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Carta desde el ser

16/11/2010 00:02 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Están pero ya no son. Y yo, soy, pero ya no estoy. Es así la vida. Y el maravilloso castellano que nos da estas posibilidades…

Carta desde el ser

¡No imaginan cuánto las extraño! Volver a estar entre ustedes dos, volver a verlas y a escuchar sus risas, como antes, como entonces… Se me detiene el alma a soñar con ese encuentro, con esa ronda de tres en el patio, bajo la vieja mandarina, entre los gatos y el tranquilo aire de la siesta.

Pero sé que eso no ocurrirá jamás. No porque se hayan muerto. Sé que allí están, en algún sitio de la gran ciudad, en algún lujoso y ordenado departamento, juntas, ya sin reír, pero juntas. Están pero ya no son. Y yo, soy, pero ya no estoy. Es así la vida. Y el maravilloso castellano que nos da estas posibilidades…

Caía el mes de abril, con su pesada llovizna sobre nuestra ventana. Las últimas rosas mostraban, al amanecer, la debilidad de sus húmedas raíces. Entonces, eran el pan tostado y el café con leche, los uniformes azules y la despedida sin besos. Esos eran los códigos. Atenciones, todas; gestos, ninguno; palabras, las de rutina.

Pero al regreso, yo, cargada de experiencias y excitantes aventuras escolares, llenaba la mesa de conversaciones y de historias, que al ser oídas por ustedes pacientemente, y con forzada sonrisa, recuperaban mi pequeña vida.

Más tarde me mandaban a dormir. Apenas corría las cortinas de pesada cretona, caía en una profunda oscuridad y entre recuerdos y sueños, poco tardaba en regresar al lugar del que salí.

Al despertar, unas voces magníficas brotaban tras las paredes del cuarto en penumbras. Eran las suyas. Entonces me asomaba a ese patio legendario y me unía a ustedes. Las risas eran francas, cómplices, entusiastas. La charla, fluida. Yo las miraba, tan iguales, tan bellas. Creerán que ése es el momento que añoro, ahora que ya no estoy, pero sigo siendo.

Rodaba el invierno con su filoso viento sur que hería los resquicios de la ventana. El jardín era una mancha de moho. Pero detrás, en el patio, la mandarina se cargaba de sus mejores y más coloridos frutos. Tarde tras tarde, al levantarme de la larga siesta, también yo tomaba una para sentarme entre ustedes a escuchar sus comentarios y frescas carcajadas en la única hora en que se podía arrebatar un poquito de sol. ¡Me sentía tan feliz en esa simple actividad de compartir la dulzura de una fruta! Aún percibo en mi interior el gusto cítrico, las voces claras, las luminosas miradas de la alegría. Y quisiera estar allí, como entonces, aunque fuera, sólo estar, como lo están ustedes todavía…

Y que hablar de la primavera, la cíclica, la que enloquecía sus alergias, la que volcaba su paleta entre los viejos rosales y despuntaba tenuemente las glicinas con sus pintitas azulosas .

Y qué decir de lo que extraño los veranos, cuando más vigorosamente reían, cuanto más disfrutaba yo sus revistas sobre la mesita de jardín que entonces sacaban al patio, y los melosos gatos, desparramados con confiada pereza entre sus pies. Ellos como yo, siguen siendo.

Las sigo imaginando allí, tan nuevas como entonces, tan felices en el instante compartido. Y sé que están. Estarán siempre. Pero cómo encontrarlas, si ya no son. Hemos perdido la posibilidad de contactarnos desde esta bifurcación inexplicable que nos separa para siempre.

María Rosa Meléndez


Sobre esta noticia

Autor:
María Rosa Meléndez (25 noticias)
Visitas:
5947
Tipo:
Suceso
Licencia:
Creative Commons License
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