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Un cerebro que sufrió un severo golpe ayudó a sanar un corazón roto

24/11/2016 16:10 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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Sabía que sería malo, la pregunta era cuán malo. Después de esperar una eternidad afuera de la sala de cirugía en el Centro Médico de Jersey, la cirujana apareció, se presentó y me explicó que en el cerebro de mi esposo se estaban formando coágulos de sangre por las múltiples fracturas en su cráneo. Incluso tras una operación extensa, la presión e inflamación en su cerebro estaban llegando a niveles que hacían peligrar su vida, dijo la especialista. Para poder sobrevivir necesitaba otra cirugía.

Menos de 24 horas antes, el 13 de diciembre de 2014, Steve (mi esposo y el padre de nuestros dos hijos pequeños) salió de nuestro apartamento en Brooklyn para un viaje con cuatro colegas a Atlantic City. A lo largo del día estuvo reportándose mediante mensajes de texto e incluso se tomó una selfi para entretener a nuestra hija, que en ese entonces tenía tres años.

Cerca de las 6:00 a. m. recibí una llamada de los colegas que habían estado con él en Atlantic City. Me dijeron que Steve había sufrido un accidente y que debía llamar a la sala de urgencias. Habían pasado todo el día con él, pero no podían explicar qué le había sucedido.

En el hospital comencé a captar la gravedad de Steve. El personal de urgencias me dijo que su cara estaba tan desfigurada y tenía tantos moretones que les había costado trabajo determinar su raza. Los doctores concluyeron que "había sido atacado" (la historia de su cirugía y el misterio de sus heridas están descritos en un artículo publicado en The Atlantic la primavera pasada).

Después de esa segunda cirugía cerebral, la neurocirujana Lauren Schwartz me dijo que había tenido que extirpar partes considerables de su lóbulo frontal y el temporal por lo que tal vez nunca más podría volver a hablar ni a tener un comportamiento normal.

Incluso si pudiera salir del coma inducido con sus facultades intactas, a Steve le esperaba un largo y arduo camino, sin garantías de que pudiera volver a ser el mismo hombre.

Muchas víctimas de traumatismos cerebrales se sienten abrumadas por el enojo, la depresión o la frustración que causa la lentitud de su recuperación y el recuerdo de quienes solían ser. La gravedad de los traumatismos de Steve, y la clara violencia que los causó, eran detonantes perfectos para esas emociones.

Sin embargo, después de las cirugías iniciales, comencé a sentir más confianza sobre sus posibilidades de recuperarse exitosamente. "Si hay algo sobre mi esposo de lo que estoy segura, es que siempre sale adelante y supera las expectativas", le escribí en un correo electrónico a Schwartz.

En retrospectiva, es posible que me estuviera dejando llevar por mi optimismo: cualquier análisis sensato habría disminuido drásticamente mis expectativas. Sin embargo, creía tener razones para ser positiva.

El cerebro de Steve estaba construido para seguir adelante. Como un matemático dotado, veía al mundo como una serie de ecuaciones por resolver. Como un atleta de élite, no inhabilitaba las metas con emociones inútiles.

Steve había cableado su cerebro desde pequeño, en parte por necesidad. Al haber crecido en un hogar asediado por la enfermedad mental, había tenido que aprender a protegerse de emociones dañinas y enfocarse en metas. Esto le sirvió en términos académicos, pues pudo saltarse un año en la secundaria y entró a la universidad a los 16 años. Era un paso arriesgado para alguien tan joven, pero se graduó con honores y Goldman Sachs lo reclutó como programador.

Siempre me he sentido atraída por su ingenio y su capacidad olímpica de razonamiento. En una discusión, Steve mantiene la cabeza en su lugar mientras otros la pierden.

No siempre agradecí que fuera tan frugal en sus emociones. En 2008, cuando nuestra primera hija, Sofía, nació muerta a las 39 semanas y cuatro días, me hundí en su recuerdo, sintiéndome prácticamente incapacitada por el peso de la pérdida.

Steve pareció determinado a salir adelante desde el principio. En la sala de partos, le pedí que cargara a Sofía y lo hizo, pero pronto la devolvió a la pequeña cuna señalando su intención de dejarla atrás. Con el tiempo, mi angustia se convirtió en resentimiento sobre cómo había podido seguir adelante, enfocarse en su trabajo y no compartir mi pena.

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Durante años, incluso después de tener dos hijos sanos, todavía tendía a cargar el peso emocional del recuerdo de Sofía. Sin embargo, después de las terribles lesiones de Steve, supe que tendría que aprender a hacer por mi esposo lo que no había podido hacer por mí misma: impedir que mi cerebro albergara la tragedia.

Casi dos años después todavía me siento furiosa por lo que le sucedió a mi esposo, que es un misterio sin resolver. Quiero saber qué pasó, quién fue el responsable y que los perpetradores admitan su culpa. Una parte de mí quiere rumiar a diario todas las preguntas sin respuesta.

Sin embargo, Steve me inspiró para seguir sus pasos conforme fui testigo de su voluntad férrea para regresar a ser quien era, y su rechazo a consumirse por lo que le pasó o por qué sucedió.

Una tarde, pocos días después de salir del coma, Steve recibió la visita de un antiguo colega al que no había visto en más de una década. Todavía tenía amnesia postraumática por lo que no podía hablar coherentemente ni recordar mi nombre. Sin embargo, cuando su colega entró en el cuarto, los ojos de Steve se abrieron mucho. Se contoneó para incorporarse y le tendió la mano. Fue un momento que celebré durante varios días.

Unas semanas después, mientras comenzaba a hablar, Steve tuvo otro avance cuando pidió con gestos una libreta y una pluma. Quería anotar las conversaciones que sostenía con el personal de enfermería. Solo podía trazar líneas con picos, pero no se doblegó y me pidió que transcribiera las conversaciones sobre su plan de recuperación.

Conforme el ritmo del progreso de Steve se aceleraba, tanto en movimientos como en palabras, tuve que concentrarme en los planes para los siguientes pasos de su recuperación, haciendo arreglos para su rehabilitación y preparando nuestro apartamento para su regreso. Mirar hacia atrás era un lujo que no podía darme.

Cuando llegó a casa a principios de marzo, cualquier suceso diario (ir a la tienda, llevar caminando a los niños a la escuela, leer las noticias, escuchar nuestras canciones favoritas) se convirtió en una oportunidad de aprendizaje, de recuperar las palabras y los recuerdos perdidos.

Durante la cena, los niños hacían juegos de palabras con Steve, tomando turnos para contribuir con una categoría. Una noche, cuando el tema era animales del zoológico, Steve no podía encontrar la palabra "león". En lugar de expresar frustración o vergüenza, se puso a describir su color, el sonido que hace y su hábitat. Cuando nuestra hija soltó la respuesta, el rostro de Steve se iluminó. "¡Sí, supiste!", gritó, dándole astutamente una nueva dimensión al juego.

Estábamos viendo a Steve hacer lo que le es natural: encontrar el camino hacia adelante.

Los investigadores aún tienen mucho por descubrir acerca de por qué algunas víctimas se recuperan rápido de los traumatismos cerebrales mientras que otras van lento. Los médicos se sorprenden de que esté tan bien. Es posible que su obstinada determinación lo haya ayudado.

A los 12 meses de su infortunado viaje a Atlantic City, Steve consiguió un trabajo como analista comercial en un banco internacional. Sin cicatrices visibles ni deficiencias del habla, hoy en día no muestra señales de traumatismo cerebral.

De hecho, incluso sin partes de su cerebro, ha conservado su inteligencia y habilidades laborales, su capacidad de ser un esposo y padre amoroso, y los elementos centrales de su identidad que permitieron que su costumbre de salir adelante volviera a manifestarse.

Él me ha enseñado que la verdadera tragedia es dejar que la mala fortuna te robe la vida y el amor que tienes. Es una lección que trato de conservar en la cabeza para alimentar mi corazón.

Por AMBER CARLIN MISHKIN

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Autor:
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Fuente:
diariodesalud.com.do
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