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Cómo tratar a los malos con elegancia

12/11/2009 17:51 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

De cómo hablar bien sobre el mal

Cómo tratar a los malos con elegancia.

Hablar bien de algo o de alguien es tanto como concederle parabienes. Hay otra traducción para eso que llamamos hablar bien, el de hablar correctamente. En sentido estricto, hablar correctamente significa utilizar los términos apropiados para cada situación descriptiva. El vocabulario circulante (que incluye el que está en los diccionarios y el que está fuera de ellos) utiliza muchas expresiones barriobajeras y no correctas por no decir directamente que son lesivas y perjuras.

Pronto y rápido los hablantes nos clasificamos los unos a los otros en función de las transacciones verbales. Éstas, más que otro dato del semblante (look, forma de vestir, acento, color de la piel, procedencia, oficio o nacionalidad) son las que influyen poderosamente para incluir al otro en el arco de relaciones interesantes o excluirlo de tal categoría.

En la educación funcional y cotidiana imperan unos protocolos -escritos o no- para el trato verbal recíproco. Cada hablante sabe (o intuye o es avisado al respecto) su cuota de libertad en el decir. No puede expresarse siempre según su pasión sentimental le empuja a hacerlo. El escenario obliga a una gestión de la escena y el participante a un recorte de sus bríos. Eso lleva al doble registro con el que queda enmarcada cada habla: el de la necesidad de vehicular un mensaje y el de hacerlo con suficiente prudencia como para que el interlocutor no se sienta ofendido por las maneras.

Como epistolario aprendí que las malas noticias hay que darlas después de las buenas y como articulista que toda comparación de lo humano a lo animalesco puede ser tomado como un insulto (tal como Globedia me ha recordado oportunamente según su regulación de estilo). De hecho, toda comparación ya resulta en si misma odiosa. Eso no evita la constatación de que una considerable cuantía del lenguaje humano en todos los idiomas sigue siendo relacionar conductas humanas con conductas animales. No es extraño, el vocabulario ha ido ampliándose al definir propiedades de otras procedencias de la naturaleza. Es así que referimos a los juncos para hablar de flexibilidad, a los robles y sabinas para hablar de fortaleza, a lo diamantino para mencionar la dureza, a la mirada de búho para referir los ojos muy abiertos, al zorro para hablar de la astucia, a la gacela para la velocidad, a las víboras para las lenguas viperinas, a los dinosaurios para hablar de lo obsoleto, a león para dar a entender la fiereza o a la tortuga al hablar de lentitud. Los ejemplos de estos duetos relacionales serían interminables. La comparatividad está inscrita en la misma estructura lingüística. No pasa nada cuando las cosas a relacionar son para ensalzar una propiedad en positivo de la persona valorada. El velocista no se enfada si le dicen que corre más que un galgo o el orador no se enfada si le dicen que tiene un pico de oro, en cambio al soldado que le dicen gallina o al obeso que le tratan de hipopótamo se pueden enfadar.

A voz de pronto ser tratado por lo que uno no es reviste la forma insultante. Si esa definición es correcta lo sería tanto para las comparaciones elogiosas (nadie es un búho ni un zorro por propiedades que comparta con el uno y con el otro) como no elogiosas (nadie es una gallina por mucho que se le quiera denunciar en su cobardía ni nadie se muta en animal aunque su tamaño tienda a asemejarse). La antropomorfización lingüística del reino animal no es mas que un recurso expresivo del que tampoco se ha podido librar el lenguaje mas culto o especializado, es asi que se habla de formas elefantasíacas en medicina o de alegorías poéticas citando las formas del cisne.

No podía ser de otro modo, la construcción lingüística para definir lo propiamente humano ha debido acudir -y sigue acudiendo- a las formas y comportamientos proporcionados por la naturaleza. Cuando uno está muy enfadado por comportamientos indignos en sus semejantes acude a comparaciones con el reino animal. Esas formas expresivas indican, sin lugar a dudas, una falta de vocabulario extensivo en el hablante que las usa sin esforzarse en emplear mas lenguaje o en enriquecerlo con neologismos adecuados. Una palabra muy vulgarizada en el lenguaje hispano hablan de dos animales próximos con los que la cultura agraria y pre-automovilística tuvo mucho trato: el asno. La inquisición ponía orejas a los reos simulando su supuesta imbecilidad (Galileo,con cuyas teorías la humanidad sería mas sabia, fue uno de sus escarnecidos de ese modo). Pero el asno, animal de carga y tiro, ha sido repetidamente descalificado por tener una propiedad que se creía solo humana: la voluntad y la opción de no obedecer siempre. Hace pocos años a la pegatina automovilística del toro de lidia (por cierto a un hombre que se le trata de toro se enorgullece porque es como recibir una medalla por su virilidad) en Catalunya se replicó con una del burro. Esto dio por ventilada la polémica sobre un solo animal como representativo de las culturas del país y tratar a ese mamífero de estúpido. No solo no lo es sino que ha sido un gran educador en las pautas y formas de trabajo y de transporte.

En el ring verbal con un otro, en el turno de los descalificativos tratar al contrincante de burro es injusto, pero no lo es para el referido sino para el animal. Si pudiera hablar diría: ¿y yo que tengo que ver con esto? La palabra apropiada para alguien que no actúa o no habla correctamente es decirle que es incorrecto o que no es inteligente. Me han referido en diversas ocasiones vistas orales que juzgaban a alguien por ser tratado con la palabra estúpido. En una de esas referencias el imputado, al reconocer que la había dicho, la repitió: eslo. Si lo es, lo es. Las formas y protocolos educacionales nos obligan a tener palabras paradas aunque todos las conozcamos para no herir pero mientras se sostiene una conversación -o se la escucha o se la lee- de un bajo nivel de cultura e intelectualidad no se puede por menos que acudir a ella. La palabra está en la punta de la lengua pero no se dice porque estamos obligados a tratarnos correctamente y esto incluye a tratar a los malos -y a los más malos también- con elegancia.

Mientras la cantera vocabularia que echa mano de los atributos animales es discutible por el descrédito lesivo que se da a estos, ello no impide calificar a los hablantes humanos en lo que son. Igual que Galileo dijo o se le atribuyó que dijo al final de su juicio con respecto que a pesar de todo la tierra seguía moviéndose, cualquier imputado y/o excluso por una opinión expresada con palabras no autorizadas contra otro seguirá creyéndola aunque busque un sucedáneo pasable.

Las formas y protocolos educacionales nos obligan a tener palabras paradas

La cuestión es que el vocabulario superlativo anda escaso de nuevas denominaciones para explicar formas y conductas muy antiguas y repetidas. Eso nos enfrenta a una paradoja: la de tratar bien a los que nos tratan mal. De acuerdo, la corrección es lo primero, pero ¿hasta qué punto? En el mundo digital (sus plataformas editoriales) se está traspasando sin criba, cantidad de vocabulario lesivo que está presente en las calles y los after hours regados con pócimas etílicas. Hay que admitirlo hay hablantes que son incapaces de decir una frase seguido sin incluir un par de tacos. Personalmente me suena mal cuando alguien habla con palabras malsonantes (no deja de ser un déficit por mi parte) tampoco leo mas allá de la linea que demuestra que quien la ha escrito no sabe de lo que habla. Tampoco me gusta nada que tras un texto en el que digo unas cuantas cosas que me lleva un rato hacer y para el que me documento, un lector al que no le gusto (como uno del foro de YoEscribo.com que acabo de leer ahora) me diga que hago spam y que me vaya a la eme puntos suspensivos. No sé si los malos superan en numero a los buenos (me temo que hay una enorme franja de indiferencia que no toma partido entre lo uno y lo otro) lo que sí sé es que tratar con corrección a los incorrectos es complicado. Además hay un problema de metodología no resuelto. ¿Que palabras usar cuando hay prevaricación, corrupción, mentiras, ignorancia y déficits interpretativos, caracvgteristicas todas éstas del mundo actual y que rellenan los noticieros a diario?

A un miembro destacado del PP le amonestó la dirección de su partido por decir en púbnlico lo que opinaba de una magnataria de la comunidad de Madrid. El partido le exigió que pidiera disculpas. Lo hizo pero no se retractó de su opinión aun a costa de su separación de su cargo. Y es que hay lo que hay y por mucho que vistamos a la mona de seda en mona se queda (por cierto, esta famosa frase es lesiva para la mona, la ningunea, ¿Puedo proponer otra en su lugar? Por muy inteligente que se crea el sapiens en primate se queda).

Se sabía que del homo sapiens no evolucionó en la exquisitez suficiente, por eso muchos humanos se quedaron en la añoranza del planeta de los simios y de milenios pasados, tal vez no menos cruentos pero seguro que menos traidores. La evolución y el futuro no son todavía parámetros estables.

Por fortuna el lenguaje es suficientemente florido y rico de recursos como para acudir a palabras menos usadas para indicar lo mismo. Eso no quita el reconocimiento de los límites humanos, los de la especie sí, pero sobre todo los de los individuos que no están a la altura de la cultura y se les sigue teniendo como miembros de pleno derecho. En la pela verbal entre Jesús Gil y Julián Muñoz por el reparto del pastel de las comisiones por sus favores a las promotoras en Marbella se pudo ver toda una forma del conflicto humano: desde la mentira pública declarada al vocabulario mas chabacano sobre todo en el primero. En los escenarios actuales recargados con una extensa nómina de corruptos y otra de sedicionistas tenemos que opinar desde el palco de la observación con suma cautela, no sea que alguien se enfade, a pesar de que haya sido antes el agresor de las buenas maneras.

Evidentemente no puedes acudir a las armas de tu adversario para reconducirlo pero tampoco le puedes dar la espalda dándolo por curado y suponer que no te apuñalará a traición.

La intelectualidad por un lado con sus giros y complejidades lingüísticas y la humorística por el suyo desde su ironía mas sana irán -esperémoslo- depurando poco a poco a una sociedad con demasiados ...a ver, a ver ¿qué palabra usar para que sea factible? ¿caraduras, malnacidos, saboteadores, fraudulentos, criminales...?

Volvamos a las buenas formas. Antes, en los subtítulos o traducciones se ponia la letra p seguida de puntos suspensivos para no herir sensibilidades aunque todo el mundo supiera lo que se quería indicar. De a cuerdo hablemos con iniciales y puntos suspensivos como un rato atrás con la letra eme. ¡Vete a la eme! Siempre dirá alguien muy re-fino. Eso me recuerda aquellos vejestorios que se contaban chistes verdes y para no tenerlos que repetir los tenían numerados. Bastaba decir el numero para que todos se rieran. ¿Sabéis aquel, el número 15...? y los demás reían y reían. No deja de ser un truco para la economía verbal. Un articulo también podría utilizar en abundancia (lo sugiero como ejercicio) un monto de palabras con iniciales, también acudir a trucos estilísticos del tipo: de tal individuo T no le digo lo que ya se le ha dicho en el articulo A que puede encontrar en el medio M. Bueno, si hay pocos lectores para la literatura extensa, con este modelo acabaríamos con los restos voluntaristas a favor de la información y formación entregadas por soportes escritos.

Volvamos al asunto principal: de como hablar bien sobre el mal nos enfrenta a un reto metodológico. Cualificar el lenguaje y la lectura pasa por prescindir de otras formas expresivas dedicadas a la destrucción de los conceptos serios y de la racionalidad. No se puede dudar que por la vía lingüística también se puede hacer mucho daño a la salud mental comunitaria. Aquí la cuestión clave a proteger es la de no colgar determinadas palabras a determinados hablantes o actuantes aunque se las merezca. De acuerdo, no lo hagamos .Por mi lado extiendo el argumento de esa propuesta a que el hecho de poner en la misma categoría a un humano que a un animal es injusto, pero para el animal, e impreciso para el humano, ya que nunca puede aspirar a ser otros animales que le ganan en prestaciones fisiológicas y también en comportamiento benigno. Si, como hablantes, nos quedamos faltos de esta parte de la cantera vocabularia habrá que acudir mas a los diccionarios biomédicos y psiquiátricos para encontrar la palabra precisa sin que nadie se tenga porque sentir herido. Eso es difícil porque la verdad sigue siendo el gran cañón de las heridas.

Me consta que el malo por convicción lo que más le enfada es no alcanzar el lenguaje ajeno. Su arsenal de tacos y simplismos no es sino una manera de obligar a los demás a que se hable en su propio terreno. Tratarlo con elegancia a menudo pasa por, ni siquiera, mencionarlo ni objetarle sus exhabruptos. Es infinitamente mejor hablar para quien pueda seguir el tema desde la educación y el esfuerzo de comprensión -aunque sea una minoría- que hacerlo para quien tiene por almacén de palabras la descalificación continua de los demás.

Toda comparación de lo humano a lo animalesco puede ser tomado como un insulto


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Jesricart (4 noticias)
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