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AUTOAYUDA: Cómo librarte de la mujer de tu vida (Secuencia 09)

14/07/2016 13:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos… pero los malos no se borran completamente del cerebro (Novela de Charly García G. & E.J. Lopson)

Enlace a las Secuencias anteriores

 Por E.J. Lopson

 

CASI UN AÑO ANTES…

La vida cotidiana de Charly dio un giro de ciento ochenta grados. En pocos días, se mudaba al ático de Alejandra y empezaban una nueva vida juntos. ¡Estaba feliz!

Cuando se lo contó a sus colegas del PIP, le dijeron que estaba loco.  ¡Esa tía era una pija del barrio de Salamanca! Representaba el mundo de privilegios con el que ellos querían acabar. Un cáncer para la inmensa mayoría que había tenido que pagar la crisis económica sin haberla generado. ¿Cómo podía enrollarse con esa tía?

Charly intentó convencerlos de lo contrario. Alejandra no era así, aunque viviese en esa parte de la ciudad. ¡Ella no había generado ninguna crisis! Sin duda se equivocaba militando en el partido liberal, pero era joven y buena persona. Además, él se encargaría de que acabara comprendiendo que un político tiene que estar al lado del pueblo.

¡Imposible! —dijo Rafa, su amigo del alma—, que lo avisó de las dificultades que conllevaba tener una novia con ese currículum y encima vivir en su casa y trabajar para ella. ¡Que no se hiciera ilusiones de cambio! Esa pava sabía lo que quería —dijo Rafa mirándolo a los ojos— y nada iba a apartarla de sus objetivos. Y también lo advirtió de que se anduviera con cuidado. Si Alejandra Bru se enteraba de que les había estado pasando información de su partido, le iba a montar una buena.

Como a menudo sucede en asuntos del corazón, las advertencias de Rafa sirvieron de poco.  Sin embargo, propiciaron que Charly se replanteara su falta de lealtad con el PLR. Le dijo a Rafa que no volvería a filtrarles nada del partido liberal. No tenía intención de comprometer a su novia. En ese repentino giro a la lealtad, Charly se planteó incluso confesarle a Alejandra lo que había estado haciendo.

Rafa lo disuadió. Entendía que no les proporcionara nada más, pero si se lo “cascaba” a ella, estaría acabado. Ni siquiera podría contar con ellos. El grupo liberal los acusaría de haberles metido un submarino en sus filas para robarles información. Un escándalo de esa magnitud era lo que menos necesitaba el PIP en precampaña. Charly entró en razón y Rafa bromeó con el gesto de ¡te estaré vigilando!

Esa mañana, Charly flotaba dentro de su cerebro. Le duraba la resaca del sexo intenso que habían tenido hasta la madrugada. ¡Alejandra era una tía increíble! Nunca echaba balones fuera, le confesó a Rafa, cuando los otros colegas no podían oírlo. Rafa y él se conocían desde el instituto y no solo habían compartido novia alguna vez, sino que también acostumbraban a contarse lo que hacían a solas. La mejor manera de rentabilizar el conocimiento era transmitirlo —bromeaban—. Solo así se podían conseguir polvos de éxito. Una especie de competición amistosa que les unía más que jugar al futbol, si cabe. Rafa no perdió ocasión de prevenirlo una vez más contra Alejandra. Esa tía acabaría convirtiéndolo en su esclavo sexual, además de laboral.

Por la cara que  puso Charly, el otro captó que estaba encantado de que Alejandra le diera caña en la cama. ¡Tenía que ser la leche tirarse a una pava así! Y sobre todo, imaginarla al día siguiente en pelotas comiéndote la polla en la oficina —dijo maliciosamente Rafa para ver su reacción—. Charly aclaró que no iba con ella lo de chupa pollas. La ponían cachonda otras cosas más… especiales. Y a partir de que clasificara sus prácticas íntimas de ese modo, Rafa percibió que se habían acabado las confidencias sexuales. ¡Ese tío estaba muy colgado por la pija liberal! Su única esperanza era no tener que disfrazarse de pingüino en el enlace oficial de Alejandra Bru  con Charly García. ¡Seguro que el bodorrio saldría en el Hola! —bromeó—. Entre ellos tenían el acuerdo de que el uno sería padrino de bodas del otro, siempre que la chica no hubiera salido con los dos.

 

Lo de irse a vivir juntos fue cosa de Alejandra. No le gustaba el apartamento “cutre” que Charly tenía en Vallecas. Estuvo allí una vez y dijo que nunca más. Una chica de marca como ella cantaba mucho en aquel entorno vecinal —bromeó Charly—. Ella argumentó que no quería que ningún capullo la fotografiara con el móvil y la subiera a Twitter o Facebook. Tenía que cuidar su privacidad y el entorno de Charly no era el más indicado.

Mudarse no supuso un problema para Charly. En realidad no le gustaba vivir allí. Un asunto del que no hablaba con sus colegas y que tampoco le contó a Alejandra. Al contrario, dijo que lo hacía por ella, y eso la conmovió. ¡Su novio era capaz de sacrificarse por amor! La mudanza fue rápida: la ropa, el portátil y la bolsa de aseo. A Charly le gustaba lo de ir ligero de equipaje, como a Antonio Machado, pensaba.

Pero los problemas de imagen que tenía Alejandra no acabaron ahí. Solucionado el asunto del barrio, quedaba el problema del empleo. El puesto de asistente informático no era precisamente un carrerón para un ingeniero de treinta y dos años. También era cierto que Charly tenía otros valores añadidos. ¡Era un crack en gestión de redes sociales y comunicación! Tenerlo como asesor en la sombra le venía fenomenal a Alejandra. Y eso no iba a perderlo si él conseguía un puesto en alguna tecnológica de renombre como Google o Facebook, Apple o Microsoft. Algo relevante que le permitiese a ella presentarlo como su novio sin avergonzarse de salir con un mindundi. Alejandra tenía las ideas claras. No se autoengañaba. Ella siempre quería los mejores puestos y primeras marcas. Charly era un tipo genial, pero no estaba a la altura para presentarlo en sociedad.

En consecuencia, decidió convencerlo para que buscase un puesto acorde con la categoría social y profesional de ella. Alejandra esperaba ascender políticamente mucho más. En poco tiempo se había convertido en diputada y directora de comunicaciones de su partido. ¡No estaba mal para empezar! Aunque su sillón ideal era el de Carmen Solís, algo que, por razones obvias, llevaba en riguroso secreto.

Por su parte, Charly escuchó con agobio los planes que Alejandra tenía para él. Dudó en decirle la verdad o no. Al final hizo un esfuerzo y le confesó que su expediente académico no le daba para que lo fichase ningún gigante tecnológico. Por otra parte —dijo, quitándole hierro al asunto—, tampoco le parecía que fuera irrelevante trabajar para el partido liberal, especialmente si conseguía un puesto más acorde con sus capacidades.

Alejandra abrió un interrogante con la mirada y Charly le sugirió que convenciera a Carmen Solís para que lo ascendiese a Social Media Strategy y lo pusiera al frente de los communities managers —CMs— que, hasta entonces, llevaba directamente ella. Medio en broma, medio en serio, le recordó a Alejandra que ya le había demostrado suficientemente lo bien que se le daba diseñar estrategias de comunicación. Gracias a él había mejorado el  posicionamiento en redes sociales del PLR. Aunque el factor clave —insistió Charly— era la planificación de estrategias contra los adversarios políticos. Algo que, sin duda, podían seguir haciendo juntos, pero adquiriendo él más responsabilidad dentro del equipo. A Charly le parecía del todo lógico, considerando que era él  quien tenía la información, el conocimiento y la experiencia para ejecutarlo. Aunque no se lo planteó a su novia con tanta crudeza.

La lealtad de Charly era un tanto cambiante. Ahora estaba dispuesto a utilizar todo lo que sabía sobre planes y estrategias del PIP para mejorar los resultados de los liberales en las siguientes elecciones. ¡Un veleta por amor!, como lo hubiera llamado su padre, desaconsejándoselo por completo. Solía decir que, cuando acaba el amor, siempre quedan los amigos y a ellos… ¡no hay que joderlos nunca!

Sin que Alejandra dejara de fruncir el ceño, atónita ante la propuesta, Charly fue más allá en su planteamiento, sugiriendo que podrían formar un buen tándem. Él llevaría  la dirección operativa y ella, descargada de esas tareas tan ligadas a la pantalla y la guerra sucia en redes, podría centrarse más  en su rol de directora de comunicación de la lideresa. Carmen Solís contaba con ella para todo. Ruedas de prensa, actos públicos, asesora, traductora. Así era imposible que ellos dos pudieran tener tiempo para estar juntos. Era raro el día que Alejandra llegaba a casa antes de las diez. Y a veces ni siquiera podía contar con el fin de semana completo. Estaba claro que tenía que delegar en él esa parte de sus competencias.

Finalmente, ella dijo que le daría vueltas al tema. A él le pareció genial, e insistió en que se lo presentara a Carmen Solís de manera atractiva. Tenerlo como asesor estratégico le resultaría más útil que como informático para todo. A fin de cuentas, lo que Carmen quería era seguir ganando votos y escaños para su grupo, y las encuestas no le auguraban mejorar los resultados de las anteriores elecciones. Más bien lo contrario. Charly insistió mucho en que se lo transmitiera así a la gran jefa.

Alejandra asintió con la condición de que tenían que mantener en secreto su relación sentimental. Si se corría la voz, Carmen podría pensar que solo trataba de favorecer a su novio, y eso tampoco caería bien entre sus colaboradores social media, que verían a Charly como un intruso por braguetazo. Era mejor ir poco a poco y que fuera Carmen la que reestructurase el equipo después de las elecciones. Por supuesto, ella la mantendría informada del trabajo real que realizaba Charly para el partido.

A Charly le pareció razonable y aceptó continuar como asesor en la sombra, convencido de que, al final, lograría sus objetivos. ¿Quién mejor que su novia para promocionarlo dentro del PLR?

 

El amor es confiado, paciente y, a veces, también autoengaño

 Por Charly García G.

 

Desde el principio me llevé bien con Bimbo. Un súper machote que le encantaba jugar al futbol y salir de excursión conmigo por las calles adyacentes. ¡Pipí y popó! Al futbol jugábamos en casa y Alejandra nos pilló una tarde jugando a lo bruto en la terraza. Primero montó un pollo y nos lo prohibió rotundamente. 

“¡Amigo, se acabó la diversión!”, le dije, y él se pegó bien a mi pierna y pronunció unos ladridos de enfado bastante potentes. Semejante valentía le duró lo justo. En cuanto Alejandra dijo que se la iba a ganar, si volvía a ladrarle, Bimbo se metió entre mis piernas y gruñó sin que apenas se le oyera. Aquella tarde, no se separó de mí por si acaso se acababa ganando una colleja de su amita.

Como suele ocurrir, pronto nos olvidamos de las advertencias de Alejandra. Seguimos a nuestra bola hasta que un día le tronchamos un par de cactus de luxe, traídos directamente de Arizona. A los dos nos faltó tiempo para coger el abrigo y la correa de paseo, respectivamente, y bajar por la escalera de servicio de dos en dos los escalones. Cuando regresó Alejandra por la noche, Bimbo se metió en su cucha, como si no fuera con él el tema. Sin embargo, no pudo evitar mover tímidamente su colita en señal de alegría al verla. ¡Un perro increíble! Parecía casi humano. El problema llegó cuando Alejandra subió los estores y quedó al descubierto su exótico jardín algo maltrecho. Era bastante visible. Bimbo se pegó completamente a la colchoneta, tapándose los ojos con la patita mientras Alejandra nos echaba la bronca.

Me responsabilicé yo del accidente. ¡Bimbo era inocente!, aseguré, y el muy cabroncete lo entendió a la perfección. Sin pensárselo dos veces, se fue directo hacia Alejandra y empezó a hacerle la pelota, poniéndose de pie sobre las patas traseras, sin parar de dar saltitos para que ella se agachara. Al hacerlo, el perro le propinó dos enormes lametones con cara de “yo no he sido, ha sido él”. A Alejandra le dio la risa, lo acarició y fingió estar enfadada conmigo. Y el muy traidor le dio la razón, dedicándome un par de ladridos en tono grave para afearme la conducta, o algo así.

—¡Genial! —dije—. Cría cuervos… que ya se sabe.

¡Qué bien lo pasábamos los tres juntos! En Madrid, de viaje, en la playa… La vida me parecía maravillosa a su lado. Estaba convencido de que ella hacía todo lo posible por ayudarme laboralmente. Lo cierto es que las elecciones fueron un éxito para el PLR. Subió en escaños por encima de lo que auguraban las encuestas. Alejandra me dio las gracias. Dijo que sin un crack como yo no hubiera conseguido hacer una campaña tan eficiente en redes. Y en lo concerniente a Carmen Solís, me aseguró que estaba al corriente de todo. Cuando fuera oportuno, pensaría lo de la reestructuración del equipo de comunicaciones para ubicarme en él. Mientras tanto, ¡discreción!

Charly la llamó mentirosa compulsiva, manipuladora… y le recriminó que siguiera ocultando su relación

Al oírla, tenía mis dudas pero… confiaba en Alejandra. Y lo más importante era saber que estaba loca por mí. De eso no me cabía ninguna duda, especialmente en la cama. ¿Para qué tener prisa en lo demás? Alejandra llenaba mi cabeza día y noche. ¡Nunca imaginé que pudiera colgarme así con una tía! Pensaba una y otra vez que la quería, en lo feliz que era a su lado, en los planes que teníamos  para el futuro y… bueno, ¡me venía arriba!  

 

Por mucho que no se quiera ver, la duda lo envenena todo

    Por E.J. Lopson

 

La realidad, sin embargo, era distinta de la ficción a la que Charly se aferraba. Alejandra no le contó a Carmen Solís el trabajo que él llevaba tiempo haciendo para el partido, especialmente en campaña. El éxito se lo atribuyo ella. Ante los ojos de Carmen, Alejandra era la artífice de todo. Gracias a su habilidad para diseñar estrategias social media habían obtenido ocho diputados más. Nadie sabía que  Charly estaba detrás. El equipo de comunicación recibía instrucciones directas de Alejandra, que llegaba por la mañana a la oficina, se reunía a puerta cerrada con ellos y les daba la orden de trabajo diario que Charly preparaba la noche antes.

Conforme se iban conociendo los resultados electorales, la sede de PLR se fue llenando de afiliados y simpatizantes, que acudían con botellas de cava. Charly hizo lo mismo. Tenía ganas de ver a Alejandra y abrazarla por el triunfo. Aunque el mérito era de él, no tenía inconveniente en compartirlo con ella, ni siquiera en que Alejandra fuese la que recogiera los aplausos. La quería, eso era todo.

Charly la buscaba con los ojos, pero estaba encerrada en la sala de reuniones con la el resto de la cúpula del PLR. Ninguno de ellos saldría hasta que se hubiera escrutado algo más del noventa por cien de los votos. De ese modo se evitaban los patinazos en la rueda de prensa. Alejandra, contando con que se confirmara el ascenso, preparaba el discurso de Carmen Solís.

Al cabo de un rato, la cúpula empezó a salir de su encierro. Al vislumbrar la silueta de Alejandra, su pelo, el movimiento apenas perceptible de sus labios en la gran pantalla situada en el exterior de la sede, Charly se quedó embobado mirándola. Se sentía orgulloso de que fuera su novia. A menudo despertaba por la mañana pensando que todo era un sueño. Suerte que abría los ojos y ella continuaba allí.

Inmerso en esos sentimientos felices, Charly entró en el salón de actos y le hizo señas con los dos brazos para atraer su atención. Después de mucho intentarlo, lo consiguió. Alejandra le sonrió a distancia y siguió a lo suyo. ¡Lógico! —pensó él—. A los simpatizantes y afiliados les gusta saludar a los personajes que salen en la tele.

Enseguida llegó el turno de los agradecimientos con la prensa sin perder detalle. Carmen Solís felicitó públicamente a Alejandra y a su equipo por toda la artillería que habían desplegado en redes sociales —el marido de Carmen era militar y ella estaba sensibilizada con la jerga bélica—. Aún no habían analizado los resultados —dijo— pero varios medios de comunicación atribuían su ascenso más que al castigo electoral a los conservadores, al voto joven captado por la impresionante campaña digital del PLR. Un orgullo para Carmen haber logrado incluso el descalabro del PIP, atrayéndose a los nuevos votantes. ¡El partido de izquierda popular se había dado un castañazo!, comentaba en una de las televisiones que retransmitía en directo la euforia del PLR.

Charly no pudo evitar sentirse fatal. Había colaborado activamente en la derrota de su propio partido, utilizando la información estratégica que manejaba sobre el PIP. Charly continuaba asistiendo a las reuniones del Círculo de Vallecas. Pero… con todo, eso no fue lo peor, sino la traición de Alejandra, tal y como él la vivió esa noche. Le resultaba irónico que, a solas, lo hiciera sentirse el rey del mundo con sus interminables halagos. ¡Crack, eres un crack, mi crack…! Sin embargo, en público todo eso se desvanecía. Alejandra asumía que la artífice de todo era ella y, por supuesto, su equipo de colaboradores sin los que no hubiera podido hacer nada.

¡Una panda de inútiles!, pensó Charly, mientras pasaba del subidón inicial a la amargura más profunda. Ellos se colgaban sus medallas y, por si fuera poco, Alejandra no le hacía ni caso.

Y como quiera que todo lo que puede empeorar empeorará, cuando por fin Alejandra se acercó a Charly, lo trató como a un asistente cualquiera, con la deferencia de quien es amable con los trabajadores subalternos. Tuvo la desfachatez de darle las gracias porque toda la parte técnica hubiera funcionado bien. En particular la seguridad informática, algo imprescindible para el equipo político. ¡Qué harían sin él! —apostilló Alejandra dirigiéndose a Alfonso de Duero—. Fue humillante para Charly que le dijera eso delante de aquel… ¡capullo! Aunque lo peor vino a continuación, cuando Alfonso la cogió del brazo, ignorándolo por completo, y se la llevó hacia donde estaba Carmen Solís y el resto diputados electos.

Charly se sintió un donnadie, al que su propia novia ninguneaba. Estaba hecho polvo. No podía creerse que ella le estuviera haciendo eso. Incluso tuvo que regresar a casa solo, porque Carmen Solís se llevó a Alejandra y Alfonso en su coche oficial. Con voz de madre complaciente, dijo que “sus chicos” debían de estar muy cansados, y en pocas horas los quería de nuevo allí para analizar el resultado electoral.

Sin duda, en la vida uno puede llegar a sentirse infinitamente peor, pero Charly ya lo estaba y mucho. Su autoestima caía en picado, mientras caminaba por la calle sin ganas de llegar a casa.

Alejandra, consciente de cómo debía de sentirse, lo esperó revisando notas de trabajo para el día siguiente. Nada más oír la llave en la cerradura, fue a su encuentro y lo abrazó, lo besó, incluso le hizo proposiciones sugerentes para celebrar el triunfo electoral, que era de los dos —dijo, como si no hubiera dicho lo contrario en público, un rato antes.

Charly no estuvo receptivo a sus demostraciones de cariño, exageradas y empalagosas, para conseguir aplacarlo. Se la quitó de encima con brusquedad. Sin contemplaciones, la acusó de haberse apropiado de su trabajo y de haberlo tratado como una mierda [sic] delante de los demás. ¡Eso era lo que peor llevaba!

Alejandra lo negó todo. Aseguró que Carmen Solís estaba al corriente de las aportaciones tan valiosas que él había realizado. Pero… Carmen tenía sus propios tiempos para hacer las cosas. Cuando fuera oportuno, se lo reconocería. En política hay que ir con pies de plomo no solo con los adversarios sino mucho más con los propios —argumentó con convicción—. Y él debía comprender que tampoco era conveniente herir sensibilidades. Sus colaboradores social media habían trabajado muy duro. No entenderían que ahora él les restase protagonismo —dijo ante el asombro de Charly—. Le pidió paciencia y, sobre todo, que no viera fantasmas donde no los había. ¡No le cabía en la cabeza que pensara esas cosas de ella!

Alejandra se mostró dolida por las acusaciones de Charly. No entendía que se sintiera maltratado, o abandonado. Le aseguró que no había parado en toda la noche de hacer su trabajo. Era la directora de comunicación y no una militante eufórica, pensando solo en tomar cava y saltar de alegría con su novio. En aquella circunstancia no le quedaba otra que estar con Carmen y el resto del equipo político. Luego añadió con retintín que no pretendería que les hubiera dicho: “Perdonadme pero tengo que hacer caso a mi novio para que no se sienta mal y me monte un numerito después”.

Charly la llamó mentirosa compulsiva, manipuladora… y le recriminó que siguiera ocultando su relación. ¡Seguro que se avergonzaba de él! —dijo con rabia.

Ella replicó que, encima que todo lo hacía por su bien, para que nadie pensara que quería enchufarlo, tenía que aguantar sus impertinencias y susceptibilidades.

Él la miraba sin dar crédito al cinismo del que hacía gala. Y en tono ácido le echó en cara que para referirse a los cretinos de su equipo empleara el término “sensibilidades” y para él,  “impertinencias y susceptibilidades”.

Alejandra le echó en cara que él se ofendía con facilidad. ¡Era evidente!

La discusión terminó con cada uno en su lado de la cama. Charly estaba de un humor de perros y medio deprimido. Alejandra se mantuvo distante al principio, pero enseguida intentó rebajar la tensión acariciando sus puntos sensibles. Charly le apartó la mano, diciendo que no le tocara más los huevos. Alejandra continuó sin darle importancia.

Poco después, Bimbo, que se había refugiado en su cucha al empezar la bronca, aprovechó el sinfín de jadeos de la reconciliación para acomodarse en el cuarto de sus amos sobre la camiseta y los gallumbos de Charly que estaban por el suelo. Una cama perfecta que le duró lo que quedaba de noche.

A la mañana siguiente, Charly había aceptado las explicaciones de Alejandra, aunque su cerebro le decía de fondo que se equivocaba. La química del amor pudo más que la evidencia racional.

Aun así, la duda reapareció. Se mantenía en un continuo ir y venir hasta Charly le metió un troyano en el móvil y empezó a monitorearle las comunicaciones. Mensajes de texto, wasaps, e-mails… Incluso le activaba el micrófono en remoto varias veces al día.

Pero el amor era más fuerte que la rabia, y Charly no pudo evitar sentirse mal por lo que hacía. Lo mejor era confesárselo todo y no volver a hacerlo. Con ese buen propósito, le preparó la cena — como de costumbre— y estuvo especialmente atento con ella. Vodca-Martini muy seco —como a Alejandra le gustaba—, verduras a la plancha, una tabla de quesos y, aunque Alejandra no solía beberlo, Charly abrió una botella de vino que a ella le pareció buenísimo. Se lo terminaron entre los dos y acabaron follando como si el mundo se fuera a acabar.

Alejandra cayó extenuada en un sueño profundo. Charly estaba despejado y se levantó para recoger la mesa y la cocina. Por la mañana eso era un engorro absoluto. En el móvil de Alejandra no cesaban de entrar mensajes. Charly no pudo reprimir la necesidad de ver quién se los mandaba a aquellas horas, y  se encontró con lo que llevaba tiempo sospechando.

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More next week…

La semana que viene, más…

 


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Charly García G. (10 noticias)
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