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Cartografía y civilización: La representación del mundo, de la Antigüedad al Renacimiento

19/05/2010 22:46 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Como en tantas otras cosas la civilización griega es también el origen de la geografía y cartografía tal como la entendemos

Desde pequeños nos hemos acostumbrado a una cierta imagen del mundo en la que el norte y el sur estaban situados “arriba” y “abajo”, Europa ocupaba una posición central en el mundo y además la superficie que ocupaba era de gran relevancia. Los otros continentes se colocaban “alrededor” de Europa y el Mediterráneo, que, además de ser el mar de “en medio de las tierras”, era el “mar nuestro”.

Ahora bien, esta visión que es común para los europeos es el resultado de una tradición cartográfica y cultural que nos ha hecho sentirnos el “centro del mundo”, mentalidad reforzada quizá en lo religioso por el concepto de “pueblo elegido” tan importante en toda la tradición hebrea y cristiana. Hay que precisar no obstante que todas las civilizaciones se consideran a sí mismas como el centro del mundo; el caso de China, por ejemplo, es especialmente significativo pues su propio nombre, ” Chung Huo”, significa el País del Centro. Para los países islámicos el centro del mundo es Arabia, donde se encuentran sus lugares sagrados, y así en los demás casos. En este trabajo explico la evolución de la cartografía, la forma de reflejar la imagen del mundo, desde la antigüedad hasta el Renacimiento.

Grecia y Roma

Como en tantas otras cosas la civilización griega es también el origen de la geografía y cartografía tal como la entendemos. Los primeros mapas conocidos datan de los siglos VI aC y muestran un conocimiento aceptable de las costas mediterráneas y de las comarcas limítrofes, perdiéndose calidad en la representación a medida que nos alejamos de las costas. Hecateo de Mileto, que en el siglo VI aC recorrió el amplio imperio persa, Egipto y la Península Ibérica, es el primer autor que nos ha dejado una descripción de carácter geográfico e histórico: “Viaje alrededor del mundo”.

Se le atribuye un mapa que presentaba el mundo en forma de disco, en el que dos amplias extensiones de tierra de forma básicamente semicircular representaban Europa y Asia, que incluía el norte de África y se encontraban rodeadas por un enorme océano. El Mediterráneo ocupaba el centro del mapa y sus costas, desde las Columnas de Hércules hasta el Ponto Euxino (Mar Negro), aparecen reflejadas con bastante corrección, incluyendo el “Golfo Arábigo” y el golfo Meotide, nuestros mares Rojo y de Azov respectivamente.

Algo posterior es el mapa de Heródoto (484-420 aC), que ofrece algunas interesantes novedades. En primer lugar, su mapa es rectangular y el océano lo cierra por el oeste y el sur, pero el este y norte concluyen en tierra firme (¿tal vez una genial intuición de la inmensidad de Eurasia…?). Heródoto no pretende conocer la forma general de la Tierra, y se da cuenta de que la forma y extensión de los continentes son desconocidas, se limita por tanto a representar lo que se conoce más o menos bien. Así en su mapa encontramos mucho mayor detalle de amplias extensiones del interior de Europa, Asia y África. En Europa aparecen ya señaladas las grandes cordilleras de los Alpes, Alpes Dináricos y montes Balcanes, así como el curso del río Ister (Danubio) con sus múltiples afluentes así como los ríos del sur de Rusia que vierten al mar Negro.

También aparecen ya el mar Caspio y la cordillera del Cáucaso, la Cólquida de los griegos. Arabia, Persia y la India aparecen apenas esbozadas aunque los ríos ya se encuentran localizados con bastante aproximación. En cuanto a África el mapa de Herodoto no sólo representa mejor las costas que el de Hecateo, en el que aparecían excesivamente lineales, sino que incluye algunos aspectos del interior, como son el conjunto de cordilleras del Atlas, en los actuales Marruecos y Argelia, en las que sitúa el origen del Nilo. El error geográfico es notable pero responde a un intento de interpretación lógica de las cosas a partir de lo que conoce del interior de África. Heródoto sabe, por lo observado en Europa y Asia, que los grandes ríos nacen de grandes cordilleras, por tanto el Nilo que atraviesa el gran desierto con su enorme caudal debería nacer en alguna cordillera importante. ¿Y cuál es la única cordillera que se encuentra en el norte de África y que él conoce? El Atlas. Así que tras descender al Nilo hacia el sur en línea recta hasta Meroe, Heródoto le hace describir una amplia curva en sentido oeste hasta alcanzar el sur de las montañas del Atlas.

Aunque ya Tales de Mileto, en el siglo VI, lo había planteado, fue durante el siglo IV cuando, gracias a las aportaciones de Aristóteles y Dicearco, el conocimiento de la esfericidad de la Tierra fue aceptado como algo común por los científicos y filósofos, excepto entre los epicúreos y desde luego los ignorantes. Uno de los problemas que surgían a partir de este momento era establecer un sistema adecuado para localizar los puntos sobre esa esfera y otro lo constituía el calcular el tamaño del planeta.

Fue Dicearco quien concibió el sistema de líneas rectas imaginarias recorriendo la superficie terrestre para a partir de ellas localizar los demás puntos. Es decir, el concepto de meridiano y paralelo surge a partir de este griego genial que sentó las bases de lo que hoy conocemos como la red geográfica. Dicearco sin embargo empleó únicamente un paralelo y un meridiano.

Eratóstenes de Cirene (275-195 aC), sin duda el más notable de todos los geógrafos de la antigüedad, fue quien resolvió hábilmente ambas cuestiones. Eratóstenes representa el modelo de sabio completo, global, aquel que es brillante en varias disciplinas y no sólo científicas como matemáticas, astronomía o geografía, sino también en las literarias, como poeta, gramático e historiador. Su prestigio era tan grande que fue llamado desde Atenas por el gran rey Ptolomeo III Evergetes para que se hiciera cargo de la dirección de la Biblioteca y el Museo de Alejandría, a los que llevó a sus mejores momentos.

Uno de los mayores méritos de Eratóstenes fue efectuar el cálculo de las dimensiones de la Tierra. La forma en que lo efectuó es bien conocida, midiendo la altura del Sol en el solsticio de verano en Alejandría y comparándola con la de Siena (Assuán), donde el Sol incide perpendicularmente en ese día ya que justamente está situada sobre el trópico de Cáncer. Comparando el ángulo de incidencia de los rayos solares pudo determinar la distancia angular entre ambas ciudades, que resultó ser de 1/50 del círculo máximo. Como los agrimensores egipcios habían determinado la distancia en “estadios” entre ellas: 5.000 estadios, pudo fácilmente calcular el total de la circunferencia terrestre en 50 x 5000 = 250.000 estadios, es decir unos 39.600 km. Resultado de una precisión extraordinaria, pues la distancia real es de 40.080 km.

En cuanto al problema de la representación de la superficie terrestre, perfeccionó el método de Dicearco. Conservó el paralelo y meridiano que éste había empleado, y que se cortan en Rodas, pero mejoró el cálculo de las distancias, sobre todo en el sentido norte-sur. Dicearco había calculado la distancia entre Siena (Assuán) y Lisimachia, en el Helesponto, en 20.000 estadios o sea 3000 km, Eratóstenes la redujo a 13.100 estadios, 2000 kilómetros, distancia mucho mas ajustada a la real que es de 1750 km. Para nosotros, acostumbrados a tener resuelto el problema de las distancias con sólo mirar un mapa o buscarlo en internet o con un GPS, nos parece muy fácil, pero conviene recordar los escasísimos medios técnicos de que disponían estos antiguos geógrafos. Pero si calcular las latitudes y sus distancias era difícil, el medir las longitudes era una tarea casi imposible y los errores extraordinarios. De hecho hasta el siglo XVIII no se llegaría a un método preciso de determinación de las longitudes. Así el paralelo trazado desde las Columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar) hasta las bocas del Ganges, pasando por Mesina, Rodas, Tapscao sobre el Éufrates, las “Puertas Caspianas” y el Himalaya, lo calculaba Eratóstenes en 70.800 estadios, unos 12.000 km, distancia bastante superior a la real, casi en un 25.000. Los errores en las longitudes afectaban también al cálculo de las latitudes. De hecho en el paralelo citado hay un desfase de casi 12 º entre las Columnas de Hércules y las Bocas del Ganges.

El mapa de Eratóstenes repite algunos elementos del de Hecateo, como por ejemplo la idea de que las tierras emergidas estaban básicamente agrupadas (de hecho los tres continentes del mundo antiguo, o sea África, Europa y Asia lo están) rodeadas por un inmenso océano. También la representación ovalada, frente a la circular de Hecateo, nos recuerda al primer geógrafo. No obstante también hay diferencias muy significativas, en primer lugar la existencia de 9 meridianos y 7 paralelos principales que constituyen la primera red geográfica conocida.

Otra diferencia es la enorme extensión que se le concede a Asia, que ocupa casi la mitad de la tierra emergida, lo que es lógico, pues con las expediciones de Alejandro Magno los griegos ya habían tenido conocimiento de la inmensidad de tal continente. La representación del oeste y sur de Asia, es decir Arabia, Mesopotamia, Persia, la India con sus grandes ríos, el Himalaya cruzando Asia de este a oeste, los ríos de Asia central, como el Yaxartes y el Oxus, Ceylán, colocado erróneamente al suroeste de la India…. están bastante bien representados teniendo en cuenta la magnitud de las distancias y la escasez de observaciones de la época. Precisamente ésta fue una de las objeciones que años después le hizo Hiparco al trabajo geográfico de Eratóstenes: mientras no haya datos fidedignos y suficientemente abundantes no es posible confeccionar un mapa correcto, por tanto sería mejor abstenerse de intentarlo. Sin embargo la obra del director del Museo de Alejandría era admirable en muchos sentidos. Además, no inventaba nada, por ejemplo de África tan solo representaba las costas mediterráneas y del “Mar Arábigo” (M. Rojo) así como el Nilo, cuyo origen situaba en unos lagos en el sur, hacia Etiopía y el sur de Sudán. Toda la zona oeste y sur, desconocida en su momento quedaba apenas esbozada. En el extremo sur del Mar “Arábigo” situaba el “Cuerno de África”, muy correctamente, a la misma latitud que el sur de India y Ceylán. También el conocimiento del occidente de Europa es mucho mejor que en los mapas anteriores y ya encontramos no solo la península de Bretaña, sino también Inglaterra. Un error curioso es que el Mar Caspio se representa como un profundo golfo abierto al océano boreal; la enormidad de la desembocadura del Volga debió confundir a sus informantes…

Casi tres siglos y medio después el también geógrafo y astrónomo alejandrino Claudio Ptolomeo (138-180 dC, por tanto prácticamente contemporáneo de Marco Aurelio) dio el último gran impulso de la ciencia antigua al conocimiento del mundo. Ptolomeo redactó un amplio tratado titulado justamente “Geografía” compuesto por ocho volúmenes. En el primero de ellos se describían cuatro métodos para componer mapas y en los restantes libros se presentan unas amplias listas de lugares, clasificados por regiones, con sus coordenadas correspondientes. Aunque no se conserva ningún texto original sí se tiene bastante seguridad de que el texto es fidedigno. No tanto en el caso de los mapas que acompañan a los textos, que parecen ser de factura bizantina de los siglos XIII y XIV, interpretados a partir de mapas anteriores, quizás del final del Imperio Romano, de los que no queda nada. Parece, aunque no es totalmente seguro, que Ptolomeo empleó los trabajos de su contemporáneo Marino de Tiro para redactar sus libros y mapas. Éste había intentado desarrollar una visión más exacta de la tierra conocida empleando una red geográfica similar a la que aparece en las modernas proyecciones “de Mercator”, es decir una rejilla rectangular en la que meridianos y paralelos se cruzan ortogonalmente.

El extraordinario tratado y mapas de Ptolomeo abarcaba un espacio de 180 º de longitud, que se comenzaban a contar desde un poco al oeste de la Península Ibérica, hasta alcanzar justamente la China. Ahora bien, la distancia real entre ambos meridianos es sólo de 130º. Por tanto Ptolomeo aumentaba en unos 50º el tamaño de las tierras emergidas del Viejo Mundo; este error tendría una influencia decisiva trece siglos después cuando Colón concibió la idea de alcanzar las costas de China navegando hacia el oeste, pues cuanto mayor era Eurasia menor era por tanto el océano que las separaba y atravesarlo era más factible. De todas formas ya hemos señalado que el cálculo de las longitudes era un problema irresoluble en aquella época. En cuanto a la latitud el mapa de Ptolomeo abarcaba desde los 20º sur hasta los 65º norte. Aunque también encontramos errores en las latitudes, éstos no son tan groseros como los que apreciamos en las longitudes.

En el mapa de Ptolomeo encontramos por primera vez, y con algún detalle, regiones como la costa occidental de África, donde no solo incluyó las Islas Afortunadas, sino también los ríos que desembocan en el Atlántico justo al sur del desierto de Sahara: el Gambia y el Senegal. Si bien la línea de la costa no es muy realista que digamos, sobre todo a partir de un pequeño entrante que parece apuntar al Golfo de Guinea, pero que apenas lo esboza. Igual sucede con la costa oriental más abajo del “Cuerno de África”. El origen del Nilo lo lleva, correctamente, hasta algo más al sur de la línea del ecuador. El conocimiento de las costas occidentales de Europa también presenta algunos avances, por ejemplo ya aparece Hibernia, es decir Irlanda, y la península de Jutlandia con la costa sur del Mar Báltico. En cuanto a Asia sorprende la defectuosa representación de la India, que contrasta con el conocimiento de la península de Querson, que corresponde a nuestra península de Malaya, más allá de la cual sitúa el “Golfo Magno” que no es sino el Mar de China meridional, apuntándose como un todo continuo el amplio conjunto de islas del Indonesia (Sumatra, Borneo, Célebes, las Filipinas, etc.) que cierran su mapa por el extremo suroriental. En el interior de Asia, hacia el extremo oriente, aparece “Serica Sinae”, o sea la China de la Seda. Y es que precisamente en esta época se desarrolló con mayor esplendor la “Ruta de la Seda” y por tanto el intercambio comercial, tanto por Asia Central como a través del Índico, entre el Imperio Chino de los Han y el Imperio Romano en su mejor época, es decir el siglo II, el siglo de los grandes emperadores.

Fuente: El Mundo de Skizzo


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