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La bomba atómica no rindió a Japón porque estaba ya rendido. Su lanzamiento fue una decisión personal de Truman.Un genocidio

14/08/2015 12:10 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

En este difícil reportaje, se analizan las razones de militares, iodistas y científicos, para usar o no usar lo bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki sobre cobayas humanos y los mitos generados sobre el por qué lo hizo Truman contra todas las opiniones

A pesar de que sin necesidad de profundizar mucho resulta evidente que las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki fueron totalmente innecesarias, terroríficas e inhumanas, se ha hecho una recopilación de datos que aparecen en este artículo, obra de Mark Weber, del Instituto para la Revisión Histórica en Estados Unidos. Ofrecen especialmente testimonios anteriores y posteriores al bombardeo convincentes de que Hiroshima y Nasgasaki no tenían en absoluto razón de ser.

 La verdad previa es que Japón ya había asumido su derrota y estaba dispuesto a negociar su rendición, siempre y cuando se garantizara el satatus del emperador. Por otro lado, Hiroshima y Nagasaki nunca poseyeron valor militar per sé y no habían sido objetivo para los bombardeos convencionales demoledores de las superfortaleza B-29 antes del primer bombardeo atómico de la histora. La Declaración de Potsdam del 26 de julio de 1945, era el virtal ultimatm aliado-Churchill, Roosevelt-Stalin. Se limitó a repetir las cláusulas de la Conferencia de El Cairo de noviembre de 1943, y se exigió la rendición incondiconal, de un pueblo que ya de hecho, estaba de rodillas.

 

Los bombardeos atómicos sobre Japón  consituyen la mayor crueldad del siglo, y se pudieron haber evitado, según los ciéntifiicos del Proyecto Manhattan y la opinión de una mayoría. Empezamos por la fotógrafia escrita del horror: la visión qe tuvieron los tripulantes del avión "Enola Gay"del primer experimento sobre Hiroshima:

 El 6 de agosto de 1945 el mundo entró dramáticamente en la era atómica: sin aviso ni precedente, un avión B-29 dejó caer una bomba nuclear sobre la ciudad japonesa de Hiroshima. La explosión destruyó completamente más de diez kilómetros cuadrados del centro de la ciudad. Alrededor de 90.000 personas murieron sobre el terreno; otras 40.000 resultaron heridas, muchas de las cuales murieron en prolongada agonía, por efectos de la radiación. Tres días después, un segundo impacto atómico en la ciudad de Nagasaki mató in situ a 37.000 personas y causó heridas graves a otras 43.000. En conjunto, las dos bombas finalmente mataron una cantidad estimada en 230.000 civiles japoneses.Y dejó irradiados a otros tantos o más.

 La bomba de Hiroshima se lanzó a las ocho y cuarto de la mañana desde una altura de nueve mil metros. A los cincuenta y cinco segundos alcanzó la altura establecida para su explosión, aproximadamente unos 600 metros sobre la ciudad. Se consideró que era la distancia ideal para causar el mayor daño posible. Se formó una bola de fuego de 256 metros de diámetro con una temperatura superior al millón de grados centígrados. Bob Caron, artillero de cola del "Enola Gay", describió el infierno desencadenado: “Una columna de humo asciende rápidamente. Su centro muestra un terrible color rojo. Todo es pura turbulencia.  Es como una masa de melaza burbujeante. El hongo se extiende. Puede que tenga mil quinientos o quizás tres mil metros de anchura y unos ochocientos de altura. Crece más y más. Está casi a nuestro nivel y sigue ascendiendo.  Una ciudad debe estar debajo de todo eso“. El capitán Robert Lewis, copiloto del "Enola Gay" comentó sobrecogido: “Dios mío, ¿qué hemos hecho?”

  Tal vez la respuesta será mejor buscarla en el Diario del doctor Hachiya, que humaniza y pone rostro a una hecatombe moral cuyo eco 70 años después aún no se ha apagado .

 El fantasma de un exterminio incruento se desvanece al leer estas páginas. Cuando el doctor Hachiya nos habla de jóvenes agonizantes entre charcos de sangre y pus, el espanto moral barre cualquier argumento a favor de la violencia. El Diario de Hiroshima es el rostro de las víctimas que el poder político y militar se negó a contemplar y escuchar, antes y después. Esta crónica,   es un intento de restituir la dignidad de las vidas destruidas, asumiendo el imperativo de no permanecer indiferente ante el dolor que se produce más allá de nuestra experiencia cotidiana.

 Como a todos los norteamericanos y al mundo le han enseñado erroneamente en el hogar y hasta en las escuelas de  EE.UU., los militares lanzaron las bombas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki para obligar al emperador Hiro Hito a capitular y terminar la Segunda Guerra Mundial y eso salvó millones de vidas de los marines norteamericanos y japoneses en un desembarco aliado en tierra firme en Japón.Esa lucha fue lo que la bomba atómica evitó. Pero es parte del gran mito del experimento nuclear, de espaldas a la verdad.

Se ha dado también como añadida la razón de que un desembarco convencional de marines en Japón hubiera costado un millón de bajas norteamericanas( cifras Roosevelt), que se ahorraron gracias a las bombas atómicas. Winston Churchill subió la cifra a dos millones de bajas aliadas. Pero lo de las vidas hubiera sido relevante, de haber habido un proyecto serio de desembarco masivo de fuerzas aliadas en el archipielago que se dijo que había planificado para el 1 de noviembre de 1945. Pero si lo hubo quedó olvidado en un cajón y tampoco hubo ningún preparativo como lo hubo el Día D- de Normandía contra los nazis. Los soldados japoneses estaban desperdigados por todo Asia, para mantener lo ocupado. En  el archipiélago había tambien planes pero  tampoco había preparativos para una defensa estilo kamikaze. Había guarniciones en Japón, con soldados muy desmoralizados. ¿Un millón de muertos americanos contra quien?. Otra gigantesca manipulación de la verdad cuyo origen fue Roosevelt en Potsdam y Truman heredó.

 Esos hechos y cifras  son argumentos indiscutibles en Estados Unidos. Es dogma de fe americana, difícil de combatir. Pero han pasado de generación en generación y anclado por fin en la Historia como contrapeso a Hiroshima. Muchos ni se molestan en refutarla ni discutirla.Ni en estudiarla.

 La verdad para este caso concreto es que el 22 de junio 1945, el Emperador, al filtrarse lo de las cifras hasta Tokio, convocó una reunión urgente del Gabinete Supremo de Guerra, que incluía al Primer Ministro, al Ministro de Exteriores y a las figuras militares al mando( los Seis Grandes) y les dijo. “Hemos oído suficiente de esta determinación vuestra de luchar hasta el último soldado”. “ Y deseamos que vosotros, los líderes de Japón, os esforcéis ahora en estudiar las formas y los enfoques para concluir la guerra de una vez, sin más sangre. Haciendo esto, intentad no estar atados por las decisiones que podais haber tomado en el pasado”.

 El presidente Truman justificó tozudamente su uso de la bomba atómica, reivindicando que “salvó millones de vidas” al llevar la guerra a un rápido final, sin necesidad de una interminable lucha en tierra. Justificando su decisión, fue tan lejos como para declarar: “El mundo tomará nota de que la primera bomba atómica fue lanzada en Hiroshima, una base militar bien defendida. Eso fue porque deseábamos con este primer ataque evitar, en tanto como fuera posible, la muerte de civiles”.

 

Ésta fue una afirmación mentirosa. De hecho, el 98% de las víctimas de las dos ciudades elegidas eran civiles, y el United States Strategic Bombing Survey, un grupo de expertos reunidos para producir una evaluación y valoración imparcial de los efectos de los bombardeos anglo-americanos durante la guerra indicó en su informe oficial (publicado en 1946): “Hiroshima y Nagasaki fueron elegidas como objetivos por su gran concentración de actividades civiles diarias y su densidad de población”.

 

Si la bomba atómica fue lanzada para impresionar a los líderes japoneses  del inmenso poder destructivo de una nueva arma, esto podría haberse conseguido detonándola en una base militar aislada. O sobre la Bahía de Tokio o un bosque de cedros deshabitado de los que crecían cerca. No era necesario destruir una gran ciudad con sus mujeres y niños dentro. Y cualquiera que fuera la justificación para la explosión de Hiroshima, es todavía más difícil defender la segunda bomba de Nagasaki.

 

Aun así, la mayoría de los norteamericanos aceptaron, y continúan aceptando, las justificaciones oficiales de Truman para los bombardeos. Acostumbrados a burdas representaciones propagandísticas norteamericanas de los amarillos  “Japs” como bestias infrahumanas, el norteamericano de a pie en los años 40 dió la bienvenida a cualquier nueva arma que aniquilara el mayor número de estos detestados asiáticos, y que ayudara a vengar el ataque japonés contra Pearl Harbour.

 

Entre los dos bombardeos, la Rusia Soviética se sumó a  Estados Unidos en la guerra contra Japón. Bajo fuerte presión, Stalin rompió su tratado de no agresión de 1941 con Tokio. El mismo día que Nagasaki fue destruida, las tropas soviéticas invadieron Manchuria, arrollando a las fuerzas japonesas que la guarnecían. Aunque la participación soviética hizo poco o nada para cambiar el resultado militar de la guerra, Moscú se benefició enormemente de unirse a los vencedores en el conflicto. Ahora era un país aliado, intocable. La bomba, por ahora, no caería en Moscú.

La fabricación de la bomba atómica tras la firma de Roosevelt de autorizar el gasto billonaro del Proyecto  Manhattan concertó por primera vez los intereses del ejército norteamericano y la industria armamentística, generando lo que se ha llamado el “complejo militar-industrial“, hoy tan vigente. Esta alianza ha ejercido una significativa influencia en el pasado,   fomentó el auge del belicismo, y alimentó la tensión de la “guerra fría“ y sigue en los nuevos conflictos. El “complejo militar-industrial“  aprovechó bien lo descubrimientos de los científicos dirigidos por Oppenheimer, el genio del Proyecto Manhattan, por lo que la explosión se debió llamar “el Experimento” de Hiroshma. Estados Unidos quería además exhibir su poder bélico ante el mundo como primera potencia  imperial, y se imponía sobre la Unión Soviética en el control del sudeste asiático y del planeta tierra mediante una amenaza descarada a Stalin  por la posesión del arma más destructiva de la historia. Para eso se aprovechó  la Conferencia de Potsdam y el ultimátum.

 

En un nuevo e incisivo libro, “La Decisión de Lanzar la Bomba Atómica”, el historiador Dennis D. Wainstock concluye que los bombardeos fueron no sólo innecesarios, sino que estuvieron basados en una política vengativa y genocida que debió haber dañado más el prestigio norteamericano”.

 En una emisión desde Tokio a los cuatro días del ultimatum, el gobierno japonés anunció su disposición de aceptar las condiciones de las potencias aliadas, incluso la clausula de “rendición incondicional” de la Conferencia de Potsdam, “con la sola condición de que .“dicha declaración no compromete ninguna exigencia que perjudique los derechos de Su Majestad como Gobernante Soberano”.

 Tras el 14 de agosto, fin de las hostilidades,   el 2 de septiembre, los representantes japoneses y norteamericanos firmaron el acta de rendición a bordo del acorazado Missouri en la Bahía de Tokio, en presencia del nuevo Gobernador Militar de Japón General Douglas MacArthur.

“Hiroshima está en todas partes». Hiroshima es el signo de la era atómica que empezó el 6 de agosto de 1945

Es frase de Günther Anders filósofo judío de origen alemán. “Cuando la técnica rebasó las fantasías más osadas del ser humano, demostrandoo que podía destruir a nuestra especie e incluso la totalidad del planeta tierra, se hizo la noche. La bomba atómica posibilita un exterminio limpio, tolerable, sin el trauma de contemplar directamente la sangre derramada. En la era nuclear, el ser humano se convierte en aprendiz de brujo, esquivando su responsabilidad en la conservación de la vida. Puede desatar fuerzas incontrolables, impregnadolas de un delirio fáustico de poder e impunidad. Los genocidios del siglo XX nos han enseñado que el mal brota con toda su fuerza cuando nos inmunizamos ante el dolor ajeno. Lo cierto es que el prójimo deja de excitar nuestra compasión cuando su rostro se hace difuso o invisible“. Tal vez por eso, Günther Stern cambió su verdadero apellido por el de Anders, que en alemán  significa «otro», “de otro modo“ o incluso “disidente“ o “distinto“.

Japon era un país derrotado mucho tiempo antes de que las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki explotaran. Aparte de las cuestiones morales implicadas, está claro que los bombardeos atómicos no fueron militarmente necesarios. Bajo cualquier criterio racional,   Japón ya había sido derrotado militarmente para mediados de diciembre 1944. Casi nada quedaba de la antaño poderosa Armada Imperial y la fuerza aérea de Japón había sido totalmente aniquilada. Hiroshima y Nagasaki estaban todavía intactas y ajenas casi a la guerra. Contra una oposición únicamente simbólica, los aviones de guerra norteamericanos campaban a voluntad sobre un país sin defensa  antiaérea, sin casi auxilios médicos, sin refugios, y hacían llover devastación en las ciudades, con bombas rompedoras, de azufre, incendiarias, gasolina congelada, napalm, reduciéndolas a cenizas, tras devoradores incendios.

Lo que quedaba en las fábricas, talleres y almacenes japoneses abandonados, fue saqueado puntualmente para obtener armas defensivas y otros bienes o en busca de de materias primas o provisiones que ayudaran a salir adelante (los suministros de aceite, pan, carne, y comestibles, no estaban disponibles desde el mes de abril). Para julio, alrededor de un cuarto de todas las casas de Tokio habían quedado totalmente  destruidas, y su sistema de transporte estaba cerca del colapso. La gente caminaba en grupos familiares, desorientada, huyendo de sí misma. La comida era tan escasa que la mayoría de los japoneses subsistían con una dieta de hambre. Y muchos murieron por falta de alimento9s y agua

Los Bombardeos devastadores de las "Suoerfortalezas B-29"sobre 67 ciudades del archipielago meses antes de Hiroshima, convencieron al pueblo  japonés que era imposible resistir y llevaron a la rendición.

La noche del 9 al 10 de marzo de 1945, una oleada de 300 bombarderos americanos sacudió Tokio como un seismo, matando a 100.000 personas. Soltaron cerca de 1.700 toneladas de bombas rompedoras, y asolaron la mayor parte de los  suburbios, superpoblados y sin abrigos donde guarecerse, quemando completamente más de 40 kilómetros cuadrados y destruyendo un cuarto de millón de estructuras. Un millón de residentes quedaron sin hogar y sin tiempo  de enterrar a sus muertos, por las continuas y calculadamente espaciadas oleadas de aviones de caza desde portaviones.

 

El 23 de mayo, once semanas después, llegó el mayor ataque aéreo de la guerra del Pacífico, cuando 520 bombarderos gigantes B-29 “Superfortalezas” aparecieron para descargar 4.500 toneladas de bombas incendiarias esta vez para centrarse en el corazón de la ya devastada capital japonesa. Se generaron vientos huracanados y las  bombas incendiarias barrieron completamente el centro comercial de Tokio y las vías del ferrocarril, y consumieron el distrito de ocio y de moda de Ginza.

Dos días después, el 25 de mayo, un segundo ataque de 502  “Superfortress” tronó a baja altura sobre Tokio, dejando caer 4.000 toneladas de explosivos. En conjunto, estos dos ataques aéreos, los B-29 destruyeron más de 140 kilómetros cuadrados de la capital japonesa.

Incluso antes del ataque a Hiroshima, el General-Jefe de la Fuerza Aérea USA Curtis LeMay alardeó en tono festivo de que sus aviones  estaban “llevándo a los japoneses de vuelta a la Edad de Piedra.”  Y Henry H. (“Hap”) Arnold, Comandante General de las fuerzas armadas del ejército, declaró en sus memorias (1949) : “Siempre nos pareció que, con o sin bomba atómica, los japoneses ya estaban tocando el desastre sin vuelta atrás.” Esto lo confirmó el antiguo primer ministro japonés Fumimaro Konoye, quien dijo: “Fundamentalmente, los bombardeos prolongados de los B-29 fue lo que provocó nuestra determinación final de lograr la paz a cualquer precio.”.

J Los líderes japoneses reconocieron que la derrota era inevitable. El último esfuerzo ordenado en esa dirección fue cuando en abril de 1945 un nuevo gobierno encabezado por Kantaro Suzuki se hizo cargo del gabinete de guerra con la misión del Emperador de terminar de una vez. Cuando Alemania capituló a primeros de mayo, tras el suicidio de Hitler en el bunker de Berlín, los japoneses comprendieron que los aliados  concentrarían ahora la furia de su imponente poder militar exclusivamente contra ellos.

Los oficiales norteamericanos, habían descifrado hacía tiempo los códigos secretos de Japón, y conocían por los nerviosos mensajes interceptados, que los dirigentes y todos los notables del país estaban intentando terminar la guerra en los términos más favorables que les fuera posible. Los detalles de estos esfuerzos los conocían además por las comunicaciones secretas descodificadas entre el Ministro de Exteriores en Tokio y los diplomáticos japoneses en el exterior. Era una carrera con el tiempo.

En su estudio de 1965, “Diplomacia Atómica: Hiroshima y Postdam”, el historiador Gar Alperovitz escribe:

Aunque los tanteos japoneses de paz habían sido enviados a los políticos de Washington tan temprano como en septiembre de 1944 (y hubo acercamientos incluso con el general chino Chiang Kai-shek, en relación con la posibilidad de que mediara en la rendición ya en diciembre de 1944) y el esfuerzo desesperado para terminar la guerra se aceleró en la primavera de 1945. Este esfuerzo acentuó el papel de la Unión Soviética, haciéndolo importante para Japón …

A mediados de junio, seis miembros del Supremo Gabinete de Guerra de Japón le habían asignado secretamente al Ministro de Exteriores Shigenori Togo la tarea de aproximarse a los líderes de la Rusia Soviética “con vistas de terminar la guerra si fuera posible hacia septiembre”.

A fines de abril de 1945 el Joint Intelligence Commitee de Estados Unidos informó de que los líderes japoneses estaban buscando una formula para mejorar algunos términos de la rendición que podría fin a la guerra. Pero Washington no mostraba ninguna prisa. Un memorándum secreto muy importante, que se ignoró por culpa de la censura norteamericana

 

Fue sólo después de la guerra cuando el pueblo norteamericano descubrió esos esfuerzos de Japón para poner fin al conflicto. El reportero del Chicago Tribune, Walter Trohan, fue obligado por la censura de guerra bajo amenza de sanciones de suspensión, a ocultar durante siete meses una de las historias más importantes de esos esfuerzos por la paz de Japón. Se veía que eran secreto oficial. Ahora se sabe que tras ese veto a la verdad estaba Truman.

El artículo de Trohan finalmente apareció el 19 de agosto de 1945, una semana después de Hiroshima, en la portada del Chicago Tribune y del Washington Times-Herald, Trohan revelaba que el 20 de enero de 1945, dos días antes de la reunión de Roosevelt con Stalin y Churchill, el presidente había recibido un memorándum de 40 páginas del General Douglas MacArthur resumiendo cinco propuestas diferentes de rendición a elegir redactadas por  dirigentes japoneses del más alto nivel. (El texto completo del artículo de Trohan se encuentra en el “”The Asia Journal” en el invierno de 1985 a 1986).

Esta memoria mostraba que los japoneses estaban ofreciendo antes del uso de la bomba atómica, términos de rendición virtualmente idénticos a los que finalmente aceptaron los norteamericanos en la ceremonia de rendición formal ocho meses después, el 2 de septiembre, cuando el desastre nuclear, estaba consumado.

 

Específicamente, los términos de estas propuestas de paz incluían:

 

· Rendición completa de todas las fuerzas japonesas con entrega de las armas  en el archipielago, en todas las islas del Pacífico y  países ocupados.

 

· Ocupación de Japón y todas sus posesiones por las tropas aliadas bajo dirección norteamericana.

 

· Renuncia japonesa a todo el territorio conquistado durante la guerra, así como a Manchuria, Corea y Taiwan.

 

· Regulación y control aliado de la industria japonesa para impedir la producción de cualquier tipo de armas u otros instrumentos de guerra.

 

· Liberación de todos los prisioneros de guerra y reclusos.

Entre las voces críticas, depués, estaban las de las Iglesías, políticos, jefes, militares

 

· Entrega a la justicia militar aliada de los clasificados como criminales de guerra.

 

¿Era auténtico este memorándum?.Sí. Fue  filtrado a Trohan por el Almirante William D. Leahy, jefe de personal presidencial. (Basta con leer a Rothbard  A. Goddard, en “Learned Crusader”, 1968.). El historiador Harry Elmer Barnes lo ha contado con detalles en la obra “Hiroshima: Ataque a un Enemigo Vencido”, National Review, mayo de 1958)

La autenticidad del artículo de Trohan nunca ha sido puesta en duda ni por la Casa Blanca ni por el Departamento de Estado, por una muy buena razón: Después de que el General MacArthur volviera de Corea en 1951, el ex presidente Herbert Hoover, le dio a leer el artículo de Trohan al General  y éste confirmó sin reservas su exactitud en cada detalle. La Casa Blanca no podía llamar mentiroso a Trohan. Pero lo que hizo fue aplicarle  La censura absoluta y así los norteamericanos ni se enteraron de una verdad que pudo hacer imposible la bomba.

En abril y mayo de 1945, Japón hizo tres intentos de paz a través de los neutrales Suecia y Portugal

El 7 de abril 1945, el Ministro de Exterior en funciones Mamoru Shigemitsu se reunió con el Embajador sueco Widon Bagge en Tokio, pidiéndole “averiguase los términos de paz que  Estados Unidos y Gran Bretaña querían o tenían in mente enfatizando que en la rendición incondicional lo único inaceptable, era que “el Emperador no fuera incriminado“.  Pero  Bagge transmitió el mensaje a Estados Unidos, pero el Secretario de Estado Stettinius respondió al embajador que “mostrase total desinterés, que lo olvidase y no tomase ninguna iniciativa en el tema de rendición”. Otras señales de paz similares japonesas a través de Portugal, el 7 de mayo, y de nuevo a través de Suecia,   resultaron igualmente infructuosas. Washington no quería ni escuchar a los nipones, ni a sus intermediarios, porque Truman había decidido ya hacer el experimento nuclear, de todas formas.

 El general Groves, jefe militar del Proyecto Manhattan le había advertido que “sólo“ había solo dos artefactos nucleares disponibles ya montados y con él había elegido los blancos.Y temía que Oppenheimer, Fermi, Szilard y  todos los científicos que  lograron la primera bomba hicieran algo desesperado porque estaban todos horrorizados desde el primer ensayo de la bomba en Alamogrande (Nuevo México) y totalmente en contra y desaprobaban su empleo sobre seres humanos.Por supuesto, quien más se oponía, fue quien dio la idea :Einstein, quien tuvo pesadillas con Hiroshima, hasta el día de su muerte. No había participado en el proyecto Masnhattan y era el mejor amigo de Oppenheimer.

 

Tras el fracaso de su acercamiento a los suecos, a primeros de julio, el Príncipe Fumimaro Konoye, que había servido como Primer Ministro en 1940 y 1941, pidió ayuda a la Unión Soviética para terminar las hostilidades. Los japoneses estaban dispuestos a aceptarlo todo, excepto abandonar a su semi-divino Emperador. Heredero de una dinastía de 2600 años de antigüedad, Hirohito estaba considerado por su pueblo como un “dios viviente” que personificaba a la nación. (Hasta la emisión de radio del 15 de agosto anunciando la rendición, los japoneses nunca había escuchado su voz). Los japoneses temían particularmente que  Estados Unidos humillase al Emperador e incluso lo ejecutaran como un criminal de guerra.

 

Al día siguiente, el 13 de julio, el Ministro de Exteriores Shigenori Togo contactó con el Embajador Naotake Sato en Moscú: “Reúnete con Molotov” (Ministro de Exteriores soviético).  “Transmítele el ferviente deseo de Su Majestad de asegurar el fin de la  guerra“

Salvar al emperador de cualquier humillación  por parte de los aliados era una exigenca irrenunciable de los líderes políticos y religiosos de Japón para aceptar"la rendición incondicional"y contra esa precondición chocaron todos los esfuerzos por la paz del pueblo japonés. Fue algo que en Potsdam no aceptaron Chrchill, Stalin y Roosevelt y llvó de hecho al uso del arma más destructora de la historia

Resumiendo los mensajes entre Togo y Sato, la inteligencia naval norteamericana dijo que todos los líderes de Japón, “reacios al término rendición incondicional”, reconocían que la guerra estaba perdida, y habían llegado a un punto sin retorno y ahora “no tenían ninguna objeción a la restauración de la paz en base a la Carta del Atlántico de 1941”. Estos mensajes, dijo el Secretario Asistente de la Marina Lewis Strauss, “en verdad exigían únicamente que la integridad de la Familia Real Japonesa fuera preservada”.

Strauss calificó los mensajes interceptados como “verdadera evidencia del deseo nacional japonés de salir de la guerra”. “Con la interceptación de estos mensajes”, en notas del historiador Alperovitz, “no podría seguir habiendo ninguna duda real de las afirmaciones japonesas y oficiales”. Koichi Kido, Sello Real del Señor de Japón y consejero del Emperador, más tarde afirmó: “Nuestra decisión de buscar alguna forma de salir de la guerra fue tomada desde principios de junio 1945, antes de que ninguna bomba atómica se hubiera  lanzado y de que Rusia hubiera entrado en la guerra. El próximo paso era nuestro”.

A pesar de todo esto, y a sabiendas de que Japón se había rendido aunque faltara su firma en un acta, el 26 de julio los líderes de Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión soviética publicaron la declaración de Potsdam, que incluía este desalentador ultimátum: “Llamamos al gobierno de Japón a que proclame ahora la rendición incondicional de todas las fuerzas armadas japonesas y proporcione una seguridad apropiada y adecuada de buena fe en dicha acción. La alternativa para Japón es la rápida y absoluta destrucción”.

Comentando esta draconiana proclamación de blanco o negro, el historiador británico J.F.C. Fuller escribió: “Ni una palabra se dijo acerca del Emperador, porque habría sido inaceptable para las masas norteamericans atiborradas con propaganda” (“Una Historia Militar del Mundo Occidental, 1987), pero si el gobierno norteamericano no hubiera insistido y hubiera mostrado su voluntad de permitir al Emperador seguir donde estaba- los japoneses  hubieran firmado cualquier acta de rendición porque ya no podían más”.

Las negociaciones para que Rusia intercediera comenzaron a principios mayo de 1945 en ambas Tokio y Moscú. Konoye, el emisario previsto por los soviéticos, declaró después  que mientras aparentemente él estaba allí para negociar, recibió instrucciones directas y secretas del Emperador para asegurar la paz a cualquier precio, sin importar su severidad sobre su persona(…)

Eso es importante: el Emperador estaba dispuesto en último término a  aceptar cualquier maltrato por parte de los vencedores. Es decir a aceptar ser juzgado. Pero no podía decirlo y no lo dijo más que a Konoye( quien lo desaprobó) porque además tenía enemigos dentro del propio palacio imperial y no se lo hubieran permitido, echando mano a un golpe de estado que hubiera prolongado la guerra.. Además hubiera tenido la oposición de todo su pueblo.

 

La triste ironía es que, como en efecto ocurrió, los generales norteamericanos decidieron de todas maneras mantener al Emperador como un símbolo de autoridad y continuidad. Se dieron cuenta, correctamente- gracias al general MacArthur-de que Hirohito era útil para figurar como cabeza con su propia autoridad de ocupación en el Japón de posguerra y fácilmente manejable.

 

Para el presidente Harry Truman, la matanza de decenas de miles de civiles japoneses, simplemente no fue una consideración de peso en su decisión de usar la bomba atómica. Se conocían por sus propias manifestaciones privadas sus tendencias a la xenofobia, que fue uno de los factores en la deciisión que desató el genocidio.

 El entusiasmo oficial fue interrumpido por mil voces críticas, procentes de los militares que no estaban en el complejo militar-induistrial, las Iglesias protestantes y católicas, del pueblo llano.

En mitad del general clamor de entusiasmo, había algunos que tenían serios recelos. “Somos los herederos del manto de Genghis Khan”, escribió el redactor de editorial del New York Times Hanson Baldwin, “y de todos aquellos que en la historia han justificado el uso de la absoluta crueldad en la guerra”. Norman Thomas llamó a Nagasaki “la mayor atrocidad individual de una guerra muy cruel”. Joseph P. Kennedy, padre del presidente, quedó igualmente horrorizado.

Una destacada voz escrita del protestantismo norteamericano, Christian Century, condenó duramente los bombardeos nucleares. Un editorial titulado “La Atrocidad Atómica de América” en la publicación del 29 de agosto de 1945  decía a los lectores:

“Nuestro líderes parecen no haber sopesado las consideraciones morales implicadas. Tan pronto como la bomba estuvo lista fue enviada sin dilación a Fuerza Aérea y lanzada sobre dos ciudades elegidas, como indefensas. Puede decirse justamente que la bomba atómica ha golpeado a la propia cristiandad. Las iglesias de Estados Unidos deben desvincularse a sí mismas de esta atrocidad y a su fe de este acto inhumano e insensato del Gobierno de Truman.

Una destacada voz católica escrita, “Commonweal“, adoptó una visión parecida. Hiroshima y Nagasaki, editorializó la revista, “son nombres que permanecerán siempre como  culpa y vergüenza nacional”.

Por cierto que Hiroshima y Nagasaki eran las dos ciudades de mayor tradición católica en Japón, desde el siglo XVI.    

Urakami Tensado (Nagasaki). Urakami fue el epicentro del bombardeo de Nagasaki y su catedral, destruida totalmente, era una de las iglesias más grandes de Asia. Hace pocos días en el 70º aniversario del bombardeo de la ciudad, la catedral, reconstruida, ha sido el centro de esa conmemoración.

El Padre Pedro Arrupe, vasco, luego Superior de la Compañía de Jesús, se hallaba en Hiroshima, cuando el bombardeo, y tuvo la suerte de no sufrir daño corporal. Lo relata en sus memorias.

Entre las víctimas de la bomba atómica de Nagasaki desaparecieron en un día dos terceras partes de la pequeña pero vivaz comunidad católica japonesa. Una comunidad casi desaparecida dos veces en tres siglos.

El Papa Pío XII, asimismo, condenó los bombardeos, expresó en un punto de vista en línea con la tradicional posición católica romana que “cada acto de guerra dirigido a la destrucción indiscriminada de ciudades enteras o vastas áreas con sus habitantes es un crimen contra Dios y hombre”. El periódico del Vaticano Osservatore Romano fue más allá.  En su publicación del 7 de agosto 1945, al día siguiente al bombardeo comentó: “Esta guerra proporciona una catastrófica conclusión. Increíblemente este arma de destrucción total queda como una tentación para la posteridad que, como sabemos por amarga experiencia, aprende muy poco de la historia”.

Muchos políticos republicanos o demócratas que estaban en posición de conocer los hechos no creyeron, ni en el momento ni después, que los bombardeos atómicos fueron necesarios necesarios para terminar la guerra. Hubiera bastado los bombardeos de Tokio  de los B-29 con artefactos no atómicos, (aunque contrarios a la Convención de Ginebra).

Truman no respetaba esas menudencas. Se sentía con autoridad y poder para experimentar a su antojo

No fue un error político militar unánime porque los militares que aún no estaban enzaezados en el complejo “militar industrial”, eran contrarios al uso de la bombas atómica. Cuando fue informado a mediados de julio de 1945 por el Secretario de Guerra Henry L. Stimson de la decisión de usar la bomba atómica, aplaudiéndola el General Dwight Eisenhower quedó profundamente preocupado.  En sus memorias de 1963, “Los Años de la Casa Blanca: Mandato para el Cambio, 1953 – 1956” dijo: “en base a mi opinión de que Japón ya estaba derrotado y de que el lanzamiento de la bomba era un error generado en la  Casa Blanca, la bomba era completamente innecesaria y, segundo, EE.UU. debería evitar escandalizar a la opinión del mundo por el uso de un arma cuyo empleo ya no era ya medio para salvar vidas norteamericanas.  Mi opinión que Japón estaba, en ese mismo momento, buscando alguna manera de rendirse con una mínima pérdida de respeto“.

Poco después del “V-J Day”, el final de la guerra del Pacífico, el General de Brigada Bonnie Fellers resumió en un memorándum para el General MacArthur, tocndo los, puntos álgos de la rendición y situó el principio de la intención de rendirse en diciembre de 1944.

Igualmente, el Almirante Leahy, Jefe de Personal de los presidentes Roosevelt y Truman, quien se atrevió a pasar al periodista Trohan, un secreto de guerra, como última solución y más tarde comentó:

Mi opinión es que el uso del arma brutal en Hiroshima y Nagasaki no fue de ayuda material en nuestra guerra contra Japón (…) Los japoneses ya estaban derrotados y preparados para rendirse. (…) Creo que siendo los primeros en usarla adoptamos un estándar ético propio de los bárbaros de la Edad Oscura.  Las guerras no se ganan destruyendo mujeres y niños.

De forma parecida se expresaronel Almirante Ernest King, Jefe de Operaciones Marítimas de los Estados Unidos y el General Douglas MacArthur, Gobernador Militar de Japón, el Secretario de la Marina James Forestal y otros.generales y almirantes.  

Leo Szilard, un científico húngaro de nacimiento que jugó un papel importante en el desarrollo de la bomba H y era amigo  de Oppenheimer, luchó en contra de su uso. En un artículo de la revista Newswek, en 1960, Szilard escribió: “Si los alemanes hubieran hecho como Truman en ciudades europeas o de haber podido en América, habríamos definido el lanzamiento de bombas atómicas  como un crimen de guerra y habríamos sentenciado a muerte a los alemanes culpables de este crimen en Nuremberg y los habríamos colgado.

Fue el primero en llamarle a Truman criminal de guerra, quien debía haber sido condenado a la horca, cosa que no debió gustar demasiado a Truman y su clan porque emprendieron una campaña millonario para defender su decisión de lanzar la bomba sobre cobayas humanos.

Los puntos de vista de los históriadores eran diersos, pero coincidían en la brutalindad de los actores y en los térmiinos muy duros hacia el presidente Truman

En un estudio de 1986, el historiador y periodista Edwin P. Hoyt dio en el clavo del “gran mito, perpetuado por gente bienintencionada a lo largo del mundo”, de que “la bomba atómica causó la rendición de Japón”. En “La Guerra de Japón:en El Gran Conflicto del Pacífico” explicó:

“El hecho es que en lo que respecta a los militares japoneses, las dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki fueron la guinda del pastel, y no hicieron tanto daño material (excepto la radiación) como los bombardeos con bombas incendiarias de las 67 ciudades más importantes de Japón que afectaron a una zona más amplia del archipiélago, no sólo a dos ciudades. La campaña de bombardeos con bombas incendiarias de los B-29 había llevó la destrucción de casi  dos millones de hogares hogares, dejando a 15 millones de personas sin hogar, y matando alrededor de millón de personas. El inexorable bombardeo incendiario, y el hecho de que Hirohito se diera cuenta de que si fuera necesario los anglo-norteamericanos destruirían Japón por completo y matarían a cada japonés para conseguir “rendición incondicional” y eso fue lo que le persuadió para tomar la decisión de rendirse. La bomba atómica fue en verdad un arma aterradora, pero no fue la causa de la rendición de Japón, a pesar de que el mito persiste incluso hasta el día de hoy.

En un nuevo e incisivo libro, La Decisión de Lanzar la Bomba Atómica ( 1996), el historiador Dennis D. Wainstock concluye que los bombardeos fueron no sólo innecesarios, sino que estuvieron basados en una política de venganza que de hecho el propio interés nacional de Estados Unidos“.

[…] Hacia abril de 1945, los líderes de Japón se dieron cuenta de que la guerra estaba perdida. Su principal obstáculo para rendirse fue la insistencia de los Estados Unidos en la rendición incondicional. Los japoneses necesitaban saber específicamente si los Estados Unidos permitirían a Hirohito permanecer en el trono. Temían que  Estados Unidos lo destituyera, lo procesara como a un criminal de guerra o incluso lo ejecutara. La amenaza de rendición incondicional  prolongó la guerra en ambos continentes, porque sembró el miedo entre soldados y jefes de los enemigos de EE.UU. Europa y el este de Asia y ayudó a expandir el poder soviético en esas áreas.

El General MacArthur, el más prestigioso jefe miitar en la historia de Estados Unidos, manifestó en numerosas ocasiones antes de su muerte que la bomba atómica fue completamente innecesaria desde un punto de vista militar porque Japón estaba en el punto mismo de colapso y rendición tiempo antes de Hiroshima.

El General Curtis LeMay, que había sido pionero en bombardeo selectivo en Alemania y Japón (y quien más tarde encabezó el Comando Estratégico Aéreo y sirvió como Jefe de Personal de la Fuerza Aérea), lo puso de la forma más sucinta: “La bomba atómica no tuvo nada que ver con el final de la guerra”

 

 

 

 

 


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