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¡Café, Pan y Buenos Días!

08/08/2009 10:03 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

"Propuesta para Cuento Fantástico." Cuantos de nosotros hemos vista nuestra propia muerte y a vivido para contarlo. A veces los sueños son sólo eso, pero cuantos de ellos valen la pena de ser narrados, tal y como éste:

Por mi paso de aquel punto X para trasladar mi existencia al sitio Y, durante éste me llamaba la atención un lugar en especial que se situaba en un punto Z de tal ir y venir; que no era otro que una pequeña cafetería que pese a sus simple fachada se antojaba el entrar a ella. En una de esas pasadas entre X y Y; no resistí más mi curiosidad y entré en el local del punto Z.

Pese a su diminuta fachada por dentro se abría un inmenso espacio llenado con sillas, mesas y comensales de variedad diversidad, no solo social, sino de tiempo y espacio; todos ellos parecían salidos de una mascarada digna de carnaval. Junto a la entrada una monja recatada y un sátiro fauno degustaban un pie de manzanas verdes, con ponche inglés humeante servido en tarros de cristal y latón al mero estilo bábaro; en una esquina lejana un gentil hombre de peluca blanca y casaca de finos holanes departía una ensalada verde con un cavernícola y un centurión, quienes tomaban tequila y aguardiente sin dejar de contar en sus propios idiomas sus aventuras y fanfarronadas sin que el caballero británico perdiera la compostura, y que de vez en cuando exhibía un perfumado pañuelo con el que secaba sus labios carmesí a cada sorbo de sangrita o sorbía el medio limón salado; y más allá, perdidos de mi vista, una mujer judía –y por el tocado en su cabeza: señora- se enfrascaba a brazo partido en una relación romántica con un moreno moro el cual tatuaba su faz con escritura arabesca y rimel de la dama semita, y así otro de ejemplos se pueden citar.

Pero mi hambre estaba golpeándome las tripas desde el interior del estómago tan fuerte, y más con cierto vapor perfumado de todos los guisos salidos de su cocina, que me obligó a buscar asiento precipitadamente, de tal forma que invadí la mesa de dos serios maya y samurai al ver una silla vacía en ella; ambos sin decir palabra alguna me indicaron gentilmente con sus afiladas armas que aquella estaba ocupada, por lo que rápidamente salí saltando de su presencia; al hacerlo una doctora aun en bata blanca se acomodó dicha silla para retomar la charla que sostenía antes de ausentarse por alguna razón, y que yo aproveché al ver el lugar vacío.

Aun no salía de mi susto cuando alguien me tomo del brazo para alejarme de ellos. Al voltear a ver a mi salvador noté que llevaba puesto una peineta sevillana al igual que portaba un faldón azul con ribetes negros, al tiempo que me decía:

-¡Por acá buen mozo, que me lo “destripan” los señores!

-Pero, ¿Quiénes son?- me atreví a la mujer que me conducía a la barra del lugar.

-¡Pues…! Son parroquianos como los demás.

“Los demás”, aquella contestación me resultaba de lo más cómico, ya que por obvias razones estos clientes nunca los había visto ni en los mejores o malos restaurantes que había conocido.

-¿Por qué están disfrazados de esa manera? ¡¿Es fiesta de disfraces?!- Me atreví a preguntarle.

-¿Disfraces a dicho señor?- Se paró en seco y se volvió hacia mí para mirarme con sus enormes ojos negros –hermosos y asombrados diría yo-. ¡Es su estampa diaria y es mejor que no lo dude!

Caminó unos pasos para reanudar su acelerada marcha, pero yo la paré en seco, por lo que se vio obligada a volverse de nuevo para mirarme.

-Pero si la mayoría están fuera de época- observé-, pasados de moda.- Al tiempo que la miré de arriba abajo al ver lo extrañamente antiguo de su vestido, reparando varias veces en sus diminutos pies descalzos y sus frondoso escote moreno.

-Estaba de moda cuando salí.- Dio como toda respuesta a la vez que se cubría con su afilada mano el hueco del escote.

Pese a haberla quedado a mitad del concurrido salón, la exótica mujer terminó por llevarme por fin a la barra del bar, en donde me aclaró:

-Disculpe que no lo conduzca a una mesa ya que esta llena la posada.

Al sentarme en el alto banco, me ofreció el menú con un: “¿qué apeteces, guapo?”; el cual abrí mecánicamente sin dejar de ver su redonda y bronceada cara muy cercana a la mía. Cual sería la sorpresa que al baja la finalmente mi vista a la carta, me encontré con una enorme lista de viandas, que variaban en gustos y tiempos; un poco más de cien páginas marchaban con nombres y precios de cada una de las especialidades multiculturales, sin dejar atrás la lengua de origen: japonés, español, tártaro, italiano, latín, ingles, babilónico, sumerio, ario, maya, alemán, catalán, irlandés, persa y otro mil más que no pude reconocer a simple vista. Por lo que mi hambre arremetía mi vientre con más amenazas para fallecer de inanición, lo que me hizo desesperarme.

Mientras la dama de pelo negro me miraba con malicia al verme desesperar:

-No se preocupe, malandrín-, me dijo en voz baja con un bao irresistible que emanaba de sus dientecillos marfilados-, se ve que es de este tiempo, no se preocupe, a vosotros les ocurre lo mismo.

Y retirándome dulcemente la carta de mis fieros dedos, concluyó:

-Le mostraré los platos que disfrutan nuestra clientela frecuente…

Y con un altivo ademán que acentuaba su majestuoso porte, me señaló una mesa en donde tres tipos devoraban a puños inmensos fardones de billetes verdes bañados en una salsa tan roja como la sangre; de aquellos tipos de trajes rayados y solapas anchas portaban servilletas de cuadros azules y blancos, que ataban alrededor de sus cortos cuellos como caían mendrugos de si cena sobre estos. Uno de esto, al ver su plato vació llamó con un tronar de dedos a un mesero que se colocaba sumisamente a su lado, diciéndole: “¡Ragatzzo, otro tanti di provolone!”

-Como veis, el señor Alphonso y “canchanchanes” gustan su propio guisado- continuó ella al tiempo que señalaba a otra parte del local-; ¡ved! Aquellos antropófagos se comen entre sí sin protesta la buena sazón que nuestro patrón les ha dejado.

Cuantos de nosotros hemos vista nuestra propia muerte y a vivido para contarlo

Efectivamente, un grupo de hombre con atuendos primitivos y otros con improvisados abrigos con ropa y pantalones acampanados, se devoraban entre sí; incluso, uno de ellos aderezaba con salero en mano, la pierna de uno de sus compañeros, al tiempo que la masticaba con placer, pese a ser desollado por la espalda por un tercero que portaba un kepí de piloto de avión y un abrigo gris muy largo. Incluso, uno de los asistentes a tan psicopático banquete convidó el brazo que devoraba al dueño del mismo, en tono de quererle convidar de él, el cual rechazó amablemente, sin dejar de destripar con refinada educación a alguien que ya hacía acostado sobre la mesa en charola de plata.

-¿Gusta que le sirvan de lo mismo?

Inquirió con suavidad la bella camarera que me atendía, pero al ver mi asco señaló a un sitio para dos personas, las cuales comían con calma y en silencio sus respectivos platos.

Uno, era un pintor de delgadas carnes y pálidos huesos, quien comía con amargura uno de sus cuadros que a mi parecer era una obra de arte pictórica; pero pese a su riqueza estética parecía pobre en nutrirle a su propio creador. El otro individuo de regio traje y mejor condición física que el anterior, cortaba con finura y precisión una sección de algún diario cultural de altos vuelos, el cual envolvía a su propia lengua, todo esto en un espejo de saliva turbia. Era indudable que se trataba de un crítico de arte que por alguna clase de apuesta jugada por el destino se estaba comiendo sus propias palabras sin estar lejos de dudar que fuera un artículo refavoreciendo a su acompañante el cual, a pesar de haberla ganado, comía su amargura de su oficio.

Aun no separaba la vista de aquellas mesas que la dama española me citó en su momento, ella me levantó el rostro con su fina mano por la barbilla para mirarme fríamente a mis ojos:

-¿Qué coges moreno?- Preguntó con aire altivo.

El solo tacto de su parte me hizo congelarme de confusión e inadvertidamente moví negativamente mi cabeza sostenida aun por ella.

-¡Como he dicho antes: siempre los coge el toro por los pitones!- y sin aferrarme por la papada acercó sus escultóricos pechos a unos milímetros de mi nariz, de los cuales pude percibir su cálido humor que exhalaban de entre ellos.

Hubiera reducido a nada esa mísera distancia que me separa de ellos para besarlos, pero inesperadamente colocó el menú de la víspera entre mi nariz y sus pechos para mostrarme el último folio del éste:

-Como le veo indeciso al caballero, esto le ayudará en su elección.

Y diciendo esto me dejó en el rostro el panfleto y soltó mi barba y se alejó junto con el perfume de sus pechos, que ahora se tornaba en un hedor a papel viejo y mugroso.

Lentamente, con ambas manos me retiré de mi cara la carta para ver lo que decía en ella, que en realidad no era mucho, pero para mi gusto era lo suficientemente bueno para ser “normal”, según me consta; en la cual se leía:

Café.

Pan y

Buenos Días.

No podía ser más explícita dicha elección de aquel disparatado menú.

Levanté mi dedo para llamar a la mesera que me atendió al principio, pero de debajo de la flamante barra de roble surgió delante de mi –cual muñeco de sorpresas- un camarero con filipina y cuartelera blancas, la forma de llevar dicho gorro era a la usanza de ladearlo sobre su cabello perfectamente cortado y embaselinado. Al salir completamente de su escondite me extendió una taza de café negro en una de sus manos y con la otra un platito con una dona encima de ésta.

Al colocarlos sobre la pulida superficie de madera, extendió su desnuda mano en signo de pedir el porte justo por el servicio; por lo que busqué en los bolsillos de mis pantalones el dinero pedido con tan sugestiva forma. Mis dedos toparon con una moneda la cual saqué con ellos y descubrí que era diez centavos de dólar que siempre llevaba como amuleto de buena suerte; por lo que aquel camarero al verla recalcó su petición agitando los dedos de la mano en forma de demandar la moneda de níquel que saqué descuidadamente.

Sólo la coloqué en su manaza y el la tomó con dos dedo y se la llevó a la boca para morderla con sus amarillentos dientes, como para comprobar su autenticidad.

Al ver que no se mellaba con ello, la apoyo en su dedo índice y la impulsó con el pulgar; la moneda salió describiendo piruetas en el aire, subiendo más arriba de su cabeza para luego de caer fuera atrapada nuevamente por la misma mano que la lanzó, con un ademán ágil de ella.

Al atraparla, movió su cabeza con sino de aprobación y dijo:

-¡Café, pan y Buenos días!

Y se alejó.

Biblioteca México, D.F.

02 – III – 2009.


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Autor:
Américo Valadez (58 noticias)
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Tipo:
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