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Dr. Barnard: su trasplante de corazón popularizó a Sudáfrica y angustió al Apartheid. La artritis de sus dedos le anuló

28/01/2010 12:09 1 Comentarios Lectura: ( palabras)

En 1967 un médico desconocido en un país semidesconocido realizó el primer trasplante de corazón. En el segundo puso un corazón negro en un hombre blanco. ¡Escandalo!! El Apartheid recibió un golpe casi mortal

Christiaan Neethling Barnard nació el 8 de noviembre de 1922 en Beaufort West, Sudáfrica, hijo de Adam Barnard y Elizabeth de Sewart. Su padre era misionero de la Iglesia Reformada de Holanda. Nadie lo ha dicho, pero es importante decirlo: la familia Barnard es boer, es decir Afrikaner. El afrikaner es el hijo de Dios, un hijo de la raza elegida: la raza blanca.

Y aunque en la mayoría de las biografías de Christiaan se dice que asistió a escuelas selectas, antes de acceder a la universidad, lo cierto es que no. Su padre no tenía más recursos que los de su servicio a su parroquia, en una zona no privilegiada, situada al sudoeste del país. Christiaan tenía que caminar seis kilómetros para asistir a la escuela.

Barnard ha repetido muchas veces que él nació junto a los negros y se educó en una escuela con mayoría de niños de color, en la región desértica de Karroos, y concurría a los servicios religiosos que dirigía su padre para la población negra. Muchas veces lo ha recordado: él y su progenitor eran los únicos blancos en una feligresía de color, y aunque en principio regía la segregación, la ignorancia, la pobreza y las necesidades vitales hacían que todos fueran iguales y los Barnard no se sintieron nunca ni discriminados ni discriminadores, dentro de una creencia calvinista blanca. Paradójicamente, la miseria ha sido la mejor fórmula de la integración racial y humana.

Entrando en las páginas de su historia escolar y universitaria, sigamos diciendo que hizo sus estudios en la Universidad de Ciudad del Cabo, donde se graduó como médico en 1948. Estuvo un tiempo en Ceres como médico de familia, pero la escasez de medicinas, de agua potable, alimentos y de todo, le obligó a dejarlo. Se sabe que atendía por igual a gentes de todas las razas, porque allí había blancos, ‘ coloured’ (mestizos), asiáticos y africanos.

En 1953 terminó su doctorado en medicina en la misma universidad, por supuesto para blancos. Afortunadamente para él ese año se promulgó la Bantou Education Act, ley racial que ponía a todos los africanos bajo el control del Ministerio de Asuntos Indígenas, aunque por allí no había sino estudiantes blancos. Y sin quererlo, el ‘ legislador’ afrikaner, igualó en cierto modo a todos. La diversidad, excepto la que mantenían algunos colonos boers, era irrelevante

En 1956 comenzó su aprendizaje como cirujano cardiotorácico en la Universidad de Minnesota, Estados Unidos, con una beca de dos años. Y eso fue muy importante para él. Fue alumno del prestigioso doctor Owen H. Wangeteen, quien le introdujo en la ciencia cardiovascular, mientras el doctor Shumway le familiarizaba con la técnica de trasplantes de corazón en animales y en 1958 recibió el Master de Ciencia de la Cirugía, tras su tesis titulada ‘ Los problemas de la fabricación y pruebas de la válvula prostética’ (para sustituir válvulas que no funcionan).

Y el mismo año el de Doctor en Filosofía, por ‘ La etiología de la atresia congénita intestinal’ (oclusión de un orificio del cuerpo humano), que hoy se pueden encontrar ambas en la biblioteca de esa universidad. Al regresar a su país estaba bien preparado y durante varios años practicó trasplantes con perros.

Al comenzar la década de los 60, Barnard se desempeñó como jefe del departamento de cirugía cardiotorácica en el hospital Groote Schuur, donde su hermano menor (antirracista militante) era jefe del equipo de trasplantes. Al mismo tiempo, ocupaba el cargo de profesor asociado en la Universidad del Cabo, donde realizó labores asistenciales, docentes y de investigación. Allí coordinó los trabajos para lograr una de las unidades de cirugía cardiaca más sobrias y eficaces a nivel internacional, independiente y sin apoyo estatal.

Ya su habilidad como cirujano era proverbial en el hospital y fuera. Su vocación eran los trasplantes y para conocer de cerca lo que se hacía fuera hizo un viaje de estudios por diversos laboratorios del extranjero. El origen de esa vocación irreversible le nació al parecer de la enfermedad cardiaca de uno sus cuatro hermanos, que murió a los cinco años, tras grandes sufrimientos, lo cual le causó una impresión dolorosa imborrable.

Y volvió a su país con un pensamiento casi fijo: lograr un trasplante que permitiera al enfermo ser operado y sobrevivir. Quería demostrar que eso era posible. Para ello formó un equipo que se llamó simplemente ‘ Barnard’ y se puso al frente del mismo, asumiendo él, personalmente, cualquier responsabilidad.

El Dr. Barnard impacta al mundo con un trasplante de corazón

Apoyado en el conocimiento y estudio de todas las técnicas quirúrgicas para trasplantes que hemos detallado, así como en el ejemplo que otros muchos le dieron en la historia, fue el primero en lograrlo, pero no en intentarlo. Barnard adaptó con maestría, la tecnología y farmacología médicas de la época. Christiaan Barnard sorprendió al mundo el 3 de diciembre de 1967, cuando trasplantó un corazón a un paciente de 54 años de edad. La intervención se llevó a cabo en el Hospital Groote Schuur de Ciudad del Cabo, Sudáfrica. La donante, una joven de 25 años, Dense Darvall, había sido atropellada por un coche al cruzar una calle de Ciudad del Cabo, donde trabajaba como oficinista. Sufría politraumatismo y lesiones cerebrales masivas.

Ante la inminencia de la muerte de la donante, que permaneció sin actividad electrocardiográfica por cinco minutos, sin movimientos respiratorios ni reflejos, se procedió a conectarla a un oxigenador portátil. Se inició el bypass (‘ puenteo’ o técnica de derivación cardiaca) y el enfriamiento de la donante hasta que el corazón alcanzó una temperatura de 16ºC. Se retiró el corazón con la técnica de Shumway en aproximadamente dos minutos, etc...

Simultáneamente, el receptor Louis Washkinasky, se encontraba bajo efectos anestésicos en la sala contigua, conectado a la máquina corazón-pulmón. El tiempo entre la interrupción de la perfusión (ventilación/aspersión) en la sala del donante y el reinicio de la misma en la segunda sala fue de cuatro minutos. Las anastomosis (uniones quirúrgicas, suturas) se efectuaron con seda, inicialmente en la aurícula izquierda y después en la derecha, en la arteria pulmonar y en la aorta.

Después de 196 minutos de perfusión, con una temperatura esofágica de 36°C, se realizó una descarga de 35 joules (unidad de trabajo), lo que permitió coordinar las contracciones ventriculares. El bypass (inventado por el genial y malogrado médico argentino René Favaloro) fue interrumpido a las tres horas y 41 minutos, cuando la presión arterial sistémica era 95/70 mm/Hg, la presión venosa de 5 ml. de solución salina y las contracciones cardíacas adecuadas. Después de extraer la cánula, suturar el pericardio y lograr una adecuada hemostasis (cicatrización), se repararon la aorta y el esternón, así como los tejidos anteriores y la incisión inguinal (canal inguinario). Finalmente, Louis Washkinasky, receptor del corazón transplantado, fue conducido a la sala de recuperación, con ventilación mecánica por tubo nasotraqueal y un tubo de drenaje mediastinal de 24 F.

Para evitar el rechazo del órgano se usó una combinación de irradiación local, hidrocortisona, azatioprina, prednisona y actinomicina C, y con el fin de reforzar las condiciones de esterilidad, se llevó a cabo un estricto control microbiológico del paciente, del personal en contacto con él, de las habitaciones y del instrumental. No obstante la meticulosidad en la aplicación de la técnica y las precauciones tomadas, Washkinasky murió 18 días después de la cirugía debido a una neumonía. Como receptor Washkinasky, hombre corpulento, de 53 años, comerciante, con un irreversible problema cardiaco al que se unía una diabetes aguda y una miocardiopatía (enfermedad del músculo cardíaco), estaba consciente de su estado y era un optimista incurable.

La operación la llevó cabo un equipo de 20 cirujanos (19 blancos y uno negro) y el brazo izquierdo de Christiaan fue su hermano menor, que luego había de dedicarse a la política anti-Apartheid, saliendo bastante malparado, siendo el brazo derecho el Dr. Hamilton Naki, encargado de la difícil tarea de retirar el corazón de la donante, Dense Darvall, y preservarlo con cuidado y mimo hasta implantarlo.

Las asistentas aún recuerdan la delicadeza y técnica perfectas con las que Naki limpió el órgano de todo rastro de sangre para implantarlo en el pecho de Washkinasky. Barnard dijo lo siguiente de Hamilton Naki, el humilde autostopista negro, ‘ ...tenía mucha mayor pericia y pulso de los que yo tuve nunca. Era uno de los más entendidos en el campo de los trasplantes de todos los tiempos y habría llegado muy lejos si no fuera por las malditas leyes raciales del Apartheid.

Ya derrotado éste, en 2002, al recibir la Orden de Mapungubwe junto a Nelson Mandela, Naki, el héroe clandestino de la cirugía sin fronteras, dijo:’ ahora puedo alegrarme de que todo se sepa. Se ha encendido una luz. Ya no hay oscuridad’ . Hasta su muerte sobrevivió con una modesta pensión de jardinero.

Respecto a Washkinaski, después de la operación, el Dr. Barnard se expresó así: ‘ imaginen ustedes por un momento un hombre solo, en la orilla de un río sucio en que nadan cocodrilos. De repente llega un león rugiendo que se le acerca amenazador. El hombre no puede defenderse de la fiera sin armas y su fin anunciado es el de ser devorado.

Únicamente le queda lanzarse de inmediato al río y nadar hasta la orilla opuesta, burlando a los cocodrilos, cosa que hace vestido y todo... Ese hombre se llama Washkinaski. Si se salva o no, está por verse, pero por lo menos ha aceptado esa única probabilidad’ . Hubo un célebre periodista que comparó este primer trasplante al primer viaje lunar, para disgusto de los que planearon la Misión Apolo del presidente Kennedy, que había costado tantos millones.

El Dr. Blaiberg, un corazón negro en un pecho blanco, en los días Apartheid.

No habían transcurrido dos semanas después del primer trasplante, cuando Barnard realizó un segundo intento, porque se daban óptimas condiciones, no por batir récords. Su paciente, el doctor Philip Blaiberg, dentista, sobrevivió año y medio con su nuevo corazón. Fue la primera persona que salió con vida y sonriendo de un hospital sudafricano o no, tras someterse a un trasplante cardíaco. El corazón del negro Clive Haupt, latió 563 días y noches en el cuerpo de un blanco, hecho que inquietó al Apartheid, aunque el Premier Botha y su cuadrilla no dijeron nada (para luego tratar de explotar con ‘ objetividad’ , los resultados). Pero la prensa internacional ya estaba mucho antes al tanto de la prohibición de trasplantes interraciales en Sudáfrica y alabaron la audacia de Barnard.

Las cosas sucedieron así: como el dentista Philip Blaiberg se hallaba grave en espera de un trasplante, el Dr. Hoffenberg desde Urgencias, había notificado al Dr. Barnard la defunción del joven negro, Clive Haupt y su corazón le fue implantado al dentista por el equipo de Barnard.

Cuando se dio la noticia, se dio con la típica brevedad como era costumbre en el hospital. Casi un telegrama, especificándose el nombre, la edad, origen, causa del accidente y algunos detalles del equipo, horas que duró la operación, etc... sin mayores comentarios, exceptuando él éxito mismo del trasplante. La prensa local y luego las agencias de noticias de la AP, a Reuter, pasando por ANSA, etc... destacaron en grandes titulares en especial un hecho: ¡EL CORAZÓN DE UN NEGRO LATIENDO EN EL PECHO DE UN BLANCO! Y ya el tema del color desbordó a la hazaña médica en sí, según veremos.

La mano derecha de Barnard: el cirujano negro Hamilton Naki

No vamos a revelar ningún secreto, por lo menos para muchos, pero es algo que como todo lo que hemos señalado antes conviene decirlo: a su lado Barnard siempre tuvo al cirujano negro Hamilton Naki, sudafricano (batusan de Transkei), que jamás figuraba en fotografías porque de otra forma pronto podían aparecer los policías blancos del Special Branch para arrasarlo todo.

Y Naki aprendió a desaparecer y no figurar jamás entre los miembros del equipo Barnard. Sin embargo su historia es una de las aventuras más extraordinarias del siglo XX.

Empezó como jardinero en la Universidad del Cabo, luego pasó a limpiar las jaulas del Departamento Médico y poco más adelante trabajó como anestesista de animales (en su mayoría perros y cerdos), presenciando cientos de operaciones. Y no sólo mirando, sino viendo y esa fue su universidad.

Naki usaba bata blanca y mascarilla como los demás, ganaba el sueldo de un técnico de laboratorio, el máximo que podía ganar sin alertar a los inspectores afrikaners, de cuya esporádica presencia en el hospital se escondió durante años. Había tenido que dejar la escuela a los 14 años y vivía en la cabaña de un ghetto negro. Jamás estudió medicina y cirugía... pero daba clases incluso a estudiantes blancos y por fin se transformó en auténtico cirujano, al que consultaban dudas muchos colegas blancos del hospital y algunos que habían sido alumnos suyos. El problema estaba en las leyes excluyentes de los racistas del Apartheid.

Según ellas, por supuesto, a los de color les estaba vedado operar pacientes, tocar órganos o sangre de blancos, tratar con las enfermeras, etc. bajo severas penas, que incluían a quienes se lo permitieran. Se hizo, por méritos propios, el segundo hombre más importante del equipo Barnard y estaba siempre a su lado, menos cuando aparecía un reportero.

Claro está que todo esto no se publicaba en la prensa, ni en los boletines del hospital, etc. Hamilton Naki sabía estar y no estar a la vez. En una ocasión un reportero, le tomó por descuido suyo una fotografía junto a Barnard y algún otro del equipo. Y una doctora blanca que estaba en el secreto, se dio cuenta y fue donde el reportero y le dijo: ‘ ...oye, ese negro que aparece el segundo a la derecha, es un empleado del servicio de limpieza que se coló en el grupo para aparecer en la foto’ . Y se salvó la delicada situación, colocando al intruso en su lugar.

Su labor fue decisiva en el primer trasplante de Barnard. Sin ella éste no hubiera sido posible, según lo hemos comentado...

Lo que hizo el régimen de Pretoria, después del trasplante del dentista Blaiberg -como venganza muy sutil y astuta- fue prohibir al Dr. Raymond Hoffenberg, médico australiano que había facilitado el corazón negro de Clive Haupt, el ejercicio de la docencia médica en hospitales sudafricanos bajo el ‘ Acta de Supresión del Comunismo’ . El Dr. Hoffenberg tuvo que dejar el departamento de Urgencias del hospital que estaba bajo su cuidado y tomar el primer avión hacia Australia. En las medidas tomadas por el gobierno afrikaner de Pretoria no se mencionaba ni Barnard, ni el donante negro.

Pero no fue casualidad que, como consultor del caso reciente del trasplante del corazón de Clive Haupt al dentista Blaiberg, el Dr. Hoffenberg fuera interrogado sobre qué seguridades tenía de que el joven donante negro, estaba del todo muerto y que su corazón podía utilizarse para el trasplante al receptor Dr. Blaiberg. Tal pregunta se la hicieron científicos afrikáner.

En definitiva, lo principal es que el equipo de Barnard cumplió todas las normas éticas no escritas y que el trasplantado duró dieciocho meses con el nuevo corazón. El Dr. Hoffenberg manifestó que de haber fallado la operación, con demora o sin ella, se hubieran tardado años en intentar algo así otra vez.

La cirugía norteamericana y la europea celosas del Tercer Mundo

En ese momento, la técnica quirúrgica del trasplante cardíaco era muy polémica y la muerte de Blaiberg alentó las dudas sobre su eficacia. El cirujano norteamericano Denton Cooley, el especialista que más trasplantes había realizado hasta ese momento dijo: ‘ mientras el Dr. Blaiberg estuvo con vida, todavía cabía una esperanza. Pero ahora debemos detenernos a reflexionar si debemos continuar por ese camino o no’ y el Dr. Barnard fue cuestionado.

Pero todavía fue peor el comentario del Dr. Adrian Kantrowitz, que había fracasado en dos tentativas de trasplante, quien se preguntó en voz alta: ‘ ¿Es lógico que un cirujano que se esfuerza en salvar una vida se convierta en una vedette de televisión y haga conjeturas sensacionalistas?’ . Y aún en junio de 1971, el doctor Escoffer-Lambiotte, que escribía en ‘ Le Monde’ , criticó a Barnard, sin nombrarlo, por experimentar con seres humanos ‘ despreciando numerosas enseñanzas experimentales’ . Se refirió asimismo a la vida sentimental del Dr. Barnard, acusándolo de poco convencional, superficial y frívolo, que se había convertido en un personaje de fama internacional a la que contribuyó su imagen atractiva y desenfadada, no muy en consonancia con la de un científico.

Las envidias surgieron especialmente en importantes hospitales de los Estados Unidos y de Europa, a pesar de lo meticuloso que Barnad se había mostrado en las donaciones de órganos.

Cierta prensa amarilla de Nueva York llegó a decir que Barnard, para encontrar un corazón ‘ sano’ y lograr un fácil trasplante, ’ mataba’ a los eventuales donantes... cuando no estaba siquiera a su cargo la misión de certificar la muerte del donante enfermo grave para quitarle el corazón. Eso dependía de Urgencias, Cuidados Intensivos o cualquier otro departamento que tuviera a su cuidado enfermos con problemas graves. Incluso hubo caricaturas y chistes en periódicos de la cadena Hearst. Tampoco se le concedió a Christiaan Barnard el premio Nóbel que esperaban sus allegados. Ni ese año ni el siguiente, ni nunca.

Muchos hospitales europeos y americanos declararon que tenían equipos y medios muy superiores a los que podía tener Sudáfrica, lo cual era cierto y aumentaba, sin quererlo los méritos de Barnard. Y los británicos, con Mrs. Thatcher al frente, fanática del Apartheid, se mostraron especialmente críticos. Es decir, se ensañaron. Dijeron que a los cirujanos ingleses les frenaban sólo consideraciones éticas y legales y sin pretenderlo pusieron al gobierno de Pretoria en aprietos, achacándole su política de ‘ dejar hacer’ , ignorando que Barnard era completamente independiente de Pretoria (y aparentemente ajeno a cualquier política). El Apartheid era ajeno a todas las fases de la misión del Dr. Barnard.

El premier Botha era muy vivo y aunque enemigo personal de Barnard, se sirvió de su equipo gracias al South African Medical Journal que controlaba. Y en el número del 30 Diciembre 1967, con editoriales, artículos y fotos de las operaciones efectuadas en un hospital de Sudáfrica (sin mencionar cuál), el gobierno de Pretoria declaró que permitía a todo tipo de gentes tratamiento y hasta trasplantes. Botha, defensor fanático del sistema del Apartheid: fue primero ministro de la defensa en 1966 y cuando el primer ministro B. J. Vorster dimitió, en 1978, Botha se convirtió en primer ministro. En l984 fue elegido presidente de Sudáfrica. En l989, dimitió por enfermedad

Entonces el nuevo presidente, por presión interna e internacional, se vio obligado a desmantelar el Apartheid y entabló negociaciones con el Partido del Congreso y ya el país, ese mismo año, conoció el rostro de Nelson Mandela.

La historia del corazón negro en el pecho del blanco causó un tremendo efecto psicológico en Sudáfrica, el mayor en decenas de años antes y recorrió el mundo como mensaje antirracista per se. Lamentablemente la policía del peor Apartheid aparecía cada vez más en los ghettos negros, lo cual fue el mejor síntoma de miedo al cambio que se avecinaba con sangre y lágrimas.

No obstante todas las diatribas, celos e insultos, la medicina había ganado, aunque también hay que decir que el ‘ boom’ de los trasplantes fue malo: en 1968 se llevaron a cabo 107 trasplantes realizados por 64 equipos en 24 países, demasiados, hasta que las cosas volvieron a su cauce pronto. Era indudable que, con todas las garantías médicas y morales el hecho del trasplante era un tremendo avance para la humanidad aunque había retardatarios que no lo consideraban así. Por ejemplo, el veterano comentarista inglés y ex-diputado católico Malcolm Muggeridge seguía considerando los trasplantes como ‘ operaciones encubiertas que traspasan los límites de las calidades espirituales de la vida humana’ y calificándolos como ‘ la degradación final de nuestra vida cristiana’ . La discusión se pasaba a terrenos político-religiosos interesados.

En 1979, a pesar de la insistencia de colegas de alto rango, Barnard se negó en redondo a participar en un equipo internacional que pretendía realizar un trasplante de cabeza humana, por considerarlo impracticable y ‘ a todas luces y con toda seguridad inmoral’ . Era la imitación de uno parecido (con perros) que se había logrado en Moscú. Esa negativa pública rotunda de Barnard le hizo recuperar en parte el honor y la fama

negativa que había ganado en sus trasplantes. Su negativa rotunda mostraba que era incierto que Barnard era capaz de intentar cualquier aventura quirúrgica por subir al podium de la fama.

Y aunque damos el número de trasplantes que barajan todas sus biografías, lo hacemos con reservas. Nuestro cálculo es que éstos no superaron los 70 en número, muchos de ellos realizados gratuitamente. Se hizo muy amigo de Emmanuel Vitria, operado en Francia en 1968 y le visitaba en París. Con corazón ajeno Vitria vivió 18 años, y le contestaba a todas sus preguntas, algunas angustiosas. Murió en 1987, pocos días antes de que Christiaan llamara a su puerta...

Barnard saludó con esperanza la aparición de la ciclosporina en 1972, con sus propiedades inmunodepresoras únicas, elaborada de un extracto de hongo encontrado en Noruega, que no llegó para sus trasplantes y empezó a usarse sólo en 1983.’ ¡Qué 13 años perdidos!’ ... se lamentaba Barnard y siguió día a día los avatares del corazón artificial neumático del Dr. Robert Jarvik, implantado por primera vez en 1982, año fatal, porque de hecho sus manos no podrían manejar el bisturí más. El ‘ Jarvik’ no le entusiasmaba.

El Marqués de Villaverde llama a Madrid (1975) al Dr. Barnard para salvar al general Franco.

En octubre de 1975 (cuando Barnard estaba todavía en el cenit y en forma) le ocurrió algo increíble. Su colega español el Dr. Martínez Bordiú, Marqués de Villaverde, quien se había interesado en los trasplantes e incluso lo practicó por lo menos el primero (¡el primer trasplante de corazón que se practicaba en España, por el Eminente Dr. Martínez Bordiú, yerno del general Franco!). Menudo golpe de efecto. Lamentablemente se dijo poco o nada. El paciente Juan Alfonso Rodríguez Grillé duró escasas horas.

Pero el Marqués estaba tan enganchado por el tema que escribió, por medio de un amigo común, al Dr. Barnard a Sudáfrica, rogándole que viajara a Madrid.

La segunda esposa de Christiaan, la bellísima multimillonaria de 19 años, de origen austriaco, Barbra Zoellner, (él acababa de cumplir los 59) insistió tanto para que su marido fuera a España... porque él necesitaba unas vacaciones, un cambio, lucía cansado, etc... que Christian accedió de mala gana. Así que juntos hicieron el viaje.

Ese ‘ amigo común’ , al parecer no franquista, auque ‘ amigo de los amigos’ del régimen español, contó lo básico de ese absurdo viaje en el que el Dr. Martínez Bordiú no habló al Dr. Barnard una palabra de trasplantes.

Eduardo Barreiros organizó una cacería en honor del Dr. Barnard y su joven esposa, en su lujoso coto de Ciudad Real. A la misma asistieron los personajes típicos del régimen, los marqueses de Villaverde, Manuel Arburua, Alfonso Fierro y la banda. Al final Barreiros regaló a la señora de Barnard un abrigo de visón.

Sólo Bordiú debió saber el motivo de aquella tragicomedia, pues el Generalísimo estaba ya en las últimas. Quizás el marqués pensó en un trasplante como último remedio o tal vez quería decir al pueblo español que se había hecho todo lo humanamente posible por salvar al Caudillo y hasta había convocado a Barnard para hacer un último intento. A pesar de que Franco pasó esa madrugada del 23 de octubre 1975... por una insuficiencia cardiaca crítica, nadie pidió a Barnard que le visitara. Tampoco él mostró interés. Misterio.

‘ Y el mago del corazón -terminaba el que organizó toda aquella farsa- se fue por donde había venido, después de asistir como invitado de piedra a una cacería, la última del franquismo...’

La historia de los trasplantes es larga, históricamente el hombre primitivo lo hacía a su manera. La hazaña de Christiaan Barnard rompió los moldes de la medicina moderna

Barnard ‘ playboy’ , según su definición: sus idilios con Gina Lollobrigida y Sofía Loren

El Dr. Barnard siempre mantuvo la imagen arquetípica de un eminente cirujano que ama la vida. Joven y apuesto, en los días más felices de los años 60 y 70 pasaba parecida cantidad de tiempo en clubes nocturnos o en quirófanos, pero rechazaba el calificativo de ‘ playboy, ’ si eso significa que ‘ soy alguien que malgasta una fortuna sin trabajar, ni producir y sin problemas’ . Interpretación errónea de ‘ playboy’ que puede ser también alguien forrado de dinero.’ Yo soy alguien que quizás haya obtenido mejores resultados que otros en el trabajo, sin renunciar a mi estilo de vida, que llevo a pesar de todas las preocupaciones que me asaltan’ .

En su primera jira por Europa fue recibido con honores en todo lugar que visitó. Incluso fue recibido por el Papa en Roma. Sofía Loren y Gina Lollobrigida, sobre todo. Ellas fueron según la prensa del corazón, no sólo dos bellas mujeres a las que saludó sino que mantuvo relaciones íntimas.

Claro que esa prensa dejaba de lado el hecho de que de ser verdad lo que decía alguno de los centenares de paparazzi que les acechaba por cuenta de los periódicos, las agencias... y las actrices mismas y sus agentes (mayormente interesados en publicidad escandalosa y en sacar pecho), hubieran publicado alguna instantánea siquiera borrosa de las divas en brazos del ‘ monstruo’ de los transplantes. Una foto de Gina y el Dr. Barnard besándose hubiera alcanzado un precio en oro y todo lo que aparecía en revistas del corazón hubiera sido válido.

La privacidad era del grosor de un papel de fumar y por eso el criterio sobre las aventuras de Barnard como conquistador y rompecorazones en Europa tuvo el tinte de lo artificial, de lo prefabricado, desde cualquier ángulo que se lo mire. No era genuino y por tanto tampoco tema predilecto en ‘ Momento’ (Caracas). Y todo ese capítulo lo dejábamos los que allí trabajábamos para la prensa no amarilla y hoy después de tantos años no son tampoco noticia especial para nuestra web, si lo comparamos con lo que el personaje central fue durante toda su vida. Lo sentimos por la Lollobrigida y la Loren. A no ser que el ADN mostrara a Christiaan Barnard como padre de un bebé de Sofía Loren. Eso sí hubiera sido noticia.

Cuando publicó su libro ‘ La Máquina del Cuerpo Humano’ Barnard comprendió que la vida de cirujano había terminado para él sin remedio porque la artritis no daba tregua a sus dedos. Entonces decidió marcharse de Sudáfrica y dijo que se iba ‘ para siempre’ . El hecho fue calificado como desgracia nacional por un periodista simpatizante y entonces Barnard contestó que cualquiera de su equipo poseía la técnica, los conocimientos científicos y la experiencia, para proseguir su labor: ‘ Cambiar las válvulas, practicar junturas coronarias y luchar contra el rechazo está al alcance de todos’ . Y urgió para conseguir donantes, una labor que todos podían hacer. Donantes.

Además ya se había comprobado en laboratorio los efectos contra el rechazo de la ‘ Ciclosporina’ y el fármaco sería una ayuda importante en breve, así que se iba tranquilo, aunque triste

Los factores no médicos que Christiaan Barnard jamás pudo captar

En 1978, nosotros en la revista ‘ Momento’ de Caracas seguíamos de cerca la trayectoria de Barnard. De hecho nuestro subdirector el Dr. Carlos Rangel Guevara había hecho de intérprete simultáneo de Barnard cuando éste ofreció una amplia charla en inglés, por televisión, sobre la técnica, futuro y esperanzas de los trasplantes durante su visita a Venezuela. Ya Plinio Apuleyo Mendoza, Gabo García Márquez y otros menos conocidos no estaban con nosotros y yo era redactor-jefe.

Es decir estábamos inmersos en los trasplantes y seguíamos a Christiaan Barnard desde muy cerca. De hecho lo sintonizábamos a través de los despachos de prensa y radio de nuestros corresponsales y todo lo positivo, lo publicábamos. En cierto modo, le conocíamos a él y a su historia a fondo.

Y es algo que no se sabe, pero cuando de Sudáfrica viajó a París, empezaron sus problemas. Ya durante la primera semana de su estancia se puso furioso por un documental de la TV francesa sobre Sudáfrica (no específicamente sobre el gobierno de Botha), que pintaba aquel país como un país subdesarrollado igual o peor que cualquier otro del Tercer Mundo, etc... y muy pobre, sin ninguna esperanza, ni tan con un cambio de gobierno tenía remedio. No calibraba lo que era el Apartheid, ni le interesaba.

Barnard pidió a la TV francesa que se le permitiera contestar dando una versión cinematográfica objetiva sobre su país, porque Botha y la banda de ‘ afrikaners’ eran una cosa y Sudáfrica como pueblo esclavizado por el sistema y el país eran otra. Y que las posibilidades de salir de aquel agujero descrito por la TV francesa eran escasas sin un cambio radical de sistema.

Y Barnard quiso exponer algunos logros conseguidos en Sudáfrica: hospitales, universidades, agricultura, sin especificar cómo y por quién se habían logrado y tampoco a pesar de quien (el Apartheid) se habían hecho. Por lo visto no le dejaron hacer una revisión o referencia a los ghettos negros, la catastrófica situación sanitaria del país, la discriminación...

Barnard tuvo la mala suerte que durante el rodaje, se produjo en Sudáfrica, la muerte trágica del líder negro Steve Biko y Barnard voló a Ciudad del Cabo tratando de incluir todo eso. Y pidió a la ‘ Black People Convention’ que le permitiera filmar las condiciones de Soweto bajo los opresores blancos y los líderes se negaron. Decididamente un cirujano, metido a cineasta, no tiene futuro. Ese hecho le hizo olvidar otros promisores proyectos en el estudio de la atresia congénita y sobre nuevas técnicas médicas en el campo de la cirugía sobre injertos de cepas de células sanguíneas, extraídas de la sangre del cordón umbilical de un recién nacido que preparaba la profesora Eliane Gluckman en el Hospital Saint-Louis de París y otros proyectos que tenía en cartera.

Su visita a Inglaterra fue para él más positiva y memorable. Quizás quería olvidar su infeliz episodio de cineasta. En Londres estableció contacto con los ‘ anglos’ sudafricanos anti-Apartheid ahora en el exilio (descendientes de ingleses) y sus líderes fueran blancos o negros, que habían huido por ayudar a los negros con dinero, o por cobijarlos, curarlos, etc... O por dirigir la resistencia activa o pasiva. Muchos de ellos eran ya miembros del ANC (Partido del Congreso), ilegal en Sudáfrica. Y Barnard ‘ boer’ por nacimiento (abuelos holandeses) reconocía públicamente que el ANC y la integración racial eran la única salida hacia la libertad de patria y de razas en Sudáfrica. Sabía que sus declaraciones en conferencias y simposium disgustaban a Mrs. Thatcher y al Premier Botha. Siempre le rondaba la policía británica, pero le constaba que su fama médica le hacía invulnerable.

La complicada historia de los inventos médicos, antes de Barnard

El origen remoto de los trasplantes se remonta al Neolítico y es la arqueología la que nos muestra amputaciones de piernas ya realizadas 5.000 años antes de Cristo. Pero un neandertal, cuyos restos fueron hallados en las montañas de Zagros, (actual Irak), hace 45.000 años mostraba una amputación de brazo y se veía claro que no fue un accidente. Siguieron las trepanaciones con hombres que sobrevivían a esa terrorífica operación. Gracias a la autopsia (siglo III a. de J. C.) comenzó a conocerse el cuerpo humano, las religiones antiguas prohibían las mutilaciones. Las operaciones quirúrgicas de los siglos XIII y XIV requerían la autorización del Papa. Pero el cirujano Montino de Liuzzi en su libro ‘ Anatomía’ publicó con detalle las disecciones que había hecho. Y pronto la Facultad de Paris las realizaba corrientemente desde principios del siglo XV, pero los resultados se dieron a conocer en 1478 y no todos.

La asepsia (para la preservación de gérmenes infecciosos) que data de l844, que inventó el médico húngaro P. I. Semmelweiss, cambió el panorama de la cirugía dentro de la ciencia médica, entregada en parte a los barberos. La asepsia primera era por ebullición que pronto fue cambiada por el autoclave por Terrillon y Terrier en l883 y el norteamericano Halsted fue quien comenzó a emplear los guantes de goma (caucho vulcanizado). El cirujano inglés Joseph Lister se preocupó de los servicios antisépticos, primero vaporizándolo todo con ácido fénico para desinfectar después los instrumentos y el sector de la piel del paciente donde cortar. Esos trabajos fueron publicados por la gran revista inglesa ‘ The Lancet’ , que ya existía, y se generalizaron como la espuma.

A ellos siguieron las vendas, la banda elástica, los apósitos solubles, el hilo de sutura metálico hacia l820, el catgut (cuerda de tripa), cuidado de las fracturas (escayolas), la operación de apendicitis (en su sistema antiguo sin dormir al paciente) y moderno gracias a George Thomas Morton (1887) pionero de la anestesia. La neurocirugía moderna nació en los Estados Unidos hacia 1918.

Es curioso que Alexis Carrel no aparezca apenas en los libros de divulgación médica, incluso franceses, de esa historia pionera y heroica de la medicina... Puede ser porque al final de su vida, se decantó estúpidamente al comienzo de la II guerra mundial, por el régimen de Vichy, al que apoyaba políticamente e incluso en muchas teorías como la eugenesia, haciendo el juego al ocupante alemán.

Sus aportes a la medicina en cirugía experimental, desde l893, en el trasplante de venas y órganos, rejuvenecimiento artificial de tejidos cultivados y técnicas operatorias revolucionarias aún para la época de los trasplantes, le hicieron famoso aunque le atrajeron inevitables envidias. Y por fin se fue al Canadá.

Sus estudios los hizo después principalmente en Chicago, donde sus conferencias le catapultaron al la fama internacional. Era un revolucionario en medicina, aunque como hemos dicho se volvió reaccionario Y en muchos medios no le aceptaban.

Nadie se acordaba, que de joven, Premio Nobel 1912, movilizado en la guerra europea (1914-1918) y nombrado Mayor del ejército francés pidió ir al frente para estudiar heridas graves infectadas. Controló lo peor en los heridos gangrenados a los que pudo acceder. Pronto se empezó a no considerar las heridas infectadas en las sucias trincheras como la antesala de la muerte anunciada... La gangrena era evitable. Y con el armisticio, se fue a los Estados Unidos, y siguió realizando operaciones experimentales que incluían transplantes heterotópicos (atípicos) de corazón y nuevas investigaciones y descubrimientos que terminaron por identificarle como el padre de la cirugía vascular y del trasplante.

En cuanto a sus ideas retardatarias, muchos las atribuyen a la influencia de Charles Lindbergh, el primer aviador que cruzó el Atlántico, luego verdadero cruzado de la ultraderecha racista americana con quien colaboró Carrel en un sistema de respiración estéril, hacia 1935. Ya por entonces se publicaron sus reflexiones en la obra ‘ Man the Unknown’ , traducido como ‘ La incógnita del hombre’ , obra muy leída y discutida.

El Dr. Rudolph Matas, catalán, padre de la cirugía vascular en USA

Nacido en Bonnet Carre, Louisiana, de padres catalanes, estudió medicina y se graduó como médico en l880. En 1895 era ya profesor de la Universidad de Tulane. Y estableció la ‘ Prueba Matas’ para establecer la presencia de circulación colateral antes de la ligadura de la arteria carótida constituyéndose en el precursor de la cirugía vascular, siendo llamado el ‘ Antyllus moderno’ por Sir William Osler.

Sus técnicas, publicadas en 1903, causaron sensación y fue pronto nombrado Presidente de la Asociación Norteamericana de Cirugía. Su biografía y técnicas están en el diccionario americano nacional de biografías.

En 1933, Mann y varios de su equipo publicaron un informe sobre dos innovadoras técnicas que desarrollaron con la finalidad de trasplantar el corazón en forma heterotópica. Hacían interesantes referencias a la aparición de rechazo del órgano trasplantado.

En 1950, Murray y John Merill lograron el primer trasplante de riñón. El trasplantado Richard Lawler, sobrevivió cinco años a la operación, realizada en Chicago y no debidamente divulgada. En 1953, Ardy logró el primer trasplante de pulmón a un enfermo con cáncer avanzado y en 1954, Murray, Cerril y Harrison efectuaron el primer trasplante renal en gemelos monocigóticos (con placenta compartida).

El resultado exitoso obtenido, dio un gran impulso a la investigación en el campo de los trasplantes y estimuló el desarrollo de nuevas técnicas quirúrgicas. Esto, aunado a la aplicación de recientes tecnologías, como hipotermia y bombas oxigenadoras, fue determinante en el logro de un mayor tiempo de vida en los animales trasplantados. Además, evidenció con claridad el fenómeno del rechazo al transplante.

Con el fin de evitar que este fenómeno se presentara en transplantes renales, se utilizó hasta 1960 la irradiación corporal total, con experticias sacadas incluso de las explosiones de Hiroshima y Nagasaki. Pero más adelante, un importante avance en este campo lo obtuvo Goodwin, quien aplicó con éxito metrotexato y ciclofosfamida como fármacos iniciales y prednisolona para el control de los episodios agudos de rechazo. Casi de inmediato, la innovación fue acogida por un grupo de cirujanos del tórax, que en ese momento experimentaban con perros...

Hacia 1963, los grupos de cirugía experimental existentes realizaron un esfuerzo en el intento por lograr efectuar el primer trasplante de corazón en un ser humano. En enero de 1964, encontraron un receptor potencial de corazón, pero por fin decidieron efectuar el procedimiento con un corazón de chimpancé. Aunque técnicamente la operación fue un éxito y el corazón donante se contrajo en forma estable dentro del receptor, éste murió una hora después del retiro del puente cardiopulmonar. El corazón del chimpancé resultó demasiado pequeño. Y eso ocurría sólo tres años antes de aparecer Barnard.

Tampoco hay que olvidar que, al año siguiente, en 1965, en el hospital Clínico de Barcelona se realizó un trasplante de riñón, el primero que hacía en Cataluña y probablemente en Europa

Barnard, pionero de técnicas, ganó años en la carrera del progreso médico

Barnard fue el pionero de varias técnicas cardiológicas. Entre ellas se cuentan los dobles trasplantes -sumar un corazón sano al del paciente para crear un "doble bombeo"- el diseño de válvulas artificiales y la utilización de corazones de monos para mantener vivas a personas muy enfermas.

La pericia clínica y quirúrgica de Barnard permitió que sus pacientes de cirugías posteriores estuvieran con vida hasta 24 años después de un trasplante. Fueron las suyas entonces como las llamábamos en Caracas al principio ‘ las manos del milagro’ .

Sin embargo y a título de curiosidad, hasta el año 2006, según libros ad hoc consultados, el superviviente más largo de un trasplante de corazón era el inglés Derrick Morris operado en el Hospital Harefield de Londres en febrero de 1980. Donante, una mujer. Sobrevivió más de 20 años. Y el también inglés Richard Smith se sometió a un triple bypass de corazón en 1978 y sobrevivió 26 años y 9 meses a la operación. El avance de la ciencia del trasplante de órganos y de la cirugía del corazón se cifra no en días como Washkinasky, sino en años.

El impacto de la vida y obra de Barnard en la medicina moderna es incuestionable.

Después de sus primeras operaciones, muchos otros cirujanos e investigadores hicieron ingentes esfuerzos para desarrollar técnicas quirúrgicas, nuevos métodos diagnósticos, equipos de soporte extracorpóreo y fármacos inmunosupresores. Estas iniciativas hicieron posible tiempos de sobrevida mayores en las personas sometidas a trasplante de corazón. Así, en la actualidad, ésta alcanza 81% para el primer año postrasplante y en caso de supervivencia después del primer año, la esperanza de vida llega a una media de 13.1 años.

A su paso por Buenos Aires a los 77 años para dar una charla sobre el control del dolor, presentó su aparato ‘ Simulación del Potencial de Acción’ que produce impulsos eléctricos que simulan la reacción que el cuerpo humano puede tener ante el dolor.

Recordó que hacía tres años lo había autoprobado para su artritis reumatoide, y notó que el dolor se le atenuaba, pero no cedía. En sus invenciones, él se constituía en autocobaya humano.

Esa fue, quizás la conferencia en que ha hablado más, al margen de los problemas cardiovasculares. Contestó a preguntas sobre la eutanasia diciendo que ya la había defendido en un libro, para casos extremos como el de su propia madre. Criticó la actitud irracional e hipócrita de la sociedad en que vivimos. ‘ El hombre acepta pasivamente el derecho del que gobierna a matar, masacrar o eliminar a los que no le gustan. Eso debe terminar. También deben terminar derechos estatales que existen en los países que se llaman civilizados como son los presupuestos monstruo para Defensa que superan en mucho a los de Salud y Servicios Sociales’ .

También sugirió alguien la cuestión del tráfico de órganos, un negocio de vida o de muerte. De oferta legal, por medio de compañías legales y medios de comunicación públicos. La oferta y la demanda de un corazón nuevo. Su respuesta para eso siempre ha sido la misma: la donación por la voluntad libremente expresada.’ Pero no abundan los donantes’ -terminó.

La magnitud alcanzada por la aplicación de la cirugía de trasplante de corazón se puede ver reflejada en los datos de la Sociedad Internacional para el Registro de Trasplantes de Corazón y Pulmón, que en su último informe comunicaba que hasta el año 2006 se habían efectuado 76.538 trasplantes de corazón en el mundo, cifra que incluye 3.040 realizados entre julio de 2005 y junio de 2006. Como principal limitación para la ejecución de más operaciones de este tipo siempre citó él la repetida escasez de donantes.

En la actualidad, las principales indicaciones para considerar un transplante de corazón son la cardiomiopatía avanzada (inflamación del músculo cardíaco) y la coronariopatía. Este tipo de intervención constituye el armamento terapéutico final para curar aquellas cardiopatías para las que no existe otra opción terapéutica.

Los matrimonios de Christiaan Barnard

Christiaan Barnard se casó tres veces: con Aletta Jertruids en 1948. Tuvieron tres hijos. Su esposa una enfermera de profundas convicciones religiosas, se divorció de él en 1970. Su hijo mayor, pediatra, murió de una sobredosis en 1984 a los 31 años.

El segundo matrimonio con la bella joven millonaria austriaca de 19 años, Barbra Zoellner, terminó también en divorcio a los 12 años, y tuvieron dos hijos Frederick y Christian, a los que visitaba después siempre que podía. Y fue con la tercera, la modelo alemana, Karen Setzkorn, cuarenta años más joven que él, que el cirujano encontró la estabilidad y la paz familiar, tras una vida tan ajetreada. Tuvieron dos hijos, Armin y Lara, que nació cuando Barnard cumplió los 74 años. Desde que se casaron, no se han vuelto a separar. Viajaban juntos, en deporte él ganaba casi siempre, proyectaban su futuro en familia. Ella declaró una vez:

‘ Christiaan siempre dice que de haberse casado conmigo en 1948, nunca se hubiera divorciado. Pero nunca se sabe lo que pasa por la mente de un personaje así en la cúspide de la fama internacional. Se han publicado muchas mentiras y pocas verdades... bueno... algunas. Pero se ha inventado... Quizás todo hubiera sido diferente, pero la realidad del hoy es magnífica’ .

‘ Aunque muchos no lo crean, la diferencia de más de 40 años nunca ha resultado un problema para nosotros. A mí Chris nunca me pareció viejo. Sus ideas no lo son, sino todo lo contrario. Es un joven de más de 70 años‘ .

Lo último que supimos en ‘ Momento’ es que con dinero prestado, compró, ya de vuelta en Sudáfrica, en 1987 pero aún bajo el ‘ Apartheid’ dos cosas: un apartamento a 30 Kms de Ciudad del Cabo, para establecerse con Karen, y un restaurante que llamó ‘ la Vita’ y cuyos chefs eran, uno italiano y el otro austriaco. En él se permitía la entrada libre a todo el mundo, cualquiera fuera su color o su raza. Un periodista blanco ‘ afrikaner’ le denunció desde la prensa por admitir a negros como clientes y como empleados. Lo cual en los últimos años del ‘ Apartheid’ seguía siendo ilegal. Pero nada pasó ya en vísperas de la salida de Nelson Mandela de la cárcel (1989)...

Christiaan Barnard estaba en la lista de espera: así fue su fin en 2001 no de un ataque cardiaco

Poco antes de su muerte, se le acercó el cardiólogo francés Christian Carbol que en abril de 1968, realizó el primer trasplante de corazón en Europa. Tras el saludo habitual, Barnard le dijo:’ Ahora yo también estoy en lista de espera’ . Y como su amigo mostrara su extrañeza, Barnard añadió: ‘ la espera de la última hora’

Esa hora le llegó el 3 de setiembre de 2001, cuando al borde de la piscina de un hotel tomaba el sol con una revista médica sobre el estómago. De repente, alguien observó que la revista había caído al agua y Barnard, seguía recostado como dormido. Eran la una y cuarto, en la localidad de Paphos, Chipre. En seguida le llevaron al hospital local, pero ingresó cadáver. La prensa local y europea aprovechó la ocasión para lanzar titulares como ‘ el mago de los trasplantes muere del corazón’ o parecidos, atribuyendo su fin a un paro cardiaco

La verdad no es esa. Barnard murió-según el examen post-mortem de un agudo ataque de asma. A Nelson Mandela, al que comunicaron seguida la noticia, casi le brotaban las lágrimas y dijo:’ Hemos perdido y no sólo nosotros, al hombre más extraordinario del mundo’ .

Cuando murió acababa de hacer una gira privada por Alemania y los Estados Unidos para promocionar su último libro ‘ 50 formas de mantener un corazón sano’ . El corazón de Barnard aguantó hasta que le tocó el turno en la lista de espera, por lo visto él mismo había leído bien el libro: su corazón se mantuvo sano hasta el final.


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jose (22/09/2012)

un paro cardiaco