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Los barrabravas son mayores de 18, dejaron estudios y han delinquido

31/05/2009 23:49 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

El 45% de las pandillas que operan en Lima y Callao es barra brava. Datos de la PNP y reciente estudio revelan estilo de vida de estos jóvenes

Una banderola no es un pedazo de tela rota y gastada. No para un barrista. Cosida y pintada a mano por los propios hinchas, lleva impregnada, en sudor o sangre, la historia de sus viajes, euforias y enfrentamientos. Es la identidad de la barra, la imagen con la que quiere proyectarse al mundo. “Se reemplazan cada seis años. Hay encargados de custodiarla y limpiarla. Lo mismo se hace con los bombos y otros símbolos”, nos dice uno de los fundadores de la Trinchera Norte.

Aquí y en otros países, como Colombia, no hay mayor satisfacción para una barra que obtener la banderola de uno de sus rivales para exponerla como trofeo. “En los últimos años este distintivo ha pasado a ser de uso casi exclusivo de las barras bravas. El nombre de su equipo favorito va pintado junto al de grupos que denotan crueldad o marginalidad”, dice Gabriel Prado, especialista en temas de seguridad.

Se puede ser hincha, se puede ser barrista, pero si se cruza al bando donde las conductas se rigen por códigos propios y violentos, entonces se es un barrabrava. Conocidas también como torcidas, hooligans, ultras, el término barra brava —según el antropólogo Tito Castro— se acuñó en Argentina a fines de la década del 60 para identificar a sectores de la hinchada que poseían determinadas características de organización, se ubicaban siempre en el mismo lugar, se expresaban con mucha virulencia y cometían actividades delictivas.

DE HINCHAS A DELINCUENTES

“La barra debía demostrar que reinaba sobre las demás, en la tribuna, en las calles. Tenía que ser esa gran hinchada que empujaba al equipo a ganar o presionaba a dirigentes y jugadores que no se dieran íntegros. Nos plegamos a una campaña contra Alberto Masías (entonces presidente de Alianza Lima) y nos pusimos polos con frases para que renunciara”, recuerda un ex integrante del Comando Sur.

En los últimos años lo que sale a la luz de las barras bravas son actos de violencia contra terceros, como los ocurridos el fin de semana pasado en los alrededores del estadio Monumental.

Los reportes de las comisarías de Lima y Callao informan que actualmente hay 12.128 personas que integran 483 agrupaciones juveniles violentas, entre pandillas de barrio, escolares y deportivas. La presencia de estas últimas en hechos delictivos no es ínfima, pues un estudio hecho por el Colegio Médico tomando como base expedientes policiales y entrevistas con los mismos jóvenes revela que las barras bravas representan el 45% del total de pandillas.

De acuerdo con este estudio y con los planes de operación de la VII Dirección Territorial PNP-2008, el barrista promedio tiene entre 16 y 24 años, no concluyó la secundaria y si lo hizo, no intentó continuar estudios. Vive con sus padres, no tiene pareja, consume drogas, ha sido detenido más de una vez, se agencia de dinero realizando actividades pro fondos o robando, se organiza por barrios y valora a un líder que tenga carácter. En su lenguaje, que sepa “parar pleito”, que se “faje” y consiga entradas para los partidos.

“Los padres han perdido autoridad sobre ellos. Se enfrentan porque dicen que quieren satisfacer un vacío, elevar su autoestima, sentir que valen”, refiere un agente de la comisaría de Apolo.

Para el psicoanalista Roberto Lerner, la pertenencia de grupo y la creación de símbolos y códigos al interior de él los hacen sentir especiales. “Les da orden y un objetivo que su vida actual no tiene. Sus peleas son guerras rituales; deberían ser solo entre ellos, pero ahí se esconden delincuentes confesos que ven en las barras la oportunidad de extender sus ansias de poder. Esto los ha degenerado”, explica.

Según información de las propias barras, sus líderes, que hoy son los más prontuariados, reciben decenas de entradas de la propia dirigencia de los clubes y las venden a sus miembros a menor precio, pero también reciben canjes. “Los dirigentes saben que de eso viven”, dice la policía.

El día del partido la PNP revisa a cada barrista, pues hasta debajo de la lengua pueden esconder cuchillas. “Igual nos la arreglamos para meter droga o cerveza. Pero si el partido es en nuestro estadio, allí nomás ya tenemos guardadas las cosas, junto a banderolas y bombos que sí son legales”, nos comentó alguno de ellos.

En su momento, jugadores los apoyaron para financiar entradas o viajes. Pero en general el Comando Sur y la Trinchera Norte siempre fueron críticos respecto de su rendimiento, y hasta han intentado agredirlos tras una goleada. La relación hoy es distante. “Mientras los clubes no asuman este lío como propio y el Estado deje de abordarlo solo desde el punto de vista policial, esto seguirá creciendo”, anota Prado.


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