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El corazón de las tinieblas - Joseph Conrad

22/01/2016 09:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

image Edición: Literatura Random House, 2015 (trad. Miguel Temprano García) Páginas: 224 ISBN: 9788439730125 Precio: 22, 90 € Hay muchas más ediciones y formatos disponibles; anoto los datos de esta por ser la más reciente. Yo lo he leído en una edición antigua de Orbis, con traducción de Sergio Pitol. *** El corazón de las tinieblas (1899), la nouvelle magistral de Joseph Conrad (1857-1924), es un clásico indiscutible de la llamada literatura sobre el mar, un relato desasosegante, intenso y filosófico sobre un viaje por el río Congo, que destaca por ser una de las obras más interesantes para descubrir el punto de vista de los europeos que conocieron en primera persona las consecuencias devastadoras del imperialismo de finales del siglo XIX. Conrad, nacido en Polonia, se trasladó a Inglaterra y adoptó el inglés como lengua literaria, aunque nunca llegó a asimilar por completo la cultura autóctona, lo que tal vez reforzó en él una actitud crítica hacia las costumbres e ideas de este país. Al igual que el protagonista de este libro, Conrad trabajó un tiempo como marinero en la colonia del Congo, empleado por una compañía británica, por lo que este texto, a pesar de estar construido en forma de ficción, tiene un trasfondo real, inspirado por la toma de contacto del autor con las acciones que el imperio estaba llevando a cabo en África. La historia de El corazón de las tinieblas comienza y termina en la cubierta de un barco, donde Marlow, uno de los marineros, toma la palabra para contar en primera persona la aventura que vivió cuando era más joven y, con la ilusión de un ingenuo, emprendió un viaje al Congo gracias al encargo de una compañía británica dedicada al comercio de marfil. La compañía le había encomendado una misión particular: encontrar a Kurtz, un responsable de la explotación, e instarlo a regresar. Poco a poco, a través de las charlas con los trabajadores, el narrador averiguará que Kurtz no es un empleado cualquiera, sino el mejor: ha conseguido un gran éxito con la explotación, pero no quiere compartir su secreto con nadie. Se mantiene distante, alejado del resto. A medida que avanza el viaje por el río, Marlow se percata del misticismo que envuelve la figura de Kurtz: un personaje enigmático, turbio, que solo aparecerá al final y apenas si pronunciará un par de frases, aunque no necesita más para convertirse en uno de los actores secundarios más memorables de la historia de la literatura. El personaje de Kurtz es, en efecto, uno de los logros más importantes de esta nouvelle , y no únicamente por sí mismo, por su intervención, sino por todo lo que se vertebra a su alrededor desde el principio. El narrador escucha lo que le cuentan otros empleados, de modo que el lector conoce a Kurtz, el gran Kurtz, al mismo ritmo que Marlow, es decir, a través de lo que se dice, lo que se rumorea, sin un conocimiento frente a frente con el hombre en cuestión. De este modo se crea un misterio, una intriga, que da rienda suelta al autor para jugar con la ambigüedad. Después, cuando al fin entra en escena, llegan los interrogantes: ¿será verdad lo que se cuenta?, ¿qué oculta Kurtz?, ¿por qué ahora dice lo que dice? Se intuye, se sospecha, que Kurtz ha cometido atrocidades, pero nunca se desvelan, lo que no hace más que aumentar la desconfianza, la incertidumbre en torno a él. Al final, el personaje se erige en un símbolo de la doble cara del imperialismo: la imagen triunfante, que se promovía en Europa, frente a la imagen pervertida, correspondiente a la realidad del Congo. El corazón de las tinieblas , como se suele decir, lleva a cabo una bajada a los infiernos, un viaje iniciático marcado por una degradación progresiva, una degradación del entorno, pero sobre todo de las personas, de la mente; una metáfora del horror de las colonias. Marlow encarna a un joven inglés cualquiera, soñador e inexperto, que cree a ciegas en el proyecto imperialista y se marcha al Congo atraído por los relatos de aventuras de los marineros que han hecho fortuna. En un principio, no se muestra crítico con nada de lo que ve a su alrededor (los abusos a los esclavos, básicamente), pero, a medida que se adentra en el río, en un territorio desconocido para él, percibe que sus expectativas no se corresponden con la realidad y experimenta una transformación profunda. No se trata solo de un cambio de ideas: hay algo más, una sensación de que todo se pudre a su alrededor, incluido él mismo. Estas «tinieblas» se intuyen desde antes de abandonar su país, cuando el médico lo examina y le pregunta si en su familia hay casos de locura. La travesía está envuelta por un pesimismo creciente, una turbiedad sin estridencias, discreta pero presente, como esos espacios en los que todo está corrompido y no queda esperanza aunque nadie se atreva a decirlo en voz alta. Más allá de esta dimensión existencial, el libro tiene a su vez una vertiente de crónica, la crónica de un viajero en un país desconocido para sus coetáneos, que se materializa en las largas descripciones del lugar y, sobre todo, en la mirada racista hacia el otro, que hay que interpretar como el pensamiento imperialista promovido en la Inglaterra de la época. Marlow describe a los nativos del Congo con términos como «salvajes», «caníbales» o «indígenas»; se asombra cuando no reaccionan con la violencia que esperaba de ellos; dice de uno que es un «espécimen mejorado» porque ha aprendido hábitos occidentales. Esta narración etnocentrista, con todo lo repulsiva que resulta para el lector de hoy, está justificada porque, además de reflejar las ideas de la época, da pie a una evolución en el narrador, que, en la recta final, después de la muerte de un esclavo al que había cogido cariño, cuestiona el discurso oficial de la superioridad del hombre blanco y la civilización occidental. Nunca abandona del todo el racismo, que pasa del desprecio evidente a la condescendencia y la lástima, pero detecta los abusos que se están cometiendo y las mentiras que se difunden en Europa. En este sentido, Conrad señala sin ambages la atrocidad del colonialismo. Con todo, algunos autores postcoloniales le han reprochado que, aun mostrándose crítico con el imperialismo, su aportación resulta insuficiente como denuncia porque en ningún momento da voz a los principales afectados, es decir, no expresa la opinión de los africanos. Incluso cuando Marlow comienza a reconocer que no son los «salvajes» que el discurso europeo argumenta para justificar la dominación, el único punto de vista que se plantea es el suyo, el del hombre occidental que abre los ojos y hace autocrítica, pero que sigue sin escuchar al otro. Los personajes de los esclavos se construyen con estereotipos; son planos, ramplones. Ocurre algo parecido con las escasas mujeres que aparecen, como la novia de Kurtz, que en cierto modo encarnan al «otro» de la sociedad patriarcal de Occidente: se presentan como personajes ajenos a la barbarie, frágiles y delicados, a los que hay que proteger y tratar con caballerosidad, una caballerosidad que, aunque no vaya acompañada de abusos, no está tan lejos de la condescendencia hacia el esclavo. image Joseph Conrad En cualquier caso, esta lectura en clave antropológica, si bien resulta necesaria desde la perspectiva actual, no anula en absoluto las muchas virtudes de esta magnífica novela. Por una parte, El corazón de las tinieblas es un apasionante acercamiento a uno de los episodios más crueles de la historia, que muestra el lado más sombrío, por dentro y por fuera, del ser humano; pero, aún más interesante que esto, es una fábula sobre cómo las acciones degradantes hacia los demás acaban degradando también, y por encima de todo, a quien las comete. Un relato sugerente, a ratos asfixiante y estremecedor, que absorbe al lector desde la primera página igual que las tinieblas absorben al narrador sin que él se dé apenas cuenta, y culmina en un desenlace deslumbrante que obliga a seguir pensando en él después de cerrar las tapas. Imprescindible.


Sobre esta noticia

Autor:
Devoradoradelibros (609 noticias)
Fuente:
devoradoradelibros.com
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Tipo:
Reportaje
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