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Concilios

06/09/2018 16:10 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

LO que no sabias acerca de la iglesia

Un concilio, dentro de la Iglesia Católica, es una reunión de altas jerarquías eclesiásticas, conjuntamente con el Sumo Pontífice, para reflexionar sobre materias que pertenecen a la fe y a las costumbres, y para, en caso de necesidad, dictaminar infaliblemente sobre ellas. A lo largo de la historia de la Iglesia ha habido unos 21 concilios ecuménicos y una gran cantidad de concilios particulares. En los concilios ecuménicos, es decir, aquellos a los que acuden obispos de la mayor parte de las naciones en las que hay súbditos católicos, mayormente se han tratado los temas fundamentales de la doctrina cristiana y los problemas más importantes que en aquellos momentos requerían mayor atención. Por su parte, en los concilios particulares se han tratado toda clase de temas: desde la creencia en brujas, íncubos y súcubos, hasta la determinación de cuál debería ser la edad de las amas de llaves que vivían en las casas parroquiales, o qué alimentos podían ser ingeridos en cuaresma. Y si es verdad que en muchas ocasiones uno no puede menos de reírse, viendo la ingenuidad de los padres conciliares que se atrevían a discutir con toda audacia sobre las más profundas intimidades de Dios, también es cierto que, en medio de tales tiquismiquis, uno ve la tremenda intromisión que suponían tales normas y prohibiciones en las vidas de los ciudadanos de las naciones cristianas. Porque hay que tener muy en cuenta que, durante siglos, las decisiones de los concilios no eran sólo una mera norma orientativa, sino que tenían en muchísimas ocasiones un carácter coercitivo. Y muchos de los que no quisieron atenerse a lo que el concilio había dicho, pagaron cara su independencia de criterio. De hecho en muchos documentos conciliares, a los herejes, es decir, a los que discrepaban de la doctrina oficial del concilio o de la Iglesia, por más que en sus vidas fuesen ejemplares, se les llama «criminales» y se les aplica todo tipo de adjetivos denigrantes. En los primeros diez siglos de la Iglesia, era muy frecuente que los que convocaban los concilios fuesen los emperadores—que en algún caso no estaban ni bautizados— y los temas y decisiones del concilio dependían mucho de lo que ellos pensaban. En general, las opiniones de obispos y padres conciliares que estaban en buenas relaciones con los emperadores, eran las que prevalecían en los concilios. Y fue bastante corriente que aquellos que sostenían ideas contrarias fuesen desterrados, perseguidos o de alguna manera castigados por el poder civil instigado en muchas ocasiones por las autoridades eclesiásticas. Este lavarse las manos de los jerarcas de la Iglesia, para quitarse las posibles manchas de la sangre de los herejes, es algo muy típico y farisaico que nos encontramos repetidamente en la historia. Cuando muchos reos de herejía estaban ya convictos y confesos —a fuerza de torturas— de haberse apartado de las doctrinas de la Santa Madre Iglesia, los paternales jerarcas los «relegaban al brazo secular», que se encargaba de encerrarlos en mazmorras, de someterlos a tormento o de quemarlos vivos. Y así «la honra de la Iglesia quedaba a salvo y su regazo maternal no se endurecía». Estas estúpidas palabras de Bossuet rezuman tal cinismo, que en vez de ser una defensa de la Iglesia suenan más bien a desvergüenza. Una de las cualidades más notables de los concilios es la de ser infalibles, cuando se celebran con ciertas condiciones. Esto de la infalibilidad conciliar es algo muy gracioso. Hablando de una manera popular, podríamos decir: ¿por qué un concilio es infalible? Pues porque así lo ha dicho el Magisterio de la Iglesia. Y ¿qué es el Magisterio de la Iglesia? El Magisterio de la Iglesia son las enseñanzas que provienen del papa y de los concilios. Pero ¿son los papas infalibles? Sí. ¿Y cómo sabemos que los papas son infalibles? Porque así lo ha dicho un concilio. Pero y ¿cómo sabemos que el Magisterio de la Iglesia es infalible? Pues porque siendo el auténtico intérprete de la palabra y la voluntad de Dios no tiene más remedio que ser infalible. Y uno, que es un poco terco, y no se quiere dejar enredar, sigue preguntando: ¿Y cómo sé yo que el Magisterio de la Iglesia es el auténtico intérprete de la voluntad de Dios? A semejante pregunta, el viejo catecismo del Padre Astete contestaba textualmente: «Eso no me lo pregunteis a mí, que soy ignorante. Doctores tiene la Santa Madre Iglesia que lo -sabrán responder». Pero la verdad es que los Doctores de la Santa Madre Iglesia no lo saben responder. Cometen la «petitio principii» de decir: «El Magisterio de la Iglesia es el auténtico intérprete de la voluntad y1 de la palabra de Dios, porque así lo ha dicho siempre el Magisterio de la Iglesia compuesto por los papas y los concilios». Y los «simples fieles» —con más de simples que de fieles— tienen que acatar la sabia decisión «porque así lo mantuvo siempre esta Santa Sede» o «porque así lo confirma el constante uso de la Iglesia» (frases textuales). Es decir, «porque sí». «Porque lo digo yo». Esto, hablando de una manera popular pero que rezuma sentido común y que, en el fondo, no es más que filosofía socrática químicamente pura. Pero puestos a enredar un poco las cosas en cuanto a los orígenes de la infalibilidad del Magisterio de la Iglesia, diremos que la infalibilidad del Sumo Pontífice cuando habla «ex cátedra», en cuestión de fe y costumbres, fue definida en el Concilio Vaticano I (1870), con una oposición muy grande dentro de la Iglesia. De los argumentos que sirvieron de base a tal definición no sólo se puede decir que son débiles, sino en buena parte falsos, y con unas consecuencias muy negativas, ya que tal definición separó aún más a las diversas facciones en que está dividido el cristianismo. Si los protestantes y los orientales ya resentían el autoritarismo del pontífice romano, ahora no quieren saber nada de él cuando lo ven autoproclamarse «infalible». No sólo eso, sino que a raíz de tal definición, una parte de los católicos alemanes y franceses, capitaneados por Dollinger, se separaron de Roma, formando la secta cristiana de los "Vetero Católicos» que, aunque muy disminuida, continúa viva después de más de un siglo. Aunque el fin principal de este capítulo es hablar sobre los concilios en general, apuntaremos algunas cosas sobre la infalibilidad, ya que, como dijimos, es una de las cualidades fundamentales de éstos. Un hecho cierto es que en la primitiva Iglesia no se tenía idea de tal infalibilidad. Y cuando ya se habían celebrado unos cuantos concilios ecuménicos, tal como ha demostrado el teólogo-historiador alemán J. Lange, «del siglo VII al XII no se tuvo al papa por infalible». Tal idea comenzó a tomar cuerpo en las imaginativas mentes de los teólogos, a raíz de las famosas «decretales pseudoisidoriañas» redactadas allá por el año 850. Estas «decretales» son unos 115 documentos falsificados en su totalidad y 125 documentos auténticos, a los que se les añadieron cosas que favorecían la centralización del poder en manos del pontífice romano, Se citan —o se inventan— documentos de los obispos romanos de los cuatro primeros siglos. No se sabe a ciencia cierta quién los redactó; lo cierto es que tuvieron una enorme influencia en el primer tratado de Derecho Canónico llamado «Decretum Gratiani» que, a su vez, influyó de una manera decisiva en teólogos y canonistas a partir del siglo XII. Pues bien, en este «Decretum Gratiani», que fue como el libro de texto en la Iglesia durante varios siglos, se citan de las «decretales del pseudo Isidoro» nada menos que 324 pasajes de los cuales está demostrado que 313 son falsos. A partir de entonces y basados en ellos, el texto de Mateo 16, 18 («tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia») se empieza a usar sin género de duda para demostrar la supremacía de la sede romana sobre las demás. La definición sobre la infalibilidad tardaría siete siglos en llegar, pero es una consecuencia de esta nueva manera de pensar, basada en unos documentos falsificados. No quiero abrumar al paciente lector, pero considero interesante darle unos cuantos datos concretos para demostrarle que lo que exponemos no lo hacemos sin más ni más, sino apoyados en hechos históricos. Si miramos atrás en la historia, para ver en qué consiste esta infalibilidad conciliar y pontificia, ¡nos encontraremos con papas excomulgados!: el papa Vigilio fue excomulgado el año 533 por el V Concilio Ecuménico de Constantinopla; y el papa Honorio por el VI Concilio Ecuménico de Constantinopla celebrado el año 681; y su condenación fue repetida por el sínodo trullano del año siguiente y por el VII y VIII Concilios Ecuménicos celebrados en Nicea y Constantinopla respectivamente. Con el agravante de que la excomunión del papa Honorio fue aceptada y reconocida por su sucesor León II y por varios de los pontífices subsiguientes. Pero las autoridades eclesiásticas, a pesar de tener mucho abolengo y solera, tienen un moderno espíritu jalisqueño que las impulsa a no perder nunca; y por eso cuando los teólogos allá por el siglo XIV se convencieron de que estos hechos eran ciertos, inventaron enseguida la coartada: unos dijeron que la excomunión había sido un error de la Iglesia griega (Torquemada) y otros que no era válida porque no había sido hecha «ex cathedra» (Melchor Cano). Y puestos a rebuscar errores en la historia de los pontífices y de los concilios, podríamos enumerar una larga lista de ellos. En el libro «Mi Iglesia Duerme» publico la lista de dieciséis pontífices que escribieron cosas con las que la razón humana no puede estar de acuerdo. A aquellos nombres se podrían añadir los de Pío XI, con sus aseveraciones sobre el matrimonio en la encíclica «Casti connubii», muchas de ellas hoy totalmente inadmisibles; Pío XII con aseveraciones parecidas más las que vertió en la encíclica «Humani generis» sobre la interpretación de las Escrituras; Paulo VI con su funesta encíclica sobre el control de la natalidad totalmente desobedecida por los católicos, y el mismo Juan Pablo II con su conservadurismo teológico a ultranza que le impide ver cómo la teología de la liberación no es más que un evangelio desnudo y sufriente que es lógico que apeste en las aterciopeladas cámaras donde se juega la alta política vaticana. Y si de los papas saltamos a los concilios, nos encontraremos con el mismo panorama. Expondremos al lector unas breves muestras que podrían ser ampliadas hasta el infinito. Los años 730 y 754 se celebraron en Constantinopla sendos concilios generales o ecuménicos. En ellos se prohibió el culto a las imágenes, para estar de acuerdo con lo prescrito por Moisés y porque tal práctica conllevaba el peligro de idolatría en las mentes de las personas de poca cultura. Además, en los primeros siglos del cristianismo se había siempre aborrecido semejante costumbre que se consideraba pagana. El año 769 se celebra un concilio en Letrán (Roma) dirigido por el papa Esteban III y en él se condenan las decisiones de los dos concilios de Constantinopla contra las imágenes. Según los Padres de Letrán, el culto a las imágenes era santo y bueno, Dieciocho años más tarde, el 787, se vuelve a celebrar un concilio —el II de Nicea y VII ecuménico— que remacha las conclusiones del de Letrán, permitiendo el culto a las imágenes: «quienquiera que no rinda servicio y adoración a las imágenes de los santos y a la Trinidad, sea anatematizado». Pero las controversias estallaron enseguida. Cuando en el Concilio de Constantinopla celebrado el 789, algunos obispos recorda-ron este decreto del anterior Concilio de Nicea, fueron arrojados violentamente de la sala. En Constantinopla se inclinaban entonces por la prohibición. El año 794 se reúne en Frankfurt otro concilio convocado esta vez por Carlomagno. En él se rechazan también despectivamente los decretos que permiten el culto a las imágenes, y al Concilio de Nicea se le denomina «sínodo impertinente y arrogante, celebrado en Grecia para adorar pinturas». Y es de notar que a este Concilio el papa Adriano I había enviado a dos delegados. Sin embargo las cosas no habrían de quedar ahí. El año 842, se vuelve a celebrar otro gran concilio en Constantinopla en el cual se vuelven a adoptar las doctrinas del II Concilio de Nicea y se condenan las del anterior de Constantinopla, en donde se oponían al culto a las imágenes. Para deleite del lector, transcribiré aquí unos cuantos párrafos de J. M. Ragón del libro «La Misa y sus misterios» (Edit. Glem. Buenos Aires): «En el 861 vuelve a celebrarse otro gran concilio en Constanti-nopla, compuesto por 318 obispos y convocado por el emperador Miguel. En él se depone a San Ignacio, patriarca de Constantino-pla, siendo elegido para sustituirle, Focio. En el concilio del año 866, también en Constantinopla, se condena a la iglesia latina por lo del filioque y por otras prácticas. El papa Nicolás I es depuesto y excomulgado por contumacia; había tomado partido por el patriarca depuesto Ignacio, y Focio —que a su vez había sido nombrado Patriarca ecuménico (universal)— lo declaró hereje, a pesar de ser el Obispo de Roma, en vista de que admitía que el Espíritu Santo procedía del Padre y del Hijo, en contra de la procedencia única del Padre defendida por la Iglesia oriental. Además de esto, Nicolás I comía y dejaba que comiesen huevo y queso en cuaresma. Y para colmo de infidelidad, el papa romano se rasuraba la barba, lo cual era una apostasía manifiesta, según entendían los papas griegos, puesto que tanto Moisés como los patriarcas y Jesucristo habían sido pintados con barba... (!). Cuando Focio fue restablecido el 879 en su sede por el VIII concilio ecuménico, el papa Juan VIII lo reconoció como hermano suyo. Los dos delegados enviados por el Papa a este concilio se adhirieron a la iglesia griega y declararon Judas a quien dijese que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Pero como el Papa persistía en su costumbre de rasurarse la barba y de comer huevo en cuaresma, las dos iglesias continuaron divididas...» Todos estos tiquismiquis eclesiásticos, todas estas memeces doctrinarias y toda esta soberbia y afición a la pomposidad y a las vanidades, distan mucho de la idea que teníamos de la sacralidad e infalibilidad de los concilios y de los Padres Conciliares. Cuando se reflexiona sobre las causas del Cisma de Oriente que dura ya nueve siglos, no hay más remedio que llegar a la conclusión de que la humildad predicada por el fundador del cristianismo está lejísimos de la conducta de sus grandes jerarcas. A éstos, el poder les ha llenado la mente de ceguera y el corazón de orgullo, al igual que suele hacer con el resto de los mortales. Indudablemente el poder corrompe. Aunque sea el poder eclesiástico. Por estúpido que hoy nos pueda parecer, éstas fueron las causas del Cisma de Oriente, esa escandalosa separación de más de cien millones de cristianos que no sólo discrepan en ciertas creencias secundarias sino que se desprecian y hasta se odian, tal como lo han demostrado en repetidas ocasiones a lo largo de la historia: — Usar el pan sin levadura para la eucaristía. — No cantar «alleluya» en cuaresma. — Rasurarse la barba los prelados. — Comer huevos y queso durante la cuaresma. — Cambiar la fecha del nacimiento de Cristo. — Considerarse los jefes de las dos iglesias (Roma y Constan- tinopla) pastores supremos de la cristiandad. — No admitir los orientales que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo sino solamente del Padre. — No admitir los occidentales la comunión bajo las dos especies. — El ayuno del sábado. — El comer carne de animales sofocados. — El no contar los occidentales, entre los santos, a Basilio,


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