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Correspondencia

28/04/2011 22:21 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

¿Qué hay detrás de los conceptos hombre y mujer? ¿Qué realmente representa lo femenino y lo masculino? ¿Qué papel desempeñan en el sexo tanto unos como otros? A través de una carta a una amiga desconocia intento dar respuesta a estas preguntas

Creo que te comenté hace algún tiempo sobre mi interés en escribir sobre la mujer. Mientras leía y leía y leía noté que la situación se centraba, más allá de lo biológico y lo genital, en el comportamiento sexual. Puedo estar equivocado, pero así lo percibí. El control que sobre ella ha desempeñado el hombre se concentra en las múltiples posibilidades que se ofrece y ofrece el cuerpo de la mujer, o, mejor dicho, el cuerpo femenino. ¿Por qué hago la distinción? Bueno, por ahí van mis pasos. Creo que Mujer y Hombre son categorías culturales y bajo ese molde todos hemos sido codificados. Esta idea me la sembró en la mente Ana Teresa Torres cuando la suelta en un libro muy interesante llamado Historia del Continente Oscuro. Allí ella afirma que ser hombre o mujer “es un hecho del lenguaje, un cierto modo de insertarse en la cultura, porque la cultura –la historia, si se quiere– apresa la condición sexual de los seres humanos y los ordena, organiza la división de los sexos, rige las relaciones entre ambos…” La cultura nos define y dentro de esa definición pasa nuestro cuerpo. Eres mujer y soy hombre por razones que efectivamente se desprenden de lo genital, pero que explican su estar-siendo en el mundo desde lo cultural.

Más allá de Mujer y Hombre siento que está lo femenino y lo masculino y eso entra en el campo de las racionalidades. Lo femenino apunta hacia una racionalidad sensible, mientras que lo masculino apunta hacia una racionalidad racional. Digamos que esto se puede explicar desde aquella división que hizo Nietzsche de lo apolíneo y lo dionisíaco. ¿Serán estas las dos fuerzas que se debaten en el alma del pobre Fausto y que, de alguna manera, rescata Hesse en su Harry Haller de El Lobo Estepario? Ambos fundamentos los toma Nietzsche del pensamiento griego. Lo apolíneo viene de Apolo y éste representa la serenidad, claridad, la medida y el racionalismo; rasgos que Platón adjudicó siempre al hombre. Lo dionisíaco, por otro lado, viene de Dionisio y éste lo impulsivo, lo excesivo, lo desbordante, lo irracional; rasgos que Platón –siempre Platón– vincula con la mujer. Lo femenino es lo irracional que es lo dionisíaco y lo masculino es lo racional que es lo apolíneo.

Esto último es lo que se impuso desde el logos cartesiano de la modernidad: la racionalidad como fundamento para ser en el mundo. Desde allí todo se volvió posible al cálculo, a la medición, a la razón técnica. Todo se volvió, eso mismo, técnica para la técnica como una especie de burla a aquello del arte por el arte mismo que, en el fondo, era otra manera de imponer cierto cartesianismo camuflado. El discurso racional fue escarbando en la cultura y la transformó en cultura. Eliminó los mitos, echó a patadas lo simbólico, todo, como te dije, tenía una explicación y aquello que no lo tuviera, pues, se controlaba a través del miedo a lo desconocido. El temor a dar el paso. Transformó el abismo en un lugar del cual había que alejarse. Negó la posibilidad del riesgo de ir más allá. La racionalidad moderna desde Platón hasta el momento en que te escribo apunto sus invectivas sobre el cuerpo y le vistió la desnudez. La racionalidad pretende medir todo: tamaño, duración, sensación... prepotencia. Es, si se quiere, la muerte del cuerpo y su capacidad de ser cuerpo amante, cuerpo donde arden todas las sinfonías del placer, del goce, del deseo. El amor, invento del patriarcado, se volvió palabra que apresa y limita puesto que también se sometió a las irracionalidades racionales.

Más allá de Mujer y Hombre siento que está lo femenino y lo masculino y eso entra en el campo de las racionalidades

La razón masculina, es decir, la razón racional tomó terreno, se hizo unívoca y ambiciona ser universal. Occidente es el espacio de esa racionalidad y nosotros, latinoamericanos confundidos y occidentalizados, emparapetamos esos códigos en nuestras vidas sexuales y las hicimos miserables. Esto hace necesario el despertar de la razón sensible, es decir, lo dionisíaco que es decir la razón femenina y esa razón está dentro de hombres y mujeres por igual. Creo que al despertarla nos volvemos sólo posibilidades de plenitud. El goce, el placer, el deseo se abren a transformando al cuerpo en carne hospitalaria y en conocimiento carnal. La racionalidad masculina edificó toda una serie de mecanismos para encerrar y luego fragmentar al placer. Siguiendo a Onfray, la única manera de quebrar esta racionalidad es apostar por un libertinaje anárquico. El orgasmo irracional contra la racionalidad ascética del patriarcado fundamentada en el ideal cristiano. Esta razón masculina no sólo deformó –o pretendió deformar a la mujer y su potencia sexual– también pudo deformar la del hombre. Alain Finkielkraut y Pascal Bruckner escribieron un libro llamado El Nuevo Desorden Amoroso y en él se explayan en explicaciones acerca de las limitaciones físicas del hombre en cuanto a la entrega al goce, al estallido de los cuerpos. Para ellos el goce masculino queda fulminado en la descarga seminal, mientras que el goce femenino puede seguir más allá de la evasión masculina. Hasta hace bien poco acompañaba este criterio sin cuestionarlo, claro, yo también soy producto del cartesianismo. ¿Y qué pasa si esto también es producto de esa racionalidad que critico? ¿Qué pasa si esos límites corporales también han sido impuestos cuando se pretendió controlar la naturaleza desbordada y desbordante de la mujer? ¿Por qué me lo pregunto ahora? La duda me la sembró Michel Onfray –si, Onfray de nuevo– cuando leí su libro Teoría del Cuerpo Enamorado. Allí aborda someramente el tema. Te escribo lo que él escribe: “En relación con la misoginia fundadora y fundamental de la ideología judeocristiana, la doctrina del matrimonio y de la pareja estereotipada procede de un mismo miedo al deseo, de una parecida inquietud con respecto a los poderes magníficos del placer, de una trágica elección de las mujeres como víctimas expiatorias de la impotencia de los hombres en estrecha relación con sus fantasmas de castración […] El determinismo fisiológico masculino de la erección y la eyaculación expone a los riesgos de la impotencia, al gatillazo, a la precocidad, a las diversas incapacidades, todas legibles en el registro freudiano de los síntomas del complejo de la castración. Las teorías de la renuncia, de la continencia y de la castidad señalan la única construcción mental e intelectual de los hombres –entre ellos, de los más neuróticos– […] El odio a las mujeres surge de un miedo a las mujeres, como el odio al placer procede de un miedo al placer” Y si seguimos en sintonía, pues, sería fácil ahora decir que el odio al cuerpo no es más que el miedo al cuerpo. Por eso me uno a Onfray cuando plantea apelar virilmente a una doctrina femenina. De esto, en otro orden de ideas, lo plantea Maffesoli cuando nos habla de una razón sensible que nos abra la posibilidad de una razón ardiente que es donde puede producirse un conocimiento carnal al estilo en que lo propone Norman Brown: “una cópula de sujeto y objeto, que hace uno solo de los dos”.

Creo que, al menos desde Latinoamérica, deberíamos comenzar a ver otros horizontes para tratar de explicarnos. No lo hemos hecho. Nos hemos conformado con explicarnos desde las categorías en que nos dijeron que debíamos explicarnos y muchas de ellas no guardan respuestas de ningún orden. Creo que tenemos más sintonía con Oriente y es lógico –y digo lógico lógicamente de manera irónica–, ya que, desde siempre, Oriente al igual que Latinoamérica guardan estrecha sintonía con esa razón irracional que supone lo femenino, al menos la Latinoamérica de los mitos, aquella que llaman precolombina y que sigue siendo un misterio incluso para nosotros mismos.


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