Globedia.com

×

Error de autenticación

Ha habido un problema a la hora de conectarse a la red social. Por favor intentalo de nuevo

Si el problema persiste, nos lo puedes decir AQUÍ

×
×
Recibir alertas

¿Quieres recibir una notificación por email cada vez que María Rosa Meléndez escriba una noticia?

La cantidad deviene en calidad

08/05/2011 19:53 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Aclaro a los más jóvenes que “obrero era un término que se empleaba para designar a trabajadores, es decir, personas que ganaban un salario vendiendo su fuerza de trabajo en fábricas (establecimientos donde se producían bienes y objetos de consumo necesarios)

Recurriré al gastado recurso barroco, que Borges genialmente llama “astucia” de comenzar por decirles que no recuerdo bien en qué año sucedían estos hechos, pero sé que fue allá, por los fines de los 60, o acaso, inicios de los 70.

No recuerdo bien pero básteme explicarles que entonces yo era una joven de unos 16 o 17 años y decidí emprender caminos nuevos que me condujeron definitivamente a mi destino, sin proponérmelo, claro, y sin comprender con exactitud que de eso se trataba.

Ante mí se abrieron dos grandes y poderosamente atractivos ventanales, para usar un término ad hoc, que me invitaban a saltar hacia adelante, tan diferentes entre sí como dista la luz del día de la oscuridad de la noche.

Ocurrió, para no ser tan extensa, que dejando mi apacible bienestar provinciano en las calles del antiguamente plácido Ituzaingó (al oeste de la provincia de Buenos Aires), emprendí la tarea de estudiar mi bachillerato de Letras en la afamada Escuela Normal N° 4, sita en la Avenida Rivadavia, en pleno corazón de Caballito.

Allí me encontré con un mundo de seres increíblemente reales y urbanos que merecerían la pintura del más surrealista de los poetas franceses, verdaderos barcos con velas de gladiolos, que comenzaron a navegar en mi imaginación como fantasmas acompañantes en aquellos largos y adormecidos viajes en tren, que emprendía cotidianamente, para asistir a clases.

Debo confesar que el tren de por aquel entonces, era, a la ida, un infierno que hoy día recuerdo como un cielo, pues transportaba cientos de obreros que abigarrados y apurados por no llegar tarde a su trabajo, casi no dejaban espacio ni aire para respirar. Aclaro a los más jóvenes que “obrero era un término que se empleaba para designar a trabajadores, es decir, personas que ganaban un salario vendiendo su fuerza de trabajo en fábricas (establecimientos donde se producían bienes y objetos de consumo necesarios). El regreso, en cambio, como a la una de la tarde, abría ante mí la bellísima ilusión de un vuelo de palomas, todas ellas procedentes de un molino harinero cercano a la estación, el familiar rostro sonriente del despachante de boletos, detrás de su ventanilla guardada por innecesarias rejas, y, por último, el asiento verde, la suave brisa en el rostro, el paisaje local de los fondos de las casas de Villa Luro y los frentes agraciados de Floresta, un leve sueño siestero y el despertar con el perfume de los paraísos del andén abierto como una rosa gris al cielo del oeste.

En la Normal, babel del conocimiento, se reunían alumnas procedentes de lugares tan dispares como Lanús o Temperley y edades y estados civiles disímiles. Tanto se podía uno encontrar con una niña soberanamente criada bajo las estrictas normas de un hogar formal como la casi adulta, casada y madre, procedente de un barrio obrero que deseaba completar sus estudios. Judías y moras; descendientes de alemanes, italianos, españoles; enfermas y sanas; ricas y pobres. Todas de estricto delantal blanco, algunas con el cabello teñido, otras con apenas dos fibras de pelo en la cabeza, ordinarias hijas de carniceros, refinadas y extravagantes hijas de psicólogos; ateas, religiosas, masonas; pelirrojas, castañas; gordas y flacas, en fin, una diversidad de jóvenes mujeres que ingresaban durante el término de diez minutos por el angosto portón lateral en la fría mañana porteña y que unificaba el silencio exigido por la campana en la incordial recepción de cada día.

Para comprender que el mundo no cambiaría para mejor jamás y que las tumbas nunca se llevan más que roedores de eternidad

Entonces me amigué con Tzivia. Recuerdo su acelerado y entusiasta hablar con el exagerado yeísmo de Villa Crespo o de la calle Caning. Solía contarme al detalle sus aventuras más intelectuales que sexuales con su amado Yeuda, un delgado y pálido sionista, siempre vestido de negro, que conocí de lejos, esperándola en la entrada del subte, y quien solía hablarle de su soñado viaje a los kibuts israelitas, lo cual es muy posible que terminara convirtiendo en realidad ante el inesperado camino que tomaron los acontecimientos por ese entonces.

El profesor de Instrucción Cívica, un afamado abogado separado del sistema judicial por sus sospechosas ideas, solía sentarse en el escritorio, en el cual quedaba expuesta y librada a la imaginación de las cuarenta alumnas, una colosal hernia de testículo. Desde esa cátedra inexplorada, nos comunicaba las noticias trascedentes de la semana y difundía las nuevas teorías - tan cabales hasta que cayeron en el pozo de la realidad -

Tzivia concordaba en un cien por ciento con nuestro querido profesor. Muchas clases devinieron en conversaciones entre ambos, las cuales enriquecían nuestros conocimientos de fenómenos tan ignotos por entonces como la democracia y las libertades individuales, pero más aún, llegamos a comprender claramente los más técnicos y científicos conceptos marxistas tales como la plusvalía y la dialéctica sin mencionar aquel principio engeliano que reza( con perdón del término) la más cruda de las verdades: la cantidad deviene en calidad. Qué estaría pensando el autor del AntiDuring al mencionar un hecho tan evidente como ignorado, tan preciso como necesario, tan patético como desolador.

Qué cantidad de acontecimientos fueron necesarios para que Tzvia, una mañana de primavera me invitara a pasear bajo los arbolados senderos del Parque Rivadavia, entre los coleccionistas de estampillas que allí se apostaban para proponerme que ingresara en una agrupación clandestina cuyo objetivo era la destitución del sistema educativo. Admiraba profundamente a Trotsky por esos días y era mi sed alcanzar las utopías pero de pronto me encontraba yo, caminando con mi perra ovejera por la calle Rauch, en la plena soledad dorada de la tardecita de Ituzaingo, y ese remanso de mi corazón era más íntimamente confortable que la lucha popular a la que era invitada. Mi alma burguesa se resistía por lo tanto, a pesar de todo, a ingresar por ese ventanal hacia los cielos de la justicia social. Bastábame el flaco pan de las poesías clásicas y la triste placidez de los ciclos de la naturaleza para comprender que el mundo no cambiaría para mejor jamás y que las tumbas nunca se llevan más que roedores de eternidad. Todo el esfuerzo me parecía inútil como una llama que consume el oxígeno.

Tzivia se apartó de mí unos días después de aquella charla que quedará en el olvido de las arboledas. Unas semanas más tarde, la escuela se encontraba gravemente rodeada de policías. El operativo se había instrumentado para apresar un grupo de cuatro adolescentes mujeres que no contaban más que con dieciséis o diecisiete años, entre ellas, mi evadida amiga. Alguien, una autoridad del establecimiento, salió en busca del jefe de la inesperada misión imposible. Lo invitó a su despacho. Las niñas fueron trasladas a la comisaría con garantías. Poco tiempo después supe, que por intervención de ese mismo personal, lograron su libertad pero no pudieron volver a ingresar a ningún colegio del sistema educativo. (Convengamos que en el fondo y según los objetivos propuestos no dejaba de ser un pequeño triunfo).

El abogado del enorme testículo, en cambio, siguió dictando sus clases. Yo, por mi parte, dejé de pasear con mi ovejera en las impávidas tardes de Ituzaingo y, conmovida entre la culpa y la cobardía, comencé a preparar mi futuro, sabiendo, que algún día las cosas, que marchaban tan mal, cambiarían para peor.

María Rosa Meléndez


Sobre esta noticia

Autor:
María Rosa Meléndez (25 noticias)
Visitas:
3880
Tipo:
Suceso
Licencia:
Creative Commons License
¿Problemas con esta noticia?
×
Denunciar esta noticia por

Denunciar

Empresas

Comentarios

Aún no hay comentarios en esta noticia.