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La ciudad de la luz, la perla del Atlántico

16/02/2011 19:24 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Eran las diez horas y cinco minutos de la mañana, hora local, cuando el Fokker 100 de las líneas aéreas portuguesas que había partido una hora antes de Barajas, después de haber sobrevolado el estuario del Tajo, tomaba tierra en el aeropuerto de Lisboa

Después de haber dejado las maletas en las habitaciones respectivas, comenzamos a descender, paseando, hasta la ciudad antigua, por el barrio de Anjos y el parque de los Mártires de la Patria, lugar en el que se encuentra el monumento dedicado al doctor Sousa Martins, medio médico y medio santo, quien recibe aún la veneración de los lisboetas en forma de pequeñas placas de mármol, recuerdos de viejas y modernas curaciones casi milagrosas. Desde allí continuamos el descenso, por estrechas callejas, hasta las plazas de Pedro IV y Figueira. En esta última visitamos la primera iglesia que nos encontramos durante el paseo, la de los dominicos, que aún conserva en su interior barroco las heridas que dejó en el templo el terremoto que sufrió la ciudad en 1755.

Desde Rossio, el nombre popular que recibe entre los lisboetas la plaza de Pedro IV, atravesamos las calles de la Baixa, una cuadrícula casi perfecta que constituye la reconstrucción realizada después del terremoto por el marqués de Pombal, ministro ilustrado de José I, hasta la amplia Plaza del Comercio. La Plaza del Comercio es la coronación urbanística, de cara al Tajo, de esa red de calles cuidadosamente trazadas que es la Baixa, y a su vez remarca un soberbio retrato ecuestre de José I. Y desde esta plaza, siguiendo la línea del río, seguimos su curso hasta Cais do Sodre, donde la expedición buscó un lugar en el que poder comer frente a la estación en la que Pereira, el protagonista de la brillante novela de Antonio Tabucci, tomó alguna vez el tren que desde Lisboa le llevaba a Cascais y Setubal.

Después de haber reparado las fuerzas que durante el primer encuentro con Lisboa se habían perdido con algunos de los platos más suculentos de la gastronomía portuguesa, continuamos la visita turística, regresando hacia el centro de Lisboa, esta vez por las calles interiores. La calle del Arsenal nos dejó en una esquina de la Plaza del Concejo, presidida por el edificio neoclásico del Ayuntamiento, y desde allí nos acercamos a la Rua da Conceicao, en la que cogimos uno de esos vetustos y aparentemente destartalados tranvías de madera, cuajados de pasajeros, que parece que no van a poder llegar a su destino. Después de muchos traqueteos, otra forma de conocer Lisboa desde dentro, nos bajamos en las estribaciones del barrio antiguo de Alfama, en el mirador de San Vicente. Allí descansamos, contemplando una panorámica excepcionalmente hermosa, con el sol haciendo brillar las aguas del Tajo, los tejados de Alfama, las cúpulas y las torres barrocas de tantas iglesias: San Vicente, Santa Engracia, Santa Apolonia, ... Alguien recordó que Lisboa es, también como París, la ciudad de la luz, y la postal que se abría ante nuestros ojos demostraba hasta que punto el tópico era cierto.

Después de un corto y reparador descanso, algunos de los miembros del grupo hicimos una corta visita a la pequeña y recoleta iglesia de San Blas y Santa Lucía, sede de la orden de Malta en Lisboa. Toda la zona se asienta en las viejas murallas visigodas y medievales, y ya que estábamos ambientados en este periodo de la historia de la capital de Portugal, iniciamos el ascenso hasta el castillo de San Jorge. Si desde el mirador de San Vicente podía contemplarse una postal preciosa, no menos espectacular era la que desde la plaza de armas del castillo, una plaza enorme presidida por la escultura en bronce que representa a Afonso Henriques, el rey que conquistó de la ciudad a los árabes y el primer monarca de la Portugal cristiana. A los pies de la colina en la que el castillo se asienta se derrama la ciudad, la antigua y la moderna. Visitamos el castillo; recorrimos sus almenas, llegando otra vez a la plaza de armas, nos encontramos ahora con los últimos estertores de la Lisboa medieval, representada por una escultura en piedra que representaba a Manuel I, el rey que en la arquitectura portuguesa da nombre al estilo manuelino, el equivalente en este país a los estilos isabelino y plateresco.

Descendimos de nuevo por calles estrechas hasta las inmediaciones de la catedral, que no pudimos visitar en ese momento por encontrarse ya cerrada, y desde allí otra vez hasta la Baixa. Atravesamos así las calles que tantas veces tuvo que atravesar, por vivir precisamente en esta parta de Lisboa, Raimundo Silva, el corrector de libros que José Saramago se inventó en una de sus mejores novelas, “Historia del cerco de Lisboa”. Desde la Baixa volvimos a subir al mismo tranvía que antes, quizá más llenó aún que la vez anterior, pero esta vez en sentido inverso, hacia Chiado y el Barrio Alto. Se acercaba ya la hora de cenar, y buscábamos en ese otro barrio típico de la Lisboa vieja un refugio para nuestros cuerpos agotados; en ese bello barrio en el que viene a unificarse la literatura portuguesa, la antigua y la moderna, representados respectivamente por Antonio Ribeiro, El Chiado (que en portugués significa ladino, malicioso), autor renacentista, antiguo franciscano, que da nombre a todo el barrio, y Fernando Pessoa, quizá, junto a Tabucci, quien mejor ha cantado en su obra el alma de la ciudad de la luz. La estatua de Pessoa, a pie de calle, como un usuario más de las terrazas, adorna la entrada de la modernista cafetería Brassileira.

Y después de haber cenado, agotado ya el primer día de estancia en Lisboa, nos distribuimos en tres taxis para regresar al hotel.

El segundo día de estancia en Lisboa descendimos de nuevo a pie desde el hotel hasta la zona de Rossio, pero esta vez preferimos hacer un recorrido diferente, conocer otra parte de la ciudad de la luz. Así, nos acercamos hasta las inmediaciones de la plaza que fue dedicada al marqués de Pombal, coronada por el monumento en bronce del político, que se apoya en un león, símbolo de la fuerza, que se halla a sus pies. La plaza está dedicada a Sebastián Joao de Carvalho e Mello, marqués de Pombal, político ilustrado durante el reinado de José I, quien como tal ordenó la expulsión de los jesuitas de Portugal y reedificó una buena parte de la ciudad de Lisboa, destruida por el terremoto.

Desde allí bajamos por el Paseo do Libertade, el más amplio paseo de la capital portuguesa, y bajo la sombra de los grandes árboles que lo adornan llegamos al obelisco que fue levantado en recuerdo de los restauradores del reino portugués, en el siglo XVII. Allí, frente al obelisco que marca el final del paseo, montamos en uno de esos autobuses de dos pisos, el superior descubierto, que nos acercaría hasta Belén, otro de los tradicionales barrios lisboetas, muy cerca ya de la desembocadura del Tajo.

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Visitamos allí la Torre de Belén, un soberbio edificio de estilo manuelino, aunque no demasiado grande, que en el siglo XVI servía para defender la entrada al estuario de Tajo. El edificio está compuesto por dos cuerpos: la torre propiamente dicha y una pequeña plaza de armas, presidida por una imagen en piedra de la Virgen de Belén. La torre, a su vez, está formada por cuatro pisos, a los que se accede por una estrecha escalera de caracol, cien escalones seguidos que no permiten que dos personas puedan encontrarse con comodidad en cualquier punto que no sea las propias intersecciones de los pisos. Fue edificada entre los años 1515 y 1521, y en aquella época se hallaba más separado de la orilla que en la actualidad.

El siguiente destino, sin salir del propio barrio de Belén, fue el monasterio de los Jerónimos, no sin haber realizado antes una corta escala en el monumento que se abre sobre el mismo río, ese monumento que fue dedicado a los descubridores hace algunos años y que ya es una de las postales clásicas de Lisboa. El monasterio, por su parte, es el edificio más representativo del estilo manuelino, y cuenta con un claustro espacioso, formado por pasillos anchos y arcadas que se entrecruzan. En la iglesia se hallan las tumbas de dos de las personalidades más florecientes del Renacimiento portugués: Vasco de Gama y Luis de Camoens. Arriba, presidido por un Cristo Crucificado de estilo manierista que fue realizado por el escultor flamenco Felipe de Vries, se encuentra el coro, tallado en haya y castaño y coronado con doce tablas del siglo XVII que representan una parte del apostolado y a dos santos estrechamente relacionados con la orden que habitó el convento, el propio fundador, San Gerónimo, y San Agustín, cuya regla seguían.

Después de haber recuperado la energía pérdida en uno de los restaurantes del mismo barrio de Belén, y después también de haber probado en una antigua pastelería que se hallaba junto al propio monasterio, cuya tradición repostera se remontaba al año 1837, uno de los famosos dulces de Belén, hechos de hojaldre, crema y canela, volvimos a coger el mismo autobús turístico descapotable para volver de nuevo al centro de Lisboa, donde decidimos visitar su catedral, demasiado pequeña quizá para una ciudad de estas características, y otra vez el barrio de Alfama, para ver ahora más de cerca algunas de sus iglesias más conocidas: San Vicente, con sus dos torres gemelas; Santa Engracia, conocida como el Panteón Nacional por los héroes cuyo recuerdo permanece dentro; y la iglesia de la Virgen de Gracia, en lo alto del barrio a que da nombre. El último sol vespertino de Lisboa caía con fuerza aún sobre la cúpula del templo de Santa Engracia, iluminando el mármol de su fachada.

Y a la hora de cenar, después de haber contemplado una panorámica diferente desde el mirador de la torre neogótica de Santa Justa, cerca de las ruinas de la iglesia del Carmen, una de las que más sufrió los embates del terremoto, otra vez nos hallábamos a la búsqueda de un restaurante en el que reparar las energías pérdidas durante el día. Pero esta vez, sabiendo que era la última noche que íbamos a pasar en Lisboa, decidimos hacerlo en un club de fado, esas tradicionales canciones portuguesas en las que se canta la saudade, la nostalgia triste de Lisboa. La voz rota de los cantantes, acompañada tan sólo por dos guitarras, la clásica y la portuguesa, parecida esta última a un gran laud de caña corta, resonaba en el local, al tiempo que el bacalao y la lubina iban desapareciendo de los platos.

Después, para poner fin al día, cambiamos el fado portugués por la salsa cubana, el vino por el mojito, la calma del restaurante por la noche lisboeta, todo para poner fin a un día que había sido agotador y pleno de emociones.

El día 25, día nacional de Portugal, y más este año en el que se celebraba el trigésimo aniversario de la Revolución de los Claveles, esa revolución incruenta que puso fin a una ya declinante dictadura en la que se ambienta la obra de Antonio Tabucci (la misma dictadura, aunque en dos periodos diferentes de su historia), amaneció radiante, quizá excesivamente calurosa. La expedición se dividió entonces en dos partes, pues mientras algunos querían visitar una feria de artesanía portuguesa en Cais do Sodre y aprovechar así la mañana para hacer las compras que no había dado tiempo a realizar los días anteriores, algún otro prefería visitar el Museo Gubelkian, allí donde estaba expuesta al público la colección propiedad de Calouste Gubelkian, el millonario de origen armenio que llegó a crear bajo su nombre una fundación, fundación que se convirtió en uno de los centros culturales más importantes de todo Portugal.

Esa parte de la expedición visitó sin ningún contratiempo el museo, y disfrutó de sus diversas colecciones: la arqueológica (Egipto, Grecia y Roma, Mesopotamia), la de arte oriental (Persia, China, Japón, ...) y la de arte europeo (Rubens, Rembrandt, Van Dyck, Guardi, Turner, Fragonard, Manet, Monet, Degas, ...). Mientras tanto, la otra parte de la expedición tuvo que cambiar sobre la marcha sus planes, debido a que la feria de artesanía había sido sustituida ese día por una muestra de coleccionismo,


Sobre esta noticia

Autor:
Julián Recuenco (14 noticias)
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Reportaje
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