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Cárcel, dulce hogar

18/10/2009 10:54 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Francisco del Moral ha pasado 41 años entre rejas, lo que le convierte en el preso más veterano del mundo, tanto que ya no sabe vivir en otro lugar

«Cuando salgo, sin cama y dinero, me deprimo. ¿Qué hago? ¿Morirme de asco?»

«Mi casa es la cárcel. Estoy aquí estupendamente, me lo dan todo hecho. La libertad sí que es una condena». Francisco del Moral es consecuente con sus palabras: ha delinquido tanto y de tal manera que parece que el objeto de sus robos no sea el enriquecimiento rápido y fácil sino la búsqueda de un motivo para volver a prisión. Bancos y joyerías son su especialidad, casi siempre solo y con frecuencia con el mismo resultado: la detención y el juicio. «Yo le decía al juez: 'Señoría, lo mío no es reincidencia; es necesidad'». Y así han ido cayendo las condenas -va por la quinta, que cumple en la cárcel madrileña de Valdemoro- con las que ha sumado 41 años entre rejas. Del Moral -camisa de rayas, pantalón pardo, barba rala y blanca- tiene 62 y empezó su carrera cuando un día se marchó del orfanato de Ciudad Real en el que vivió hasta los 19, oculto en un vagón de vacas que iba a Madrid. «Soy la persona que más tiempo de reclusión lleva cumplido en todo el mundo», dice muy pegado al cristal del locutorio de la cárcel de Valdemoro, una sala oscura invadida por un olor dulzón y picante. El récord no le basta y ya está tramando su próximo golpe, para cuando quede en libertad. No le importa tanto el botín como tener la garantía de que le permitirá volver pronto a la cárcel. A su casa. El preso más veterano de las cárceles españolas fue abandonado por su madre cuando era un bebé. La mujer, quizá una prostituta ocasional forzada por el hambre, lo dejó junto al hospicio, en una bolsa de plástico, un día de comienzos de verano de 1943. «He ido al juzgado a ver si sabían algo de una familia Del Moral Espinosa, pero no han sabido decirme nada. Quizá me pusieron el apellido del sereno que me encontró, o me lo buscaron las monjas». Con ellas pasó toda la niñez y la adolescencia. Lo recuerda como un encierro porque cuando hace las cuentas suma los 41 años de cárcel a los 19 de orfanato para concluir que sólo ha estado 2 en la calle. El tiempo que ha pasado fuera, en la calle, como él dice, lo ha dedicado a planificar y ejecutar atracos. Primero a joyerías, luego a entidades financieras. «Ahora hago bancos -lo explica como si no estuviera en un locutorio y no fuera a volver a la celda que comparte con «un chinito que está aquí por falsificar tarjetas»-, porque no se defienden a muerte como los joyeros, que son negocios de familia. Allí no hacen frente a nadie». Francisco del Moral insiste una y otra vez en que nunca ha causado daño físico a nadie, pero en su último golpe -que no fue a banco ni joyería, sino a una casa particular- la dueña y él terminaron cayendo por las escaleras después de haber forcejeado con la pistola con la que había encañonado a la familia. En el juicio por ese atraco frustrado fue donde aseguró al juez que delinquía por necesidad y aún sostiene que el origen de su larga y más bien desastrosa carrera delictiva está «en no tener una familia ni una casa». Un chándal y una 'tele' Por eso, cuando queda en libertad no sabe qué hacer ni a dónde ir. «Cada vez que he salido de prisión me han dado un billete de tren para irme donde quiera, me han deseado suerte y nada más. Cuando se acaban los cinco días de albergue que te dan, sin cama, sin plato y sin dinero, me deprimo. ¿Y qué hago? ¿Me muero de asco?» Nunca ha trabajado en nada porque, con sus antecedentes, nadie ha confiado en él para darle un empleo. Así que, a los pocos días de lograr la libertad, atracaba un banco o irrumpía en una joyería para llevarse cuanto hubiera. Y luego, una huida tranquila, en autobús de línea o como mucho en taxi; a veces, como en su último golpe, dejando tras de sí el teléfono móvil y la cartera, como si quisiera dar aún más facilidades a la Policía. En las interminables horas en la celda, Del Moral escribe. Largas peticiones con destino a ninguna parte. Pide cariño, pide un chándal y unas zapatillas, pide una 'tele' de plasma. En los sucesivos penales por los que ha pasado, ha sido tratado de esquizofrenia paranoide pero él asegura que ni fuma ni bebe ni toma drogas y está muy sano, por más que una tos crónica que se manifiesta de forma continua parezca desmentir su buena salud. También se ha hecho varios análisis, con resultado negativo, para comprobar si había contraído el sida, porque reconoce que en prisión ha mantenido relaciones con presos que padecían la enfermedad. «Yo en la cárcel he hecho varias familias, y cuando me los quitan porque los cambian, me hundo y lloro». No hay en su vida sexual ni una sola mujer. «Nunca he estado con ninguna, ni he tenido novia. A mis años, ninguna me ha besado en la cara. Cuando he estado en la calle no he tenido tiempo para eso». Tras esa confesión, junto a la larga lista de presos con los que ha intimado, se vislumbra una carencia, la misma a la que él atribuye el origen de sus males: «Si algo eché de menos fue una madre». Además de escribir, el preso más veterano del mundo da clases a otros reclusos. Clases sobre cómo tener una vida cuando salgan de la prisión, sobre «cuál era la mejor forma de actuar y qué tenían que hacer para salir con bien. En la tele se aprende mucho, los fallitos en los atracos y todo eso que cuentan en los telediarios», dice con pillería. La televisión es el gran entretenimiento de las únicas personas para quienes el tiempo no se acelera a medida que envejecen. Y Del Moral, que no se pierde los informativos de mediodía y de la noche, está convencido de que los sucesos son las noticias de más éxito. Incluso se postula ante la periodista como una posible estrella de la televisión. «Si a mí me dejaran salir en alguna cadena, en vez de todos esos que no cuentan más que bobadas, basura, y pudiera contar lo mío, la gente vería en mis ojos que no miento, sabría lo que está pasando y sería un éxito fenomenal». Aún está a tiempo de dejar su huella en la cuota de pantalla. En cambio, se ve mayor para la vida pública, y eso que en sus largos ratos de reflexión ha hallado en sí mismo «mucha inteligencia para ser político, aunque eso lo he sabido tarde». La visita se acaba y la persona que tiene más motivos para saberlo explica que ahora las cárceles son «como guarderías, nada tienen que ver con aquéllas en las que todas las semanas había un follón, un muerto». Él se mantuvo alejado de la violencia interna porque nadie quiere sangre en su hogar. «¿Sabe por qué no envejezco?», pregunta. «Porque no tengo miedo a la cárcel, es mi casa». Y para que siga siéndolo, ya está pensando en el golpe que quiere dar cuando termine su condena actual. «Me han soplado que las 2.000 cajas de seguridad que están en el sótano de Caja Madrid, cerca de Atocha, están a reventar en agosto. Las cajas son el futuro, en ellas hay de todo, desde joyas a armas». Lo explica con detalle para que, cuando ocurra, la Policía sepa a quién buscar. Hogar, dulce hogar.

Fuente: elcorreodigital.com


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Autor:
Patitofeo (1141 noticias)
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Nota de prensa
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