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Björn Borg y la hierba

22/05/2011 06:09 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Ya sabéis que me gusta escribir. Pero no tengo grandes ambiciones. ‘ Me sale’ , sin más. Entre otras cosas, es la escapatoria de cada domingo. Así que no soy muy exigente con mis dedos y les dejo que toqueteen las teclas sin excesivo sentido del ridículo. El caso es que un jurado ha decidido que un relato mío sea ganador, en su modalidad de castellano, del IV Premio de Relato Corto ‘ Las redes de la memoria’ en su edición de 2010. Detrás de este premio está Globalkultura, una de las incontables iniciativas de ese fenómeno de la naturaleza llamado Nati de la Puerta, también conocida como Jaio la espía.

El relato se titula Björn Borg y la hierba y recupera unos instantes concretos de mi infancia. Antes de dejaros con él creo que es de justicia citar a Noemí Pastor, Boquitas Pintadas en su blog. ¿Por qué? Yo escribo en bruto. Como decía, ‘ me sale’ . Pero luego hay una mano experta que me ayuda sobremanera a pulir defectos. Y no solo esto, porque en esta ocasión también me proporcionó una formidable ayuda a la hora de estructurar el relato. Gracias, Noe.

Y eso es todo, hoy la escapatoria del domingo es un poco más larga. Son 7368 caracteres. Ya sabré más adelante por Nati si hay sarao de presentación alrededor del premio y también comentaré por aquí cuando el libro con los relatos premiados esté publicado por si alguien lo quiere para decorar una estantería ;-)

Para Felipe, de parte de un señor mayor que él.

Björn Borg y la hierba

En la campa de OcioPunto, juego, set y partido. Lo veía en el UHF, con las orejas rojas y los ojos brillantes por la emoción.

Llegaban los días en que el calor se dejaba notar. La primavera había sido muy extraña. Viento y más viento. Pero ya había quedado atrás. Como la escuela. Terminaba junio, un mes glorioso para escapar de una cárcel sin sentido, así que ya era hora y llegaba julio. Había que segar la campa.

Gregorio nunca supo segar bien; segaba a machetón. Nada que ver con mi abuelo. Dos guadañas, una u otra según la ocasión. Había hierba y hierba, campas y campas. Casi siempre en cuesta y ariscas, no eran fáciles de doblegar. Esfuerzo y sudor, con la piedra de afilar en un cuerno bien elegante ajustado al cinto. Mi recuerdo es siempre el mismo: una labor dura pero con una recompensa inmediata como era el olor de la hierba cortada.

No había que segar a machetón. La guadaña debía entrar fina por abajo y trazar un suave arco de salida hacia arriba. Si no, podías caer en la humillación de que la punta se clavara en la tierra. Cada vez que se clavaba, era como un suspenso. Pero no el suspenso de don Enrique, el que fumaba farias en clase por la tarde. No. Era suspenso de verdad, muy deficiente. Suspenso por la mirada de mi abuelo y suspenso íntimo porque sabía que lo había hecho mal. Autoevaluación lo llamaban en la escuela.

Tardábamos en segar la campa a lo mejor dos o tres días. Tampoco iba a ningún lado meterse un atracón. No apretaba tanto el deber. Había unos tiempos y los respetábamos. Mi abuelo seguía unos ciclos naturales, al ritmo de lo que sus animales, la huerta y las campas necesitaban. No tenía mucho misterio. Era dejarse llevar y no maldecir demasiado aquella suerte. Porque suerte era no haber pasado hambre en el cuarenta y uno. Eso decía mi abuelo.

A veces al segar encontrábamos enánagos. ¡Qué miedo! Pero, claro, como me decían que no hacían nada, me lo tenía que tragar. Jugar a hombre tenía su precio. Y si me dejaban segar ‒poca cosa porque costaba abatir aquellas hierbas tan altas‒ no era cuestión de montar el numerito.

La hierba salía preciosa por la tele. Claro que yo la imaginaba verde porque el aparato sólo me dejaba apreciar un gris apagado. No importaba. El verde era radiante y allí estaba Borg. No tenía ninguna duda de que iba a ganar el torneo. Y más si jugaba la final contra Nastase. En mis partidos contra mí mismo, contra la pared de la cuadra, siempre ganaba Borg. Daba igual que a veces tuviera el juego difícil con puntos de break en su contra. Yo sabía que al final iba a ganar. Y ganaba.

La hierba, una vez segada, necesitaba cuidados especiales. Y suerte, también necesitaba suerte. Lo peor era que lloviera. Entonces mi abuelo se ponía de mal humor. Juraba y maldecía. Aunque eran maldiciones sin mala intención. Se decían y punto. Un rato después volvía la resignación de saber que tienes suerte y que, si llueve, escampará. Nunca recuerdo haber asistido al desastre de que no hiciéramos fardos. Año tras año, julio era el mes de enfardar. Podía haber más o menos hierba, pero se enfardaba. Era fácil saber si había ido bien o mal: arriba en el camarote no quedaba sino contar los fardos. Bien o mal. Aunque la queja también formaba parte del rito; no nos vamos a engañar.

La familia bajaba con los rastrillos. Mi abuelo sólo imponía una prohibición: los niños no podíamos tocar la horquilla. La horquilla era el peligro. Se ponía muy serio, casi diría que amenazante: no toquéis la horquilla, podéis haceros daño. Así que, por supuesto, aquella horquilla de tres finísimas puntas recibía miradas furtivas a cada rato. Mi abuelo la manejaba con destreza y hacía el trabajo de cinco o diez personas a la vez. Los demás, con nuestros rastrillos, éramos actores secundarios. La jerarquía era la jerarquía

Preparar la hierba nos llevaba una semana o más. Eran tiempos de espera. Imposible de llevar bien. Mi impaciencia de los diez años podía más que cualquier cosa. Pero había que esperar. Porque siempre me explicaban que de aquello dependía que hiciéramos buenos fardos. No quedaba sino esperar. Y ver tenis, claro.

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Borg había vuelto a ganar. Esta vez en semifinales a Roscoe Tanner. Sólo quedaba el partido de la final. ¿Contra quién? Lo habéis adivinado. Contra Nastase. Estaba cantado; no había duda. Borg iba a ganar su primer Wimbledon sobre la hierba gris. Sin mayores problemas, con la misma elegancia con la que mi abuelo segaba la hierba. Yo lo sabía desde el principio. Porque contra la pared de la cuadra yo ya le había hecho ganar mil veces. Una raya de lado a lado era la red. Primero sacaba Borg y luego respondía Nastase, casi siempre de revés. Otra vez Borg; de nuevo Nastase. Pero cuando yo quería, Borg colocaba la pelota donde Nastase no llegaba nunca. Nunca. Y si quería humillarlo, le hacía un ace. Qué se había creído.

Entonces no sabíamos qué tiempo iba a hacer al día siguiente. Así que siempre había incertidumbre. Bueno, no exactamente. Porque mi abuelo miraba al monte Serantes y sabía el tiempo que iba a hacer. Más o menos. Pero más más que menos. De verdad.

El día sería caluroso. Siempre era así. Aunque era un calor diferente, más pegajoso que el de costumbre. La hierba seca parecía concentrarlo. El día de enfardar, además de la expectación y la algarabía de mi infantilidad, era un día de calor, de muchísimo calor. Por eso había que buscar unos jaros para refrescar el vino, la gaseosa y el agua.

Enfardar era un trabajo meticuloso; de fuerza, pero también de precisión. Fue el primer trabajo de responsabilidad que tuve en mi vida. Sin llegar a la adolescencia, alguien decidió que también un niño tenía que participar en la faena. Pero no era un juego, era un trabajo. ¿De mayores? Fuera como fuera, lo hacía un niño.

Los hombretones se colgaban de la palanca de la enfardadora. Eso quería decir que eran las últimas prensadas. Una más. Otra. Y una última. La hierba quedaba atrapada entre dos topes. Entonces los hombretones descansaban sentados sobre la palanca para que quedase bajada mientras cosíamos el fardo con alambre.

No se trataba de cualquier cosa. No era un simple añadir hierba seca a la tolva de la máquina. No era un rastrillar menudencias aquí y allá. No, no era nada de eso. Se trataba de coser el fardo, nada más y nada menos. ¡Coser el fardo! Había que meter el alambre por el agujero del extremo, apuntar e introducir con limpieza una enorme aguja metálica de lado a lado del fardo. ¿Por qué lo hacía yo? No lo sé. Nunca lo pregunté. No sé si fue una concesión o si era pura necesidad. Pero yo lo hacía. Una y otra vez. Y tenía que hacerlo bien. Los mayores no bromeaban. Si me equivocaba y metía la aguja torcida, oía palabrotas y maldiciones. Sabía de sobra que tenía que poner todos mis sentidos en aquella operación.

Cada fardo era una satisfacción, una sonrisa. Cada fardo iba quedando atrás. Poco a poco iban saliendo. La puerta que separaba un fardo del siguiente se iba desplazando hasta que llegaba al final. Entonces el fardo ya cosido caía a la campa y allí quedaba hasta que lo subíamos a casa. Pero cada fardo era un éxito. Si habíamos trabajado bien, el fardo simulaba un poliedro perfecto, como estudiábamos en la escuela. Hasta la burra los subía triunfante, de cuatro en cuatro, por un camino que se sabía de memoria

Borg también triunfó en las semifinales. No podía perder. No había la más mínima posibilidad. Puede que no resultara fácil, pero no importaba. El destino sería el previsto. Ya os dije que ganó a Roscoe Tanner, ¿no? El segundo set fue muy emocionante, de verdad.

La fiesta final era subir los fardos con la polea al camarote. El balcón de arriba se vestía de gala. Porque en contadas ocasiones montábamos la polea. La de mayor festejo era, sin duda, la del día en que subíamos los fardos. Porque el invierno era frío y llovía. Y nuestras dos vacas se merecían lo mejor. Aquellos fardos eran el alimento del invierno. Por eso, uno a uno, los subíamos con la polea para guardarlos bien apilados en el camarote.

Arriba y abajo, en ambos lugares hacía falta fuerza. Así que mi corta edad poco podía aportar. Sólo la emoción de saber que subían y bajaban, con aquel gancho que se clavaba en la hierba y en el alambre que yo había cosido, con mi abuelo al otro lado de la enfardadora siempre atento al trabajo bien hecho. Pocas veces se caía un fardo mientras lo subíamos. Porque hacíamos las cosas bien.

En aquella operación siempre quedaban hierbas secas esparcidas por aquí y por allá. Era como confeti bullicioso para festejar que la faena terminaba. Abajo cada vez quedaban menos fardos, Gargantúa se los comía arriba. Entraban por la puerta del balcón y se quedaban a vivir allá hasta que acababa el invierno. Así terminaba todo.

Y también llegó el partido de la final. Para repartir la emoción entre aquellas dos tareas mágicas, Borg ganó por 6-4, 6-2 y 9-7. Todos los fardos estaban ya arriba en el camarote. Qué curiosa aquella felicidad coincidente.


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