Colesterol y autoestima

Pero yo considero que esto son menudencias. Lo que realmente afecta es el colesterol. Un buen día te sometes a una analítica rutinaria, de esas que realizan las empresas anualmente a sus trabajadores, y ¡zas!, salta la chispa. La primera vez recibes la noticia como una incidencia sin importancia, una pequeña mancha en tu “hoja de servicios” sanitaria. El médico te mira con un mohín de reproche y te lanza:
- “Vaya… Tiene usted el colesterol por encima del límite que se considera deseable. Vamos a tener que cambiar algunos hábitos de alimentación. Y también los hábitos de vida. Sobre todo tiene que introducir el ejercicio, el deporte… Terminar con la vida sedentaria”.
“Vamos a tener…”, te dice, como si él se involucrara en el proceso de esos cambios. Hay que tener mala saña, para lanzarte al ruedo y él ver los toros desde la barrera. Te anuncia su implicación, pero acto seguido se queda al margen. ¡Qué deslealtad! Al menos podría acompañarte en los ejercicios físicos indicándote si estás o no haciendo lo correcto.
O sea, que tú te quedas sólo con el diagnóstico, y comienzas a hacer cambios en tus rutinas. Mal que bien, a la introducción de ejercicios y a la práctica de algún deporte, te adaptas. Incluso llegas a pensar que “no hay mal que por bien no venga”. Pero en lo tocante a la alimentación… ¿Pero cómo renunciar a las sustancias alimenticias que te han acompañado a lo largo de la vida?: el chorizo, la morcillita, los torreznos, el farinato… (en general a todos las exquisiteces derivadas del cerdo), los quesos, la repostería… Es una empresa poco menos que imposible. Si todo eso forma parte de tu identidad más primigenia... Lo mamaste desde los primeros años, cuando el olor de las fritangas, que tu madre aderezaba en la cocina pocos días después de la matanza, llegaban a la cama dándote el impulso necesario para ir a enfrentarte con la vida…
Tiene usted el colesterol por encima del límite que se considera deseable
Como el temor a los estragos que puedan derivarse de esa falla sanitaria, te atenazan, intentas, sin mucho convencimiento, poner algún freno a tus adhesiones culinarias. Y te sumerges en un mundo plagado de indecisiones. “Esto si puedo, esto no, bueno si lo tomo por una vez…, a partir de mañana seré más estricto… …” La confusión se apodera de ti y no sabes muy bien ni a lo que andas.
Para colmo, cuando vuelves a enfrentarte a la analítica, compruebas que los desvelos y luchas mantenidas no han dado los frutos deseados. El médico vuelve a mirarte con cara de póker y te lanza una palabreja que recibes como un latigazo:
- ¡Seguimos con hipercolesterolemia!
Y acto seguido me echa una perorata sobre la necesidad de mantener una vida saludable. Que si soy capaz de mantenerla, y en vista a los otros resultados de la analítica, podría llegar a los 90 ó 100 años.
- Para nuestra edad –me dice sin vacilación, y nuevamente haciendo cuerpo común conmigo- yo tengo una máxima: “Todo lo que nos gusta es dañino”.
Y yo, profundamente herido en la autoestima, le respondo:
- Entonces… … ¿para qué quiero llegar a vivir 100 años?
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