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Caminando hacia los espejos del alma

20/10/2009 09:19 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Quince meses pueden ser mucho tiempo, quince meses pueden conformar un plazo muy breve. El mismo tiempo cuán largo es en determinadas circunstancias y cuán corto lo es en otras

Estos son mis sentimientos y experiencias ante el corto y profundo camino que recorrió mi querido hermano José Enrique para ubicarse por siempre en los espejos del alma.

Es el año 2004, en forma más o menos precisa allá previo a la Semana Santa de ese año. José Enrique, mi hermano, hace días que está con una fiebre y una tos que no se le van. Llamo a la casa de mis padres para averiguar por su salud, porque sé que se ha hecho unos exámenes médicos. Me atiende mi madre y me dice que aparentemente podría tener una neumonía. Preocupada me expresa que tiene miedo "que sea otra cosa", a lo cual contesto "por favor, Mamá, pensá en positivo, no te adelantes al tiro, ya vas a ver que no es nada". Se lo digo de corazón, absolutamente convencido que no es nada, ¡cómo va a ser algo si José Enrique tiene solamente 48 años!

Pasan unos días y las cosas aparentemente siguen casi en su mismo estado. Digo casi porque ahora tal parece que José Enrique siente su boca como si se hubiera tragado un kilo de sal, siente su boca totalmente salada y no hay con qué sacarle esa sensación. Una pequeña sombra de duda y temor comienza a dibujarse en mi yo interno, ¿qué tiene José Enrique?.

Llega casi Semana Santa, semana en la cual Nelsa y yo vamos a viajar a Londres. Previo a nuestra partida vamos a la casa de mis padres a despedirnos de ellos y por supuesto, a visitar a José Enrique para ver cómo está. Lo encontramos acostado, un poco transpirado, medio desnorteado de lo que le está pasando, bastante fastidiado con la situación, pues como es abogado tiene casos pendientes y todo este problema le está impidiendo trabajar. Nos menciona que de una buena vez por todas quiere saber qué le está pasando para saber cómo actuar. Típica actitud de él, siempre fue de tomar el toro por los cuernos.

Nos despedimos con un abrazo y deseándole que se reponga lo más rápido posible. Nos despedimos también de mis padres, sin hablar mucho sobre la situación de José Enrique, no porque no nos interese, sino que un poco todos haciéndonos trampas al solitario, quizás intentando ensayar una suerte de cábala, en la cual si no hablamos ciertas cosas no van a confirmarse. Quizás también, mirándolo hoy desde otra perspectiva, apiadándonos nosotros de la preocupación genuina de mis padres y no queriendo agregar leña al fuego. Es el instinto de protección recíproca...

Volamos hacia Londres en unas vacaciones relámpago. El tormento de la idea de que José Enrique tiene cáncer de pulmón me quema y requema la mente. Viendo el musical Mamma mía no aguanto el llanto y las lágrimas caen en silencio mientras veo la obra. Nelsa, como siempre muy medida, acerca su mano a la mía y la aprieta mándandome un suave mensaje de que en ese problema ella está conmigo.

La semana en Londres pasa volando. En el decurso de los días el tema de la enfermedad sobrevuela por determinados momentos, apareciendo como un fantasma en los momentos menos esperados. Finalmente, tomamos el avión de regreso a Montevideo.

Con temor llamo a mis padres para ver cómo andan las cosas, qué resultados dieron los exámenes. Se confirma la peor de las hipótesis: José Enrique tiene un cáncer de pulmón (un tumor de células pequeñas, peor no puede ser). Años y años de ser fumador tienen su premio y hoy la futura muerte se presenta a querer cobrar su premio...

Marga (mi hermana) y Danilo (su esposo) llegan de sus vacaciones. Ambos son doctores, Marga psiquiatra, Danilo cirujano. Es evidente que ellos serán los que se pongan el "cuadro" al hombro y se banquen en primera línea toda la ola de mierda que se viene encima de todos. Por supuesto que todo se minimiza al saber que quien se la va a comer doblada es José Enrique.

Dado mi caracter (ansioso de miércoles) me largo al consultorio de Danilo a hablar con él y saber dónde exactamente estamos parados. Cuanto más conozcas de tu enemigo mayores posibilidades tenés de vencerlo. Danilo me cuenta en un lenguaje que yo pueda entender cuál es la exacta situación. En determinado momento me quiebro y me pongo a llorar amargamente. Me tapo la cara con mis manos, como si con ese acto infantil pudiera evitar todo el problema. Siento de pronto las manos de Danilo que se apoderan de mis muñecas y que en tono amigo me dice: "Carlos, yo también me puse así al principio". Trato de recuperarme como puedo mientras Danilo me explica cuáles van a ser los pasos a seguir en el tratamiento de José Enrique. Se va a ir por etapas, tratando de ganar tiempo con el tratamiento, poniendo horizontes más o menos cercanos, metas a cumplir. Lo escucho y admiro su optimismo para venderme su esperanza. Con optimismo o sin él (lo segundo más que lo primero) sé que me voy a sumar al equipo que está rodeando a José Enrique, tratando de protegerlo, de acompañarlo lo más posible en todo su futuro (presente) calvario.

¿Por dónde comenzar para tratar de ayudar?. No soy médico, de cáncer no sé un pepino, lo único que puedo ofrecer es todo mi cariño y estar lo más cerca posible de todo esto, aunque sea preguntando y escuchando en qué está todo. Me pongo frente a lo único que conozco en algo, la computadora y gracias a ella, a Internet. Comienzo a acceder a diferentes sitios de Internet, buscando información en forma desesperada. Lo que a priori parece una quijotada e incluso un atrevimiento, dada mi nula formación en todo lo que a cáncer y enfermedades se refiere, se va transformando ante los ojos del resto del equipo en algo valedero. Es así que primero logro formar un pequeño glosario donde está explicado qué es el cáncer de pulmón, etc, etc, luego más tarde entro en los sitios web "National Libray of Medicine - National Institutes of Health", "American Lung Association", "Living with it" (llamado en el momento de escribir esto -2009- "Yes, I can now Cancer Action now"), "American College of Physicians", "SEOM - Sociedad Española de Oncología Médica". Noche tras noche, luego que mi familia ya está durmiendo, me siento en casa en mi escritorio frente al computador, él, yo, el mundo y mi hermano en mi mente, tratando de buscar ALGO en Internet que nos de la cura milagrosa. Leo información rápidamente, haciendo una primera clasificación de esto puede servir, esto no puede servir, esto es cháchara, etc, etc. La información que pienso puede ser de utilidad la paso a Danilo y Marga para que la lean, con los links correspondientes a efectos que puedan profundizar si les parece correcto. En el silencio de la noche, sentado frente al monitor las horas pasan, leyendo información en la cual cada palabra es como un puñal que se me clava en una herida ya abierta, a la cual le están echando sal gruesa para que aún me duela más. Leo estadísticas de sobrevida con este tipo de cáncer, estudios hechos a pacientes con diferentes drogas, veo cómo a lo largo de los meses van muriendo uno tras otro. Danilo me insiste que hay pacientes que han sobrevivido, en lo que leo no encuentro ninguno (eso no quiere decir que no haya). Lo máximo que he leído por ahí son pacientes con cinco años de sobrevida...es algo, mejor que nada.

Mientras tanto, José Enrique ha empezado, casi enseguida de los exámenes con tratamiento de quimioterapia. A los pocos días de haber comenzado el tratamiento, estamos todos los hermanos en la casa de Danilo y Marga en Punta. Nos impacta verlo bajar una escalera y ver cómo se le está cayendo el pelo a raudales, por los efectos del tratamiento. Danilo nos dice que tiene que ser así, que si no se le cayera el pelo el cuerpo no estaría respondiendo al tratamiento. De todas maneras, es espantoso para nosotros, más allá de querer disimular el espanto y el dolor en nuestros rostros.

José Enrique bromea, con su característico humor ácido, que al igual que con el clásico álbum del bebé, va a hacer su "álbum del cáncer", donde pondrá una foto del tumor, titulada "mi primer cáncer", que todo tiene sus ventajas porque ahora no se tendrá que peinar...

Al mismo tiempo que está con este tratamiento de quimio consigo la dirección del yuyero (Antonio Carreiras), con sus famosas tisanas. Voy a verlo con todos los exámenes de José Enrique. Lo que le interesa mirar es el resultado de la biopsia. Luego de mirarla, me dice que tiene que tomar xx tisana (no recuerdo el número). Si no recuerdo mal es una dosis de mañana y una dosis de noche y que se debe guardar en la heladera. Será así que José Enrique la tomará religiosamente durante todo el período siguiente.

Familiares sugieren que también comience con Reiki, a lo cual José Enrique accede. Comienza a ir a un argentino que una vez por mes viene a Uruguay.

La idea que yo tengo es que si me dicen que se salva agarrándose del mango de un pincel pegado en la pared de un precipicio, que se tire de cabeza a hacerlo.

Los meses van pasando. Festejamos en San Pedro del Timote el aniversario de casados número cincuenta de Papá y Mamá. Es un festejo muy muy especial. Sospechamos todos interiormente que será uno de los últimos festejos juntos, muchos más no podrá haber.

Los meses siguen pasando. A José Enrique le cambian la droga que le están suministrando. Hacen una experiencia con la Irinotecan. Es EL DESASTRE. De repente José Enrique comienza a ponerse hipomaníaco. Da pena verlo así, él, un tipo siempre tan centrado. Lo siguiente es de locos. En vez de ser el médico que lo atiende en forma particular quien dé la respuesta, la misma la encuentro yo revisando sitios en Internet. Uno de los efectos secundarios que podría provocar el suministro de esta droga es que el paciente se puede poner hipomaníaco.

Las noches se suceden y se hacen largas. Cuesta dormirse, no pensar en el tema. Pienso a su vez lo que debe estar sintiendo José Enrique en su interior... Más tarde sabré que se despertaba llorando en medio de la noche y le decía a Cristina, su novia desde hace muchos años: "me temo que no te voy a poder acompañar Chiquita...".

Vienen las Navidades y el Año Nuevo. Ambas fechas en una situación familiar muy especial. Tienen un sabor amargo y preocupante, las mismas pasan de largo, aunque nos tratemos de asir a ellas.

Es el 2005. Siguen los días y las noches. Mi señora este año cumple 50, más precisamente el 10 de julio. Pensábamos hacer una buena fiesta, con baile e invitados, pero no sabemos qué hacer. Ya tenemos la chacra reservada para hacer la fiesta, pero debemos ir a concretar. Finalmente nos decidimos, la vamos a hacer. Nos subimos en el coche y comenzamos a ir decididos a la chacra cuando de repente me suena el celular. No recuerdo quién me llama de mi familia pero es para avisarme que José Enrique está muy dolorido de la espalda y que está internado en Casa de Galicia en observación. Inmediatamente damos vuelta en la carretera y dirigimos nuestros pasos hacia el sanatorio. En ese acto sabemos que la fiesta está cancelada por siempre. Llego y encuentro a José Enrique sentado en una silla de ruedas, esperando que venga la doctora a verlo. A su costado está Marga, con todos los exámenes que se le han hecho desde el principio. Nos saludamos con una sonrisa. José Enrique me dice que le rompe las pelotas la enfermedad en esos momentos, cuando se hace sentir y que tiene que embromar a todo el mundo. Le digo que ni se preocupe, que está todo bien. Por dentro es una tormenta de sentimientos espantosos. Viene la doctora, habla con Marga, de médico a médico, estudia el electro que se le ha hecho. Aparentemente no encuentran nada fuera de lugar. José Enrique queda internado en observación. Papá me comenta que es "cómico" ver que Danilo, a pesar que es cirujano, dice que lo que tiene en ese momento José Enrique es sicológico, mientras que Marga, que es psiquiatra, mantiene que no, que el dolor no es sicológico sino que es físico.

Esa noche me quedo acompañando a José Enrique en el cuarto del sanatorio. Charlo un rato con él y al final se duerme. Yo imposible hacerlo. Me arrimo con el sillón al costado de la puerta del baño, prendo la luz del mismo y me pongo a intentar leer un libro, tratando de evitar pensar en el tema. Por supuesto no lo logro. En más de un momento se me llenan los ojos de lágrimas.

Al día siguiente José Enrique se levanta y me ofrece comer con él un pedazo de torta que le cocinó Leticia, mi otra hermana. Recuerdo hasta ahora verlo sentado en el borde de la cama, con su pijama y su pedazo de torta, comiendo muy contento. Al poco rato llegan Papá y Mamá a relevarme. Llama la atención con qué amabilidad las enfermeras tratan a mi hermano cada vez que vienen a verlo. Por supuesto que saben qué tipo de enfermedad tienen en sus manos...

Finalmente se le da de alta. Es un alivio para todos, comenzando por él. Es un falso alivio realmente, porque la tormenta continúa, en forma silenciosa aunque haciéndose notar más y más.

Comienzan los dolores en la espalda. Es como si le clavaran un puñal en una herida y se lo movieran de un lado a otro. Tal cual la descripción que nos hace del dolor que siente muy seguido. Comienzan a inyectarle más y más calmantes. La morfina quieren dejársela para más adelante.

Un día tomamos coraje y vamos a su casa. Le comunicamos "despreocupadamente" que la fiesta de cumpleaños de Nelsa (que tanto habíamos hablado) la suspendemos, hasta que él se reponga y se sienta mejor, porque no queremos someterlo a ningún esfuerzo. Le digo que en ese momento el doctor soy yo y que he decidido eso. Llega Cristina y José Enrique lo primero que hace es decirle "¿sabes que Nelsa y Carlos suspendieron la fiesta?". Increíblemente, Cristina en vez de apoyarnos, nos pregunta "¿por qué?!". Con Nelsa nos queremos morir, no sabemos qué decir para salir del mal paso y no hacer que José Enrique se sienta espiritualmente aún peor...

Las fechas se me confunden pero los sentimientos son los mismos. Por esa época, no recuerdo si antes o después, José Enrique viaja a Brasil a hacerse el famoso pet scan para ver en teoría "cuán reducido" está el tumor. Viaja a San Pablo con Cristina, con Margarita y Danilo. A los dos o tres días vuelve, él pensando que se le había desaparecido el tumor, los demás sabiendo la cruel realidad, el tumor se había agrandado enormemente. Una de las cosas más crueles fue ver cómo José Enrique pensaba que se había curado, la alegría que tenía, hasta que le hicieron entender que en realidad "alguna cosita todavía tenía". Yo no lo presencié (por suerte), pero en el momento que captó que en realidad no estaba curado y que se borraba toda su alegría de un plumazo, casi le viene un ataque de locura ante la decepción.

José Enrique y Cristina habían decidido casarse, luego de veinte años de convivir. El día marcado para la fecha de casamiento fue el sábado 2 de julio. Todos rezábamos en nuestro interior para que llegara a dicha fecha. Yo previne a mi familia que iba a poner de mi parte la mejor "puesta en escena" que pudiera lograr, mostrando mi mejor cara como si nada pasara, que iba a bailar y tomarme todo en la fiesta como que nada pasara, tratando de tapar el infierno de mis pensamientos nefastos y no arruinar su casamiento con caras de dolor inútiles.

Finalmente ese día llegó. Vestimos cada uno nuestras mejores galas y allá marchamos, para la chacra donde se iba a celebrar la ceremonia civil.

Al llegar nos recibe mi hermano, ya tremendamente chupado de cara, respirando en forma dificultosa pero con una sonrisa en su rostro. Por fuera lo miro tratando de imitar su inmensa sonrisa pero por dentro sintiendo que me estoy desgarrando ante todo lo que sé que avecina.

Comienza la ceremonia. Fiel a su estilo y humor, cuando el oficial del Registro Civil dice la frase "que los contrayentes han demostrado tener la edad suficiente para contraer matrimonio", José Enrique dice a viva voz: "sí, acá años son los que sobran".

Lo miro y veo el esfuerzo casi sobrehumano que está haciendo para mantenerse parado. Su frente está perlada de gotas de sudor, respira profundamente. Lo miro y pienso "por favor, que se apuren con esta ceremonia!!, que lo dejen sentar". Se acerca una amiga, Anabel y me dice en voz baja: "Carlos, cambia esa cara". Sin tener un espejo sé que mi cara, escondida entre los demás invitados es de piedra, no puedo evitarlo.

De pronto me llaman para firmar como testigo. Cambio mi cara rápidamente y pongo mi mejor cara de payaso. Mientras estoy firmando como testigo y ellos parados detrás de mí, bromeo con ellos y no sé qué pavada digo para suavizar el ambiente.

Por fin termina la ceremonia civil. La tarde transcurre en la fiesta. José Enrique no puede salir a bailar, su físico ya no le da. Sin embargo, en determinado momento junta fuerzas, sacándolas de no sé dónde y baja a la pista. Es como una explosión en la familia. Todos los hermanos y nuestros respectivos cónyuges lo rodeamos y bailamos con él como en nuestras épocas más felices, tratando en ese gesto vano de querer protegerlo y sacarlo del infierno que está viviendo.

La fiesta termina y ellos se van de luna de miel para Colonia. En los días venideros, planeamos ir todos para Colonia, antes que ellos se vuelvan. La idea es ir el sábado siguiente a diferentes hoteles, pero pasar todos juntos ese fin de semana.

La noche del 6, miércoles, vamos a cenar a la casa de Marga y Danilo el resto de la familia. De pronto suena el teléfono, es Cristina para saludar en nombre de José Enrique a mis padres, que al día siguiente es su aniversario de bodas. Nada yo sospecho en ese momento, cuando Cristina dice que a José Enrique le falta un poco el aire y por eso no va a hablar. Más tarde sabré que Danilo y Marga en ese momento cruzaron en silencio sus miradas.

Volvemos a casa con mi señora y me acuesto, completamente intranquilo. Me despierto un poco antes de las cuatro de la mañana y como no me puedo dormir, como tantas otras noches marcho para la computadora en mi escritorio.

De repente suena el teléfono, ese timbre helado en la mitad de la noche. Antes que suene el segundo timbrazo lo tengo en mi mano:

"Carlos, te habla Marga"

"qué pasó"

"lo que tenía que pasar"

"..."

"falleció hace un rato, nos llamó Cristina desde Colonia. Estamos con Danilo yendo para allá a buscarlo".

Siento que el tiempo se detiene. Un dolor indescriptible recorre mi cuerpo, invadiéndome por todos los rincones. De pronto levanto la vista y veo a mi hija, parada en la puerta del escritorio. Es cruzarse la mirada y en ese gesto sin proferi una palabra comprende todo. Se va para nuestro dormitorio, donde llego pocos segundos después y con voz cortada les reafirmo a mi señora y a mi hija: "falleció José Enrique".

Me encuentro frente a mi mismo. Sé que tengo que avisar a mis otros hermanos. Sé por mi hermana que Papá y Mamá piensan que José Enrique se agravó y que está "internado". Tomo el teléfono y llamo a mi hermano Fernando. El teléfono suena pocas veces, oigo su voz y le comunico la maldita noticia. El tono de su voz lo dice todo. Generalmente es parco, pero esta vez es muy parco. Le informo los pasos que se están siguiendo y que lo mantendré informado. Una vez más tomo el teléfono. Esta vez para llamar a mi hermana menor. Atiende mi cuñado, le comunico la noticia. Siento a través del tubo cómo llora mi hermana y su voz diciendo al mismo tiempo: "no es cierto, no es cierto!".

En medio de la tormenta sé que hay pasos a seguir y que alguien más los tiene que dar. Me visto y voy con mi hija hasta el sanatorio, para averiguar cuáles son las casas velatorias donde se lo puede velar. Hablo en forma impersonal y desapasionada con la mujer que me atiende. Trato de no pensar en el tema, porque al hacerlo un dolor inconmensurable me lascera.

Vuelvo a casa. Me encuentro con Leticia, mi hermana menor y Alex, su marido. Veo el rostro de Leticia, no sé cómo consolarla. Los minutos pasan, ya casi es de día. Nos damos cuenta que o sí o sí tenemos que ir a avisarles a nuestros padres que su hijo ha muerto. Decido ir yo a darles la noticia, Leticia y Alex me acompañan en el auto. Conduzco hasta su casa. Desciendo del coche y con paso pesado subo los tres o cuatro escalones que me separan de la puerta. Toco el timbre. Detrás de mí en teoría están Leticia y Alex. Me doy vuelta pero no están a mis espaldas. Los veo más hacia un costado, llorando desconsoladamente. Se abre la ventanita que está al lado de la puerta. Es Papá que entre azorado y asustado me dice: "¿Te enteraste lo de José Enrique?".

Respiro muy profundamente y como si fuera otra persona que estuviera hablando le contesto: "Sí Papá, abrí que tengo malas noticias..."


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