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De cómo bailar el tango sin morir en el intento

11/02/2011 10:28 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Fallece, después de una larga enfermedad, María Schneider, la protagonista del "Último Tango en París"

Este pequeño artículo o manual de primeros pasos (de baile) pretende proporcionar algunos consejos y avisos acerca de cómo torear la bestia negra cuando uno se decide a salir al ruedo a bailar con alguien. Pretende ser, también, una especie de tributo a un actor y a una actriz excelentes que pasaron a mejor vida el uno hace ya 20 años, la otra hace unos días. en el primer caso, el artículo debió escribirse entonces, una mañana fría de 1991, pero entonces yo no escribía mas que tarjetas postales, y además no supe hasta hace poco que hubiera muerto (o quizás lo supe y lo olvidé y pasé página, que bastante tiene uno con cargar a cuestas con su propia muerte diaria). No sabía, en efecto, que estaba más muerto que la mayoría de nosotros, que estamos bastante muertos o más muertos cada día. (Nos fusilan todas las mañanas con el alba). María Schneider está todavía caliente en su cámara ardiente. A veces uno se levanta del lecho como alarmado de muerte y tiene ganas de salir a la calle y de gritar a los cuatro vientos: ¡Quién vive! A ver si responde alguien, pero no lo hace y se reprime porque sabe que todos saldrían corriendo como si hubiera gritado: ¡Ah, del ladrón! Porque lo cierto es que todos somos más o menos ladrones de vida, y nos la robamos unos a otros cuando podemos y cómo podemos para seguir llevando nuestra pálida no-vida o infra-existencia de vampiro.

Uno tiene la impresión de que su vida (la de Brad Davis) fue una loca carrera contra la muerte; una carrera inútil, porque la muerte es, precisamente, la meta, y la única forma de derrotarla o de esquivarla es permanecer en la línea de salida, es decir: la infancia, pues ya se sabe que los niños no saben lo que es la muerte, no tiene cabida, ni presencia (iba a decir «existencia») real en su universo y, por lo tanto, no mueren, pasan simplemente a otro plano (un primer plano con Dios, sin duda alguna). El problema reside en seguir siendo un niño sin convertirse en un cretino, problema dificilísimo, pero que reserva, como premio, al que lo resuelva la inmortalidad y su inmarcesible corona, ni más, ni menos.

Pero yo, como triste gacetillero sin corona, prefiero hablar de otras cosas: Del sexo, del amor, del desengaño, de la muerte, (y de dos filmes opuestos y, aún, así emparentados, que yo emparejo a mi modo, que la cortejan y bailan. ) Cosas, pues, propias de aquellos que han perdido la inocencia, que saben demasiado, podridos como los muertos. Prefiero cantar o hablar con voz cavernosa y desde el más allá tenebroso de la inocencia perdida, cual si fuera la cabeza oracular de Orfeo. Schneider y Davis, fueron los bailarines que bailaron con la muerte, en el primer caso el tango y en el segundo la pavana.

Lamento profundamente, desde la mía, la muerte de María Schneider y de Brad Davis, aunque sea con retraso en el último caso, pero no tanto, claro está, como su viuda que aprovechó su tiempo exaltando su figura y lo desaprovechó intentando demostrar lo que no puede demostrarse, la rígida (traducción mía y libre de «straight» o hetero en lengua inglesa) sexualidad de su difunto marido. La homosexualidad es la espada de Damocles que pende o puede pender sobre todos y cada uno de nosotros, y amenaza con cortar la mala (no existe otra en nuestros días) «reputación» de cualquiera; nadie puede demostrar «definitivamente» que no es «homo», aunque algunos incluso lleguen a matar para eso: para atajar para siempre cualquier posible habladuría, creando entorno suyo un silencio de muerte que es, de todas formas, el que nos rodea ya a todos, y demostrando simplemente que son unos asesinos (los demás, lo somos de pensamiento y en potencia). Nadie puede demostrar semejante cosa «definitivamente», como saben muy bien las chismosas y chismosos, y mucho menos si es deseable, o sea si no está excluido o excluida del mercado sexual-laboral que es la vida; es decir si le «interesa» a alguien - sea del sexo que sea - que tenga voz y voto. Los únicos completamente rígidos o «straight» son los muertos, como saben muy bien los varones, que van de muertos por la vida por defender su «hombría». El que te señale o no te señale el índice infamante y cotilla, no depende sólo de tus deseos, sean cuales sean, no depende de lo que hagas o no hagas, depende de lo que decidan los demás, los otros. La sociedad necesita su cupo de invertidos, declarados o no declarados, y si te toca, te toca, y es sencillamente apabullante la cantidad de varones que viven en muchos rincones de la España profunda (la única que existe) temblando («cagados» literalmente) y encadenados por un miedo histérico, irracional, atávico a que les toque la china y los señalen con el dedo; y la mujeres (ya es hora de decirlo bien claro) o muchas de ellas al menos, y, algunos hombres de condición más bien canalla y dudosa, adoran ese miedo, lo atesoran, se sienten embriagadas o embriagados de poder (el poder de señalar con el dedo), son las celosas guardianas de la rigidez superlativa del muerto en vida o el zombie embrujado o encantado que se las tira, más o menos encantado (o no se las tira), y las cubre intimidante o intimidado. A propósito de esta cuestión candente y peliaguda, uno, de pronto, se acuerda de aquellas fiestas o conciertos o corridos o corridas, típicamente españolas, donde todo el mundo salta y el coro de los cabritos corea adocenado aquello de maricón el que no salte, (yo, pese a todo, nunca he saltado en estos casos, pues mi lema ha sido siempre que maricón el que salte). Da igual, porque todos bailamos al son que tocan los cabrones con su cuerno y somos todos maricones, en mayor o menor medida, (de igual manera que las mujeres son todas putas menos la madre); y es que esto de la mariconería es una especie de escala que, en realidad, lo que mide es la valentía o la osadía de ser tú mismo y desmarcarse. No pertenece a un lenguaje simple, aséptico, binario; es un insulto jodido que todos nos pasamos o, podemos pasarnos si queremos, como si fuera una pelota o una patata caliente. Es una cualidad general o universal del hombre en las sociedades podridas de los muertos en vida. La homosexualidad, esa etiqueta tipo Armani en plan macarra y barato, es el sambenito, que le cuelgan casi siempre a los inconformistas, (aparte de los afeminados, que son como el cupo fijo de gays o salario base que exige la hipocresía). Brad Davis era, desde luego, un gran inconformista, tenía un enorme sex-appeal, además de talento, y encima tuvo la osadía de protagonizar una película que le convirtió en icono para los gays de todo el mundo, una película de culto como suele decirse. En España, ese país tan divertido para los que tienen la suerte de no ser españoles, se publica todos los años una lista de los gays más influyentes, (es mentira, no tienen ninguna influencia «auténtica», están completamente «determinados" por el medio). Si la tienen, la tienen en tanto que excluidos, pues sólo los excluidos pueden ejercer alguna influencia en la marcha de las masas, (y modificar su triste trayectoria); a precio, claro está, de arriesgar la vida o, al menos, su integridad psíquica o física. La lista de gays famosillos (que no influyentes) es un cupo de gays que se parece al cupo de ministras; una especie de condecoración que la sociedad se pone así misma para demostrarle al mundo lo progresistas que somos. Lo cierto que declararse gay y salir del armario empotrado donde nos aplastamos y nos pisamos todos, es como entrar en una especie cuarentena eterna; en el caso de los famosos (los de la lista) no importa mucho, ellos ya están en la cuarentena indefinida y dorada de la fama, viven en su burbuja aislados de todo el mundo, viven su existencia hierática de momia imperturbable y muerta de faraón o faraona.

Brad Davis era tan honesto que hasta se hizo o nos hizo la pregunta retórica: ¿No somos todos bisexuales en el fondo? Respondió elegante e inteligentemente con otra pregunta a la pregunta siempre cobarde e importuna del gacetillero cotilla de turno. Schneider respondió a la pregunta, ejemplarmente, con su vida. Pero la verdad es que en el fondo lo que somos es simplemente sexuales, porque a algunos les da por las gallinas, o las cabras, que son mucho más honestas que las mujeres o los hombres y nunca nos dejan tirados; lastima que a uno nunca le pusieran mucho las cabras, quiero decir, cuando aún estaba vivo o menos muerto y más vivo.

¿En qué se parecen «El último tango en París» y «Querelle» las dos películas de marras, (Querelle, por cierto, quiere decir disputa, en francés, o querella)? En que las dos proclaman, consciente o inconscientemente, lo mismo: la imposibilidad de amar verdaderamente, o si debo expresarme en una clave menos romántica y lírica (es decir, más épica), la imposibilidad de que dos personas mantengan o se entretengan con una relación erótico-sentimental satisfactoria (o sea: que no desemboque en la muerte); y describen dos mundos, el derecho y el torcido, (en realidad, retorcidos ambos), donde el amor o la sana coyunda y el sano devaneo es imposible o está terminantemente prohibido. Saco a colación y emparejo, pues, ambas películas para que ningún colectivo se lleve a engaño y asuman que en todas partes cuecen habas, y que todos andamos igualmente jodidos con este negocio del apareamiento o el emparejamiento.

Ann Kaplan, crítica aguda y atinada, declaraba, acerca del filme de Bertolucci, (y cito o transcribo): «Que refleja el punto de vista común entre los hombres de que las mujeres son seres inferiores, hechos para el placer de los varones, que desean ser humilladas y tratadas brutalmente, que abandonarán a un hombre cuando se torne vulnerable, que son esencialmente personajes frívolos que no saben lo que quieren, ni a dónde se dirigen y que son incapaces de un sentimiento profundo o de un auténtico compromiso»

Yo le respondería que todo eso es, en realidad, completamente cierto, pero que es una verdad a medias, pues lo mismo se puede decir de los hombres que te abandonan o te dejan tirado igualmente si te muestras vulnerable, de ahí que la amistad verdadera sean tan rara e infrecuente como el amor. Todos, hombres y mujeres, somos frívolos e interesados e incapaces (tenemos miedo) de una relación profunda y de un auténtico compromiso, etcétera etcétera, etcétera. Salvo raras excepciones, como es el caso de María, que acompañó y se internó con su amada en el hospital psiquiátrico donde la habían recluido.

Si el protagonista del «Último Tango» se muestra brutal y rudo, como Kaplan afirma en otro pasaje, es, precisamente, porque eso es lo que espera la sociedad que haga. Ese es el modelo de hombre que más se valora, que más aplausos recibe. Ése es el ídolo verdadero de las multitudes, ya sean hombres ya, sean mujeres. Excepto, quizás, el de las feministas, y uno espera que así sea, que existan algunas mujeres en el mundo que se hayan liberado de ese modelo de hombre férreo y despótico, y que intenten liberar a las otras de su machismo si es que pueden. Es decir: que nos liberen, por fin a todos, del machismo de las mujeres del que nunca se habla en la tele.

«Querelle» parte, por su parte, de la desoladora premisa de que dos hombres no pueden enamorarse, o no pueden tener una aventura amorosa sin sentimiento de culpa; la culpa persigue, aunque no se diga, a todos los personajes de la obra que expían el crimen de desearse con todo tipo de tropelías y aberraciones. En realidad, no hacen más que lo que la sociedad, ese monstruo sin rostro o con mil cabezas como en los cuentos (las nuestras) espera que hagan. La sociedad no espera que dos hombres (o dos mujeres) se deseen o se enamoren y se emparejen y se casen y sean felices y coman perdices; eso lo hacen, en los cuentos de hadas, el príncipe y la princesa. Espera que se repriman, y si no lo hacen, que cometan todo tipo de fechorías (por ser tan malos como para sentirse atraídos el uno por el otro y gustarse) como robos, homicidios, sacrilegios, traiciones... Cuanto más lejos llega Querelle en su criminal carrera por afirmar su «hombría» supuestamente puesta en entredicho por el deseo, más afirma y reafirma el estrecho y rígido modelo que los burgueses tienen de hombres y mujeres. Su loca huida hacia adelante no lleva más que a la muerte y nos deja a todos la impresión de haber asistido a una ceremonia de profanación ridícula y vana, que nada cambia, y salimos del cine o de la sala de estar donde está la tele con el corazón más encogido que nunca, con el corazón en el puño de tirano o la tirana que decide quién jode a quién y dónde, cuándo y cómo. O lo que es peor: quién ama a quién o que nadie ame nunca a nadie. Ése es, en realidad, en nuestro mundo criminal el gran crimen. Es la pornografía impuesta como condena para los que no se encierran en su casta concha de gusano que se arrastra como puede por la vida o de caracol urbano.

Yo, por el momento, me callo y me voy con mi cabeza de Orfeo a otro lado.


Sobre esta noticia

Autor:
Francisco Bullón (10 noticias)
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2020
Tipo:
Opinión
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