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Clàsicos y no tan clàsicos

22/10/2010 18:05 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Para muchos, traducir, especialmente cuando se trata de literatura, filosofía y textos sagrados, es una empresa condenada al fracaso. ¿Es posible transmitir en otra lengua las sutilezas de un poema escrito en francés o en español?

Marco Tulio Cicerón escribió, en su opúsculo Sobre la mejor manera de ser orador, una breve pero interesante reflexión sobre la labor de traducir (o como dijo él en latín: interpretari). Es probablemente la primera aparición de una reflexión de tal naturaleza en el mundo romano y, por consecuencia, en el así llamado mundo occidental. En resumidas cuentas, Cicerón dijo que se encargó de traducir a Demóstenes y Esquines no como un simple interpres, sino como un orator, por ser estos textos de tal carácter. Tulio deja muy clara también su postura sobre traducir a estos oradores como si se tratara de traducir a Tucídides: «El que crea que las causas forenses deben tratarse en estilo de Tucídides, huya del foro y de toda causa civil».

No ha sido ésta, sin embargo, la opinión común sobre la traducción a lo largo de la historia; varias técnicas y opiniones han dejado correr tinta sobre este asunto. Para entender esa problemática pensemos en algo que dice el mismo Tulio en el texto arriba citado. Unos dirán: «¿Para qué he de leer esto teniéndolo en griego?». Antes de dar un paso más allá debemos ser condescendientes con las dos partes. Por un lado, hay quien, por distintas razones, podrá leer los textos en su lengua original sin necesidad de una traducción, pero hay a quienes les será imposible. Y es esta segunda razón la causa ineludible de este problema (de la misma naturaleza de su causa) que ha acompañado a la humanidad desde la diversificación de una lengua primitiva (si es que tal cosa existió). Antes de este testimonio de Cicerón es difícil encontrar testimonios que hagan referencia a un trabajo de este tipo; me refiero expresamente ahora a la traducción de textos escritos, pues de una traducción de lengua hablada, ya da un testimonio Jenofonte en su Anábasis cuando narra las aventuras de una embajada ateniense en suelo extranjero.

Los romanos gustaron de traducir algunas obras al latín, el mismo Tulio «tradujo» el Timeo de Platón, y digo que «tradujo» entre comillas pues en muchas ocasiones mutiló el texto original para adaptarlo a una historia distinta. Los Fenómenos de Arato son otra muestra del afán por traducir que existió en el mundo latino (un mundo que comenzaba a ser bilingüe, y cuyo bilingüismo llegó a su culmen en la época imperial). Éstos, y algunos versos de La Odisea, entre otros fragmentos que conservamos, son una muestra de la labor interpretativa que llevó a cabo Cicerón en su tiempo. Sin embargo, el mundo latino no sabía que se llevaría la primicia de traducir casi completo el libro más traducido de la historia occidental: la Biblia. Y es que la historia de la traducción de este texto está llena de situaciones interesantes: primero las distintas versiones de la vetus latina, y luego, el esfuerzo de San Jerónimo por traducir todos los libros sagrados que hasta ese momento integraron el canon, por no hablar de los varios remedos que sufrió esta versión a lo largo de los siglos.

Detengámonos por un momento en San Jerónimo, quien, además de traducir los textos, reflexionó profundamente sobre la manera correcta de llevar a cabo esta labor. En una carta a su amigo Pamaquio, intitulada Sobre la mejor forma de traducir, enumera los que él considera problemas fundamentales a la hora de traducir un texto sagrado como el que tuvo ante sus ojos; además, no perdona a aquellos que –según su opinión– han cometido algún error a la hora de pasar las cosas de una lengua a otra. Para San Jerónimo la fuerza de las palabras y su misterio está en el orden de éstas, por eso no es de extrañarse que la vulgata latina adolezca de contaminación de giros griegos. E independientemente de la sacralidad que acompaña a la Biblia, hay quienes (como su servidor) piensan que todo texto lleva consigo un aire sacro, una especie de estructura interna que queda más allá de una simple percepción primaria, y esto es lo que hace aún más difícil el trabajo del traductor.

¡Y pensar que algunos clásicos griegos nos llegaron en traducción latina de la traducción al árabe, y peor aún, traducidos en la Edad Media! Bien hizo Venuti al titular su obra The Scandals of Translation[1]. Cuando se está en un ambiente como el de la filología clásica, donde coexisten varias posturas respecto a la traducción, es común ver a cualquiera escandalizarse porque «el texto original no dice eso» o porque «esa palabra en español no significa lo mismo que aquella en griego o en latín». ¿Y qué decir de aquellos que creen que traducir es algo así como modernizar la escritura? ¿Y los que ponen a Homero y Virgilio en versos? ¿Y los que dejan a Ovidio en una sencilla prosa? Ejemplos de las corrientes de traducción son patentes incluso en una misma colección, como en la que hasta ahora ha sido la más importante recopilación de traducciones bilingües de textos grecolatinos en español: me refiero a la Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana. Y es que a la manera en que Lutero redactó su Misiva sobre el arte de traducir y Wilhelm von Humboldt su Introducción a la traducción métrica del Agamenón de Esquilo, no son pocos los traductores que se ven (y se sienten) en la necesidad de justificar o explicar al público sus criterios de traducción.

Pienso, por ejemplo, en la introducción de Rubén Bonifaz Nuño a su traducción de Píndaro[2], cuando escribe que «el entendimiento es de muy secundaria significación en el hecho de gozar del encuentro con un poeta lírico», y es por esa razón que quedamos frente a líneas que, más que ser crípticas en español, buscan calcar la esencia del original griego: no sólo las palabras, sino su ritmo y metro. Yo respondo con palabras de Sandra Álvarez en su discurso El ritmo de Rubén Bonifaz Nuño: «Será cierto que griegos y latinos tenían un oído mucho más refinado que el nuestro, que la melódica no era cuestión de música sino de habla, y que la métrica poco tenía que ver con nuestro concepto de sílabas breves y largas. Respecto a la traducción de la poesía clásica, de la lírica o los versos latinos, parece haber para nosotros sólo suposiciones»[3].

Y es que hay quien ha preferido quitar a los poemas lo que en esto los convierte (en mi opinión): el metro y la técnica de la composición métrica. ¿Qué sucede si tomo la traducción de Las nubes de Aristófanes en la versión de Les Belles Lettres? Me encontraré con que no hay versos ni juegos de palabras; por el contrario, hay párrafos en prosa y oraciones sueltas, notas al pie que intentan explicar los chistes, y una ordenación que no me deja ver dónde acaba o dónde empieza cada verso. ¡Infelices aquellos que no sabemos griego! Ya nos perdimos la gracia que pudo haber tenido escuchar esa comedia en su lengua original; en cambio, nos condenaremos a leer durante la larga noche: «Hélas! Hélas! Ô Zeus souverain, quelle longueur ont ces nuits! Cela n’en finit pas!»[4].

¿Y qué hay de la Eneida, obra maestra del verso latino? Pues hay de dos sopas, escoja usted la que más le guste: si sabe inglés podrá adquirir a un precio decente la traducción de Knight, quien deja el primer verso como sigue: This is a tale of arms and of a man. Y si no sabe, o no quiere leerlo en esa lengua, siempre tendrá a la mano la traducción de Rubén Bonifaz: Armas canto y al hombre. ¿Tendrá mayor mérito Bonifaz por poner armas al inicio como en el original latino? ¿Se le podrá reprochar que en otras ocasiones violente el orden natural de la lengua española? ¿Será que el traductor del inglés está privilegiando al poema (this) y dejando en segundo plano las armas y al hombre? Esas cuestiones, creo, quedan para el que sabe latín, pues quien no lo sabe (y por eso lee una traducción) pasará de largo tal asunto en el mejor de los casos.

Y como si de juego de niños se tratara, esto va más allá de los libros. Hay quienes defienden a ultranza uno u otro método de traducción; hay quienes hacen incluso clasificaciones (así como la rimbombante tablita que aparece en Wikipedia de los «tipos de intertextualidad»), hay quienes enseñan a traducir de acuerdo con una u otra técnica, inclusive. Aquí concuerdo con Lin Yutang en su texto Sobre la traducción: «Para poder hablar de traducción en primer lugar debe tenerse conciencia de que la traducción es un arte». ¿Pero cuál es este arte? No difiere de las películas de ciencia ficción, creo yo, al esforzarse en hacernos ver cosas imposibles por naturaleza (y no creo que aquí sea aplicable lo que dicen de 2001: Una odisea del espacio o de Solaris, es decir, que de algún modo predijeron el futuro).

Pero bueno, ya dejándonos de palabrería, si bien no es un trabajo fácil, tampoco es imposible (más de 2 mil años de traducciones y traductores nos respaldan); tenemos además el excelente libro de Steiner, After Babel, que no es para nada una herramienta sino todo lo contrario (y ahí radica su utilidad). Hacer una historia de la traducción no es un trabajo inútil (ya lo hizo Agustín García Calvo en sus pequeños Apuntes para una historia de la traducción), es más bien un trabajo gratificante. Aunque yo no lo recomendaría para un traductor como el que otrora me corrió de su clase de francés bajo el argumento de que «la gramática no importa a la hora de traducir, hay que sentir el texto» (muy respetable opinión, como todas las demás).


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