05:32 (26-05-2012)

Companys: para Cataluña nunca ha muerto. Aquí sus primeras batallas

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La vida y sobre todo la muerte de Lluis Companys han llenado las enciclopedias de la política española y Catalana pero Diaspora pretende hoy romper con el formalismo de estas y empezar su primer capítulo sobre este singular personaje

Abogado, periodista y político, durante los años de la Segunda República fue el segundo presidente de la Generalitat de Catalunya. De muy joven se trasladó a vivir a Barcelona, donde estudió derecho y pronto se decidió por la política.

Las biografías suelen dejar atrás pedazos básicos del perfil del biografiado. Pero DIASPORA ha trabajado demasiado en el tema de la vida y la muerte del sucesor de Maciá como para barrer lo fundamental y dejarlo debajo de la alfombra. Así que nos apartamos un poco de los relatos formalistas, pasamos hacia atrás las hojas del tiempo y de la historia, 70 años desde su muerte y casi un siglo desde su vida activa y trazamos un perfil informal pero auténtico.Y nos sentamos a esperar el veredicto de los usuarios.

Hijo de los campesinos propietarios Josep Companys y Fontanet, y María Luisa de Jover, única heredera de la Baronía de Jover. No simplemente de familia “acomodada” -como repitan las biografías de las enciclopedias sino una de las tres primeras de la plana de Urgell y de las más pudientes de Lérida (LLeida). Al morir, la madre dejó a sus hijos el título nobiliario. No hubo una rebatiña familiar por ostentar el título de Barón, sino exactamente lo contrario. Ninguno de los hijos quiso aceptarlo, empezando por el “hereu” -Josep-y los otros que prefirieron ser Varones, con “v“ que Barones.

¿Quién era Lluis Companys?, aunque para la historia franquista que es la que en la mayoría de archivos priva o influye era un “trinxeraire”, un viva la pepa, golfillo, (hoy “pijo”), político ignorante y perturbador, enemigo de todos los políticos españoles, furibundo, y como consta en los archivos de la Gestapo un “Rotspanier”, amigo o mejor lacayo de Moscú y adorador de Stalin.

El perfil casi inédito y objetivo es que era un hombre generoso, un tanto bohemio, no solo para los suyos. Un pozo de sabiduría histórica, lingüista, y gran zurzidor de voluntades y conflictos. Como hombre y como político era carismático. Para las mujeres un joven atrayente y encantador hasta los 50 (pero las balas del odio no le dejaron ser viejo). Su sonrisa acogedora era espejo del alma.

También en cierto modo era un dandy de sus tiempos, inconfundible por su pañuelo blanco de seda que desbordaba con descuido bien cuidado del bolsillo izquierdo de su chaqueta. El pañuelo era el antídoto de la adulación y quizás la nota más insincera de su figura, porque él sabía usar de su distintivo, no natural.

Aunque de cuna aristocrática -en sus días-no había dejado de ser un “pages”, un hombre de campo con un sentido común fuera de serie, sentimental, propenso a la piedad y al perdón, socarrón (que a veces se pasaba), pero siempre gracioso, muy observador aunque no calculador y poco artificioso. No sabía disimular y algunos adversarios lo sabían. Pero su calidad más positiva era la lealtad. No usó, en una guerra envenenada, polucionada, asquerosa, ninguna artimaña y su palabra le salía siempre de un gran corazón catalán en un 100%. En eso vieron sus enemigos una daga envenenada lista para clavarse sobre Madrid, pero la historia que así lo consideró estaba escrita con odio y un chauvinismo típicamente ibérico.

Aunque la tentación literaria bilingüe debió haberse impuesto y sus patéticas elucubraciones de ficción ponían a llorar a las mujeres, eligió quizás por influencia de su mejor amigo Francesc Layret, la carrera de derecho y no debió ser un erudito, ni un gran jurista en ciernes sino más bien estudiante travieso, cuyas tendencias poéticas y literarias asustaban al Rectorado. Y obtuvo el pergamino con el título de Licenciado en Derecho. Fue abogado, en ocasiones. Jurisconsulto, nunca. Pero, sobre todo, defensor de la justicia hasta la muerte.

Su tío Sebastián, reputado en su especialidad de derecho administrativo, le nombró su pasante pero a Lluis le exasperaban la rigidez y las arideces del gran bufete. Traspasó el puesto a su hermano Camil (quien por cierto años después se suicidó al enterarse del fusilamiento de Lluis).

Siguiendo el relato, Companys dejó a su tío Sebastíán y se estableció en la calle Mendizabal, pero no se especializó en lios de grandes negocios o empresas sino en los desheredados y, en especial, los perseguidos políticos o en pugna con los sindicatos, los que no habían querido enrolarse para ir a Marruecos y gente así. Ante los tribunales su gestión podía no ser jurídica en exceso, ni protocolaria, sino sencillas en argumento. Era el sentido común que nunca retorcía. Como abogado mostró ser extraordinariamente eficaz y logró absoluciones en casos desesperados. En la vista pública, al final del proceso, había siempre un público ávido y fans que aplaudían frenéticamente. Sobre todo ellas. Muchos republicanos le insistían para que se sumara a sus filas y ayudó a fundar “La Barricada” y se inscribió en la juventud de “Unión Republicana”, pero por fin con Francisco Aguirre, Liarte y Marcelino Domingo fundaron “La Lucha” por su “incompatibilidad” con Lerroux.

Su primer campo de batalla fueron las campañas militares de Marruecos, tema que quedó inmortalizado en “Marruecos, sangría y robo”. En 1917 “La Lucha” encarnó su oposición total a la política militarista de España en África. Y sus campañas tremendas, sangrientas, desafiantes, tenían siempre el sello de lo eficaz, de lo verdaderamente vigente: revelaciones de enriquecimientos ilícitos de algunos estamentos del ejército y de la monarquía, corrupción ministerial, crueldades “castrenses”.

“Todo mientras los soldados mueren entre tiros, fiebres hambre y basura” -gritaba “La Lucha”. Lo que publicaba estaba tomado de correspondencia de militares honestos que estaban en “contra” de la guerra y estuvieron con Companys y Liarte en posteriores capítulos cercanos a la guerra civil. También de políticos catalanes que estuvieron con él hasta la muerte. Y consiguió hacerse invulnerable, porque suspendido el periódico y silente “La Lucha”, los abonados seguían pagando su cuota como si estuviera en la calle.

Pero ya antes, algunos altos mandos al sentirse ofendidos por ciertos sueltos sangrientos de “La Veu de Catalunya” y caricaturas de “Cu-Cut“, acudieron al sistema ibérico de desaprobación: el golpe de fuerza. Lo habían hecho ya en la guerra de Cuba. Y así grupos de “señoritos”, asaltaban las redacciones, agredían al personal de redacción, hacían pintadas monstruo en las que defendían la sacrosanta patria y estallaban en furía desmedida contra el catalanismo y su repugnante separatismo. Los sucesos de Marruecos envolvieron a España entera. Los patriotas de café, bombín y botines, abundaban.

Claro que la famosa Ley de Jurisdicciones entregaba la libertad de pensamiento y de prensa a los tribunales castrenses. La repulsa del pueblo llano no supo ver un profundo sentido catalanista en la acción antibélica de Companys y sus amigos. Pero el grano cayó en el surco a pesar de las aves de rapiña.

Companys y sus amigos tuvieron que bajar la persiana de sus periódicos y crearon la Solidaridad Catalana. Posteriormente Lluis fue presidente de la juventud de la efímera Unió Federal Nacionalista Republicana, Prueba de esta intensa actividad juvenil es que fue detenido quince veces, siendo calificado tras la Semana Trágica de Barcelona de 1909 como «individuo peligroso» en los informes policiales.

Ya durante los primeros años del siglo militaba en la Asociación Escolar Republicana, en la Solidaritat Catalana, la Unió Federal Nacionalista Republicana y el Partit Republicà Reformista. En 1917 fue uno de los fundadores del Partit Republicà Català, a quien representó como concejal en el Ayuntamiento de Barcelona. Sensible a la problemática social, como su amigo, el también abogado Francesc Layret, a partir de 1919, cuando se iniciaron las grandes movilizaciones obreras presididas por la CNT, y apareció el anarquismo duro y se incrementó la represión gubernamental, actuó como abogado de los trabajadores y, por esta razón sufrió más persecuciones y deportaciones.

En noviembre de 1920 fue detenido junto a Salvador Seguí, «El Noi del Sucre», Martí Barrera, Josep Viadiu entre otros sindicalistas y deportado al Castell de la Mola en Mahón (Islas Baleares), tras lo cual fue asesinado Layret de 27 balazos cuando se disponía a asumir su defensa.

A pesar de su deportación, en las elecciones legislativas de diciembre de 1920 Companys fue elegido diputado por Sabadell en el lugar que debía ocupar el asesinado Layret, logrando la inmunidad parlamentaria, lo que le libró de la cárcel.

Pero siguió los mismos pasos de su amigo en la defensa de los campesinos arrendatarios, en contra de los propietarios. En 1921, junto a otros republicanos, fue configurando la idea que ya había tenido Layret de constituir una organización sindical de campesinos, que quedó formalmente creada en 1922 con el nombre de Unió de Rabassaires i Altres Cultivadors del Camp de Catalunya. Companys redactó los estatutos del nuevo sindicato y fundó y dirigió su periódico "La Terra". También funcionaba como abogado y así continuó durante los años de la dictadura de Primo de Rivera.

Nuevamente detenido, no pudo asistir a la Conferencia de Izquierdas celebrada en marzo de 1931 de la cual nació Esquerra Republicana de Cataluña, pero fue elegido miembro de la ejecutiva del partido. Gracias a sus vínculos con el mundo del trabajo y el sindicalismo, Companys aportó mayor prestigio a Esquerra y dejó de ser nada más un partido progresista pequeño burgués.

Las nuevas generaciones que no vivieron ni la guerra civil ni los años anteriores ignoran por completo el contenido de lo que aquí tratamos

L’Esquerra Republicana de Catalunya, alcanzó un éxito electoral inesperado en las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 y Companys fue elegido concejal del Ayuntamiento de Barcelona por Esquerra Republicana de Catalunya.

Proclamada la República en Cataluña. La monarquía es cosa del pasado

A mediodía del 14 de abril accedió, con Amadeu Aragay, Lluhí i Vallesà y otros al balcón del Ayuntamiento y proclamó la República en Cataluña, deponiendo al alcalde accidental Antonio Martínez Domingo.

A lo largo de la etapa republicana, fue diputado a Cortes de la República, en el Parlamento de Catalunya –que también presidió-, gobernador civil de Barcelona (nombrado el 16 Abril 1931) cargo que ocupó hasta el mes de mayo en que fue sustituido por Carles Esplà.

Fue ministro de Marina del gobierno republicano presidido por Azaña.

El 28 de junio de 1931, con motivo de las Elecciones generales españolas de 1931, fue elegido diputado por Barcelona y

ejerció la jefatura en las Cortes españolas del grupo parlamentario de Esquerra, interesándose por la aprobación del Estatuto de autonomía de Cataluña, conocido como Estatuto de Nuria, con el mayor nivel posible de autogobierno, la agilización de los traspasos competenciales y la legislación agraria.

El 20 de noviembre de 1932, con motivo de las elecciones al Parlamento de Cataluña fue elegido diputado del Parlamento de Cataluña por Sabadell. Posteriormente, el 19 de diciembre de 1932, fue elegido primer presidente del Parlamento de Cataluña.

Companys simultaneó las actas de diputado en las Cortes españolas y en el Parlamento de Cataluña que presidía hasta mediados de 1933, cuando abandonó la presidencia del parlamento catalán para integrarse en el gobierno de la Segunda República Española.

Al mismo tiempo, continuando con su afición a los trabajos en la prensa escrita que había iniciado en su juventud, desde noviembre de 1931 hasta enero de 1934 dirigió La Humanitat, el órgano oficial de ERC.

A principios de enero de 1934 sucedió a Francesc Macià, que había fallecido el 25 de diciembre de 1933, como presidente de la Generalitat de Catalunya. Impulsó la Ley de contratos de cultivo, que a lo largo del año 1934 fue un motivo de crispación social y política con los propietarios de tierras catalanas y con el gobierno de la República

El movimiento revolucionario se desarrolló paralelamente a una huelga general que los sindicatos habían proclamado en todo el Estado y a una insurrección obrera protagonizada por los obreros asturianos, y que fue duramente reprimida por Franco. Al fracasar el movimiento, fue detenido, juzgado y condenado a treinta años de cárcel.

Tras la entrada en el gobierno de la República de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), se ordenó el acuartelamiento de las tropas. La fiebre política era alta y seguía subiendo. El 5 de octubre 1934 se convocó la huelga general que fue total en Madrid, Barcelona, Sevilla, Salamanca, Bilbao, Valencia, San Sebastián, Segovia… el periódico “ABC” publicó la noticia de las conversaciones en el extranjero de José María Valiente con el rey Alfonso XIII, que aunque se desmintieron cayeron como una bomba “Habemus rey...”, era el comentario jocoso, pero probable. Pero Primo de Rivera y la Falange ofrecían su organización (y sus pistoleros azules) al gobierno CEDA, lo mismo hacía Fal Conde con sus boinas rojas. Companys se mantenía a la expectativa, los dirigentes socialistas se ocultaban y también los confederados y anarquistas.

El movimiento insurreccional iba contra un gobierno al que faltaba dar un paso para cruzar la línea hacia una dictadura gilrroblista. Le bastaba sólo aplicar lo que su líder había proferido como amenaza: provocar una crisis de gobierno y llamar por teléfono a los militares, siempre dispuestos a su deporte preferido: el golpe de estado.

El ministro de la gobernación, Hidalgo, remplazó al jefe del Estado Mayor, General Masquelet, por desconocido para muchos, siniestro para unos pocos, general Francisco Franco. Inmediatamente destituyó a todos los generales republicanos cambiándolos o sustituyéndolos por los suyos, que eran “adictos” o “leales”.

Franco entró en funciones el día 5 y se convirtió en un verdadero ministro, asegurándose de que la Marina estuviera a su lado. Nombró su propio Estado Mayor con jefes de esa arma (el capitán de navío Francisco Moreno y Pablo Ruiz Marset (capitán de corbeta y un tercero de alto rango. Se rumoreó que el crucero “Libertad” se dirigía a toda máquina, cargado de tropas de infantería hacia algún puerto de Asturias. El rumor resultó cierto. El “Libertad“ desembarcó en Gijón a su contingente. Asturias hirvió, pero los dos bandos antagónicos se vigilaban, armados hasta los dientes… En el de la CEDA, Franco, se llevó a sus “fieles” legionarios y las fuerzas regulares marroquíes, comandadas por el (luego) sangriento General Yague.

Ante este panorama, después de conferenciar durante todo el día con sus consejeros y los dirigentes del Comité de Alianza Obrera, éstos publicaron un comunicado que decía entre otras cosas lo siguiente: “…por eso el movimiento del proletariado lucha contra el golpe de estado cedista que se acerca. Todas las comarcas catalanas apoyan la huelga. La proclamación de la república catalana es urgente, pues es necesario un revulsivo para provocar el entusiasmo y despertar su espíritu combativo. No hay tiempo que perder. ¡Viva la huelga revolucionaria! ¡Viva la República Catalana!. Firmado: Comité de alianza Obrera de Cataluña. La resolución de la alianza había sido consecuencia de una propuesta de Companys al Consejo de la Generalidad que fue discutida, prerredactada varias veces.

Todos los consejeros de la Generalitat votaron el “Sí”. Tal decisión ha sido ampliamente discutida, a favor y en contra, durante años, pero era necesario algo que salvara la propia autonomía de Cataluña. El silencio hubiera aprobado su fin. Companys nunca se cruzaba de brazos.

A las 8 de la noche (6 de octubre de 1934) Lluis Companys proclamó el «Estado Catalán» dentro de una República Federal. Invitó a la formación de un gobierno republicano provisional en Cataluña y pidió serenidad, vigilancia y civismo. No quería ninguna violencia en el nacimiento del estado catalán. Desde el balcón de la Generalidad, correspondió a los gritos y aplausos frenéticos de una gran multitud agitando su pañuelo. Todos sabían que aquello no podía durar, pero durante 24 horas, Cataluña será libre de la Anti-libertad. El Consejero de Gobernación, Dencas, de tendencias y actos fascistas, dijo públicamente que estaba dispuesto a fusilar a todos los directivos de la Alianza y a los Consejeros, pero el problema sería por donde empezar. Fuera, los coches circulaban haciendo sonar sus claxons y alguien había repartido banderines catalanes que ondeaban por doquier.

El comandante en jefe de la IV División orgánica, el general Batet, declaró de inmediato el estado de guerra. Pero en realidad el Decreto de estado de Guerra, esa medida estaba adoptada y decretada en Madrid con anterioridad pues Batet no pudo tener tiempo para todas las formalidades que la medida requería.

La artillería del ejército quedó emplazada frente al palacio de la Generalidad y se produjo un choque entre fuerzas del ejército y los Mozos de Escuadra que la defendían. El choque causó un muerto y 17 heridos. Durante toda la noche se produjeron enfrentamientos entre fuerzas del ejército y en general gente joven de ambos sexos. La autoridad militar cercó la Generalidad y aunque había una puerta trasera abierta, nadie huyó. Companys propuso que se marcharan todos los consejeros y le dejaran a él solo enfrentarse al general Batet. Al final todos fueron detenidos.

Companys fue hecho preso junto con su gobierno en pleno, el presidente del Parlamento, el alcalde y los concejales de Barcelona y los jefes y oficiales de los Mozos de Escuadra. Quedaron encarcelados en el buque Uruguay, fondeado en el puerto de Barcelona. Todos estaban sonrientes y animosos, conscientes de haber servido a la república y a la causa catalana. Quedó suspendido por ley el Estatuto de autonomía de Cataluña. Los detenidos fueron trasladados a Madrid en enero 1935. Reclamaron ser juzgados por el Tribunal de Garantías Constitucionales. Companys fue el único en ser oído al respecto, los demás fueron sometidos a la justicia ordinaria. El President fue juzgado y condenado por rebelión el 6 de junio de 1935 por el Tribunal de Garantías Constitucionales (formado por 21 vocales), por diez votos a favor y ocho en contra. Los hechos fueron calificados por el Fiscal como “golpe de estado regional”, una nueva figura de delito, con la agravante de premeditación. Entre los defensores estaba Angel Ossorio, luego embajador de la república en varias capitales europeas. Después del fusilamiento de Companys escribió una biografía sobre él, que se editó en 1943 en Argentina.

Los demás detenidos fueron condenados, a treinta años de reclusión mayor e inhabilitación absoluta. Posteriormente se le trasladó al penal de El Puerto de Santa María (Cádiz).

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