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Aprendiendo a reconocer y controlar nuestras emociones en pareja. Primera parte

08/11/2009 19:24 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Hay parejas que confrontan esporádicamente, pero otras han establecido una rutina de confrontación que se puede comparar con el efecto que produce una piedra al ser arrojada a un estanque de agua en calma

Psicólogo clínico, Sexólogo acreditado como tal por la Federación Latinoamericana de Sociedades de Sexología y Educación Hay parejas que confrontan esporádicamente, pero otras han establecido una rutina de confrontación que se puede comparar con el efecto que produce una piedra al ser arrojada a un estanque de agua en calma. Al principio la reacción del agua es local y si es lo suficientemente estable es absorbida sin dificultad; sin embargo al repetirse la secuencia el impacto es mayor y la reacción ya es más amplia y abarcativa. Estos incidentes repetidos están marcando la inseguridad de la relación y la creciente susceptibilidad ante cualquier disparador que inicie una nueva secuencia.

Las confrontaciones reiteradas tienen un efecto desgastador porque se hace progresivamente más difícil acceder a algún tipo de acuerdo central; esto sucede porque las parejas ya no discuten sobre un tema en particular, sino que discuten acerca de cómo discuten y de quien discute. Cada debate es una suma de todos los debates que han tenido en el pasado.

La clave para reconocer este estado está en darse cuenta que hay una secuencia emocional repetida con independencia de los temas concretos. Estas emociones como la ira, el rencor, el miedo, la furia, se expresan a través de recriminaciones tales como:

¡No entiendes!

¡No te importa lo que siento!

¡No me escuchas!

En algún momento de esta confrontación se produce un malestar emocional intenso que impulsa al más agotado a la retirada a un refugio defensivo, es decir que se establece una distancia afectiva con el otro.

A partir de allí cualquier cosa que se diga o haga será vivida como una acusación, un intento de dominio o de descalificación. Sin embargo esta retirada no suele tranquilizar a la otra persona, sino que puede impulsarla a redoblar sus argumentos o acusaciones en forma cada vez más enfática, buscando “hacer entender” o “convencer” de su propio modo de ver la situación.

Como evidentemente no obtiene respuesta alguna, se siente a su vez agredido, con lo cual se equiparan emocionalmente. Ambos se inundan de rencor.

Hay dos razones básicas por las cuales se produce ese distanciamiento; la primera es el sentirse rechazado (no querido), la segunda sentirse abandonado, por ello es que la rabia se transforma en resentimiento.

Cuando los motivos originales de los conflictos son distorsionados o negados, se produce un desplazamiento hacia temas que parecen periféricos o menores, pero que adquieren una relevancia insospechada. Una toalla abandonada, mojada y solitaria en el piso del baño se transforma en una metáfora del desprecio por los derechos del otro. Pero la base no está evidentemente en la toalla sino que eso se traduce por:

-Me importa una “raja” tu confort.

-Me carga tu preocupación por el orden.

Eso equivale a abandono y rechazo. Las confrontaciones entonces se sitúan como la punta del iceberg de un conflicto más profundo. En ese sentido las emociones del presente se vinculan con los sentimientos dolorosos del pasado. Con todas aquellas situaciones en que alguno se sintió herido.

Las confrontaciones reiteradas tienen un efecto desgastador porque se hace progresivamente más difícil

El psicólogo estadounidense John Gottman ha registrado estas escenas en un laboratorio de comportamiento, a través de las grabaciones en vídeo él puede mostrar el punto en el que un enfrentamiento conyugal se convierte en pura defensividad, hostilidad e insultos. Este estado coincide con la aceleración del pulso; a medida que las pulsaciones aumentan, la capacidad de interactuar con cierta armonía desaparece. Es una correlación directa y llamativa: tan nítida que Gottman les aconseja a las parejas en conflicto que se tomen el pulso en medio de la disputa.

Para ambos sexos, escribe Gottman, haber pasado las cien pulsaciones es razón suficiente para terminar la escena. Una persona cuyo corazón late a una velocidad de cien pulsaciones por minuto, debido a la furia y no a un ejercicio aeróbico, ya no es capaz de comprender ni de responder inteligentemente lo que su compañero o compañera está tratando de decirle. En ese nivel sólo se registra ansiedad, angustia, malestar corporal. Podemos llamar a este estado “desbordamiento”, la metáfora es evidente porque cuando algo se desborda se pierden los límites y estos son reemplazados por el descontrol.

Tenemos umbrales diferentes que facilitan o inhiben el desbordamiento, algunos toleran sin inmutarse diferentes tipos de confrontación, mientras que otros tienden a reaccionar intempestivamente ante la menor crítica. El punto principal es que a medida que el conflicto se hace crónico el desbordamiento se hace más frecuente, con lo cual se profundiza la sensación de deterioro de la relación.

Y cuando las opciones “racionales” se agotan a veces no queda nada más que el grito, el aullido, el llanto, o la violencia, es decir la expresión de emociones primitivas arraigadas desde la infancia en nuestro cerebro emocional.

El conflicto crónico a su vez enferma a quienes participan de él, porque se produce un estado de estrés sostenido, con efectos tales como ansiedad permanente, depresión, trastornos alimentarios, trastornos del sueño, perturbación de las relaciones familiares y laborales.

Las personas se enferman con mayor facilidad porque aumenta el nivel de las hormonas responsables de la inhibición del sistema inmune (adrenalina, noradrenalina y ACTH). Las investigaciones señalan que las mujeres son más susceptibles a enfermar que los varones frente a los estados de desbordamiento emocional repetidos.

Yo dije, yo no lo dije.

Yo no quise decir eso

Tú dijiste

Me dijiste

No oigo

Estoy sorda.

Parece una poesía, pero no lo es, simplemente coloqué algunas expresiones habituales en una secuencia antojadiza que señala el monólogo y la sordera final. Porque no vale la pena seguir allí para sufrir, mejor retirarse, sino a otro espacio físico, por lo menos a un espacio interior no contaminado.

Esto se llama desconexión.

Otras parejas son capaces de debatir más civilizada y democráticamente sus desacuerdos, aunque muchas veces se los ve inmersos en un ciclo interminable de enojos y reconciliaciones. Uno de los más sorprendentes escenarios en la terapia se produce cuando llegan a la consulta personas cuyo único vínculo parece ser el conflicto y el afán de demostrar al otro lo equivocado que está, aunque para demostrarlo se haya usado el mismo argumento durante los últimos diez años. Continúan los enfrentamientos porque esa acción es su único nexo, sin ellas ya serían extraños y entonces comprenderían que no les queda más que la separación.

Una amiga contaba la siguiente historia:

¿Usted alguna vez deseo matar a su marido?

-Matar lo que se dice matar nunca, pero tirarlo por la ventana muchas veces.


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Autor:
Fidelam (4709 noticias)
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Nota de prensa
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