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Ballenas francas: unas en extinción, otras reproduciéndose

30/06/2009 05:23 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

A lo largo de la costa de América del Norte sólo sobreviven unos cuantos centenares de estos gigantes, pero su población está creciendo en los mares australes

Hace un siglo sólo unos cuantos centenares de ballenas francas sobrevivían en el hemisferio sur. Pero las protecciones internacionales han funcionado, y el futuro de estos cetáceos, afirma Scott Baker, biólogo de la Universidad del Estado de Oregon, ‘ pinta bien’

Foto de Brian Skerry

Se zambullen a una profundidad de 180 metros, rozan sus cabezas a lo largo del lecho marino con los protuberantes parches seudoverrugosos de piel, a veces nadan en una posición invertida, enormes como galeones a medio hundir. Apasionadas y conteniendo la respiración se desplazan por la fría y absoluta oscuridad mientras las grandes mareas se agitan sobre la Tierra. Luego, abren sus cavernosas fauces para que las corrientes arrastren comida directamente hacia ellas. Esa es una de las formas en que las ballenas francas glaciales, también llamadas del Atlántico Norte, se alimentan en la Bahía de Fundy, entre Maine, New Brunswick y Nueva Escocia. O al menos es lo que creen los expertos, tras observar ejemplares que pesan de 40 a 70 toneladas emerger con fango sobre la cabeza. Pero atención, afirman que eso podría deberse a alguna otra actividad, una que todavía no podemos imaginar.

La ciencia llama a estos animales Eubalaena glacialis, ‘ la buena o la verdadera ballena de los hielos’ . El nombre común que les dieron los balleneros esconde una burda ironía: las consideraban ballenas ‘ francas’ por ser las más fáciles de cazar. Estos cetáceos aficionados a las aguas costeras poco profundas, pasaban cerca de los puertos, nadaban lentamente y a menudo permanecían en la superficie. Esas características las hacían presa fácil de los arpones; además, una vez muertas tendían a flotar, gracias a su capa de grasa excepcionalmente gruesa, que los balleneros convertían luego en aceite. Los primeros de los grandes cetáceos que se cazaron comercialmente, las glaciales, alimentaron las lámparas del Viejo Mundo más o menos desde la Alta Edad Media hasta el Renacimiento. Para el siglo XVI los europeos habían acabado con la población del Atlántico Norte oriental y se dirigieron a las costas de América del Norte. Allí los balleneros montaron puestos de operación en la península del Labrador y cazaron de 25? 000 a 40? 000 ballenas de cabeza arqueada junto con una cantidad desconocida de ballenas francas (los registros rara vez distinguen entre esos dos titanes de aspecto tan similar). Para la época en que la gente de Nueva Inglaterra entró al negocio de la matanza de ballenas francas, lo que cazaban eran las sobras. Aún así mataron aproximadamente otros 5? 000 ejemplares; en parte, porque las ballenas se volvieron más valiosas por sus barbas que por el aceite. Estas son en realidad centenares de tiras de un material resistente y flexible, cada una de dos a tres metros de largo y dispuestas con gran precisión como una cortina que cuelga de la quijada superior. Forman un descomunal colador que permite a esos gigantes filtrar los diminutos crustáceos que hay en el agua para alimentarse: 1? 000 millones de minúsculos copépodos proporcionan las 400? 000 calorías mínimas que necesita una ballena adulta (la proporción entre la masa corporal de una ballena con respecto a la de su presa es de 50? 000 millones a uno). Sin embargo, la gente de sociedad pensaba que las barbas servían mejor para corsés, varillas para los vestidos de moda, bastidores para paraguas y látigos.

A principios del siglo XX, la cantidad de ballenas que quedaba de esta especie se contaba por docenas. La caza comercial con arpones no se prohibió sino hasta 1935.

En la actualidad existen aproximadamente de 350 a 400 ballenas francas del Atlántico Norte. Las sobrevivientes emigran a lo largo de la costa este de América del Norte entre las áreas donde abunda la comida en el Golfo de Maine y los sitios donde suelen pasar los meses del invierno hacia el Sur; las hembras preñadas emprenden una travesía de alrededor de 2? 200 kilómetros, hasta las áreas donde tradicionalmente van a parir cerca de las costas de Georgia y Florida. Se desplazan por un tramo del océano demasiado urbanizado.

Un equipo de investigación del acuario de Boston, de Nueva Inglaterra, pasa el verano en Lubec, Maine, donde estudia a las ballenas que se reúnen para alimentarse y socializar en la Bahía de Fundy y en la próxima Cuenca Roseway, cerca de la punta sur de Nueva Escocia. Los científicos, que han integrado un archivo de casi 390? 000 fotografías, pueden reconocer a casi todas las ballenas de la población por el inconfundible patrón de sus callosidades, junto con las cicatrices y otras irregularidades y, cada vez más, con muestras de ADN.

Una de sus favoritas es la 2? 223, vista por vez primera en esas aguas en 1992. Era una cría, y le gustaba tanto retozar alrededor de las embarcaciones que la llamaron Calvin, por el personaje de la tira cómica Calvin & Hobbes. Ese mismo año, un pescador avisó que un ballenato daba vueltas en torno a su madre moribunda; cuando el equipo recuperó el cuerpo de la hembra, la identificaron como el número 1? 223, Dalila, la madre de Calvin. El cuerpo reveló que sus tejidos habían sido aplastados por un fuerte choque, probablemente con un buque carguero.

Las perspectivas del ballenato de ocho meses eran sombrías, ya que debería haberse amamantado con la tibia y nutritiva leche de Dalila durante varios meses más.

En julio de 1993, cuando los investigadores estudiaban minuciosamente fotografías recién tomadas de la bahía descubrieron imágenes que parecían corresponder a Calvin cuando era una cría. ¡Sí! De alguna manera, el huérfano había logrado sobrevivir. El ADN de una muestra de piel tomada en 1994 demostró que el curioso y fuerte Calvin de hecho era una hembra. Al año siguiente se obtuvo el primer informe de que Calvin se había integrado a un Grupo de Actividad en Superficie, SAG por sus siglas en inglés, en el que hembras y machos se mezclan salpicándose, dándose empujones, girando o acariciándose en señal de cortejo. Aunque no alcanzaría la madurez sexual sino hasta los 10 años de edad, a los semiadultos de su edad parece atraerles el alboroto del grupo y llegan a practicar conductas que pronto podrán influir en el éxito de su reproducción. Las hembras prolíficas adultas son el segmento más valioso de la población. Estas ascienden a menos de un centenar. CalvinParecía estar a punto de agregar una más a sus filas.

Durante tres años consecutivos, los investigadores calcularon el grosor de la capa de grasa de este cetáceo mediante ultrasonido. Los investigadores hallaron que Calvin crecía satisfactoriamente regordeta, un excelente indicador de su salud.

En el verano de 2000, Calvin estaba una vez más en la Bahía de Fundy; pero en esa ocasión se enredó en unos aparejos de pesca. Arrastraba en su estela sedales irrompibles de polyblend que rodeaban su cuerpo y se enterraban en su piel, frenándola. Luego, perdieron de vista a la joven hembra.

En un año normal se encuentran de dos a seis ballenas muertas; al menos la mitad de ellas perecen por golpes contra embarcaciones o enredadas. Otros animales simplemente desaparecen. Como más de las tres cuartas partes de las ballenas francas del Atlántico Norte presentan cicatrices por haberse topado con aparejos de pesca, los científicos se preguntan: ¿Cuántas de las que han desaparecido son lastradas por sedales, redes o trampas para cangrejos y langostas durante meses o incluso años, con las reservas de grasa que les permitían mantenerse a flote consumiéndose conforme pasan hambre, luchando más duro para llegar a la superficie con cada respiración, hasta que finalmente se rinden ante el dolor y el agotamiento, y se hunden?

Los meses pasaron lentamente. Alguien, por fin, divisó a Calvin en la bahía de Cape Cod durante su entorpecido viaje de vuelta al Sur. Un equipo de la cercana Provincetown, Massachusetts, se apresuró al lugar para liberarla e hizo dos intentos de cortar sus ataduras. No pudieron con todas, pero cuando fue vista en el 2001 ya se había liberado de las restantes.

Transcurrieron tres años, y Calvin aparecía ocasionalmente; pero no en los sitios predilectos de verano que frecuentaba. ¿La traumática experiencia la había lanzado por una espiral descendente? A finales de diciembre de 2004, cerca de la costa de Carolina del Norte, fue vista con un flamante ballenato. Siete meses después, en 2005, ambos estaban en la Bahía de Fundy, a donde Dalila había llevado a Calvin cuando era una cría.

El corredor por el que viajan Calvin y otras ballenas francas se congestiona cada vez más con las actividades pesqueras y las transitadas rutas de navegación. Columnas de contaminantes fluyen de las desembocaduras de los ríos, y el estrépito submarino provocado por el tráfico en la superficie probablemente dificulte cada vez más que las ballenas se comuniquen entre sí y se sigan unas a otras. Aunque no son tan visibles como las heridas causadas por las proas de las embarcaciones y las hojas de las hélices o por los aparejos de pesca enmarañados alrededor de sus cuerpos, las sustancias químicas y la contaminación acústica poco a poco hacen mella en la salud de los cetáceos.

Durante la década de los ochenta la cantidad de ballenatos nacidos al año fue de aproximadamente 12. El total cayó a plomo dos veces en la década siguiente, hasta que un único ballenato apareció en 2000. Desde entonces, el promedio ha aumentado a más de 20 ballenatos al año. Sin embargo, eso sigue estando 30? % por debajo del porcentaje potencial de reproducción de las ballenas.

Una mañana de agosto de 2006 me reuní con Scott Kraus, el vicepresidente de investigación del Acuario de Nueva Inglaterra, y con Rosalind Rolland, veterinaria y experimentada científica del acuario, en una misión poco convencional en la Bahía de Fundy. Rolland se encaminó a la proa. A su lado iba Fargo, el primer perro rastreador del mundo capaz de olfatear el excremento de ballenas.

Fargo Empezó a caminar de babor a estribor, resoplando con las fosas nasales. Rolland centró su atención en la cola del rottweiler. Si empezaba a moverla, significaba que había encontrado un rastro, y podía hacerlo a dos kilómetros de distancia. ¡Sí! ‘ A estribor ?Rolland avisó a Kraus?. Un poco más. No, muy lejos. Vuelve a babor. Perfecto. Ya lo encontró otra vez’ . Todo lo que veía eran algas marinas amontonadas. De pronto, el perro se sentó y miró fijamente a Rolland llamando su atención. Nos detuvimos, y del vasto horizonte del océano surgió un único trozo de excremento de ballena.

Kraus agarró la red con extensión, la metió en el agua y sacó la olorosa masa informe. Uno podría pensar que había atrapado un pez fabuloso. ‘ Al principio, la gente no lo cree. Luego vienen las inevitables bromas. Pero en realidad, esto es parte del mejor trabajo científico que hemos hecho’ , afirma el hombre que ha dirigido la investigación de la ballena franca durante tres decenios.

Con la tecnología actual, el ADN de las células intestinales que se han desprendido en una muestra de excremento puede identificar al ejemplar que la produjo. Los residuos de las hormonas indican a Rolland cuáles son las condiciones generales de la ballena ?¿Está en edad reproductiva?, ¿preñada?, ¿lactando??, sus niveles de estrés y la presencia de parásitos.

Pese a su número, la ballena del Atlántico Norte quizá no sea la más escasa entre los grandes cetáceos. Quizá no haya más que algunos centenares de ballenas francas del Pacífico Norte, Eubalaena japonica, que eran arponeadas ilegalmente por balleneros soviéticos aún en la década de los sesenta. Pero en el otro lado del Ecuador, la ballena franca austral, Eubalaena australis, ha repuntado de unos centenares en el siglo xix a 10? 000 ejemplares mínimo y ellas ofrecen una visión de cómo podría ser un futuro más seguro para las otras dos especies.

Después de alimentarse en las aguas repletas de plancton alrededor de la Antártida, las diversas poblaciones de Eubalaena australis emigran a las áreas invernales cerca de Argentina, el sur de África, el sur y el oriente de Australia y la subantártica Nueva Zelanda. La especie ha aumentado a un ritmo de hasta 7? % anual. Eso se aproxima al máximo posible para ballenas que requieren un año completo para la preñez, dedican uno a la crianza y otro más para engordar y, por consiguiente, pueden producir una cría cada tres años.

En julio de 2007, Rolland, Kraus y yo nos unimos a un equipo con destino a las Islas Auckland, aproximadamente a unos 500 kilómetros al sur de Nueva Zelanda atravesando una de las áreas más tempestuosas del planeta, para realizar un censo y trabajo de ADN. Cuando nuestro velero de 25 metros, Evohe, se deslizó a una bahía protegida entre las islas, no había nada brillando sobre la cubierta salvo el sol.

Las ballenas francas curiosas investigaron al Evohe por horas, mientras unos pingüinos de ojos amarillos brincaban a su lado como si saltaran piedras. Las fuertes exhalaciones e inhalaciones de las ballenas anulaban los sonidos de las olas y los chillidos de las aves marinas, así como el maullido de los leones marinos jóvenes de Nueva Zelanda que estaban en tierra. Más ballenas se movían de un lado para otro y saltaban fuera del agua tan lejos como podíamos ver. Eran más grandes que las ballenas francas del Atlántico Norte. Más de una de cada 10 presentaban patrones pintos y mostraban metros de suave piel blanca. ¿Una época pasada? Eso empezaba a parecerse más a los albores de la creación. Rolland y Kraus, quienes nunca antes habían visto una ballena franca austral, no cabían en sí de la emoción.

‘ ¡Están impecables! No presentan ninguna marca’ .

Durante las siguientes tres semanas, centenares de ellas llegaron una tras otra para parir y amamantar a pálidas crías y agitar las aguas en Grupos Activos en Superficie y competir por una pareja antes de dirigirse de nuevo al mar abierto. El viento soplaba en todas direcciones, era pleno invierno en el hemisferio sur, y las laderas se cubrían de nieve. Los investigadores se las arreglaban surcando las olas en un esquife para tomar fotografías de identificación y recolectar muestras de piel con pequeños dardos de punta hueca, para que pudieran definir con mayor detalle la estructura genética de esa población que se recuperaba. Glenn Dunshea, del Center for Applied Marine Mammal Science de Australia, se interesó en los telómeros; se trata de secuencias de ADN en las puntas de los cromosomas que paulatinamente se acortan a lo largo de la vida de un animal. Al estudiarlos en las ballenas francas, que pueden vivir casi 100 años (sus cercanas congéneres, las ballenas de cabeza arqueada, pueden llegar a los 200), Dunshea espera descubrir más sobre la función de los telómeros en el proceso de envejecimiento. ¿No sería una lección de humildad que el mapa para la legendaria fuente de la juventud estuviera escondido en criaturas a las que casi hemos exterminado?

Proteger la vida silvestre, hasta en los lugares más remotos del planeta, cada vez se está volviendo más difícil.

Las ballenas francas australes florecen por ahora, pero conservarlas de esa manera exigirá una mejor protección de las áreas invernales de importancia fundamental y de las rutas migratorias. Los aparejos de pesca ahogan tantas aves marinas en las lejanas aguas australes que varios tipos de albatros están en graves problemas. En tanto las pesquerías y las poblaciones de ballenas se expandan, los conflictos con las ballenas no pueden estar lejos.

En cuanto a las ballenas francas del Atlántico Norte, la pesca comercial y el transporte marino son industrias gigantescas y vitales; y modificar sus operaciones a lo largo de toda la costa este para proteger a unos centenares de gigantes no será fácil ni barato. Sin embargo, según los modelos de los científicos, tan sólo con evitar que maten a dos hembras sexualmente maduras al año cambiaría la tendencia de esta especie amenazada, de descendente o inalterable a ascendente.

Planteado de esa manera, el problema no parece tan difícil de resolver. Una red de vigilancia aérea y náutica a la que se suma un equipo de voluntarios que no les quitarían el ojo a esos cetáceos están listos para ayudar.

El equipo de voluntarios incluye desde vagabundos de playa que caminan a paso rápido, hasta gente que se reúne para el café matutino y luego manejan de un punto de observación a otro, y residentes que vigilan desde las ventanas de sus condominios.

Y algunos otros rastreadores de ballenas remontan el vuelo. George Terwilliger, piloto voluntario, transportó a los científicos que vieron a madres y ballenatos en Georgia Bight en 1984; antes de esa fecha, nadie sabía a dónde iban a parir las últimas ballenas francas del Atlántico Norte. Terwilliger aún vuela de dos a tres veces por semana, pilotea una aeronave Air Cam especialmente diseñada para reconocimiento y fotografía a baja velocidad.

Ya sea que una ballena que emerge sea vista desde la playa, un techo o el cielo, la información se transmite enseguida por teléfono mediante una línea directa al Sistema de Alarma Rápida, que la envía a los navegantes comerciales y militares. Cuando los operadores de barcos comerciales de más de 300 toneladas métricas entran directamente en los hábitats de las ballenas, deben notificar a un Sistema de Información Obligatoria de los Barcos, que automáticamente proporciona datos sobre recientes avistamientos.

Es una estrategia que dista de ser perfecta. Los capitanes de las embarcaciones no están obligados a reducir la marcha si no quieren hacerlo. Pero nada parece desalentar al entusiasmo de los voluntarios.

De pie sobre el paseo marítimo entarimado de un conjunto habitacional en Florida, protegido por verjas, con los binoculares a la mano, Donna McCutchan afirma: ‘ la mayoría de la gente en este conjunto era como yo. No tenía idea de que las ballenas invernan aquí. Ahora todo mundo está informado y sabe a dónde llamar si ve alguna’ . La misma McCutchan no había visto una ballena durante semanas. A ella no le molestaba esperar, comenta. ‘ En una ocasión pude ver a una hembra girar sobre su espalda y unos delfines mulares empezaron a saltar sobre ella. Las ballenas son adictivas. Una vez que las has mirado, no quieres dejar de verlas. Nunca’ .


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