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Argentina: Urbanización desproporcionada y abandono de las zonas rurales

19/10/2010 23:26 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Enorme concentración de la propiedad de la tierra en pocas manos. En el presente, la mitad de ella pertenece a menos de 7000 propietarios

Ricardo Osvaldo Rufino mir1959@live.com.ar

La pregunta a responder sería ésta: ¿Por qué motivo los argentinos hemos decidido, masivamente, concentrarnos en las ciudades grandes, medianas y pequeñas, cuando nuestro país cuenta con una economía de base agrícola-ganadera y el territorio nacional es habitable en su mayor proporción y posee tierras de reconocida calidad y fertilidad?

El porcentaje de urbanización de la República Argentina alcanza al 89, 7%. Eso significa que esa proporción de personas habitan en localidades de más de 2000 habitantes. Es el más alto del mundo, junto al de Japón, con el agravante de que el territorio del país asiático es boscoso en un 67% -y, por consiguiente, inhabitable- y su economía es de un perfil netamente industrial-tecnológico.

Las dos principales causas de semejante urbanización se deben a lo siguiente:

1) Enorme concentración de la propiedad de la tierra en pocas manos. En el presente, la mitad de ella pertenece a menos de 7000 propietarios, con el agravante de que 40 millones de hectáreas pasaron en los últimos años a ser posesión de extranjeros. Además, la “aventura” neoliberal de la década del noventa ocasionó la desaparición aproximada del 40 por ciento de los productores rurales -que el país tenía en la década del setenta-, cuando los dos gobiernos del presidente Menem (1989-1995 y 1995-1999) optó por un perfil financiero de la economía nacional, en detrimento de la industria y el campo. En esa época las economías regionales resultaron afectadas por un sistema que privilegió las importaciones (se llegaron a importar hasta duraznos de Grecia, cuando la producción local de esa fruta es abundante), y también por un sistema de transporte que eliminó los ferrocarriles y dejó a la deriva a infinidad de pequeños pueblos del interior del país, que dependían del tren para comunicarse y enviar sus producciones o artesanías a los grandes centros de consumo, caso Buenos Aires, La Plata, Córdoba, Rosario, Santa Fe, Tucumán, Mendoza, etc. En esos años, infinidad de jóvenes debieron abandonar sus sitios de origen y emigrar hacia ciudades en busca de empleo. La desaparición de semejante cantidad de productores rurales significó un verdadero desastre económico y social para nuestro país. El campo se ha recuperado, en gran medida gracias a un marcado incremento de los precios de los productos agropecuarios en el mercado internacional, pero demográficamente la situación permanece idéntica.

2) La expansión de la producción sojera está arrasando con la fertilidad de las pampas argentinas. La soja forrajera alcanza la mitad de la producción de cereales y el área sembrada llega hoy a los 35 millones de hectáreas, casi el 10 por ciento de la superficie total del territorio. Al respecto, el ingeniero Alberto Lapolla, especialista en el tema, señala que: “La sojización desenfrenada, lejos de ser un hecho saludable, constituye un verdadero problema grave para la economía nacional y para la protección de nuestro ecosistema agrícola, así como también para la vida de los habitantes. Pese a esto, la Argentina continua extendiendo la frontera sojera sin límite ni precaución alguna”. El cultivo de la soja se ha convertido en el “oro” argentino (las arcas del Estado se alimentan hoy, esencialmente, de las retenciones a las exportaciones de este cereal), pero tiene tres problemas graves: primero, sus características ocasionan un gran desgaste a los nutrientes de los campos en los cuales se siembra y cultiva, no tiene la benevolencia del trigo, por ejemplo. Esa porción de terreno campestre, si no es rotada adecuadamente, luego de varias temporadas con cultivo de soja queda inutilizado. Segundo, el trabajo de sembradío, mantenimiento y cosecha de la soja son procesos altamente mecanizados, que utilizan maquinarias agrícolas de alto nivel tecnológico y que, por lo tanto, requieren escasa mano de obra. Resultado: muchos peones rurales que tenían trabajo cuando un campo se dedicaba a la ganadería o al cultivo del trigo o maíz, irreversiblemente se quedan sin trabajo…y en muchos casos emigran. Y en tercer término, los agroquímicos que se utilizan para la soja (producidos por el laboratorio Monsanto) son tremendamente nocivos para la salud de los habitantes de los pueblos ubicados en zonas sojeras, esto es las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos y La Pampa. En este contexto de predominio absoluto de la soja, las poderosas multinacionales del cereal –Cargill, Dreyfus, AGD, Nidera y Bung, entre otras- son las máximas beneficiarias. Porque se quedan con un tercio de la renta agraria gracias a arrendar enorme cantidad de tierras y conformar los llamados “pools” de siembra, que al contar con un gran poder tecnológico, aprovechan al cien por ciento las ventajas de este cultivo.

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Como modo de comenzar a encontrarle una vía de salida a este proceso, el diputado nacional Fernando “Pino” Solanas (líder del grupo “Sur”), considera imprescindible la formulación de un Plan Nacional Agropecuario que “repueble el campo, asegure la soberanía alimentaria y la diversidad agropecuaria y de respuestas a todas las regiones, cultivos y productores”. Ello implica –asegura Solanas- establecer juntas nacionales por producto que establezcan precios mínimos y regulen la actividad del sector; restringir la concentración y extranjerización de tierras; promover y apoyar desde el Estado a pequeños productores y campesinos; terminar con el trabajo rural en negro; limitar y controlar el uso de agrotóxicos; proteger el bosque nativo, entre otros requisitos.

En el orden internacional vale destacar que un informe preparatorio para la Conferencia sobre los Asentamientos Humanos –realizada en junio de este año en Turquía- destacó que la migración del campo a la ciudad y, además, la transformación de centros rurales en urbanos, son procesos irreversibles.

Esto deja en evidencia que para el planeta va culminando definitivamente aquel modelo de vida rural, campestre, plácido, sereno y en contacto directo con la naturaleza. La vida, ahora, es y será cada vez más sinónimo de urbano. La raza humana, en su gran mayoría, no fue capaz de ocupar racionalmente los espacios de que disponía. “Prefirió” concentrarse en inmensas urbes y alejarse del verde y del estilo de vida natural. Las consecuencias de este proceso son y serán dolorosas y se pagan, esencialmente, con una brutal disminución en la calidad de vida: esto es, aglomeraciones continuas, contaminación, carencia de espacio vital, en fin, todas las consecuencias que acarrea la superpoblación.

Está claro que este proceso tiene connotaciones internacionales, pero también es evidente que lo sucedido en Argentina supera cómodamente la media.


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