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Camino

04/06/2009 22:50 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

El cine como pretexto

Me daba pereza. Había oído hablar de la película de Javier Fesser y, de forma vaga, de su contenido –es fácil de deducir por el título- que se desarrollaba en los aledaños del Opus Dei. Mi curiosidad sobre esta institución estaba sobradamente satisfecha pues desde hace más de treinta años y debido a circunstancias de diversa índole he tenido oportunidad de conocer sus bases, sus propuestas y normas de comportamiento derivadas del pensamiento (sic) de su fundador, D. Josemaría Escrivá de Balaguer.

Mi primer contacto con “la obra” se produjo cuando, debido a la grave enfermedad de corazón que padecía mi madre, los médicos aconsejaron una cirugía pionera que se realizaba en la Universidad de Navarra; pude comprobar entonces –los signos eran más ostentosos que ahora- el espíritu que impregnaba el citado Centro. Hace pocos días y recordando aquellos tiempos con mi hermana Cristina me contó una anécdota que creo merece la pena reseñar. A ella, con aproximadamente 15 años, le tocó el peso de la compañía permanente durante un mes pues los demás hermanos, excepto los pequeños, teníamos que cumplir con nuestras obligaciones laborales; su vida, durante los primeros diez días, se limitaba a ir del hospital a la sencilla pensión y de nuevo al hospital. Al cabo de un tiempo y como coincidían los Sanfermines, algunas enfermeras viendo a mi hermana tan joven y sacrificada, la invitaron a disfrutar por la noche de las fiestas; a ella le extrañó, pues ya había advertido los criterios imperantes en “la orden”, pero sus ímpetus juveniles la inclinaron a aceptar la oferta. -¡Me pegué los siete días sin dormir! -me dijo. -¡Me lo pasé bomba!

Obviamente y por joven que fuera necesitaba dormir y lo hacía, con la natural levedad, a lo largo del día que pasaba en compañía de mi madre; pero en uno de ellos su cansancio era tan notable que se durmió profundamente coincidiendo con la visita “celestial” y cuya comitiva formaban un sacerdote, el capellán, una enfermera, la enfermera jefe, y dos monaguillos haciendo sonar sus campanillas con evidente entusiasmo. ¡Ni por esas! Ella continuaba adorando a Morfeo ante la evidente ira del capellán que ordenó despertarla bruscamente y -¡me pegó una bronca que no he olvidado! Mi madre, mujer que realizó excelentes obras en su vida pero que siempre necesitó escenario y espectadores, se embelesaba con estas visitas –tenía una cierta tendencia al folklore en una actitud que en sus formas me recordaba Carme Elías en el filme - aunque a la postre no fuera consecuente ni seguidora de las mismas.

Posteriormente y saliendo ya del oscurantismo que en sus inicios era seña de identidad de la institución, vi en televisión una grabación en la que “monseñor” subido a una tarima, de negro y con el bonete de puntas, –en un escenario bastante pueblerino- se dirigía a una cautivada multitud y, especialmente, a un matrimonio que tenía en brazos a un niño con evidentes muestras de deficiencia mental.

-¡Este pequeño es un regalo que os manda Dios!- dijo, ante la mirada complacida de sus padres.

Aquello me impresionó. Pero todavía más, el resto de la intervención –de aproximadamente veinte minutos- en la que la tosquedad, la pobreza intelectual, el chascarrillo, la elementalidad de argumentos alcanzó niveles que no había logrado imaginar. Era zafiedad en estado puro. ¿Qué mecanismos dominan determinados personajes, que a lo largo de los tiempos tanto han influido en las personas, con fundamentos intelectuales tan pobres?

La historia y el presente están llenos de ejemplos y reconozco mi incapacidad para descubrir el misterio. Y eso que curiosidad y tesón no me faltan. Decidí leer “Camino”, la obra por antonomasia, el catecismo opusdeísta, el credo que da sentido a la vida. ¡Dios mío! – perdón- ¡qué panfleto más infumable y elemental!

¿Cómo es posible que más de dos mil años de civilización, de Grecia a la Ilustración, de Darwin a nuestros días, de Newton a los viajes espaciales, posibiliten que tenga éxito –indiscutible- una “propuesta espiritual y vital” como la que planteó este básico –en sentido literal- cura de Barbastro?

Pero como he dicho, tesón no me falta. Y me fui a visitar Torreciudad. El santuario del Opus Dei. La obra póstuma –la verdad que allí sí que vi una obra- de Monseñor Escrivá. ¡Impresionante! ¡Qué lamentable vanidad! ¡Qué culto a la persona! ¡Qué megalomanía! Todo un espectáculo. Solo en países tercermundistas pueden verse monumentos contemporáneos, mausoleos de una persona, del calibre de Torreciudad. Sentí absoluta repugnancia y mi curiosidad quedó ampliamente satisfecha. También y como abofeteándome, se me revelaron las claves de un éxito de este cariz. ¡Cómo no me había dado cuenta! Había tratado de estudiar el huevo, sin contar con la gallina ni, sustancialmente, con el gallinero. Era la misma historia de siempre con leves variantes integristas para los más irracionales. La Religión. La raíz de todos los males como propone el profesor de Oxford, Richard Dawkins, en sus diversos libros y medios audiovisuales. El virus de la fe. A ello me referiré mas tarde.

El conocer algunas reacciones, con motivo de las designaciones para optar a los premios Goya – esto de las nominaciones y el mal uso de la lengua me saca de quicio- me obligó a vencer la pereza que me producen los asuntos teológicos y me dispuse a disfrutar – lo digo ahora- de la película de Javier Fesser, “Camino”.

No todas las ideas son respetables. Sí son respetables todas las personas, simplemente por el hecho de serlo

Camino es una obra brillante. Es, antes que nada, un canto a la vida, a los sentimientos, a los instintos más naturales, al amor y a la esperanza; y para resaltarlos hasta el lirismo, Javier Fesser utiliza precisamente su contraposición: la negación, la asfixia de su ahogamiento, el dolor como redención, la percepción pecaminosa de todo lo que nos ilumina, la descripción desnuda de los comportamientos del entorno de la niña “Camino”, con plasmaciones estéticas de sublimes luces y dolorosas oscuridades.

Si su intrínseca tragedia conmueve como el tajo que sufre la rosa al abrir sus pétalos a la luz, el director no pone el acento en este hecho arbitrario, injusto e incomprensible pero consustancial con la vida y la muerte; nadie nace con un seguro a plazo ni con una garantía sanitaria. Así, la niña Camino se mueve entre el dolor de su enfermedad y la alegría del primer amor, entre la fe y la razón, entre el miedo y la esperanza. Su creíble madurez –aparentemente increíble- se ve adornada por la bondad más maravillosa que trata de conciliar las enseñanzas de su entorno con los impulsos más puros que brotan de su corazón. ¿Cómo puede desterrarlos si los está viviendo con la intensidad del primer pálpito? Y por otra parte… ¿cómo puede ella renunciar al clima cálido, confortable, atento y amoroso de los seres queridos? La bonhomía de sus sentimientos no se lo permite y ni siquiera su corto tiempo de vida le obliga a la elección.

Pero el director sí que nos muestra los resultados de esa elección en la figura de la hermana. Con parecidos atributos de carácter y sensibilidad ha sido inducida, por un entorno patológico y por una manipulación obscena en un momento decisivo de su vida, a los brazos de la negación, de la renuncia y del dolor más absurdo. Las secuencias permiten intuir que, de no existir una inmoral ocultación, su vida podría haber sido diferente y que su entrega a “la obra” viene determinada por un trauma primerizo que marcará definitivamente el resto de su vida.

-¿Cómo es posible que una madre haga algo así? –preguntó en voz alta mi hijo.

- Javier, lo terrible es que la persona no es mala y cree que está haciendo el bien.

- ¡Estas cosas me superan!...contestó.

Vinieron a mi memoria las palabras pronunciadas por el Premio Nobel de Física, Steven Weinberg:

“La religión es un insulto a la dignidad humana. Sin ella, habría gente buena haciendo el bien y gente mala haciendo el mal. Pero para que gente buena haga el mal, se necesita la religión".

«Camino» es una obra que te provoca una tremenda convulsión; que proporciona la información necesaria para el análisis, la reflexión y la profunda introspección en el alma humana; que retrata con gran sutileza los comportamientos más sublimes y ahonda en las oscuridades más sórdidas y tenebrosas de la irracionalidad dogmática. Los personajes componen una paleta de significados que va desde la pureza luminosa hasta la perversión manipuladora e interesada. Nada es gratuito. De tal forma que produce atracción y rechazo, emociona e irrita, duele y alivia, remueve sentimientos y motiva el pensamiento. Que cuestiona e invita al debate y la superación. En mi opinión, es su mayor virtud. Creo que Camino obliga a revisar nuestro “almacén” para comprobar si todo está en orden.

Revisando el mío, con la permanente inquietud de su correcta disposición, debo decir que sigo sin encontrar a Dios. Ni afirmo ni niego. Pero no me sirve cualquier respuesta ante lo desconocido. La fe, por definición, exige un ciego compromiso ante la falta de evidencias. Ahí reside su dogmatismo cuyo grado solo se mide por la mayor o menor radicalidad. Y sus consecuencias han sido y son devastadoras. Es precisamente ante ellas cuando no puedo por menos que manifestarme como “militante defensivo”.

Y parafraseando a Javier Krahe, en mi particular “camino”, “prefiero la duda a un mal axioma”

Febrero del 2009

PD.

Soy consciente de que mis apreciaciones no serán compartidas por muchos de los que las lean. En estos tiempos “políticamente correctos”, con frecuencia inusitada se acuñan frases que, por poco reflexionadas, se convierten en leyes indiscutibles. A raíz de la lucha contra la organización terrorista ETA y como medida inductora para que dejaran de matar, se dijo que “todas las ideas son respetables”, pero que no es admisible matar por ninguna; siendo evidente lo segundo, no proporciona carta de naturaleza a la estupidez de lo primero. No todas las ideas son respetables. Sí son respetables todas las personas, simplemente por el hecho de serlo.

En este sentido, no siento el menor respeto por las convicciones religiosas ni por los actos que de ellas se derivan; los únicos para mí apreciables son aquellos que igualmente se dan en laicos con el sentido ético derivado de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Quiero, e incluso admiro, a muchas personas que profesan la fe religiosa. Obviamente no por eso, sino por cualidades que mueven mis sentimientos y mi estima. A ellos les digo que esta, es tan grande o mayor que la aversión que me produce su fe.

Creo que Camino obliga a revisar nuestro “almacén” para comprobar si todo está en orden

Me dolería que mis postulados disminuyeran el privilegio de la suya.


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Antoniomonegros (1 noticias)
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