salvaguardar la tranquilidad de sus ciudadanos y, por ende, de sus gobernantes.

A poco que reflexionemos, es fácil llegar a la clara conclusión de que esa incesante y creciente tragedia humanitaria es una consecuencia inevitable, a la postre, de los múltiples conflictos armados que están activos en todo el mundo desde hace décadas. Tales conflictos, naturalmente, tienen su teatro de operaciones, de forma casi exclusiva, en los países y territorios más desfavorecidos y remotos.

Estos conflictos están alimentados con armas del “mercado ilegal”, pero, esas armas, normalmente, son fabricadas en los países desarrollados, a quienes revierte el flujo económico de ese comercio. Esa reversión se suele producir en forma de dinero y de influencia en la región correspondiente y, con la influencia, obtienen el control de materias primas y otros recursos naturales. Ese control beneficia de forma significativa a la economía de los países que lo detentan, elevando los niveles de vida y bienestar de sus ciudadanos, en perjuicio de los ciudadanos de los países de origen de tales recursos, que cada vez disponen de menor renta, menos oportunidades y menos democracia.

En todo caso, la actual crisis de los refugiados se ha concretado en los que huyen de la guerra de Siria; se trata de ciudadanos de ese país y, cada vez más, de otros del área, que, empujados, de forma intencionada, o no, por la barbarie que ejerce Daesh en la región, no ven otra salida que arriesgar sus vidas y las de sus familias. Además, en la mayoría de los casos, las personas que, por estas circunstancias, se ven obligados a abandonar sus países de origen, han de asumir también la pérdida de todos sus recursos económicos (normalmente son personas de clase media), para tratar de mantenerse vivos a corto plazo, con la esperanza de tener la oportunidad para rehacer sus vidas en un futuro a medio plazo.

Para ello confían en la solidaridad de los países desarrollados que, en aras de derrocar las tiranías e implantar la democracia, han empezado por propiciar la guerra, y la devastación que la acompaña, en sus países de origen, convirtiéndolos en el teatro de operaciones en el que (por motivos económicos, nunca declarados) se están enfrentando ahora la concepción civilizada (vale decir, la de los países desarrollados) del mundo y la barbarie de Daesh.

Sin embargo, desde los primeros momentos en que la ola de refugiados empezó a intentar rebasar las fronteras de su área de influencia, se ha hecho patente que los ciudadanos y, por tanto, los dirigentes (en tanto que ciudadanos, a su vez, y también como dirigentes) de la solidaria y civilizada Europa no están por la labor de complicarse la vida y arriesgar el, hasta hace poco, plácido discurrir de su existencia incorporando a esa muchedumbre de refugiados a su tejido económico y social.

En consecuencia, parece evidente que se busca establecer una frontera fuerte en ciertos países, cuanto más remotos, mejor, que contenga a los refugiados. Para ello, de momento, la receta parece ser, impedir con leyes y físicamente (con vallas, alambradas -y quizá pronto, muros-, policías y soldados) la salida de esos refugiados de los países tampón; esa receta parece que se va a concretar en la aportación de dinero a esos países, no tanto para que acojan y asienten a los refugiados, como para que los agrupen en centros de acogida y campos de refugiados (¿campos de concentración?) y se empleen a fondo para rechazarlos, evitando así que crucen sus fronteras.

No se conseguirá detener el flujo incesante de personas desesperadas con leyes de exclusión en los países de destino, sino con paz, justicia, seguridad y respeto en los países de origen

Desafortunadamente, es de temer que parte de ese dinero no se emplee para esos fines (que ya, en sí mismos, son poco deseables para los refugiados), y acabe en manos de dirigentes sin escrúpulos y “señores de la guerra” que lo emplearán para su enriquecimiento personal y para comprar armas y suministros (normalmente a los países desarrollados) para aplastar las disidencias internas en los países receptores y, si llega el caso, para guerrear con sus vecinos, generando más destrucción y, como consecuencia, nuevos flujos de refugiados.

Por otra parte, y aunque solo hace unos pocos meses que han empezado a llegar refugiados por miles a los países más desarrollados de Europa, la crisis de los refugiados, como ya hemos olvidado, de puro sabido, lleva decenios abierta, con una intensidad menor, pero sistemáticamente creciente, y afectando a personas procedentes de África, sobre todo subsahariana, que llegan a las costas españolas y a las vallas de Ceuta y Melilla, así como a las costas Italianas.

Estos refugiados, que hasta ahora se llamaban simplemente inmigrantes (y ahora: migrantes, migrantes económicos, refugiados, …), también huyen de los conflictos armados en sus países, muchas veces en manos, de facto,   de diferentes “señores de la guerra”, y no les mueve tanto, como se ha venido diciendo, el afán de mejorar de vida en un mundo con más oportunidades (por lo menos para comer al menos una o dos veces al día), si no el de mantenerse con vida y explorar la posibilidad de sacar también a sus familiares del infierno de sus países de origen, pero con un riesgo menor que el que ellos mismos han afrontado.

Esta esperanza se desvanece en la mayoría de los casos, pues en los países “de acogida”, suelen permanecer como irregulares y no pueden trabajar de forma legal (aunque sí pueden hacerlo bajo diferentes formas de explotación), ni rehacer sus vidas, por lo que se tienen que conformar con enviar algún dinero a sus familias para intentar aliviar su situación y, quizá, dotarles de recursos para que, pagando también a las mafias, emprendan a su vez el viaje al mundo desarrollado (que intentará rechazarlos), evitando ser víctimas inmediatas de la violencia y el caos reinantes en su país, aunque arriesgando (y perdiendo en muchos casos) sus vidas en el viaje.

En síntesis: lo que empuja a millones de personas a abandonar el entorno en el que desarrollaban la vida en sus países de origen, convirtiéndose en refugiados absolutamente desprotegidos, no se trata de un problema de pobreza endémica de los territorios en los que solían vivir, sino de pobreza extrema, inseguridad, vulnerabilidad e indefensión absolutas derivadas de la destrucción y el caos provocados por los conflictos armados, promovidos, alimentados y sostenidos por los intereses económicos enfrentados de los países desarrollados y que convierten a los países y territorios más desfavorecidos en el teatro de operaciones de tales conflictos. En consecuencia, la mejor forma de ayudar a los refugiados, deteniendo así el flujo creciente de los que tratan de llegar a los países desarrollados, es eliminando de sus países de origen las condiciones que les impulsan a abandonarlos.

Reflexión final: no se conseguirá detener el flujo incesante de personas desesperadas con leyes de exclusión, fronteras, alambradas, vallas, muros, policías y soldados en los países de destino, sino con paz, leyes justas, justicia, dignidad, seguridad  y respeto para todos en los países de origen.

 


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