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Condenados eternamente a la iniquidad

05/11/2010 23:20 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

El 20 de noviembre de 1975, con apenas dieciocho añitos, me dirigía por la mañana temprano caminando al que fue mi primer trabajo, como todos los días. Era un trabajo atípico, porque no tenía contrato, ni estaba dado de alta en la seguridad social y el salario era como la migaja de pan que se arroja a una paloma del parque. En esto se ve que el tiempo tampoco cambia demasiado las cosas.

El hecho de acudir a pie cada día a trabajar se debía a que tardaba menos así que utilizando una compleja combinación de autobuses que resultaba bastante más lenta. En mi trayecto, me veía obligado a atravesar a diario el barrio del Polígono de San Pablo. Aquel día, aunque ya se llevaban semanas tratando el tema de la enfermedad del generalísimo en los medios de comunicación, me sorprendió en el mostrador de un quiosco de prensa en la calle Greco el famoso titular de última hora de ABC de Sevilla "Franco murió a las 4, 40 de la madrugada" con el que el diario cerraba su portada.

Mi primera reacción a la noticia fue dar un salto de alegría, a pesar de que todavía suponía un riesgo enorme, y acelerar el paso para llegar al trabajo y enchufar la radio. Tenía muy claro que la desaparición del dictador significaba el principio de un nuevo y esperanzador futuro para mi país y el final de una intolerable dictadura que se había prolongado de manera incomprensible durante cuatro largas décadas.

Me temo que me equivoque bastante, porque las directrices para recorrer el camino necesario hacia las autopistas de la democracia se dictaron desde los designios del miedo. España tenía pavor a ser libre y también a restaurar la justicia que durante tanto tiempo se nos había negado. Los de siempre seguían estando donde siempre y el resto, en vez de exigir nuestros derechos abolidos miserablemente por la sinrazón, teníamos que suplicarlos como si de un favor se tratase.

A las víctimas del largo ocaso dictatorial se les empezó a exigir sacrificios dolorosos como tributo a la libertad que se avecinaba, si no querían que una vez más se repitiese la historia de siempre. Los partidos de izquierdas se vieron obligados a dar una espesa capa de barniz a sus postulados si querían tener un hueco en el nuevo panorama político que se adivinaba cercano. Las organizaciones de trabajadores, entonces clandestinas, también tuvieron que depositar la sangre de su cordero como ofrenda sagrada en la mesa del bien común.

Y todos lo hicieron con la ilusión de recuperar la añorada libertad para un país tras casi medio siglo de oscurantismo. Casi nadie, o muy pocos, se percataron que era la libertad misma quien estaba siendo sacrificada de forma inútil, porque ellos, los de siempre, continuaban haciendo lo mismo que habían venido haciendo hasta entonces y que siguen haciendo ahora, más de treinta años después.

El camino recorrido durante este largo período y las escasas ventajas conseguidas se tambalean ahora ante otro dictador peor aún que el expiró aquel día. Porque este es impersonal y no tiene rostro, pero acumula mucho más poder y es capaz de extender su manto de oscuridad y sumisión obligada al orbe entero.

Todos los sacrificios que dos generaciones enteras de españoles han realizado en aras del supuesto bienestar de la nación han quedado barridos por la nada tan sólo con una leve acometida de su imparable poder. Y ahora nos vemos decepcionados contemplando cómo personas que han trabajado y luchado durante toda su vida para dejar un mundo mejor a sus descendientes y que han vivido y sufrido esta etapa dolorosa de la historia del país flotan en la desilusión que provoca el sentirse, una vez más, engañados.

La derecha sigue siendo la misma, a lo suyo, y la izquierda descafeinada de entonces es ahora el mendigo acuclillado a las puertas de las catedrales del poder suplicando la migaja que le permita subsistir, aunque para ello tenga que lamer la mano del poderoso que se la arroja. Mientras tanto, las víctimas de los crímenes que el dictador cometió durante su prolongada vida continúan sepultados en las cunetas donde fueron arrojados y la justicia mutilada por la cizaña del miedo ancestral que su crueldad inoculó en nuestra sociedad. Aquel Estado de todos y para todos con el que alguna vez soñamos se derrumba imparable ante nuestras narices y amenaza seriamente con desaparecer, mientras de nuevo se instaura en nosotros aquella misma resignación de entonces, aquel desdichado qué le vamos a hacer.

Ésta es la terrible conclusión de una transición hacia la democracia que alguien se apresuró a adjetivar de modélica, cuando el tiempo y los hechos se han encargado de demostrar que no fue sino una monumental chapuza. Ahora estamos recogiendo sus tristes frutos. Parece como si este país estuviese condenado por una plaga desconocida a no poder avanzar jamás. Porque a poco que lo conseguimos, aún con el esfuerzo y el sacrificio de muchos y de valores fundamentales, alguien de los de siempre se encarga en el momento adecuado de echar el correspondiente freno, ése con el que nada tienen que hacer constituciones y leyes, para recordarnos que los españoles somos una estirpe condenada eternamente a la iniquidad.


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Autor:
Elblogdejackdaniels (1071 noticias)
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elblogdejackdaniels.blogspot.com
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