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Barack Obama insertidumbres, dilemas y... Premio Novel

23/10/2009 21:34 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Esto del Premio Nobel de la Paz a Barack Obama es muy simple: sólo admite cinco posiciones

1) Es totalmente merecido, el presidente ha cambiado el clima en las relaciones internacionales.

2) Lo merecerá uno de estos días, pero en este momento es prematuro.

3) Es totalmente inmerecido, un gesto de adulación.

4) El Premio Nobel de la Paz es el instrumento anacrónico de políticos noruegos que votan en elecciones de otros países.

5) El Premio se justifica porque está del lado de la paz en una época de tentación bélica y de persecución de minorías políticas, religiosas y étnicas.

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Llama poderosamente la atención que las críticas más severas lleguen de partidarios naturales de Obama, de medios que apoyan sus proyectos de cambio, de intelectuales y comentaristas moderados y de izquierda.

No contamos, por supuesto, los vómitos y cuescos de los racistas que adornan algunos medios de comunicación estadounidenses.

En la conducción del Partido Republicano, la condena más estentórea y destemplada provino de Michael S. Steele, presidente del Comité Nacional: antes de que Obama aceptara el premio, dio un comunicado diciendo que la decisión del Comité Nobel demostraba “la insignificancia de un premio que alguna vez fue honorable y respetable”.

Steele agregó, en una carta solicitando fondos, que “los demócratas y sus aliados de la izquierda internacional quieren someter a América a la agenda de redistribución y control global. Y los norteamericanos realmente patrióticos, como usted y nuestro Partido Republicano, son los únicos que se interponen en su camino”.

En otras palabras, el Nobel a Obama se debe a una conspiración comunista internacional, que todos los norteamericanos deben repudiar. Los que no lo hagan no son patriotas y posiblemente quemen la bandera en sus ratos libres. Este enfoque se está imponiendo como el leitmotiv de la propaganda republicana, pero en este caso la prudencia más elemental desaconsejaba equiparar un premio al presidente con una traición.

El Comité Nación Demócrata aprovechó para replicar que la opinión del presidente del comité rival era la misma que la del movimiento Talibán.

La precipitación de Steele (que muchos atribuyeron a que, por su condición de negro, quería estar por encima de toda sospecha cuando se trataba de reaccionar ante los actos de un presidente de su raza) no encontró muchos seguidores en el sector responsable de su partido.

Un importante funcionario, no identificado, dijo a Politico (uno de los principales sitios de Internet) que “recibir el Premio Nobel con una lista de logros tan escueta es un bochorno para el presidente y crea suficientes problemas para la Casa Blanca, de modo que los republicanos no necesitamos crear otros nuevos ni mostrar indignación. Sólo cabe un comentario, que es ‘felicitaciones’.”

De los jerarcas del Partido Republicano, varios se abstuvieron de hacer comentarios (Mitt Romney, Sarah Palin, Newt Gingrich) y otros transmitieron sus felicitaciones, con reservas más o menos honorables.

Llama la atención la sutileza de John McCain, el último candidato republicano a la presidencia: “Como norteamericanos, estamos orgullosos cuando nuestro presidente recibe una distinción tan prestigiosa”.

McCain se refería, en código, a una actitud previa de la oposición: alegrarse ante la decisión del movimiento olímpico de no dar a Chicago los juegos de 2016. “Aplaudir cuando una ciudad norteamericana pierde los juegos olímpicos, burlarse de un presidente que gana el Premio Nobel… Esto puede venirle bien a Glenn Beck, pero es perdedor seguro con la vasta mayoría del público”, dijo a Politico el estratega electoral republicano John Weaver.

Glenn Beck es un presentador de TV cuyas expectoraciones son maná para los republicanos menos racionales.

Tras amordazar entre bambalinas a Steele, los republicanos trataron de dar una impresión de ecuanimidad.

Algunos lograron combinar el homenaje al presidente con estocadas dignas de Scaramouche. El senador Orrin Hatch (Utah) dijo que estaba complacido y felicitaba al presidente, aunque agregó, melifluamente: “Debo confesar que estoy sorprendido de que el honor no haya recaído en el ex presidente Bill Clinton, que ha recaudado más de mil millones de dólares para causas humanitarias”.

(Se cree que Clinton busca ese premio desde que dejó la presidencia.)

Y tras revolver los huevos en el nido demócrata, el senador republicano mostró las uñas: “Por supuesto que los conservadores nunca esperamos tal reconocimiento; ni siquiera Ronald Reagan recibió el Premio Nobel de la Paz por poner fin a la Guerra Fría”.

Éste es uno de los nudos del asunto. La mayoría de los comentaristas, de todas las persuasiones, cree que el premio se lo dieron a Obama por no ser George W. Bush, una virtud compartida por mucha gente que tal vez haya hecho más por la paz que el bisoño presidente de Estados Unidos.

Esto se ha hecho costumbre desde 2001, cuando el premio tocó, en forma conjunta, a las Naciones Unidas y su entonces secretario, Kofi Annan.

Desde entonces, han sido premiados, entre otros, el ex presidente Jimmy Carter, Mohamed El Baradei y su Agencia Internacional de Energía Atómica (nótese que tanto esta agencia como la ONU fueron matoneadas en su momento por el gobierno de Bush) y el ex vicepresidente Al Gore y su Panel Intergubernamental de Cambio Climático.

Los otros premiados en el período no han sido precisamente conservadores al estilo “norteamericano”: la iraní Shirin Ebadi, la keniata Wangari Maathai, el bengalí Mohammed Yunes y el finlandés Martti Ahtisaari.

Está claro que el Comité Nobel del Parlamento Noruego, encargado de otorgar el premio, tiene una idea bastante clara del perfil que debe tener un buen candidato: le viene mejor Rigoberta Menchú que Dick Cheney, por ejemplo, aunque a veces le salen Yasser Arafat y Henry Kissinger.

Pero hasta Arafat y Kissinger tenían cosas a su favor (bueno, también muchas en contra), cosas concretas desde el punto de vista del Comité Nobel, mientras que Barack Obama, en opinión de muchos de sus partidarios naturales, todavía no ha logrado nada realmente importante.

William Bradley, en The Huffington Post, enumera algunos de sus méritos: el discurso de El Cairo, de apertura al mundo musulmán; gestiones contra la proliferación nuclear; una actitud positiva para la reducción de las tensiones internacionales; gran influencia en el cambio de la política estadounidense en relación con Irak; algunos progresos en el conflicto entre israelíes y palestinos; un cambio positivo en relación con Irán, tanto en su disposición al diálogo como su firmeza en otros asuntos cruciales; mejoramiento de las relaciones con Moscú, tras complacer a Rusia (y de paso a Israel) trasladando al Mediterráneo el foco del escudo antimisiles para neutralizar un posible ataque iraní.

Y la lista se puede extender a China, Corea del Norte y algún otro asunto.

Pero en todos estos puntos, dice Bradley, los logros son modestos, ya que el presidente todavía no ha cumplido un año de trabajo. El analista destaca que en los casos de los otros dos presidentes norteamericanos en ejercicio que recibieron el Nobel, Teodoro Roosevelt (1906, por sus gestiones para obtener la paz entre Rusia y Japón) y Woodrow Wilson (1919, por la creación de la Liga de Naciones, precursora de las Naciones Unidas), el comité consideró hechos concretos y reconocidos por todos.

Muchos comentaristas que normalmente simpatizan con Obama han registrado opiniones semejantes. Andrew Sullivan, por ejemplo, cree que se merece el premio, pero no en este momento, tal vez el año que viene.

Todo esto desconcierta a los noruegos, que son los dueños de la idea y de su premio.

Varios integrantes del Comité salieron a aclarar las cosas, con declaraciones a un corresponsal de Associated Press. Dijeron que el comité, por unanimidad, había llegado a la conclusión de que Obama hizo más que suficiente.

Thorbjoern Jagland, el presidente del Comité, mencionó concretamente los esfuerzos para acercar los mundos occidental y musulmán, y el desmantelamiento del escudo antimisiles que tanto había irritado a Rusia.

“Éstas y otras cosas han contribuido a lograr, yo no diría un mundo más seguro, pero sí un mundo con menos tensión”, dijo Jagland.

Agregó que Alfred Nobel “escribió que el premio debía otorgarse a la persona que hubiera contribuido en mayor grado al desarrollo de la paz en el año previo. ¿Y quién ha hecho más que Obama en ese sentido?”.

El propio Obama no está convencido, o por lo menos dio la impresión, al aceptar el premio, de no estar totalmente convencido.

Su alocución estuvo redactada con mucho cuidado.

SORPRESA

El presidente dijo que estaba sorprendido y “humbled”, una palabra que muchos han traducido como “honrado”, pero que en realidad sugiere que el receptor se siente más humilde al recibir un honor acaso inmerecido.

Obama agregó que no lo veía como un reconocimiento de sus logros, sino como una afirmación del liderazgo estadounidense en nombre de aspiraciones sostenidas por los pueblos de todas las naciones.

“Honestamente, no me considero merecedor de la compañía de muchos de los personajes transformadores que han sido honrados con este premio.”

Y más adelante encara de lleno la crítica más importante: “A lo largo de la historia, el Premio Nobel de la Paz no sólo ha servido para honrar un logro específico, sino como un medio para dar impulso a una serie de causas. Y es por esto que aceptaré este premio, como una llamada a la acción, una llamada a todas las naciones para enfrentar los desafíos comunes del siglo XXI”.

Varios comentaristas han destacado que Obama dejó en claro que no se trataba de un reconocimiento personal, sino de los ideales que animan a la democracia de su país, ideales que, al menos en opinión del Comité, habían quedado en suspenso durante el gobierno de su predecesor.

Entre los modelos consultados por Obama para preparar su aceptación, seguramente estuvo William Faulkner, premio de Literatura de 1949, cuyo discurso es uno de los más célebres en la historia del Nobel.

“Siento que este premio no fue hecho para mí como hombre, sino para mi obra, el trabajo de una vida en la agonía y el sudor del espíritu humano, no por gloria y menos aun por lucro, sino para crear, del material del espíritu humano, algo que no existía antes. De modo que este premio es sólo mío en depósito.” El discurso de Faulkner es luminoso, y perdonen ustedes la torpe traducción.

Obama tomó de Faulkner la idea del depósito, que el premio tiene otro destinatario, el pueblo. Bien mirada, es una justificación más sólida que la de Winston Churchill, otro receptor de un Nobel controvertido, el de Literatura 1953.

Aquellos fueron los años de Albert Schweitzer (1952) y George C. Marshall (1953) para el Nobel de la Paz.

Schweitzer ya había hecho mucho en Lambarené, mientras que el general Marshall también hizo algo concreto en tiempos de paz: el plan que llevó su nombre, de asistencia a los países de Europa Occidental, había tenido un éxito rotundo, facilitando la recuperación y, por supuesto, asegurando buenos clientes a las exportaciones estadounidenses.

Churchill fue nominado para los dos premios, de la Paz y de Literatura. Es evidente que los escandinavos querían distinguirlo, pero dado que los noruegos ya tenían un buen candidato para el de la Paz, los suecos le dieron el de Literatura por “su maestría en la descripción histórica y biográfica, así como su brillante oratoria en defensa de empinados valores humanos”. La verdadera razón, el agradecimiento por el liderazgo durante la Guerra, resulta evidente en un pasaje de la presentación: “Nunca en la historia de los conflictos humanos, tantos debieron tanto a un solo hombre”, parafraseando una frase famosa del homenajeado.

Churchill respondió que “el juicio de la Academia Sueca es tenido por imparcial y responsable (…) Espero que tengáis razón. Siento que ambos corremos un riesgo considerable y que yo no lo merezco. Pero no tendré ninguna duda si ustedes no la tienen.”

El viejo león sabía que no merecía el premio de Literatura, pero un premio era un premio y no venían mejores que el Nobel.

Queda a juicio de los lectores decidir si Barack Obama merece el Premio Nobel de la Paz más o menos que Winston Churchill el de Literatura.

También a él los escandinavos han querido agradecerle, tironeando un poquitín para acomodar el premio.

Tal vez haya un toque de picardía, en el sentido de que un presidente premiado con el Nobel de la Paz podría sentirse presionado para ser digno del premio en sus futuras decisiones.

¿Podría este Obama esterilizado aprobar un ataque israelí a Irán, por ejemplo, posibilidad que figura en el abanico estratégico actual?

Pero hay algo más urgente. Porque este hombre de paz tiene una guerra entre manos, “su” guerra, la de Afganistán, a la que se comprometió durante la campaña electoral, enlazándola con la seguridad de Pakistán y la necesidad de terminar con Al Qaeda y Bin Laden.

Ahora resulta que para ganar la guerra, tal como quieren ganarla los generales, necesita más tropas, entre 40.000 y 80.000 adicionales, según a quien uno escucha.

Los generales, ya se sabe, tienen una salida elegante cuando se dan cuenta de que están perdiendo una guerra: piden refuerzos, y más refuerzos, hasta que el poder político dice basta y carga con la culpa.

A Obama le resultó relativamente fácil desactivar la guerra de Irak. En la de Afganistán, una decisión semejante requeriría mayor coraje político.

En esta coyuntura llega el anuncio del Premio Nobel de la Paz. Su destinatario debe decidir, en estos días, el futuro de una guerra, otra más.

Obama necesitará mucha labia para salir de este atolladero.


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Ariel (3890 noticias)
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Nota de prensa
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