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Bombas en Palomares

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10/10/2020 10:59 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

1966, un bombardero gigante B-52, con cuatro bombas termonucleares a bordo 75 veces más potentes que las de Hiroshima, y un avión cisterna KC-135 chocaron en pleno vuelo durante una maniobra de suministro de combustible sobre esa localidad del Levante almeriense

En enero del año próximo se cumplirá más de medio siglo después del accidente de Palomares.Y la herida causada por las bombas nucleares que cayeron en tiera y mar de ese pueblo de Almertía sigue abierta en el corazón de españa, dejando atrás un reguero de secretismo y sumisión de los Gobiernos franquistas y ahora del PP sobre todo a los intereses norteamericanos

 

En enero del año próximo se cumplirá más de medio siglo después del accidente de Palomares.Y la herida causada por las bombas nucleares que cayeron en tiera y mar de ese pueblo de Almertía sigue abierta en el corazón de españa, dejando atrás un reguero de secretismo y sumisión de los Gobiernos franquistas y ahora del PP sobre todo a los intereses norteamericanos. En vísperas de la efemérides del 50ª aniversario, el jefe de la diplomacia de Estados Unidos, John Kerry, firmó con su homólogo español, José Manuel García-Margallo, una declaración de intenciones repleta de imprecisiones pero que, en esencia, y contando con la buena voluntad de Washington, debería permitir por fin que el área del levante almeriense contaminado por plutonio a causa de la fragmentación de dos de las cuatro bombas que cayeron tras el choque de dos aviones aquel fatídico 17 de enero de 1966 se regenere hasta recuperar su estado previo al accidente. Es decir, sin rastro de radiactividad y con los terrenos afectados aptos para cualquier uso, ya sea agrícola o urbanístico.

 

“Bien está lo que bien acaba”, declaró un ufano Margallo con un optimismo que ahora debe confrontarse a la prueba de acordar un acuerdo vinculante que establezca las obligaciones de cada una de las partes, incluyendo el reparto de los costos de la operación de transportar a Estados Unidos y almacenar, probablemente en Nevada, decenas de miles de metros cúbicos de tierras contaminadas. El compromiso adoptaría la forma de un tratado internacional que habría de someterse a la aprobación del Parlamento. Su ejecución podría llevar años y, según la fórmula técnica utilizada –exportación de toda la tierra contaminada o su previa compactación en la zona para reducir el volumen- supondría costes y mecanismos diferentes.

 

Según afirma Rafael Moreno Izquierdo en "La historia secreta de las bombas de Palomares", editado hace varios años parece destinado a convertirse en una referencia imprescindible a la hora de estudiar el caso, se baraja la cifra de 640 millones de euros de coste total, de los que unos 500 millones se destinarían al almacenamiento de alta seguridad y el resto al tratamiento, compactación, empaquetamiento y transporte de los residuos. La operación podría exigir, sostiene Moreno, la construcción de una carretera especial de unos 100 kilómetros para uso de los camiones desde la zona del accidente hasta el puerto de Cartagena, desde el cual embarcarían rumbo a Estados Unidos. “Y todo”, así termina el libro, “para dejar esas tierras tal y como estaban antes de las 10.22 horas del 17 de enero de 1966”.

El halo de silencio y secretismo que ha acompañado a los hechos durante décadas impide que estos sean, incluso ahora, de conocimiento generalizado, por lo que no estará de más recordar lo que ocurrió ese fatídico y ventoso día de invierno. La fuente principal que utilizo es la obra de Moreno, cuya reconstrucción del accidente y sobre todo de sus consecuencia, se apoya en la recuperación de más de 5.000 documentos e informes que, hasta recientemente, se mantuvieron ocultos en archivos españoles y norteamericanos. El autor sostiene que ha obtenido muchas más facilidades en EE. UU. que en España, donde la ausencia de información oficial sobre el caso resulta escandalosa.

 

El 17 de enero de 1966, Palomares tenía apenas 1.000 habitantes y ni siquiera aparecía en los mapas de vuelo americanos

 

Una referencia previa al contexto: se vivía en plena Guerra Fría, con el franquismo en su etapa desarrollista y abriéndose oportunista al exterior, pero con el régimen siempre fachista -con su ADN anticomunista y ansioso de reconocimiento externo-, convertido aún en un aliado incondicional y casi servil de EE UU. Los acuerdos militares bilaterales de los días del general Eisenhower todavía vigentes, implicaban la cesión de bases vitales para el despliegue estratégico mundial de la superpotencia y que permitían el tránsito continuo y rutinario de aviones de bombardeo norteamericanos cargados de bombas atómicas o convencionales, dentro de la  táctica que hacía posible una respuesta nuclear inmediata contra la Unión Soviética en caso de conflicto.

 

España en general y a Madrid y Zaragoza en particular –por su cercanía de las bases- se covertían en objetivos de primer orden en caso de ataque nuclear enemigo. Eso no implicó ninguna cautela especial a la hora de firmar el pacto, el 26 de septiembre de 1953, lo que refleja hasta qué extremos llegaba el ansia de Franco por superar el aislamiento del régimen y el olvido de sus socios de ayer Hitler y Mussolini..

 

Nadie excepto su millar de habitantes había oido mencionar su nombre, pero su emplazamiento, conocido por su forma peculiar como Roca Silla de Montar, lo convertía en uno de los lugares más idóneos del mundo para el reabastecimiento de combustible en vuelo. A las 10.22 de ese día, 16 de enero de 1966, un bombardero gigante B-52, con cuatro bombas termonucleares a bordo 75 veces más potentes que las de Hiroshima, y un avión cisterna KC-135 chocaron en pleno vuelo durante una maniobra de suministro de combustible sobre esa localidad del Levante almeriense.

 

Los dos aparatos quedaron destrozados y “los restos metálicos incandescentes –relata Moreno- cayeron por todo el pueblo, calles, patios, jardines, tejados y, sobre todo, por los campos de los alrededores. Lo verdaderamente milagroso es que no alcanzaran a ninguna persona ni animal”. Fue un milagro, dirían luego algunos vecinos, “como si Dios hubiera dirigido la caída de los fragmentos”. De lo que habría ocurrido de haber estallado alguna de las bombas nadie se atrevía siquiera a mencionar, era espantoso siquiera imaginarlo.

 

De los 11 tripulantes de los dos aviones, siete murieron calcinados y con los huesos en pedacitos. Cinco de ellos fueron hallados cerca del cementerio. Los cuatro supervivientes –todos ellos del B-52-, sufrieron heridas de diversa gravedad, de las que se recuperaron más o menos. Uno de ellos cayó y fue rescatado en tierra. Los otros tres fueron a parar al mar, empujados por el fuerte viento cuando se abrieron sus paracaídas, y fueron auxiliados por pescadores, que al menos en un par de casos, les salvaron la vida. El piloto se hizo luego  sacerdote mormón.

 

Uno de los artefactos cayó al mar y fue localizado y recuperado tres meses después, con escasos daños y sin haber desprendido radiactividad. De los tres que cayeron en tierra, uno se recuperó casi intacto en el lecho del cercano río Almanzora y con su carga intacta. Hubo suerte, el paracaídas funcionó y la zona de impacto era blanda. Otra de las bombas, que se designó como número 2, se localizó al oeste de Palomares, en un cerro desértico, produjo un cráter de seis metros de diámetro y dos de profundidad y algunos de sus restos se hallaron a 90 metros de distancia. Parte del combustible nuclear se desperdigó por toda la zona.

 

La otra bomba, la número 3, cayó en lo que técnicamente era casco urbano del pueblo. Como en la 2, estalló el explosivo convencional y se produjo una fuga de plutonio. El accidente suscitó se inmediato una grave preocupación por los efectos sobre la salud de la población de la contaminación radiológica y por los efectos negativos sobre terrenos urbanos, cultivables y baldíos que, de no ser por ese estigma, habrían multiplicado su valor durante el boom inmobiliario que estaba por llegar.

 

La preocupación más visible del Gobierno franquista fue que pudiese alejar de la zona a los turistas en busca de sol y playa. Sin embargo, el Gobierno franquista fue que, el fracaso de la campaña nacional para ocultar las auténticas dimensiones del suceso y la repercusión mediática de éste en el extranjero hiciera detoda la costa un sitio a no visitar justo cuando el turismo se estaba convirtiendo, con Fraga como fabricante de mitos, en una de las principales puntas de lanza del desarrollismo y en principal fuente de divisas. De ahí, y del similar interés de EE. UU. por minimizar las consecuencias del accidente, nació la idea –al parecer de la esposa del embajador norteamericano, experta en publicidad- que, la fotografía pasara a la historia del baño en las aguas de la costa de Palomares del embajador norteamericano y del entonces ministro de Información, Manuel Fraga Iribarne, que “inmortalizó” su bañador Meyba todo un símbolo del suceso. .

 

La cantidad exacta de plutonio de las dos bombas que sufrieron fugas sigue siendo un secreto, aunque se estima que se acercaba a los 10 kilos, de los que en se dice que medio kilo o mucho más sigue aún allí, más de medio siglo después, mezclados con decenas de miles de metros cúbicos de tierra e impregnando materiales y herramientas enterrados tras utilizarse en las tareas de descontaminación radiactiva emprendidas en varias épocas. Fue un esfuerzo inconstante, sin la continuidad que debería haber sido imprescindible y que rompe el compromiso de sucesivas administraciones de Estados Unidos de regenerar la zona hasta dejarla tan limpia como antes del accidente, uno de los más graves de la historia de la energía atómica con fines militares.

 

Tampoco resultaron convincentes las tareas de seguimiento sanitario, y aún hoy sigue sin entregarse la totalidad de los expedientes médicos realizados,   ni se conocen con exactitud los daños sufridos por las personas a causa de la sobreexposición a la radiación. El deseo de que no se conozca el montante exacto de las indemnizaciones a los afectados e incluso al estigma social puede influir en que algunos de los afectados no traten que se conozcan sus datos.

 

También sigue sin resolverse de forma satisfactoria la cuestión de las indemnizaciones, tanto por daños físicos y psicológicos causados, como por pérdidas directas o por lucro cesante, ya sea por su explotación agraria o urbanística frustrados. En el momento del accidente, el Gobierno franquista dio toda clase de facilidades para que se impusiera por sobre todo la voluntad norteamericana naturalmente, incluso cuando muchos de los vecinos se mostraron recelosos a la hora de firmar documentos que estipulasen que las indemnizaciones entregadas entonces suponían su renuncia a cualquier compensación posterior. Justo al cumplirse un año justo del suceso, la conocida como la Duquesa Roja –Isabel Álvarez de Toledo y Maura- fue detenida por convocar una manifestación “ilegal” y una marcha en autocar a Madrid para exigir justicia.

 

En La historia secreta de las bombas de Palomares, se exponen en detalle todos los aspectos del caso, que sería imposible resumir aquí, desde los detalles e insuficiencias del Proyecto Indalo de supervisión radiológica de la población y de la contaminación residual, hasta el silencio y la censura que han presidido la información en la etapa franquista y la transicion, hasta los esfuerzos –insuficientes- para zanjar la cuestión de los últimos Gobierno y, por supuesto, la “declaración de intenciones” de Kerry y García-Margallo. De este acuerdo, destaca Moreno que “no es firme”, que incluye la palabra “posible”, que todo dependerá de la “disponibilidad de fondos, personal y otros recursos” y que “no supone una obligación jurídicamente vinculante”.

 

Han pasado más de 53 años. ¿Caso cerrado? No. La herida todavía sigue abierta.

.

 

 

En vísperas de la efemérides del 50ª aniversario, el jefe de la diplomacia de Estados Unidos, John Kerry, firmó con su homólogo español, José Manuel García-Margallo, una declaración de intenciones repleta de imprecisiones pero que, en esencia, y contando con la buena voluntad de Washington, debería permitir por fin que el área del levante almeriense contaminado por plutonio a causa de la fragmentación de dos de las cuatro bombas que cayeron tras el choque de dos aviones aquel fatídico 17 de enero de 1966 se regenere hasta recuperar su estado previo al accidente. Es decir, sin rastro de radiactividad y con los terrenos afectados aptos para cualquier uso, ya sea agrícola o urbanístico.

 

“Bien está lo que bien acaba”, declaró un ufano Margallo con un optimismo que ahora debe confrontarse a la prueba de acordar un acuerdo vinculante que establezca las obligaciones de cada una de las partes, incluyendo el reparto de los costos de la operación de transportar a Estados Unidos y almacenar, probablemente en Nevada, decenas de miles de metros cúbicos de tierras contaminadas. El compromiso adoptaría la forma de un tratado internacional que habría de someterse a la aprobación del Parlamento. Su ejecución podría llevar años y, según la fórmula técnica utilizada –exportación de toda la tierra contaminada o su previa compactación en la zona para reducir el volumen- supondría costes y mecanismos diferentes.

 

Según afirma Rafael Moreno Izquierdo en "La historia secreta de las bombas de Palomares", editado hace varios años parece destinado a convertirse en una referencia imprescindible a la hora de estudiar el caso, se baraja la cifra de 640 millones de euros de coste total, de los que unos 500 millones se destinarían al almacenamiento de alta seguridad y el resto al tratamiento, compactación, empaquetamiento y transporte de los residuos. La operación podría exigir, sostiene Moreno, la construcción de una carretera especial de unos 100 kilómetros para uso de los camiones desde la zona del accidente hasta el puerto de Cartagena, desde el cual embarcarían rumbo a Estados Unidos. “Y todo”, así termina el libro, “para dejar esas tierras tal y como estaban antes de las 10.22 horas del 17 de enero de 1966”.

El halo de silencio y secretismo que ha acompañado a los hechos durante décadas impide que estos sean, incluso ahora, de conocimiento generalizado, por lo que no estará de más recordar lo que ocurrió ese fatídico y ventoso día de invierno. La fuente principal que utilizo es la obra de Moreno, cuya reconstrucción del accidente y sobre todo de sus consecuencia, se apoya en la recuperación de más de 5.000 documentos e informes que, hasta recientemente, se mantuvieron ocultos en archivos españoles y norteamericanos. El autor sostiene que ha obtenido muchas más facilidades en EE. UU. que en España, donde la ausencia de información oficial sobre el caso resulta escandalosa.

 

El 17 de enero de 1966, Palomares tenía apenas 1.000 habitantes y ni siquiera aparecía en los mapas de vuelo americanos

 

Una referencia previa al contexto: se vivía en plena Guerra Fría, con el franquismo en su etapa desarrollista y abriéndose oportunista al exterior, pero con el régimen siempre fachista -con su ADN anticomunista y ansioso de reconocimiento externo-, convertido aún en un aliado incondicional y casi servil de EE UU. Los acuerdos militares bilaterales de los días del general Eisenhower todavía vigentes, implicaban la cesión de bases vitales para el despliegue estratégico mundial de la superpotencia y que permitían el tránsito continuo y rutinario de aviones de bombardeo norteamericanos cargados de bombas atómicas o convencionales, dentro de la  táctica que hacía posible una respuesta nuclear inmediata contra la Unión Soviética en caso de conflicto.

 

España en general y a Madrid y Zaragoza en particular –por su cercanía de las bases- se covertían en objetivos de primer orden en caso de ataque nuclear enemigo. Eso no implicó ninguna cautela especial a la hora de firmar el pacto, el 26 de septiembre de 1953, lo que refleja hasta qué extremos llegaba el ansia de Franco por superar el aislamiento del régimen y el olvido de sus socios de ayer Hitler y Mussolini..

 

Nadie excepto su millar de habitantes había oido mencionar su nombre, pero su emplazamiento, conocido por su forma peculiar como Roca Silla de Montar, lo convertía en uno de los lugares más idóneos del mundo para el reabastecimiento de combustible en vuelo. A las 10.22 de ese día, 16 de enero de 1966, un bombardero gigante B-52, con cuatro bombas termonucleares a bordo 75 veces más potentes que las de Hiroshima, y un avión cisterna KC-135 chocaron en pleno vuelo durante una maniobra de suministro de combustible sobre esa localidad del Levante almeriense.

 

Los dos aparatos quedaron destrozados y “los restos metálicos incandescentes –relata Moreno- cayeron por todo el pueblo, calles, patios, jardines, tejados y, sobre todo, por los campos de los alrededores. Lo verdaderamente milagroso es que no alcanzaran a ninguna persona ni animal”. Fue un milagro, dirían luego algunos vecinos, “como si Dios hubiera dirigido la caída de los fragmentos”. De lo que habría ocurrido de haber estallado alguna de las bombas nadie se atrevía siquiera a mencionar, era espantoso siquiera imaginarlo.

 

De los 11 tripulantes de los dos aviones, siete murieron calcinados y con los huesos en pedacitos. Cinco de ellos fueron hallados cerca del cementerio. Los cuatro supervivientes –todos ellos del B-52-, sufrieron heridas de diversa gravedad, de las que se recuperaron más o menos. Uno de ellos cayó y fue rescatado en tierra. Los otros tres fueron a parar al mar, empujados por el fuerte viento cuando se abrieron sus paracaídas, y fueron auxiliados por pescadores, que al menos en un par de casos, les salvaron la vida. El piloto se hizo luego  sacerdote mormón.

De las 13.865 armas nucleares en todo el mundo estimadas por el SIPRI en 2019, 3.750 están desplegadas con equipos de trabajo y casi 2.000 de ellas se mantienen en alerta operativa,

 

Uno de los artefactos cayó al mar y fue localizado y recuperado tres meses después, con escasos daños y sin haber desprendido radiactividad. De los tres que cayeron en tierra, uno se recuperó casi intacto en el lecho del cercano río Almanzora y con su carga intacta. Hubo suerte, el paracaídas funcionó y la zona de impacto era blanda. Otra de las bombas, que se designó como número 2, se localizó al oeste de Palomares, en un cerro desértico, produjo un cráter de seis metros de diámetro y dos de profundidad y algunos de sus restos se hallaron a 90 metros de distancia. Parte del combustible nuclear se desperdigó por toda la zona.

 

La otra bomba, la número 3, cayó en lo que técnicamente era casco urbano del pueblo. Como en la 2, estalló el explosivo convencional y se produjo una fuga de plutonio. El accidente suscitó se inmediato una grave preocupación por los efectos sobre la salud de la población de la contaminación radiológica y por los efectos negativos sobre terrenos urbanos, cultivables y baldíos que, de no ser por ese estigma, habrían multiplicado su valor durante el boom inmobiliario que estaba por llegar.

 

La preocupación más visible del Gobierno franquista fue que pudiese alejar de la zona a los turistas en busca de sol y playa. Sin embargo, el Gobierno franquista fue que, el fracaso de la campaña nacional para ocultar las auténticas dimensiones del suceso y la repercusión mediática de éste en el extranjero hiciera detoda la costa un sitio a no visitar justo cuando el turismo se estaba convirtiendo, con Fraga como fabricante de mitos, en una de las principales puntas de lanza del desarrollismo y en principal fuente de divisas. De ahí, y del similar interés de EE. UU. por minimizar las consecuencias del accidente, nació la idea –al parecer de la esposa del embajador norteamericano, experta en publicidad- que, la fotografía pasara a la historia del baño en las aguas de la costa de Palomares del embajador norteamericano y del entonces ministro de Información, Manuel Fraga Iribarne, que “inmortalizó” su bañador Meyba todo un símbolo del suceso. .

 

La cantidad exacta de plutonio de las dos bombas que sufrieron fugas sigue siendo un secreto, aunque se estima que se acercaba a los 10 kilos, de los que en se dice que medio kilo o mucho más sigue aún allí, más de medio siglo después, mezclados con decenas de miles de metros cúbicos de tierra e impregnando materiales y herramientas enterrados tras utilizarse en las tareas de descontaminación radiactiva emprendidas en varias épocas. Fue un esfuerzo inconstante, sin la continuidad que debería haber sido imprescindible y que rompe el compromiso de sucesivas administraciones de Estados Unidos de regenerar la zona hasta dejarla tan limpia como antes del accidente, uno de los más graves de la historia de la energía atómica con fines militares.

 

Tampoco resultaron convincentes las tareas de seguimiento sanitario, y aún hoy sigue sin entregarse la totalidad de los expedientes médicos realizados,   ni se conocen con exactitud los daños sufridos por las personas a causa de la sobreexposición a la radiación. El deseo de que no se conozca el montante exacto de las indemnizaciones a los afectados e incluso al estigma social puede influir en que algunos de los afectados no traten que se conozcan sus datos.

 

También sigue sin resolverse de forma satisfactoria la cuestión de las indemnizaciones, tanto por daños físicos y psicológicos causados, como por pérdidas directas o por lucro cesante, ya sea por su explotación agraria o urbanística frustrados. En el momento del accidente, el Gobierno franquista dio toda clase de facilidades para que se impusiera por sobre todo la voluntad norteamericana naturalmente, incluso cuando muchos de los vecinos se mostraron recelosos a la hora de firmar documentos que estipulasen que las indemnizaciones entregadas entonces suponían su renuncia a cualquier compensación posterior. Justo al cumplirse un año justo del suceso, la conocida como la Duquesa Roja –Isabel Álvarez de Toledo y Maura- fue detenida por convocar una manifestación “ilegal” y una marcha en autocar a Madrid para exigir justicia.

 

En La historia secreta de las bombas de Palomares, se exponen en detalle todos los aspectos del caso, que sería imposible resumir aquí, desde los detalles e insuficiencias del Proyecto Indalo de supervisión radiológica de la población y de la contaminación residual, hasta el silencio y la censura que han presidido la información en la etapa franquista y la transicion, hasta los esfuerzos –insuficientes- para zanjar la cuestión de los últimos Gobierno y, por supuesto, la “declaración de intenciones” de Kerry y García-Margallo. De este acuerdo, destaca Moreno que “no es firme”, que incluye la palabra “posible”, que todo dependerá de la “disponibilidad de fondos, personal y otros recursos” y que “no supone una obligación jurídicamente vinculante”.

  • Desde Chernóbil en Ucrania hasta Fukushima en Japón, varios han sido los accidentes producidos en las centrales nucleares, pero, ¿qué pasaría si la bomba nuclear detonara en el espacio?
  • En 1962, con la prueba nuclear Starfish Prime, se procedió a la detonación de una bomba nuclear a 400 km de altura, generando una bola de fuego gigante y una explosión de energía EMP.
  • El daño de equipos electrónicos y satélites fueron algunas de las consecuencias, pero podría haber producido males más graves como dejar residuos de radiación en astronautas o cegar a todo aquel que mirase directamente a la bola de fuego.
  • Descubre más historias en Business Insider España.

 

La energía nuclear es esa energía que forma parte de la sociedad, indispensable, pero a la vez terrorífica.

Varios han sido los accidentes producidos en las centrales nucleares, desde Chernóbil en Ucrania hasta Fukushima en Japón. Las consecuencias en la Tierra han sido devastadoras, pero,  ¿qué pasaría si la bomba nuclear detonara en el espacio?

No se trata de una suposición, puesto que esta situación ya se dio con la prueba nuclear Starfish Prime en 1962, con una detonación a 400 km de altura, la mayor jamás alcanzada.

 

Para que te hagas una idea, está casi tan lejos como la Estación Espacial Internacional.

El proyecto consistía en el lanzamiento de una bomba nuclear de 1, 4 megatones desde una base en un pequeño atolón del Océano Pacífico denominado Johnston, uno de los 14 territorios de Estados Unidos. 

La detonación generó una bola de fuego gigante y creó una explosión de energía llamada pulso electromagnético (EMP), que llegó a abarcar incluso 1.000 km a la redonda.

 

En cuanto a las consecuencias, lo más probable es que a ti directamente no te pase nada grave, pues la explosión ocurriría demasiado lejos, pero sí que tendría efectos muy perjudiciales a nivel global.

 

Los pulsos electromagnéticos (EMP) que se producen durante una explosión nuclear generan una sobrecarga de energía, lo que se traduce en la posibilidad de daños en equipos electrónicos.

Por ejemplo, durante el Starfish Prime, en Hawái, farolas, teléfonos, televisiones, radares y satélites, dejaron de funcionar durante un periodo de tiempo.

 

Pero eso no es todo, si se volviese a detonar una bomba nuclear en el espacio y fuese mucho más potente, las redes y dispositivos eléctricos no serían los únicos afectados.

Los astronautas que se encontrasen en ese momento en la Estación Espacial Internacional podrían sufrir los efectos nocivos de la radiación.

Además, se formaría una bola de fuego que podría dañar la vista de todo aquel que la mire directamente.

 Los 9 países con más armas nucleares del mundo.

Sin embargo, si eres de los que busca el lado bueno en situaciones críticas, al detonar la bomba atómica,  debido a que no existe atmósfera en el espacio,  no se produciría esa onda expansiva que podría producir el apocalipsis o destrucción masiva.

Además, cabría la posibilidad de que se formase una aurora de larga duración en la zona de la explosión, puesto que la radiación se mezclaría con el oxígeno y el nitrógeno, provocando este fenómeno.

1966, un bombardero gigante B-52, con cuatro bombas termonucleares a bordo 75 veces más potentes que las de Hiroshima, y un avión cisterna KC-135 chocaron en pleno vuelo durante una maniobra de suministro de combustible sobre esa localidad del Levante almeriense.

SLos países con armas nucleares poseen colectivamente 13.865 ojivas, según un informe publicado por el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de EstocolmoLos 9 países con más armas nucleares del mundocabeza nuclear

  • Ha habido una disminución general en el número de armas nucleares en el mundo, algo que puede estar relacionado con el hecho de que Rusia y Estados Unidos firmaran el Nuevo Tratado START en abril de 2010.
  • Si bien la cantidad de armas nucleares en el mundo ha disminuido desde el año pasado, las que existen son altamente sofisticadas y, por lo tanto, potencialmente más destructivas. 
  • Descubre otras historias de Business Insider España.

En total, los países con armas nucleares están actualmente en posesión de 13.865 ojivas (o cabezas nucleares) srgun un informe publicado por el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI).

Si bien esto puede parecer mucho, supone 600 armas menos que a principios de 2018.

Pero mientras que la cantidad de armas nucleares en el mundo disminuía a principios de 2019 en comparación con el año pasado, las que permanecen son altamente sofisticadas y, por lo tanto, potencialmente más destructivas.

"Un hallazgo clave es que a pesar de darse una disminución general en el número de cabezas nucleares respecto de 2018,  todos los estados poseedores de armas nucleares continúan modernizando sus arsenales nucleares", ha declarado el ex secretario general adjunto de las Naciones Unidas y actual presidente de la SIPRI Governing Board.

Juntos,  Estados Unidos y Rusia poseen conjuntamente el 90% de las armas nucleares del mundo  —la disminución general en el número de armas nucleares global parece estar relacionada, en particular, con el hecho de que las dos potencias firmaron el Nuevo Tratado START en Abril de 2010, cuyo objetivo es limitar los recursos en armas ofensivas estratégicas.

En contraste con esto, Rusia y los Estados Unidos han lanzado simultáneamente programas gigantescos y costosos para reemplazar y modernizar sus cabezas nucleares,  sistemas de lanzamiento de misiles e instalaciones de producción de armas nucleares.

 

De las 13.865 armas nucleares en todo el mundo estimadas por el SIPRI en 2019, 3.750 están desplegadas con equipos de trabajo y casi 2.000 de ellas se mantienen en alerta operativa, de acuerdo con el Instituto,  fundado en 1966.

Si bien la cantidad de armas atómicas se ha reducido drásticamente desde mediados de la década de 1980 — en ese momento era de casi 70.000, según La Tribune—  todavía hay un número considerable de armas en todo el mundo, y aún representan un grave riesgo de guerra nuclear.

 

 

 

 

 

 

 


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