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Árabes cristianos: los fieles olvidados

17/09/2009 23:15 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Seguidores de Jesús desde hace casi 2 000 años, los cristianos nativos empiezan a desaparecer de la tierra donde nació su fe

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LÍBANO En el oriente de Beirut, soldados de infantería cristianos han sembrado símbolos religiosos como advertencia para las milicias chiitas vecinas.

Foto de Ed Kashi

La Pascua en Jerusalén no es para los débiles de corazón. La Ciudad Vieja, irascible y caótica en sus épocas más tranquilas, pierde completamente los estribos en los días que preceden esta festividad, cuando decenas de miles de cristianos de todo el mundo convergen en ella como hordas conquistadoras que marchan por las angostas calles y los vetustos callejones de la Vía Dolorosa.

Han ido a esa ciudad porque es la cuna del cristianismo; porque allí, en Jerusalén y las tierras circundantes sembradas de colinas pedregosas, fue donde Jesús habló, instruyó, murió y, posteriormente, donde sus seguidores oraron, derramaron sangre y combatieron para definir las enseñanzas del maestro. Ocultos con los judíos conversos en las cuevas de Palestina y Siria, los árabes se contaron entre los primeros en padecer la persecución contra la nueva religión y también en recibir el nombre de cristianos. Fue allí, en el Levante (región geográfica que abarca los modernos Estados de Siria, Líbano, Jordania, Israel y los territorios palestinos), donde surgieron centenares de iglesias y monasterios tan pronto como Constantino, emperador de Roma, legalizó la fe cristiana en el año 313, otorgando a sus provincias levantinas la condición de tierra santa; donde, aun después de la conquista árabe musulmana de 638, la mayoría de la población permaneció fiel al cristianismo.

Luego, como gran ironía, las Cruzadas (1095-1291) provocaron que los árabes cristianos, masacrados junto a los musulmanes en el fuego cruzado entre el islam y el Occidente cristiano, emprendieran una gradual retirada hacia la minoría. En la actualidad, los cristianos oriundos del Levante se han convertido en emisarios de un mundo olvidado, único sostén del fiero y acosado espíritu de la antigua Iglesia. En el último siglo, sus comunidades, integradas por diversas sectas ortodoxas, católicas y protestantes, han menguado de un cuarto a un escaso 8  % de la población, debido a que la generación actual abandona la región por consideraciones económicas, para escapar de la violencia o porque los parientes establecidos en Occidente ofrecen ayuda para emigrar. Así, privan al Levante de algunos de sus ciudadanos mejor educados y más políticamente moderados, individuos que esas sociedades no pueden darse el lujo de perder. Por eso la Pascua es una época de regocijo para los cristianos árabes de Jerusalén, como si al cabo de un prolongado y solitario asedio recibieran, finalmente, los refuerzos que tanto necesitan.

En un pequeño apartamento de las afueras de la ciudad, una joven pareja de cristianos palestinos, a quienes llamaré Lisa y Mark, se dispone a entrar en la contienda. Lisa forcejea con la pequeña Nadia, su hija de 18 meses, para ponerle un vestido blanco de fiesta mientras Mark, en pijama, persiste en el inútil esfuerzo de impedir que Nate, su hijo de tres años, arruine el flamante traje de pantalón y chaleco en el que consiguieron meterlo. Trata también de arruinar el televisor, la pintura del niño Jesús que adorna la pared y el florero sobre la mesa. Mark, hombre corpulento e irritable, hace una mueca de exasperación; son las ocho de una fría mañana de marzo y ya suda profusamente. Pero es Pascua, una época de optimismo y esperanza que, este año, tiene una significación especial.

Es la primera Pascua que Mark puede pasar con su familia en Jerusalén. Originario de Belén, en Cisjordania, sus documentos de identidad fueron emitidos por la Autoridad Palestina y requiere un permiso israelí para entrar, mientras que Lisa, cuya familia vive en la Ciudad Vieja, tiene una identificación israelí. Aunque contrajeron matrimonio hace cinco años y alquilan un apartamento en los suburbios de Jerusalén, la ley israelí impide que vivan bajo un mismo techo y, por ello, Mark reside con sus padres en Belén, a poco más de nueve kilómetros de distancia, que para él bien podrían ser 100, pues se encuentra al otro lado de un punto de vigilancia israelí, detrás de una barrera de concreto de siete metros de altura conocida como El Muro.

Mark encuentra muy deprimente que “80  % de los cristianos con los que crecí se hayan marchado a trabajar a otros países”. No obstante, comprende la causa. Trabajador social de profesión, con una especialidad en psicología, Mark lleva dos años tratando de encontrar empleo, cualquiera. “Vivimos rodeados por esta muralla gigantesca y no hay trabajo –explica–. Es como un experimento científico. Si metemos ratas en un espacio cerrado y cada día lo hacemos más y más pequeño, introduciendo nuevos obstáculos y cambiando continuamente las reglas, luego de un tiempo las ratas enloquecen y comienzan a devorarse entre sí. Así es la vida allá”.

Aunque el estrés es la norma para cualquier residente de Israel y los territorios palestinos, los 196  500 árabes cristianos palestinos e israelíes (cuya representación poblacional ha caído de 13  % en 1984 a menos de 2% en la actualidad) ocupan un lugar particularmente sofocante entre los traumatizados judíos israelíes y los traumatizados musulmanes palestinos, cuya creciente militancia a veces deriva en movimientos islamistas regionales contra los árabes cristianos. En los últimos 10 años, “la situación de los árabes cristianos ha empeorado con rapidez”, informa Razek Siriani, cuarentón cándido y jovial que trabaja para el Consejo de Iglesias de Medio Oriente en Alepo, Siria. “Somos una minoría rodeada de voces violentas”, sostiene. Y sumándose a las opiniones expresadas por muchos de sus correligionarios, agrega que los cristianos de Occidente han empeorado sus condiciones “debido a lo que han hecho en Medio Oriente bajo la batuta de Estados Unidos”, comenta, enumerando factores como las guerras de Irak y Afganistán, el apoyo estadounidense a Israel y las amenazas de “cambio de régimen” lanzadas por la administración Bush. “Para muchos musulmanes, sobre todo fanáticos, es como si estuviéramos nuevamente en las Cruzadas, en una guerra cristiana contra el islam. Y como somos cristianos, también nos consideran enemigos. Es un caso de culpa por asociación”.

Igual que todos los árabes cristianos, Mark y Lisa están enzarzados en un continuo debate sobre la conveniencia de abandonar su patria para siempre. Un hermano de Mark vive en Irlanda, otro en San Diego y él mismo estuvo algunos años en Estados Unidos; de hecho, tenía su green card y trabajaba en California cuando regresó a Jerusalén para casarse con Lisa, en 2004. Durante un tiempo, la joven esposa trató de habituarse a la vida en San Diego, pero la nostalgia de su familia llevó a la pareja a regresar a Israel luego del nacimiento de Nate.

Después de los ataques del 11 de septiembre, vivir como árabes en Estados Unidos fue toda una revelación para ambos. “La percepción estadounidense es bien extraña –dice Mark–. Nunca habían oído hablar de árabes cristianos. Presuponen que todos somos musulmanes –entiéndase, terroristas– y que el cristianismo fue inventado en Italia o algo por el estilo. De modo que cuando se enteraban de que somos árabes cristianos nos miraban como bichos raros, como si hubiéramos dicho que la Luna es morada. Incluso una señora me preguntó: ‘¿Qué opina su familia de que sea usted cristiano? ¡Seguro que les molestó muchísimo!’”.

En una montaña que domina el Mediterráneo, cerca de Beirut, un eremita se levanta a las tres de la mañana y alcanza una linterna entre el conocido cúmulo de libros que son, a la vez, la labor de su vida y sus inseparables compañeros de lecho. El hombre de 73 años y barba larga, quien responde al nombre de padre Yuhanna, trabaja hasta el amanecer traduciendo al árabe moderno antiguos himnos cristianos en arameo, la lengua de Jesús, los cuales escribe en un gigantesco tomo encuadernado en piel, del tamaño de un cojín para asiento. Luego eleva sus plegarias, come un trozo de fruta, se pone su hábito negro y su manto, y comienza felizmente a repartir 10  000 bendiciones a cada rincón del mundo.

Como siempre, su primera escala es Alaska, donde “se llena de aire fresco”; prosigue por América del Norte y del Sur antes de saltar hacia África, continuar por Medio Oriente, cruzar Europa y dirigirse después a Rusia y Asia, donde tuerce hacia el sur hasta Australia. Ese viaje cotidiano le lleva tres o cuatro horas y casi siempre (si no prolonga su estadía en lugares especialmente conflictivos) regresa a casa hacia el mediodía. A simple vista, no es más que un anciano que camina por un jardín, pero para los amigos y seguidores que acuden en centenares a escuchar sus enseñanzas sobre Jesús, el padre Yuhanna es un santo, el heredero de influyentes eremitas como Simeón Estilita, asceta del siglo V que, durante más de 30 años, vivió en lo alto de una columna de piedra en la campiña siria inspirando la devoción de los lugareños.

Es difícil postular a los cristianos maronitas como candidatos a la santidad. Fundada por Marón, eremita del siglo IV, desde sus inicios la secta parecía destinada a labrarse por la fuerza un sitio en la historia. Al morir san Marón, en 410, se desató una amarga contienda entre sus seguidores por la custodia del cuerpo; en el lapso de una generación, los maronitas comenzaron a disputar con sectas cristianas rivales por principios teológicos y, al llegar el islam, se opusieron también a los musulmanes. La inevitable persecución los condujo por las montañas de Siria hasta Líbano, donde buscaron los valles más inhóspitos, fortificaron sus cuevas y escarpados monasterios, y se dieron a la tarea de defenderse del ejército del califa. A fines del siglo XI, cuando los cruzados franceses marcharon hacia Jerusalén, los maronitas abandonaron las montañas para dar la bienvenida a sus correligionarios cristianos. Unos 800 años más tarde, al finalizar la Primera Guerra Mundial, cuando Francia tomó el control de Siria (incluido Líbano) recompensó a los maronitas adecuando la futura nación libanesa a sus necesidades. Para 1943, cuando Líbano logró su independencia, los maronitas –francófonos y promotores de la afinidad cultural con Europa– eran la única mayoría árabe cristiana en una nación del Medio Oriente.

Entre 1975 y 1990, los maronitas se destacaron como los milicianos más feroces en la guerra civil de Líbano, emprendiendo violentas campañas contra facciones locales (chiitas, sunitas, drusos y palestinos) en las zonas de combate de Beirut; pero hoy, la otrora mayoría cristiana libanesa se ve cada vez más relegada al papel que tan bien conocen sus correligionarios de otros países de Medio Oriente. Luego de décadas de emigración, sus cifras han caído por debajo de 40  % de la población general y, en respuesta al desafío, los líderes maronitas han forjado nuevas alianzas: una con el ascendente grupo chiita Hezbolá y otra con una coalición de sunitas y drusos. De tal suerte, las milicias cristianas se han transformado en un movimiento clandestino, pero ello no significa que se hayan ablandado.

Milad Assaf es un simpático vendedor de azulejos de mediana edad que sirve en la infantería del poderoso partido político maronita conocido como Fuerzas Libanesas (FL). Desde el balcón de su acribillado apartamento en un quinto piso, en el oriente de Beirut, Milad tiene una vista clara de los extensos vecindarios chiitas situados justo al margen de una bulliciosa avenida que representa la “línea roja” entre el territorio cristiano y el de las milicias chiitas que combaten por Hezbolá y su aliado, el Movimiento Amal. “Es como vivir en un campo de tiro”, informa con una carcajada.

En abril de 1975, Milad tenía seis años cuando una pandilla de cristianos precipitó la guerra civil libanesa disparando contra un autobús repleto de refugiados palestinos, acción que buscaba enviar un mensaje a los combatientes que por entonces merodeaban las calles de Beirut y ambicionaban convertir Líbano en una base de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). El ataque contra el autobús, que cobró 27 vidas, ocurrió a una cuadra de la casa de Milad, frente a una estatua de la Virgen María en tamaño natural, la cual no ha sufrido el menor daño a pesar de las ráfagas de armas pequeñas, granadas propulsadas y bombas israelíes que han surcado el cielo de la ciudad desde 1975. “Piénselo bien –insta Milad–, ¡y dígame si no es un milagro!”.

Ain al-Rumaneh, el barrio de Milad, es un sector peligroso plagado de edificios de apartamentos y pequeños negocios acribillados, donde casi cada superficie lisa está marcada con el emblema de las Fuerzas Libanesas: una cruz con la base cortada en diagonal, como una espada. Luego de los recientes enfrentamientos contra chiitas, Milad y sus camaradas levantaron en una acera una cruz de madera de cuatro metros y medio de altura y, justo detrás, cubrieron una pared de madera laminada con carteles impresos con la imagen de Jesús. Por último, instalaron reflectores para que los combatientes de Hezbolá, al otro lado de la avenida, leyeran el siguiente mensaje las 24 horas del día: “Ain al-Rumaneh es cristiano. No se metan aquí”.

Arabes

Ya a los 12 años, cuando se unió a las FL, Milad se movía con la arrogancia de un shabb o tipo rudo. No tiene idea de cuántos hombres mató durante la guerra y, aunque ha entrado y salido de prisión docenas de veces, a sus 40 años no renuncia a la estimulante vida del combatiente. Con el cabello ralo peinado al estilo de Elvis, ostenta una gran cruz de las FL que pende de su cuello en una cadena de oro, la misma que lleva tatuada en el brazo. Igual que muchos varones árabes cristianos, Milad se ejercita con regularidad y, no obstante el ligero abultamiento de la barriga, está orgulloso de su pecho atlético que cubre con una ceñida camiseta Armani de color blanco, bajo la cual contrae continuamente sus bíceps y músculos pectorales; parrandea en un SUV modificado, bebe en exceso y rompe muchos corazones. Desde la guerra con Israel, en julio de 2006 –la cual arruinó la economía libanesa y fortaleció la posición de Hezbolá–, su negocio de azulejos ha sufrido fuertes pérdidas pero, como todo el mundo, Milad confía en superar la crisis.

La inestabilidad crónica del país ha disparado el desempleo hasta en 20  %, ahuyentado a los inversionistas extranjeros y debilitado la antes vigorosa vida comercial de Líbano. Una semana antes, mientras viajaba por territorio maronita en el Valle del Qadicha, me detuve en un negocio de Becharré, población localizada al borde de un despeñadero donde nació el poeta Khalil Gibran. “Usted es el primer cliente del día”, anunció Liliane Geagea, mujer de cabello oscuro que atendía el mostrador. Eran las 11 de la mañana de un soleado sábado de abril, temporada alta para el turismo y, sin embargo, el lugar estaba vacío. “Con tantos problemas, la gente ha dejado de venir –explicó–. Todos están ahorrando para irse de este lugar de locos. Yo también. He dado al país 45 años de mi vida, casi siempre en guerra, pero basta ya. Estoy harta, igual que mi familia. Mi hija estudia en la Universidad de Beirut y mi consejo para cuando se gradúe es: vete a Estados Unidos, vete a Europa o Australia, no importa adónde. Sólo vete de aquí y llévame contigo”.

A pocas horas al oriente de los frentes de batalla entre musulmanes y cristianos de Beirut, y como trasfondo de las hostilidades actuales, otras comunidades nos recuerdan la estrecha relación entre ambas religiones. En Siria persisten oasis de tolerancia (antiguamente más comunes) donde cristianos y musulmanes conviven en bodas y funerales, y comparten sus lugares de culto. Los cristianos aún se postran a orar en ciertos monasterios, costumbre bizantina que los primeros musulmanes seguramente admiraron y adoptaron; algunas iglesias siguen oficiando en arameo o siríaco, lenguas que anteceden al islam.

Cierta tarde visité el santuario de Nuestra Señora de Saydnaya, un antiguo convento griego ortodoxo que, desde 547, ha resistido las tormentas del imperio en las alturas de un acantilado. Al entrar me encontré no con cristianos, sino con numerosas familias musulmanas que habían ido a pedir las bendiciones de la virgen allí venerada, cuyos poderes de curación y fecundidad han atraído a gente necesitada desde hace casi 1  500 años.

Mientras mis ojos se habituaban a la penumbra del santuario interior, iluminado con velas, observé a una mujer que, con la cabeza cubierta por una pañoleta, presentaba a su bebé en el altar central del sagrario donde, rodeada de iconos ennegrecidos por el hollín, se encuentra una pantalla de latón que cubre la imagen de María, atribuida a san Lucas e inspiradora de profunda devoción, aunque esté oculta. Con los ojos cerrados y los labios moviéndose en plegaria silenciosa, la madre de la criatura presionó el rostro contra la placa de metal durante un momento. Más tarde, fuera del templo, encontré a la mujer y su familia, quienes habían llegado desde Damasco al concluir las oraciones del viernes en su mezquita.

Recelosos de los extraños, sólo revelaron el nombre del niño enfermo, Mahmoud. El pequeño, de siete meses y envuelto en una frazada verde, yacía inmóvil, con los ojos cerrados, la respiración apenas perceptible y el rostro café grisáceo. “El doctor dijo que no podía ayudar a Mahmoud y que debíamos llevarlo a Estados Unidos para que lo operaran –informó la madre–. Pero eso es imposible, así que hemos venido a pedir un milagro. Aunque soy musulmana, mi familia fue cristiana hace mucho tiempo. Creo en los profetas –musulmanes, judíos y cristianos– y en María. He venido a rogarle que cure a mi niño”.

Semejantes escenas traen a la memoria la historia levantina de los primeros días del islam, época de coexistencia entre musulmanes e individuos de otras religiones. Alrededor del año 636, cuando el califa musulmán Omar le arrebató Siria al Imperio Bizantino, ordenó proteger a sus súbditos cristianos permitiendo que conservaran sus iglesias y rindieran culto según su tradición. Con todo, muchos cristianos se convirtieron al islam, pues preferían el énfasis en la comunión directa con Dios a las opresivas jerarquías de la Iglesia bizantina. Pero cuando los siguientes califas impusieron onerosas cargas impositivas a los cristianos, la conversión cobró auge entre los aldeanos pobres, de manera que para aquellos antiguos árabes cristianos, que designaban (y aún designan) a Dios con el nombre de Alá, la aceptación de los dogmas islámicos fue más como pasar un arroyo que saltar un abismo.

“Es imposible vivir 1  000 años junto a otras personas y verlos como hijos de Satán –observa Paolo Dall’Oglio, monje corpulento y de facciones duras que invita a los musulmanes al diálogo interreligioso en Deir Mar Musa, monasterio desértico del siglo VI situado entre Damasco y Homs, que él y sus seguidores árabes han restaurado–. Por el contrario, somos iguales a los musulmanes y aunque Occidente no haya aprendido la lección, los árabes cristianos están especialmente capacitados para enseñarla. Ellos son el último vínculo crucial entre los cristianos de Occidente y el mundo árabe musulmán. Si los árabes cristianos desaparecieran, la división se haría mucho más profunda de lo que es en la actualidad. Ellos son los intermediarios”.

De vuelta en Jerusalén, Mark y Lisa tienen conciencia clara del papel de los árabes cristianos en los dramas geopolíticos de la actualidad, pero viven en un mundo volátil, donde los intermediarios están en constante peligro de ser pisoteados por musulmanes, judíos o cristianos occidentales, quienes, de manera muy similar a los cruzados, los ignoran por completo en su carrera para reclamar la tierra sagrada de Dios.

La mañana de Pascua, Mark y Lisa, vestidos con sus mejores galas, forman una atractiva pareja que camina por la acera llevando de la mano a Nate y Nadia hasta el auto familiar, un Honda marrón rojizo de medio uso. Es un momento de gran orgullo, la primera Pascua que pasan juntos en Tierra Santa, y Lisa, al notar el abundante polvo que cubre el vehículo, le pide a Mark que lo enjuague. El hombre va a buscar la manguera y la conecta a la toma de agua que comparten con sus vecinos, quienes salen al porche para observar la acción cubiertos con sus kufiyyas e hiyabs. Con gran emoción, Lisa explica a los chicos que papá está bañando el coche por la Pascua y en ese momento, como respondiendo a una señal, Mark aprieta la boquilla de la manguera. Nada. Revisa la toma de agua y vuelve a apretar. Otra vez nada. Manguera vacía en mano, se queda parado e impotente frente a hijos, vecinos y visitantes extranjeros. “Imagino que han abierto las tuberías que abastecen los asentamientos –informa con voz baja, haciendo un ademán hacia los centenares de nuevas viviendas judías en las colinas cercanas–. No hay más [agua] para nosotros”. Lisa sigue tratando de explicar la situación a los niños mientras el auto se aleja de la acera.

“Odio a los israelíes –declara Lisa un día, inesperadamente–. De verdad los odio. Todos nosotros los odiamos. Creo que incluso Nate empieza a odiarlos”.

“¿Odiar no es pecado?”, pregunto.

“Claro que sí –responde–. Por eso soy pecadora. Pero me confieso cuando voy a la iglesia y eso sirve. Estoy aprendiendo a no odiar; entre tanto, me confieso”.

“El odio destruye el espíritu– sentencia el padre Rafiq Khoury, sacerdote palestino de suaves modales que escucha la confesión en el Patriarcado Latino de Jerusalén–. A pesar de todos los problemas, de la violencia y desesperación que expulsan a los cristianos, percibo la promesa de nueva vida en el rostro de los jóvenes y me anima la esperanza, que es el don de Dios para la humanidad. Ese es el mensaje de la Pascua”.

Sin embargo, incluso en la Pascua, los árabes cristianos parecen ser los olvidados. La noche del Viernes Santo acompaño a Lisa y Mark a la misa en la enorme Iglesia de Todas las Naciones, contigua al Jardín de Getsemaní, en la zona oriental de Jerusalén. Mark, quien no resiste las multitudes, permanece afuera con Nate en el fresco aire vespertino, pero Lisa, quien ha asistido a esa celebración desde su infancia, quiere entrar. Aunque hay pocos feligreses, nos paramos alejados de los bancos de la iglesia, a pocos metros de la entrada, pues Lisa lleva a Nadia en la carriola. Entonces, mientras admiramos el ornamentado altar y el vestíbulo, las hordas de cristianos que circulan por Jerusalén entran intempestivamente en el edificio como una plaga del Antiguo Testamento.

Centenares de peregrinos cruzan a empellones las puertas dobles, llenando el cavernoso espacio con sus cuerpos calientes y haciendo que nos adentremos más en el templo. La temperatura sube con rapidez y empieza a faltar el aire. Me vuelvo a mirar a Lisa y descubro que una expresión de angustia tuerce sus rasgos mientras afianza el cochecito y trata de resistir la fuerza del río de humanidad que fluye al interior de la iglesia. Holandeses, alemanes, coreanos, nigerianos, estadounidenses, franceses, españoles, rusos, filipinos, brasileños: la multitud se empuja para avanzar, hambrienta de una mayor proximidad con Dios.

En ese momento, la decisión de Lisa de llevar consigo a Nadia se revela como un error. A nivel de la vista, algunas personas descubren el espacio que deja la carriola y pugnan por ocuparlo sin darse cuenta de que allí duerme la niña hasta que, prácticamente, caen sobre ella. Con los ojos dilatados, Lisa se esfuerza por proteger a Nadia de la prensa de cuerpos. Como si vadeáramos aguas profundas, tratamos de hacer camino para el cochecito hasta las puertas de la iglesia, pero varios extranjeros responden con hostilidad a la diminuta árabe que se mueve en sentido contrario; la agresividad adquiere incluso expresión física mientras nos abrimos paso entre la muchedumbre. Al cruzar las puertas, el gentío disminuye apenas un poco. Lisa se inclina hacia mí, tratando de hacerse oír en el caos que nos rodea. “¿Se da cuenta? – pregunta, jadeante, en la colina donde Jesús pasó su última noche en la Tierra–. Este es nuestro hogar, ¡y pareciera que no existimos!”


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