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Corderos mandando a los lobos

14/10/2010 10:05 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Una reflexión sobre la izquierda europea

Las elecciones recientemente celebradas en Suecia, en las cuales la socialdemocracia ha sufrido una caída que la ha llevado a mínimos históricos (en el país que otrora fue un bastión de las políticas públicas de protección social iniciadas en los años setenta por el mítico Olof Palme), y se ha certificado la entrada en el parlamento del partido xenófobo Demócratas Suecos (el cual defiende mayores restricciones en la entrada a inmigrantes en el país) vienen a constatar una tendencia cada vez mayor en los países europeos: el ascenso de los partidos de la derecha y ultraderecha, y una creciente desafección con respecto a los partidos de izquierda -no sólo los minoritarios comunistas y verdes, sino también los grandes partidos socialdemócratas- que ha hecho que éstos a menudo dejen de constituir una alternativa con posibilidades de alzarse con el gobierno a corto plazo en sus respectivos países.

Una mirada a los grandes países de Europa occidental nos evidencia un ejemplo claro de esto: Alemania está gobernada por la democristiana Ángela Merckel; Italia, por el tan inefable como sempiterno Berlusconi; España aún por el partido socialista, aunque con un presidente Zapatero contra las cuerdas; en el Reino Unido los laboristas más descafeinados de los últimos tiempos han sido derrotados por los conservadores de Cameron; en Europa del Este, desde la caída del muro, el poder ocupada en su mayoría por partidos de derecha. Y si algún caso escuece más, es el de Francia: no sólo porque se encuentre gobernada por un Sarkozy cuyas políticas coquetean con la ultraderecha (y para ello no hay mejor ejemplo que la expulsión de gitanos que está llevando a cabo de su territorio y que ya han merecido la desaprobación de la Unión Europea); sino también porque, en el país del “Liberté, egalité, fraternité”, de la revolución francesa, la segunda vuelta de unas elecciones presidenciales en el año 2002 dejaron fuera al candidato socialista para enfrentar a Chirac, derechista, con Le Pen, claro ultraderechista, xenófobo y una cuyas frases más celebres proclama que el fenómeno del holocausto ha sido indebidamente exagerado. Víctor Hugo declaró en su inmortal obra Los miserables que Francia es la que lidera siempre las revoluciones, pero que esto provoca cansancio y que por tanto, el país galo tiene derecho de vez en cuando a tener sus ratitos de reposo y permitirse ser reaccionaria para luego retomar la senda por la que suele caminar: la pregunta es si Víctor Hugo pensaría que éste es uno de aquellos famosos recesos, o que en realidad Francia sigue siendo la avanzadilla del cambio, pero ésta vez de uno que le va a llevar definitivamente a posiciones muy distintas de las que él tanto soñó.

Y en realidad, si lo reflexionamos fríamente, resulta algo paradójico: en medio de la mayor crisis económica de los últimos tiempos provocada precisamente por el auge de las políticas económicas neoliberales, los partidos de izquierda –los cuales deberían dar el contrapunto a esa forma de hacer las cosas- se encuentran en sus momentos más bajos de popularidad, y siendo noqueados periódicamente, cita tras cita electoral. Por supuesto, y como todo fenómeno global, esta máxima no puede adscribirse a todos los países: en Grecia o Islandia, por ejemplo, se encontraba en el poder un gobierno de derechas (el caso de Islandia es más sangrante todavía, porque este país justamente fue uno de los ejemplos más dolorosos de explosión de la burbuja financiera), y éstos cayeron como consecuencia de la crisis; no obstante, lo mismo podría decirse con respecto a otros gobiernos de izquierda (caso de laboristas británicos y socialdemócratas alemanes), y por supuesto existen numerosos gobiernos de derecha que se han mantenido antes y después del inicio de la crisis; en las elecciones que hemos nombrado hasta ahora han convergido una gran cantidad de factores, algunos de ellos locales y por tanto difícilmente adscribibles a un fenómeno global. Sin embargo, más allá de los casos particulares, sí que se constata este hecho –como puede comprobarse en las crisis crónicas que muestran partidos socialistas como el francés y el italiano, incapaces de hacer frente a los gobiernos de derechas pese a los controvertidos escándalos que protagonizan con frecuencia Sarkozy y Berlusconi-, que se agudiza todavía más si nos fijamos en el caso de partidos pequeños o de izquierda alterna (sin ir más lejos, Izquierda Unida en España, que ha cosechado en las últimas elecciones su cota más baja de pouplaridad), y que resulta aún más chocante si tenemos en cuenta que Estados Unidos, con Obama a la cabeza, se encuentra dirigido ahora mismo por el gobierno más izquierdista (siempre teniendo en cuenta los particulares estándares norteamericanos) en muchísimos años.

Una vez establecidos los hechos, podemos tratar de localizar las causas que determinen el origen de los mismos. La primera que se nos podría venir a la cabeza (sobre todo si queremos establecer una explicación que dé origen a un suceso global, y por tanto universal más allá de acontecimientos concretos en determinados países) consiste en la caída del muro de Berlín. El desmantelamiento del bloque comunista, y con ello el hundimiento de una gran cantidad de esperanzas que los ciudadanos de izquierdas podían albergar en la consecución de una utopía realista, inspirada en los pensamientos de Karl Marx y en los fundamentos de la revolución rusa, habrían trocado a su fin, con la consiguiente decepción y pérdida de fe en todo lo que suene a izquierdas. De hecho, y como un apoyo de esta teoría, el punto más flojo del argumentario clásico de los partidos comunistas clásicos consiste normalmente en su apoyo a regímenes como el de Fidel Castro en Cuba, momento en el cual habitualmente sus detractores aprovechan para afirmar, “¿veis la clase de sociedad que proponen?”, y ahí existen pocas argumentaciones capaces de responder de una manera convincente. No obstante, en mi opinión, la teoría de la caída del muro, con todo el simbolismo que ello conlleva, no proporciona motivo suficiente para la actual pérdida de confianza en la izquierda. Ya desde bastante tiempo antes del desmembramiento de la URSS, numerosos intelectuales y políticos occidentales despreciaron el modelo dictatorial que venía de los países del otro lado del Telón de Acero, y de hecho la mayor parte de los líderes de dicho espectro rompieron con este tipo de políticas como consecuencia de la aniquilación en 1968 por parte de los tanques soviéticos de la refrescante experiencia que había tenido lugar en la primavera de Praga. La mayor parte de los partidos socialdemócratas han renegado de estas teorías hace ya décadas (en España tuvimos bien claro esto con el plante que Felipe González le formó a su propio partido para eliminar el marxismo de los principios básicos de la formación), y hoy por hoy hay pocos izquierdistas que presuman de un modelo comunista al uso, pero no por ello dejan de reivindicar -partiendo de otros referentes-, una forma de hacer política de izquierdas. ¿Qué es lo que ocurre entonces?

Quizá para ello no debamos dirigirnos a ejemplos tan extremos como la antigua URSS, sino a modelos más cercanos y probablemente aplaudidos por la socialdemocracia, como es el de Olof Palme, precisamente el cual ha sufrido el descalabro más reciente. Palme estableció una política admirada en su día que garantizaba las bases de lo que conocemos como estado de bienestar: un estado fuerte, sólido, alimentado por numerosos impuestos los cuales los ciudadanos pagaban con altruismo sabiendo que éstos iban a parar a hospitales, guarderías, escuelas, que garantizaban una salud y una educación universales y una asistencia social de calidad para aquellos que hubieran sido menos favorecidos por el mercado, de tal manera que nadie se quedara desprotegido. Había nacido (no sin aportaciones previas, de otros sistemas, incluyendo algunos establecidos por gobiernos de derecha) el estado-nodriza, un modelo que, sin llegar a los límites autocráticos de la Unión Soviética ni tampoco a las nacionalizaciones que en su día intentó –interrumpido por un golpe de estado- Salvador Allende, era capaz dentro de la circunscripción de los límites del capitalismo imperante y de las democracias occidentales de garantizar una serie de derechos básicos a todos sus ciudadanos, sin dejar a nadie abandonado en mitad del camino y asumiendo que era posible que todos a la vez pudiéramos avanzar. ¿Qué pasó con ese ideal que tanto encandiló a la izquierda en su día?

Para descubrirlo, quizás tengamos que mirar ahora al otro lado del Atlántico, a Estados Unidos, en donde nunca hubo demasiados partidarios de la Unión Soviética (salvo unos cuantos movimientos contraculturales que nunca fueron mayoritarios), y sí que hubo un cierto momento en que el país pareció apostar por el Partido Demócrata y la imagen amable de Jimmy Carter para ejercer el contrapunto a los turbios años oscuros del final de la época Nixon. Sin embargo, Carter (tampoco un modelo de izquierda a la europea, como a veces quiere esgrimirse), no supo o pudo controlar las fuerzas económicas que le vinieron encima en la siguiente crisis, y allí encontró su éxito Ronald Reagan, que con sus política de impuestos bajos y alto crecimiento económico ha definido a toda una generación de defensores de los partidos conservadores: pronto sería imitado en Europa por Margaret Thatcher (basándose en la misma política, además de la reducción todo lo posible de los servicios públicos británicos a fuerza de privatizaciones; un autor señalaba recientemente las desmejoras en los trenes británicos como un símbolo del desprestigio de lo público que se ha producido en los últimos tiempos), y una legión de seguidores sobre todo en Estados Unidos, donde la filosofía de un gobierno pequeño que interfiera lo menos posible en la vida de los ciudadanos y la idea de que es mejor que cada uno administre el dinero que él mismo gana ha tenido siempre grandes adeptos. Sin embargo, el éxito de Ronald Reagan no es algo nuevo en un proceso que revela que, desde la Segunda Guerra Mundial, la mayor parte de los gobiernos que se han elegido en Estados Unidos han sido republicanos, de tal modo que la irrupción de Obama parece consistir tan sólo en un paréntesis en este período, sobre todo teniendo en cuenta que su aplastante victoria se originó en medio del momento más agudo de vorágine y el miedo provocados por una crisis económica en cuya causa los republicanos habían estado metidos hasta el cuello. Prueba de esto parecen constituir los inicios de descontento que ya empieza a haber ante la gestión de la presente administración (y en particular de su reforma sanitaria), que han provocado una abrupta caída en su aceptación pública, y un dato llamativo y de gran significación: a pesar de las grandes cifras con las que Barack Obama superó a su rival McCaine en las elecciones de noviembre de 2008, lo cierto es que las encuestas que se realizaron en este período dejaron claro que el triunfo del actual presidente se había debido principalmente a las minorías (apoyo casi absoluto de los afroamericanos y mayoritario de los hispanos) y las mujeres; los varones blancos (un estrato cada vez menos mayoritario pero que aún mantiene el poder político y económico, que ha definido durante buena parte de la existencia de Estados Unidos a su modelo de población, y la que las minorías tratan en muchas ocasiones de imitar para así ser aceptadas más rápidamente) votaron en su mayoría a John McCaine. La cuestión sorprendente sin embargo en este caso no es Estados Unidos (que siempre ha presentado parámetros bastante particulares en su forma de hacer política), sino más bien Europa, que parece tratar de imitarle en cuanto a su avance hacia la derecha. ¿Pero en qué se han asemejado tanto Estados Unidos y Europa como para que ahora se copien los modelos?

Probablemente, entre otras cosas, en el cambio de la población. La mayor parte de las ideologías de izquierda se han gestado sobre todo pensando en la mejora de las condiciones de vida de los núcleos proletarios. Desde Karl Marx hasta el Partido Laborista en Inglaterra (que provenía de un sindicato), pasando por el PSOE de Pablo Iglesias, todos se basaban en una sociedad industrial en la que los obreros se encontraban desamparados y una serie de reivindicaciones sociales a lo largo de todo el siglo XIX y XX consiguieron mejorar las condiciones de vida de los mismos. Sin embargo, una vez logrado esto, dichas sociedades han evolucionado y se han convertido sobre todo en lugares donde imperan las clases medias, el sector servicios, y por tanto, a los que les conviene una mayor movilidad de la economía para que los negocios de dichas clases prosperen. ¿Los logros conseguidos por la izquierda hacen que la gente ya no la necesite? Así parece ser en algunos casos, y es en parte lo que los analistas proponen acerca de los últimos resultados en Suecia. Pero sigamos reflexionando.

Uno de los casos más paradigmáticos del cambio que ha tenido lugar en la izquierda en el mundo ha tenido lugar en China. Allí, el Partido Comunista ha dirigido de manera pausada pero continua un cambio a favor del capitalismo más exacerbado, incluso aunque oficialmente se siga tratando de una república socialista. La transformación ha sido tan rápida, extraordinaria y al mismo tiempo contradictoria, que hoy nos encontramos con millonarias ciudades comunistas donde sus ciudadanos comparten bienes tales como Ferraris y Mercedes, mientras una población de “no ciudadanos” (es decir, inmigrantes que han venido desde la propia China en busca de un trabajo) son explotados para producir todos esos beneficios de cuyo reparto, por supuesto, no forman parte. Pero si bien el caso chino quizás no es el más adecuado para explicar lo que acontece en Europa, sí que ejemplifica perfectamente dos fenómenos relacionados que han obligado a moverse no sólo a la Unión Europea sino a todas las economías de los países más desarrollados: por un lado, el obligar a contar con otras economías emergentes (tales como China, Brasil o la India), y por otro, el fenómeno de la globalización, de la cual quizás China sea la mayor exponente, con la ofensiva comercial que ha lanzado a territorios tan dispares como Sudamérica, África o incluso de una manera más sutil la misma Europa.

Las políticas socialdemócratas, casi por definición, tienden a centrarse en su planteamiento en el país donde se aplican, sin tener en cuenta demasiado las relaciones con el mundo exterior: las teorías de Olof Palme no contaban hace treinta años con un mundo interconectado entre sí donde el hecho de que los chinos empiecen a beber leche provoque que se disparen los precios en Occidente. La Unión Europea se ha encontrado de pronto con que las economías emergentes eran capaces de producir determinados productos en cantidades masivas a precios bastante menores no sólo debido a la gran cantidad de trabajadores aportados por dichas economías, sino sobre todo por el bajo coste de los sueldos y las precarias condiciones laborales de estos trabajadores (y por tanto, un coste más barato para las empresas). Ante este hecho, los países desarrollados han respondido por un lado especializándose en servicios de calidad y alta tecnología (los cuales no podían ser igualados por los países pobres), y por otro, contratando a una gran cantidad de mano de obra barata con la que poder hacer frente a esta producción: allí entran en juego los inmigrantes. Ahora bien, todos sabemos la distinta percepción social que se tiene con respecto a estos últimos según la coyuntura económica: en situación de bonanza, se ensalzan como un pilar de la economía que hace prosperar al país. En tiempos de crisis, en cambio, se ven como una rémora que le quitan el trabajo a los autóctonos y hay muchos más de los que deberían, por lo tanto debería frenarse su llegada, cuando no echarles. Decíamos que las clases medias son menos proclives a las clásicas ideas de izquierdas: éstas hablan de reparto, de otorgar más a los que menos tienen, y son aceptadas por una clase obrera que tiene poco (por tanto, a la que le beneficia el concepto de redistribución de la riqueza), pero no por profesionales liberales que tienen algo que perder en ese reparto. Sin embargo, en los últimos tiempos hemos asistido a un fenómeno curioso: las propias clases obreras han encontrado a individuos (los inmigrantes) que estaban dispuestos a trabajar por menos dinero que ellos y a los que por tanto era más sencillo darles un empleo (eso cuando las propias empresas del país no se deslocalizaban para asentarse en lugares como el este de Europa, dejando a regiones enteras sin las industrias de las que dependía su subsistencia); además, en el reparto de la asistencia social, suponían un colectivo aún más precario, por tanto, recibirían parte de las ayudas. Ese sentimiento de amenaza, unido a una proclama continua por parte de ciertos sectores que ya desde el principio no vieron con buenos ojos la llegada de extranjeros (por simple racismo puro y duro en la mayor parte de los casos) ha ido alentando una ola de xenofobia que ahora se extiende por toda Europa, y que ha hecho que partidos de extrema derecha antes marginales se hayan convertido a veces hasta en la tercera fuerza política de determinados países. Recordamos el anteriormente mentado caso de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas de 2002, con Le Pen sacando el 20% de los votos, pero también la pujanza de los nuevos fascistas de Gianfranco Fini en Italia (aunque éste se haya desplazado a posiciones más moderadas para captar votos), el ascenso de la ultraderecha en Holanda, su período de gobierno en Austria, su victoria en Suiza (donde un referéndum ha prohibido la edificación de minaretes, cortando la posibilidad de ejercer su fé a los musulmanes, ya sean moderados o integristas), la polémica ley de Arizona en Estados Unidos, y su surgimiento ahora en Suecia. La clase obrera, pues –de manera impensable para Karl Marx y compañía, que deben estar revolviéndose en sus tumbas- se ha vuelto de derechas. Pero quizás lo peor no es la existencia de esta clase de partidos de ideología ultra –los cuales, después de todo, tienen difícil el formar parte del gobierno en la mayoría de los casos-, sino el hecho de que, para captar algunos de estos votos, algunos de los partidos mayoritarios de derechas se apunten a medidas del tipo de los que los más radicales proponen, en una marea de populismo (como define Lluis Bassets en una de sus columnas de El País) que hace que afirmaciones como la de miembros la Liga Norte italiana de que habría que bombardear a cañonazos las pateras sean combatidas en voz alta, pero apoyadas entre susurros, y de esta manera, tirando la piedra y escondiendo la mano (como hace Sarkozy ahora con la política de expulsión de gitanos), Europa se vaya desplazando cada vez un poquito más fuera de los límites que un día defendía y empiece a dejar de tratar a los inmigrantes como seres humanos. Europa –como el mismo Lluis Bassets menciona en otro artículo- empieza a adquirir los mismos defectos que Estados Unidos: no querer gobierno, no querer impuestos, y no querer inmigrantes. Justo las cosas –añade el artículo- que probablemente más necesitamos. Y probablemente no le falte razón.

Así pues, el aire de tolerancia en Europa va disminuyendo; el continente pacifista, colaborador, amigo de los pactos que alzó un día la novedosa bandera de la Unión Europea, va dejando lugar a un grupo de gobiernos egoístas, amigos cada uno de defender su propio estado (como demuestran las dudas de Alemania ante el rescate económico de Grecia) y de contentar a sus votantes, los cuales piden mano dura contra los inmigrantes, menos impuestos, recortes de políticas sociales. Ante esta situación, ¿qué hace un dirigente de la izquierda clásica? Pues es como un cordero el cual se ve en la obligación de convencer de sus propuestas a un hambriento grupo de lobos; y justamente esas propuestas incluyen el proteger a las gallinas. Por eso Obama se las ve y se las desea en Estados Unidos, donde su popularidad está bajo mínimos, al tratar de introducir leyes que van en contra de lo que muchos norteamericanos -educados en la idea de que la asistencia social la aprovechan un grupo de caraduras que pretenden vivir a costa del estado- defienden. No es algo raro tampoco: ya Kennedy, ahora bendecido por tratar de establecer un enfriamiento de la guerra fría e impulsar la ley de derechos civiles, fue considerado en su época poco menos que un comunista, y su popularidad cayó estrepitosamente a pesar de todo el glamour de él mismo (como primer presidente de la minoría católica) y de su mujer tan sofisticada. ¿Les suena de algo?

Así pues, esta globalización interior (mediante la inmigración) afecta a los electores y por tanto a los partidos, pero también la globalización como relación con los mercados externos. Los empresarios –mediante lobbies o a través de sus no siempre transparentes relaciones con el poder político- exigen a los gobiernos más liberalización, más capacidad de competir en otros mercados, y al mismo tiempo proteccionismo para ellos mismos. La Unión Europea, para hacer frente como economía a China y Estados Unidos, actúa como un solo organismo con un único Banco Europeo, con lo cual concede poco margen a las opciones individuales de los gobiernos, que se ven mermados en soberanía, mientras la comunidad europea como conjunto ha ido adoptando propuestas cada vez más neoliberales. Como hemos mencionado anteriormente, la socialdemocracia fue creada para la administración de un país individual. ¿Qué hacer cuando la economía de ese país no depende de sí mismo, sino de todos los de alrededor, que se rigen normalmente por un capitalismo sin condiciones? Ante esta circunstancia, a las izquierdas tradicionales no le valen sus discursos clásicos sobre el proletariado (que cada vez es menos), la tolerancia (puesta en solfa), y los ataques al capitalismo, en un escenario en el que la inversión extranjera y la confianza de los mercados forman el pan nuestro de cada día de la economía global. En esta circunstancia, los partidos socialdemócratas de un buen número de países europeos parecen vagar a la deriva sin ideas nuevas que aportar, sin la confianza de los votantes, los cuales les acusan de albergar conceptos trasnochados o propios de otros tiempos, dejando que a veces opciones rocambolescas les apabullen sin darles ninguna oportunidad (como es el caso del carismático Berlusconi), y aún más todavía le sucede a los partidos de izquierda alterna, donde sólo el movimiento verde parece situarse en contra de la apatía generalizada, aunque en algunos casos (como es el de España, al menos hasta el momento) no termina de arrancar. Los políticos socialdemócratas y de izquierdas en general, ante esta situación, han optado por múltiples roles, casi todos mal escogidos: desde tirarse los trastos a la cabeza entre ellos en peleas absurdas (por cuestiones programáticas en ocasiones menos que nimias, o simple personalismo), o a veces dejarse llevar por la corriente imperante y hacerse más de derechas que los mismos conservadores clásicos. Así, por ejemplo, destacados políticos socialdemócratas en el poder durante la época que se gestó la crisis económica actual fueron artífices de algunas de las desregulaciones que tuvieron lugar durante ese período. Es el caso de Gordon Brown, artífice del milagro económico británico y ahora denostado por sus consecuencias (como siempre, los resultados son los que imperan a pesar de que la acción sea la misma, ¡oh, hombres sin memoria!), aunque sin duda nadie ha protagonizado más este cambio que Tony Blair, que comenzó con una Nueva Vía para darle un enfoque fresco al laborismo, y ha acabado convirtiéndose en el político de la guerra de Irak y el que da conferencias (muy bien pagadas, claro está), sobre cómo ganar dinero a expuertas. Con este tipo de izquierdas, claro está, es normal que la gente no se entusiasme y que el voto de este lado del espectro (particularmente abstencionista con respecto al de la derecha) se quede en casa esperando probablemente la llegada de un líder mejor que no termina de llegar nunca.

Sin embargo, y a pesar de todas estas explicaciones, resulta extraño que hoy por hoy, en una época en que las empresas despiden a miles de trabajadores para aumentar sus beneficios, la misma generación que un día apoyó con entusiasmo períodos como mayo del 68 ahora se deje arrastrar como si fueran condenados frente a la guillotina. ¿Dónde están las fuerzas que protestaron otros días?¿Dónde se hallan los sindicatos? Sufriendo todavía la resaca de la huelga general con el seguimiento más dispar que se recuerda, parece que estos últimos se han convertido también en un concepto para muchos desfasado, obsoleto: la mayoría no creen que defiendan aquello que dicen representar, y les consideran en buena parte de los casos un pilar más del sistema establecido. En algunos casos se han institucionalizado, formado parte del juego, convertido en aquello contra lo que luchaban, y en otros, aunque no sea así, ésta es la percepción de la gente.

Pero aquí hemos entrado en un punto muy interesante donde cabe la pena meter un poquito el dedo en la llaga: al fin y al cabo, las acciones económicas y políticas, por mucho en lo que tengan que ver la practicidad y las frías cifras, también se definen por sentimientos. Existen estudios que proclaman que la tendencia política de un país depende de la manera que con sus hijos se comporten sus madres en dicho estado en concreto (así el Reino Unido, con madres permisivas, goza de una larga tradición liberal, y en cambio las protectoras “mammas” italianas abocan a su hijos a regímenes paternalistas como el comunismo o el fascismo), y existen análisis psicológicos exhaustivos de cómo Sarkozy, liquidando a sus mentores políticos, se está sacudiendo también de la freudiana figura del padre. Entrando entonces en el terreno de los sentimientos, ¿cómo es posible que esa generación del 68 tan rebelde, tan antisistema, tan defensora de los sueños y las causas perdidas, esa generación que ahora desde su madurez gobierna el mundo, sea la misma que en estos momentos sufre los tormentos de esta maquinaria que parece dejar tan de lado los ideales y se rige tan sólo por el beneficio económico, o incluso peor, que ellos mismos los inflijan? Hace poco, en un viaje a Perú, esperaba encontrarme en la zona de Machu Picchu, representante por antonomasia de la comunión entre el hombre y la naturaleza (la bandera de la región de Cuzco, para que se vea más claro, contiene los colores del arco iris), una legión de hippies dispuestos a contemplar las maravillas del inca que no ha sucumbido al afán expoliador de la tierra, y vive en armonía con su entorno. De esa legión que esperaba encontré uno y gracias, descalzo e intentando hacer tai-chi por los cerros, y pese a que no soy una persona demasiado entusiasta del movimiento hippie, me hice un poco una idea de por dónde han evolucionado las cosas, imaginándome (quizás falsamente) lo lleno que debía estar de este tipo de individuos aquella región (hoy convertida en un paraíso turista tan masificado como Disneylandia) en los alegres años setenta. Y al mismo tiempo reflexionaba sobre lo que había conseguido realmente el movimiento hippie en su tiempo: muchas camisetas de colores, demasiadas drogas, y una comuna gigante en París en una inmensa revuelta la cual, sin embargo, nunca se mostró muy organizada en cuanto a las reivindicaciones concretas que pedía. Mirando de manera retrospectiva esa época, no es fácil intuir que un buen número actuarían sin duda guiados por su idealismo y pensando de cara a una ilusión y un sueño colectivos, pero también, en cambio, que en esa época se estaban mezclando varias cosas: la liberación de la mujer con la libertad sexual, la lucha contra una sociedad patriarcal opresora en contraposición a un modelo que todavía no se conocía, y la libertad colectiva (expresada en España en la lucha contra el franquismo) con respecto a la libertad personal, el crecimiento como individuo, la experiencia de valerse ante la vida, y la creación de un nuevo mundo (probablemente más intransferible que compartido) como hace como siempre cada joven cuando se separa de sus padres y se lanza al ruedo de los adultos. Desde ese punto de vista (y a tenor de los resultados posteriores), la generación de mayo del 68 tenía probablemente muy pocos ideólogos serios, y sobre todo, individuos que se dejaba arrastrar por la marea. Muchos de los cuales crecieron, se casaron, tuvieron hijos, se compraron una hipoteca, se aburguesaron, y se convirtieron en todo aquello contra lo cual lanzaron adoquines.

Dicen que no hay defensor más peligroso de una ideología que un converso: Pablo de Tarso con el cristianismo, Torquemada con la Inquisición, curas que terminan de terroristas, o miembros de partidos comunistas que acaban de azote de la izquierda desde los micrófonos de una emisora de radio: así pues, de los nuevos apóstoles del capitalismo surgidos de las barricadas (como bien parodiaba Antonio Mercero en un capítulo de “Farmacia de Guardia”) debiéramos esperar lo peor. Ejemplos como el de “Dani el rojo”, ahora eurodiputado por un partido verde en Francia, existen más bien pocos: debe haber bastantes más dirigiendo el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, y los huecos los rellena la gente que nunca participaron del espíritu de esta época y ahora pretenden derribar todo aquello que simbolizó para demostrar cuánto se equivocaron (como ha hecho el propio presidente Sarkozy al argumentar que había que liquidar el espíritu de mayo del 68). Como si se tratara de una enfermedad propia del crecimiento, e igual que desechamos nuestros sueños infantiles, también esta generación ha pretendido (al igual Rimbaud, que tachó toda su etapa poética primera, antes de convertirse en exitoso hombre de negocios y tratante de armas, de “fantasías de borracho”) esgrimir que todas esas ambiciones eran quimeras, que los movimientos sociales apestan y sólo los lideran subversivos (y lo sabemos porque fuimos parte de ello), que el mundo es imposible de cambiar, y que la plusvalía (como definía ese excelente artículo de El País cuyo autor no he conseguido localizar) ha pasado de ser un concepto dañino y explotador de masas a una jugosa herramienta que para nuestro uso podemos emplear. Así, también mediante esta estrategia antes mentada de matar al padre (entendiendo por padre nuestras propias fantasías que un día nos hicieron sentir vivos, para refugiarnos ahora en el mundo gris de todos los días donde no cabe soñar), se fundamenta la sociedad actual. Y esta sensación se ha heredado: la joven generación no piensa ya en su mayoría en conseguir grandes logros y mundos ideales. Es más práctica, y se preocupa de la hipoteca, del empleo precario que pueda mantenerles, de sobrevivir, en parte porque el mundo que han heredado es menos fácil que el de sus padres. No creen en instituciones abstractas ni en los partidos al uso, son abstencionistas y tienden –todos estos detalles se mencionaban en un interesante estudio publicado por el diario Público- a no ser tan sensibles a los problemas que suceden en su propia calle o en su inmediata realidad. Nos encontramos en un mundo –auxiliado por el aislacionismo que favorecen las nuevas tecnologías- cada vez más comunicado, pero sobre todo, cada vez más solos… En estas circunstancias, ¿cómo no van a fracasar los partidos de izquierda, cuyas ideas tienden a argumentar todo lo contrario?

No obstante, y enunciados todos estos argumentos, vamos a matizar ahora algunos aspectos. A ver si éstos nos proporcionan un punto de vista distinto:

-Los partidos de derechas tienen fama de ser buenos administradores económicos y suele considerárseles una garantía de crecimiento (de hecho, la coalición sueca que ha resultado vencedora de estas elecciones ha ganado entre otras cosas por ese aspecto). Sin embargo, hemos de tener en cuenta, a) que este crecimiento puede disminuirse a expensas de una disminución en las políticas sociales (como han denunciado los socialdemócratas suecos, si bien es verdad que el actual gobierno escandinavo no quiere negar la herencia de las políticas socialdemócratas previas; ese punto a favor ha sido uno de los factores de su éxito, y hay que conceder a varios de los partidos de derecha gobernantes actualmente tal como los tories británicos y los democristianos alemanes la capacidad de no escorarse en posiciones dogmáticas –sin duda uno de los secretos de su éxito electoral-), b) que un gran crecimiento macroeconómico no implica necesariamente la mejora de las condiciones de vida de cada uno de sus miembros, como hemos podido comprobar en el período previamente a la crisis, donde la burbuja inmobiliaria y financiera no se correspondió ni mucho menos a la ganancia que la sociedad sacó de ello; c) el conocido economista Paul Krugman ha argumentado que, en Estados Unidos, se produce más crecimiento económico especialmente para las familias cuando gobiernan los demócratas, aunque los republicanos son especialistas en crecer en el último año antes de las elecciones (lo cual puede favorecer dada la tradicional mala memoria que tenemos buena parte de los votantes); d) ya hemos visto lo que el crecimiento descontrolado de los estados sin adecuada regulación acarrea, y lo estamos comprobando en este período de vacas flacas; y a pesar del todo, ninguno de los líderes del mundo occidental, a excepción de Obama, se ha planteado en serio una reforma coherente del capitalismo, como se había anunciado a bombo y platillo tiempo ha. No parece precisamente que estos líderes europeos en concreto, tanto de un espectro como de otro –cortoplacistas, electoralistas y a la búsqueda del populismo barato- sean los más adecuados para dirigir nuestro dinero precisamente. Habría que buscar entonces otra solución.

-Hemos argumentado anteriormente que en una sociedad menos obrera y con mayor cantidad de clase media, los argumentos que llaman a una sociedad más igualitaria generan menos aceptación –y así, se ha propuesto que los resultados de las últimas elecciones suecas se deben a un crecimiento paulatino del individualismo con respecto al clásico colectivismo de su modo de vida-. Sin embargo, ¿realmente podemos decir que ahora la mayor parte de la población de los países occidentales pertenece a la clase media? Reflexionemos: la precariedad laboral ha aumentado; las condiciones laborales han ido empeorando en prácticamente todos los países de nuestro entorno; tenemos toda una generación de jóvenes que tienen que pagar hipotecas más onerosas y ocupar puestos de trabajo bastante peores que sus padres, puestos muchas veces por debajo de su cualificación. La generación más preparada de la historia es, sin embargo, la más maltratada y desesperanzada de todas; y en cambio, en el último año, las ganancias de los individuos más ricos han aumentado un 8%. ¿No deberían ser todos esos motivos como para exigir un cambio?

-Mencionamos en este mismo artículo un reportaje del diario Público acerca de los jóvenes actuales y hemos destacado algunos apartados más negativos, pero también abundan los motivos para creer sobradamente en ellos. En este mismo estudio, se revelaba que la nueva generación es más tolerante, que si bien sienten menos los problemas de los vecinos pueden implicarse activamente en problemas de personas a cientos de kilómetros de distancia, participando en ONGs y voluntariados, sin importarles diferencia de credo o nacionalidad; esta joven generación, preparada, conectada a la tecnología, con todos los medios a su alcance, tiene por un lado la capacidad de ser más universal y superar los viejos prejuicios sociales y raciales de sus padres o abuelos (y por tanto, sus miedos y recelos frente a los inmigrantes), y también de emocionarse ante nuevas esperanzas, como se ha revelado la movilización de una generación que muchos acusan de desmotivada ante la aparición súbita de Obama como un viento fresco en la política. Recientemente, además, entre los laboristas británicos, el nuevo líder escogido por las bases ha sido Ed Milliband, un abanderado de los valores clásicos de dicha formación política, dispuesto a romper con la extraña etapa de Tony Blair en dicho partido, y sin pretender ser excesivamente optimistas, es cierto que la llegada de Milliband ha supuesto un ascenso vertiginoso en las encuestas del partido con respecto a los conservadores, lográndose poner por delante al capitalizar de estos últimos buena parte del impulso fresco y de renovación que hace tan sólo unos cuantos meses cosechó tantos éxitos para los liberales-demócratas, cuyo líder Clegg era, comparado con Gordon Brown y David Cameron, el más izquierdista de los tres. Así que, después de todo, sí que parece que hay un caldo de cultivo para una profunda transformación futura de la sociedad que ahora se nos presenta.

-Es curioso cómo –y no es por citar a Goebbels- una afirmación mil veces repetida (sea verdad o mentira), acaba convirtiéndose para todos en realidad. Hay numerosos voceros los cuales, desde sintonías, televisiones, periódicos, partidos políticos, se dedican a pronosticar el fin del estado de bienestar, o (por decirlo de otra manera) el mundo tal y como lo hemos conocido hasta ahora. Esas voces nos dicen que no se podrá garantizar la sanidad pública, que la gente tendrá que contratarse su propio plan de pensiones, que el mundo no puede sostenerse de esta manera de una manera indefinida. Tenemos motivos para dudar de dichas aseveraciones; en primer lugar, porque en bastantes casos estas frases sólo reflejan los prejuicios políticos y personales (cuanto no implicaciones directas de los lobbies y asociaciones para los que trabajan) de aquellos para los que trabajan. Y en segundo lugar, porque si algo nos demuestran los temas de los que hemos tratado a lo largo de este artículo (una China comunista con repartos de Ferraris, una clase obrera de derechas, la Francia de Víctor Hugo contrarrevolucionaria –aunque sigue haciendo huelgas, aunque casi más como una costumbre que como un medio-), es que el futuro es impredecible. Nos encontramos en un gran experimento humano donde la mayor parte de las acciones que se llevan a cabo se hacen de nuevas, y por tanto, donde es difícil predecir el resultado, pero sí saber hacia dónde se quiere caminar. Y esa es la pregunta principal que se ha de hacer todo el mundo, y en concreto los europeos. ¿Queremos de verdad deshacernos de ese estado de bienestar tan excepcional que entre todos hemos logrado?¿Ansiamos ser como los norteamericanos, que fallecen en la puerta de los hospitales si no tienen un seguro (ahora justamente que se han dado cuenta de que esto era insostenible), como los chinos, que no duermen si el patrón no se lo ordena específicamente?¿No deberíamos parecernos el resto de Europa más a los suecos, en lugar de que los suecos se parezcan a nosotros?¿No debería el estado de bienestar ser un privilegio de todo el mundo, en lugar de desmantelarse en las naciones donde existe? Por supuesto que el concepto de estado de bienestar debe ser matizado, puesto a punto, renovado continuamente, y garantizado por adecuados controles que impidan que suponga un pozo sin fondo para las arcas públicas (de hecho, debería servir para contribuir al crecimiento, como hacen las políticas de formación y de I+D), y también que se aprovechen de él personas que no quieran trabajar. Pero de ahí a desecharlo como toda opción viable, hay un límite bastante grande. Desde ese punto de vista, deberíamos elegir para gobernarnos no a aquellos que quieran desmontar el estado de bienestar, sino a quienes que se planteen cuáles son las modificaciones que hay que hacerle para que éste sea perdurable, adecuado y sostenible a largo plazo. Porque en realidad, si no pretendemos preservarlo, si no queremos crear un colchón para el momento en –por enfermedad, vejez o infortunio laborales- no podamos valernos por nosotros mismos, si sólo vamos a depender en última instancia de cómo nos vaya en la vida a un modo de ley de la selva, entonces, ¿qué beneficios puede traernos la política?¿Cuál es el propósito de un estado sino el de lograr lo que sus ciudadanos no pueden conseguir por sí solos a pesar de su esfuerzo? Por otra parte, es incorrecto suponer que modelos de profundo gasto social no suponen crecimiento y seguridad económica a largo plazo: en un artículo de Andra Rizzi en el diario El País se expone cómo la mayor inversión en I+D desde hace años por el gobierno sueco es el que ha convertido al país en una economía no dependiente de la construcción o de los servicios, sino de la tecnología y la investigación (valores en los que no se invierte menos a pesar de la crisis), y es por ello que ahora se mantienen a flote por encima de la –por otra parte- anárquica Unión Europea. Por tanto, y aunque gobernados ahora por un gobierno de derechas que baja impuestos y recorta gasto, es toda la inversión anterior del estado la que ha contribuido al beneficio del país.

No se pretende desde este escrito animar a votar a un partido concreto (esto depende siempre tanto de factores locales como de cuestiones programáticas), ni tan poco vilipendiar cualquier cosa que venga de las derechas (todo lo contrario, pues en todo existe en una parte de razón, y cada argumento tiene uno contrario pudiendo ser a la vez ambos ciertos) pero sí desmontar el mito de que los valores de izquierda son inservibles hoy en día, y en cambio, demostrar que es en estas circunstancias (no sólo en países como los del sudeste asiático, sino en la propia Europa, donde año a año se han ido recortando los derechos sociales que tanto costó conquistar y volvemos en algunos casos a entrar en situaciones decimonónicas) cuando tienen más vigencia. No obstante, es verdad que los partidos tanto nuevos como tradicionales de izquierdas no pueden ampararse en los eslóganes clásicos que con frecuencia no van a encontrar un eco apropiado ya que no se corresponden con la realidad en la que se encuentran inmersos: como decía Sarkozy, hay que acabar con la herencia de mayo del 68, pero no en cuanto a las aspiraciones e ideales (que eran buenos), sino en cuanto a lo que pudo haber de moda pasajera o simple movimiento sin rumbo para enfocarlo hacia objetivos y proyectos concretos por los que merezca la pena luchar (a mayor o menor escala, como defiende la famosa máxima tantas veces repetida “think global, act locally”). Confiar en movimientos ciudadanos, en plataformas fuera de las organizaciones establecidas, y esperar que con el tiempo estos cambios se traduzcan también en nuevas y/o remozadas agrupaciones políticas capaces de capitalizar el sentimiento de descontento de los ciudadanos (pues ahora no se hallan precisamente entusiasmados) y al mismo tiempo solventar sus problemas, hasta recuperar la sintonía de los votantes con la política. Los ciudadanos de izquierda, y también los partidos, deben adaptarse a un mundo globalizado donde se debe interaccionar con múltiples factores internos y externos, y saber manejarse con ellos, como es el caso del gobierno de Lula en Brasil, el cual (a pesar de tener importantes defectos) ha sabido mantener un discurso de izquierdas pero al mismo tiempo favorecer la inversión extranjera que introdujera el capital necesario para las transformaciones sociales. En algunos casos, además, habrá que ser pragmáticos y romper con viejos preceptos clásicos para lograr un beneficio mayor: en Holanda, partidos de izquierda y de derecha han acordado un modelo que proporciona poca seguridad laboral, pero invierte tanto en políticas activas de empleo que los parados pasan poco tiempo en esta situación porque en seguida encuentran un trabajo –y de esta manera, se hallan a la cabeza del empleo en la Unión Europea. Hay que rebelarse, hay que protestar contra el orden establecido, pero también saber que éste ha de combatirse de manera inteligente, conscientes de que no ofrecer alternativas no será capaz de llenar a una sociedad que tiene por dentro un vacío inmenso que llenar. Sólo de esta manera, alternando las perspectivas clásicas con las estrategias modernas de este nuevo escenario, será posible rescatar el concepto de que el estado está ahí para tratar de desnivelar las diferencias sociales y ayudar al más necesitado, y hacer frente a la ola de indecencia (en el caso de las populistas políticas de ultraderecha) y de pesimismo y ventajismo generalizado que hace creer que es el dios mercado el que manda en todo y que sólo los trabajadores y las pequeñas empresas (y no las multinacionales) las que han de pagar por sus errores. Demostrar que el cordero tiene dientes, y que para proteger a los suyos, tiene cabeza, patas firmes, y que es capaz –si le provocan- de amenazar con morder.


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Deguerrerosycautivas (3 noticias)
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