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Los británicos, buscan alianzas en el Continente Sureño

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27/11/2019 05:27 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

India, constituye un balance al Continente Sureño

Fuente Literaria

Algunos de los artículos más difundidos son los que analizan la dominación británica en la India y los futuros resultados de esta dominación publicados en 1853. De ellos se pueden extraer estas tres reflexiones.

“Guerras civiles, invasiones, revoluciones, conquistas, años de hambre; por extraordinariamente complejas, rápidas y destructoras que pudieran parecer estas calamidades sucesivas, su efecto sobre el Indostán no pasó de ser superficial. Inglaterra, en cambio, destrozó todo el entramado de la sociedad hindú, sin haber manifestado hasta ahora el menor intento de reconstitución. Esta pérdida de su viejo mundo, sin conquistar otro nuevo, imprime un sello de particular abatimiento a la miseria del hindú y desvincula al Indostán gobernado por Gran Bretaña de todas sus viejas tradiciones y de su historia pasada”.

Se diría aquí que Marx, mucho antes de que Oswald Spengler lo expusiera en sus exposiciones sobre el Sur,  cree en la muerte de las civilizaciones, y no parece lamentar la supuesta muerte de la civilización hindú a manos de los imperialistas británicos. Para Marx, la India carece de historia, o por lo menos de historia conocida. Los relatos que ha leído acerca de este inmenso territorio, que pocas veces ha estado unificado, se reducen a la historia de sus sucesivos invasores, “hinduizados” después por una sociedad pasiva e inmutable que apenas les ha ofrecido resistencia. Sin embargo, con Gran Bretaña, representante de una civilización superior a la hindú, en expresión de Marx, esto no ha sucedido. Es todo un reconocimiento al progreso técnico-industrial de la primera potencia del siglo XIX.

Ciertamente el colonialismo podía ser brutal, pero resultaba necesario para destruir el modo de producción y la cultura arcaicos de la India. En la visión de Marx, Gran Bretaña cumplía una misión a la vez destructora y regeneradora: “Tiene que destruir la vieja sociedad asiática y sentar las bases de la sociedad occidental en Asia”. Esta visión eurocéntrica del mundo habla por sí misma.

“No debemos olvidar que esas pequeñas comunidades estaban contaminadas por las diferencias de casta y por la esclavitud, que sometían al hombre a las circunstancias exteriores en lugar de hacerle soberano de dichas circunstancias, que convirtieron su estado social que se desarrollaba por sí solo en un destino natural e inmutable, creando así un culto embrutecedor a la naturaleza, cuya degradación salta a la vista en el hecho de que el hombre, el soberano de la naturaleza, cayese de rodillas, adorando al mono Hamunán y a la vaca Sabbala”.

Al referirse a las pequeñas comunidades campesinas de la India, Marx parece dar por sentado que las tradiciones indias son exclusivamente religiosas, anticientíficas y jerárquicas. Su destino, por tanto, era el de ser destruidas con la llegada del progreso técnico-científico importado de Occidente.

Este país tiene una larga tradición argumentativa, pero los tópicos exotistas acuñados en Occidente han dejado de lado, en opinión de Sen, la enorme aportación cultural en los ámbitos de las matemáticas, la lógica, la epistemología, la astronomía, la fisiología, la lingüística, la fonética, la economía, las ciencias políticas y la psicología. Estas observaciones del analista Karl Marx sobre la India no se han ajustado a la realidad. La historia en el sentido marxista, entendida como progreso lineal, se ha dado de bruces con la rueca india, representada en su bandera, y que encarna una concepción cíclica que no da nada por definitivo, y menos aún una teoría que, como hija del pensamiento hegeliano, preconiza el fin de la historia.

Como es sabido, la India no alcanzó su independencia por medio de ningún ejército sino por la acción pacífica de Gandhi y sus seguidores. Gandhi habría compartido muchas de las críticas de Marx al capitalismo, pero no habría coincidido con él en la utilización de medios violentos para combatirlo. Por lo demás, la reflexión de Marx no deja de expresar la creencia en la fuerza militar como poder supremo. El gran escritor bengalí Rabrindanath Tagore opinaba en cambio, en 1917, que “si en su avidez de poder, una nación multiplica sus armas a costa de su alma, será ella quien corra un peligro más grande que sus enemigos”. Quizás Tagore pensaba en el creciente militarismo de Japón que tendría, a la larga, efectos debilitantes para ese país.

En definitiva, la política exterior española en África Subsahariana tiene por delante retos importantes. Además de los comentados, el desafío de poner en marcha las nuevas acciones anunciadas, y traducir A la práctica esta consideración de la región subsahariana como nueva prioridad política de los próximos años. Consultas con el sector privado y la sociedad civil probablemente alimentarían nuevas iniciativas. Además, para una visión renovada genuina, España debe entender las relaciones estratégicas con los países africanos desde un enfoque que trascienda el colocar como elementos centrales, por un lado, la gestión de los movimientos migratorios, y por otro, las amenazas de seguridad.  Para la que es la cuarta potencia de la UE, y la más cercana geográficamente al continente africano, urge entender las relaciones con los países africanos también desde una perspectiva de oportunidad económica y geopolítica, pero sobre todo de legitimar ese nuevo enfoque en las relaciones con África, contribuyendo al necesario desarrollo humano de los países africanos.

Sin embargo, las teorías políticas y sociales pasan,  y el ser humano permanece. Esto es algo que no debería olvidar un analista político que suele centrar su estudio en la vida política, el gobierno, las elecciones o la coyuntura económica. No obstante, a veces puede olvidar que la gran protagonista de las ciencias sociales es la gente corriente, y no categorías abstractas como la clase, la nación o la humanidad. Suelen ser abstracciones frías, salidas de horas intensas de bibliotecas, que terminan por desembocar en teorías que chocan con la realidad al intentar ponerlas en práctica. Además del currículo de la teoría, hay un currículo oculto: el que nos lleva a comprender las actitudes y sentimientos de la gente. Es mejor descender al terreno del ser humano, el que habita, por ejemplo, las grandes ciudades de un mundo globalizado. Dickens puede decirnos mucho al respecto porque, en opinión de Gilbert Keith Chesterton, era un escritor que tenía la llave de la calle.

 

“¡Corazón de Londres, cada latido tuyo tiene una moral!” Al contemplar tu indomable trabajo, en el que no influirá ni un ápice la muerte, ni el ansia de vida, ni el dolor, ni la alegría exterior, me parece oír una voz dentro de ti que penetra en mi corazón, que me ordena, mientras me abro paso entre la muchedumbre, que piense en el mísero desgraciado que pasa junto a mí, y puesto que soy hombre no me aparte con desprecio y orgullo de nada cuanto tenga forma humana.”

Los británico, en cualquier lugar, colocan su interrogante

El Londres del siglo XIX, evocado magistralmente por Dickens, no es muy diferente, con sus miserias y sus grandezas, de las megalópolis de nuestro tiempo, en las que la multitud vive de forma apresurada, prisionera de la soledad, el aislamiento y la indiferencia. La ciudad no es siempre un lugar de encuentro o de solidaridad, sino que en ella habita la desconfianza y el miedo al otro. Se da la paradoja de que ahora es más fácil comunicarse por medio de las tecnologías, pero los seres humanos están más desunidos. Dickens habría subrayado hoy que el desarrollo económico no lo es todo si sus estadísticas maquillan unas ganancias que no repercuten en el conjunto de la sociedad. El gran novelista victoriano, que vivió en una época de profusión de teorías revolucionarias y reformistas que se tenían por soluciones definitivas para un supuesto mundo perfecto, habría comprendido muy bien lo que es el desarrollo humano integral, que implica una relación entre medio ambiente, economía, naturaleza y salud. Todos esos temas ya estaban presentes en una urbe tan cosmopolita como el Londres de su época.

“No ha habido tiempos mejores, no ha habido tiempos peores: fueron años de buen sentido, fueron años de locura; una época de fe, una época de incredulidad, lapso de luz, lapso de tinieblas; primavera de esperanza, invierno de desesperación; lo teníamos todo ante nosotros; todos íbamos derecho al cielo, todos marchábamos en sentido contrario. Aquel período fue, en una palabra, tan semejante al actual, que algunas de sus personalidades más vocingleras reclamaban para el mismo que le fuesen aplicadas exclusivamente en lo bueno y en lo malo los calificativos extremos”.

Al leer Historia de dos ciudades, descubrimos que Dickens no contrapone sistemas políticos, pues también extiende sus críticas a un pilar del sistema político de su país, la justicia. El escritor denuncia la arbitrariedad, la corrupción y la vigencia de una serie de penas que no habían evolucionado en siglos, pues la pena capital se aplicaba en Inglaterra sin muchos miramientos en los delitos contra la propiedad. De hecho, en 1516 Tomás Moro denunció en Utopía que castigar a los ladrones con la muerte no era un método ejemplarizante. Por el contrario, solo serviría para unir el robo con el asesinato, pues se aplicaba el mismo castigo atroz a quien cometiera cualquiera de los dos delitos. Si en Gran Bretaña podían mezclarse la locura y el buen sentido, mucho peor era la situación de Francia que pasó de un extremo a otro: las injusticias y crueldades de los representantes del Antiguo Régimen fueron ampliadas por las cometidas en nombre de la Revolución.

En una de las escenas finales de la novela, una joven costurera que acompaña al cadalso a Sydney Carton, el abogado que sacrifica su vida por la felicidad de su amada Lucie reflexiona en voz alta sobre que no le importaría su propia muerte si la República, que tanto bien va a traer a los pobres, ganara algo con su ejecución, aunque reconoce que es incapaz de comprender lo que gana con su muerte. Dickens presenta aquí un claro ejemplo de cómo las ideologías, llevadas hasta el fatalismo más ciego, vuelven a las personas rígidas y hostiles, hasta el extremo de pretender convencerse de que el mundo será mejor cuando sus enemigos hayan sido suprimidos.

 

Veo a Basard, a Cly, a Defarge, al Jurado, al juez y a las largas filas de opresores que han surgido sobre los despojos de los antiguos, cayendo al filo de este mismo instrumento de justicia retributiva, antes de que cese en las funciones que ahora tiene. Veo surgir una espléndida ciudad y un pueblo magnífico del abismo en que están, y en sus luchas por conseguir una verdadera libertad, y en sus triunfos y derrotas, a lo largo de muchos, muchos años futuros, veo cómo la maldad de este tiempo, y del que le precedió, cuya consecuencia natural es aquel, va poco a poco expiando sus culpas y borrándose”.

Estos son algunos de los pensamientos de Sidney Carton antes de su muerte, en los que se atisba un rayo de esperanza. La revolución ha echado abajo un sistema en el que la tradición había sido privada de argumentos y en el que la fe religiosa había sido degradada al rango de ideología. En palabras de Charles Darnay, Dickens compara al Antiguo Régimen con una torre que se derrumba “a fuerza de disipación, despilfarros, extorsiones, deudas, hipotecas, opresiones, hambre, indigencia y sufrimientos”.

Veo a Basard, a Cly, a Defarge, al Jurado, al juez y a las largas filas de opresores que han surgido sobre los despojos de los antiguos, cayendo al filo de este mismo instrumento de justicia retributiva, antes de que cese en las funciones que ahora tiene. Veo surgir una espléndida ciudad y un pueblo magnífico del abismo en que están, y en sus luchas por conseguir una verdadera libertad, y en sus triunfos y derrotas, a lo largo de muchos, muchos años futuros, veo cómo la maldad de este tiempo, y del que le precedió, cuya consecuencia natural es aquel, va poco a poco expiando sus culpas y borrándose”.

Estos son algunos de los pensamientos de Sidney Carton antes de su muerte, en los que se atisba un rayo de esperanza. La revolución ha echado abajo un sistema en el que la tradición había sido privada de argumentos y en el que la fe religiosa había sido degradada al rango de ideología. En palabras de Charles Darnay, Dickens compara al Antiguo Régimen con una torre que se derrumba “a fuerza de disipación, despilfarros, extorsiones, deudas, hipotecas, opresiones, hambre, indigencia y sufrimientos”.

En definitiva, la interconectividad de los mercados y los marcos económicos establecidos, como el Tratado de Maastricht y la zona euro, han contribuido a la creación de una percepción en la que cristiano-demócratas y social-demócratas se diferencian más por sus valores y defensa de ciertos derechos que por su programa económico. Esta percepción, junto al rechazo de las medidas de austeridad propiciadas por la crisis económica por una parte importante del electorado, ha suscitado una fuga de votos hacia otras opciones más radicales y que ha afectado con especial fuerza a los partidos social-demócratas. Por lo tanto, el auge de los movimientos de derecha populistas en Europa no es simplemente una reacción a la crisis migratoria, sino una por parte de una población que no se siente participe de sus beneficios y que se escuda en la soberanía y en una supuesta protección y seguridad que estos partidos prometen traer.

 

Finalmente, los partidos suelen justificar sus posiciones a base de argumentos económicos, como la reducción de salarios y el supuesto incremento del gasto público, transformando el discurso xenófobo en otra vertiente de proteccionismo, que apela a la desilusión y precariedad laboral de la clase obrera.


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Emiro Vera Suárez (1231 noticias)
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