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¿Antiguos astronautas?

23/10/2010 13:02 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

300px-Sirius_A_and_B_Hubble_photoLas décadas de los setenta y ochenta del siglo pasado vieron surgir todo tipo de historias sobre supuestas visitas extraterrestres. Encuentros cercanos con entidades de otros mundos, secuestros de personas en todos los rincones del mundo para ser llevados a bordo de platillos volantes y, una vez allí, sufrir una serie de experimentos médicos, o la aparición en los cielos de luces inexplicables, seguidas desde tierra por insidiosos contactados que prevenían a la humanidad de un trágico e inminente final del que sólo nos podían salvar esos hermanos mayores venidos de los cielos.

Llegaron los noventa y, salvo por la manía de las abducciones, todo aquello quedó bastante olvidado. Hoy sólo resta el recuerdo de una época en la que la ficción se mezclaba demasiadas veces con datos reales en una especie de mezcolanza extraña que encontraba eco en periódicos, cadenas de televisión y, sobre todo, revistas y libros. Reconozco que todo aquello tenía su gracia, hasta incluso un lado romántico que emparentaba con tramas similares a las de películas de serie B de los años cincuenta. Una pena que ni una sola de aquellas historias tuviera ni la más mínima verosimilitud. Ahora bien, para unos pocos fue una época dorada, verdadera mina de hacer dinero con historias asombrosas que se hacían pasar por reales. Hoy quisiera rescatar brevemente dos de esas historias, centradas en los antiguos astronautas, narraciones en las que se quería convencer al público de la visita en la antigüedad de extraterrestres a nuestro planeta. Son historias entrañables, muy detalladas en algunos casos, con pruebas materiales, científicos implicados y análisis de materiales de otros mundos. Una pena que ni las pruebas se hayan podido localizar, ni los personajes citados fueran reales en la mayor parte de los casos. Ya he citado en otras ocasiones episodios que han sido repetidos decenas de veces en libros de diversos autores y que se tuvieron como "verídicos" durante un tiempo. El patrón común en todos estos casos es que partían, sin excepción, de una narración aparecida en las fronteras de la ciencia ficción con la supuesta crónica y que, de ahí, pasaban a ser adoptados con rapidez por publicaciones de todo tipo como historias supuestamente reales. Luego, la mancha de tinta se extendía año tras año saltando de un libro a otro hasta que aparecían citadas las mismas historias, con aderezos personales aquí y allá, en tantas ocasiones que hasta el más cuerdo empezaría a dudar de si no habría algo de verdad en ello.

Por supuesto, nadie lo intentaba, ninguno de los que citaban la historia o caso se molestaba ni lo más mínimo en averiguar si los datos que transcribía, a su modo, eran o no ciertos. Posiblemente porque la mayor parte de ellos ya sabían que todo era una sencilla invención pero reconozco que sé de más de uno que añadía con pasión en sus libros muchas de estas historias recopiladas creyendo todo lo que en ellas aparecía. Mencioné hace años el caso de Rudolf Fentz, tan magistralmente desenmascarado por Chris Aubeck, la historia de un supuesto personaje que viajó en el tiempo desde finales del siglo XIX hasta el Nueva York de la década de los cincuenta. No repetiré aquí los detalles que ya mencioné entonces, baste decir que Aubeck hizo lo que nadie se había atrevido hasta entonces. Trazó un camino cronológico a la inversa y se molestó en seguir la historia narrada en decenas de libros viendo cómo mutaba y cambiaba a lo largo de los años. Al final, lo que se daba como un caso "perfecto", en el que se citaban informes policiales, nombres de testigos y muchos otros detalles, resultó no ser más que una magnífica historia de ciencia ficción de un autor bastante conocido que fue copiada y modificada por generaciones de revistas de lo "oculto" como hecho real. Nadie hasta entonces se había molestado en comprobar si los personajes citados habían existido realmente. Por desgracia para la fantasía, ni uno solo de ellos era real, aunque décadas de ávidos lectores creyeron todo el bulo sin pestañear. Es lo que pasa cuando no se tira del hilo buscando las fuentes originales y se confía plenamente en lo que ciertos autores de gran éxito narraban como algo fantástico pero a la vez real.

Con los antiguos astronautas sucede lo mismo, son historias repetidas hasta el aburrimiento que aportan muchos nombres, citan referencias acerca de supuestos científicos o grandes descubrimientos de objetos que, en todos los casos, nunca existieron.

He aquí un caso que durante algunos años intrigó a muchos autores y que, por desgracia, ni se molestaron un minuto en verificar uno solo de los datos que tan gustosamente se lanzaban a transcribir, se trata de los discos de Dropa. Al fin se había encontrado una prueba contundente de la llegada de visitantes extraterrestres a la Tierra hace milenios. Al menos eso era lo que anunciaba un libro publicado en 1978 por un tal David Agamon y titulado Sungods in Exile. La obra fue citada y repetida muchas veces a lo largo de la década de los ochenta hasta que perdió fuerza más adelante con el cambio de siglo. Agamon contaba en tono de asombro continuo que había conocido a un venerable profesor de la Universidad de Oxford que le había cedido ciertas notas acerca de algunas excavaciones arqueológicas secretas. Según estas notas, un grupo de arqueólogos chinos habrían descubierto a lo largo de 1947 en las montañas tibetanas de Baian-Kara-Ula algo excepcional, siguiendo una pista dejada por un investigador a finales de la década anterior. En unas cuevas que parecían excavadas de forma artificial se hallaron gran número de tumbas en las que se habían enterrado pequeñas criaturas de esqueleto antropomorfo. Junto a las tumbas, pinturas en las paredes de las cuevas que parecían mapas estelares y la crónica de un aterrizaje forzoso de una nave espacial, junto con escenas de luchas de pequeños hombrecillos contra habitantes de las montañas. La historia no estaba nada mal, esqueletos con grandes cabezas y cuerpos frágiles, dataciones cronológicas que situaban el escenario hace más de 10.000 años, masacre de los visitantes por parte de belicosos humanos y un ingrediente muy especial. Entre las tumbas se encontraron decenas de pequeños discos de piedra primorosamente tallados como si de discos de vinilo se tratara, con surcos repletos de inscripciones microscópicas. En nuevas versiones de otros autores se afirmó que los discos reaccionaban a la presencia de campos eléctricos y que contenían información codificada en su interior que podría ser extraída por medio de novísimas técnicas informáticas. ¿A que tiene su atractivo como historia de ciencia ficción? Naturalmente, todos los datos que aparecen en el libro original, así como los que se citan en las versiones posteriores, no pueden ser confirmados. Es más, las pocas fotografías que circulan de los supuestos discos Dropa, con su característico agujero central, no se parecen mucho a los descritos en el libro y han sido identificados positivamente como elementos típicos de antiguos ritos funerarios chinos. Los hombrecillos mencionados por el pueblo Dropa, que llegaron del espacio hace milenios, dejaron pues una huella en nuestro mundo en forma de discos en que guardaron sus conocimientos y que fueron dispersados por museos de China, Japón y la Unión Soviética. Una pena que ni una de las localizaciones citadas en diversas publicaciones corresponda a un museo que guarde en su interior uno de estos discos. Uno solo hubiera bastado para despertar el asombro, pero ni el profesor de Oxford existió nunca, ni las decenas de detalles que aparecen tienen ni pies ni cabeza. La historia fue defendida como verídica por muchos autores, sin poder presentar ni una sola prueba, sólo su propia convicción, hasta que mediados los noventa apareció el verdadero autor del libro, que lo publicó bajo seudónimo, narrando cómo creó todo el montaje partiendo de informaciones de todo tipo, desde viejas revistas soviéticas hasta novelas de ciencia ficción, todo ello motivado por el éxito que estaban teniendo los libros de Erich von Däniken. Lo curioso es que, incluso después de descubrirse el bulo por completo, han seguido publicándose durante años reportajes y libros sobre los discos de los Dropa como si de una historia real se tratara, siendo consumidos ávidamente por crédulos lectores.

A lo largo de esa época dorada de los antiguos astronautas surgieron historias así por todas partes. Sólo unas pocas consiguieron llegar a miles de lectores o, lo que es igual, lograron buenos rendimientos económicos. Sin duda, una de las bestias de la mitología actual que más ha sido alimentada por un número sorprendente de autores es el caso de los dogón y Sirio. En Mali habita el pueblo dogón que, aparte de ser conocido por sus peculiares máscaras, hoy día es prácticamente inseparable del mito de los visitantes extraterrestres de Sirio y, como tal, ha generado toda una pequeña industria turística de la que muchos dogones son partícipes de forma muy avispada. Mientras haya alguien que visite las pinturas prehistóricas localizadas en tierras dogón y vea en ellas antiguos astronautas, el mito perdurará.

Todo el lío empezó cuando, entre los años treinta y los cincuenta del pasado siglo un antropólogo francés, Marcel Griaule, visitó a los dogón para realizar estudios sobre su cultura y costumbres. Fruto de sus viajes fueron cientos de páginas en las que describía con fascinación toda una sociedad de gran complejidad y creencias asombrosas. De poco ha servido que autores posteriores hayan desmenuzado lo escrito por Griaule y hayan encontrado bastantes inconsistencias que rayan lo imaginario, porque la semilla del mito de Sirio estaban ya bien enraizadas. Partiendo de lo que supuestamente le narró un anciano dogón al antropólogo francés, se creó una atractiva historia que nos cuenta muchos detalles sobre la fascinación de los dogón por la estrella Sirio, la más brillante del cielo nocturno terrestre. Para Griaule y autores posteriores, el antiquísimo pueblo que habita en Mali tendría ancestrales conocimientos astronómicos muy avanzados, tanto que habrían tenido conocimiento de que Sirio en realidad no es una estrella, sino un sistema estelar múltiple, algo que sólo podría averiguarse empleando telescopios, o bien si te lo cuenta alguien que proceda de las estrellas.

De poco sirvió que otros antropólogos que también visitaron a los dogón a principios del siglo XX afirmaran que ellos no habían escuchado narraciones similares, ni siquiera parecidas, porque para muchos autores ya estaba todo claro: hace milenios llegaron a la Tierra naves extraterrestres en las que seres extraños, mitad mamífero y mitad pez, enseñaron a los antiguos dogones ciertas artes y técnicas agrícolas, antes de volver a las estrellas. Eso sí, prometieron regresar y, además, se molestaron en contar a los lugareños que allá arriba Sirio es un sistema formado por varias estrellas. De ahí a que a medidados de los setenta Robert Temple se hiciera famoso gritando a los cuatro vientos que prácticamente la humanidad fue instruida por esos visitantes de Sirio, sólo había un paso. Toda una tribu de seguidores repitió, y todavía repite, la misma historia. Una pena que el trabajo de Griaule haya sido ya desacreditado por muchos otros antropólogos y que haya constancia de que en las tradiciones africanas poco o nada de lo citado era real. Eso sí, tiene gracia, en los tours turísticos por Mali la historia ha sido incorporada ya a la tradición local porque, ya se sabe, el dinero tiene su encanto.

Es curioso observar cómo todas estas historias tienen elementos muy similares. Aparecen como fuentes supuestos científicos, arqueólogos o historiadores, en algunos casos reales pero en la mayoría completamente imaginarios. Esos personajes "respetables" o bien legaron papeles secretos o fueron menospreciados por una supuesta conspiración para ocultar los datos hasta que heroicos autores de best sellers los rescataban. Ninguna de estas historias aguanta un mínimo análisis racional, pero su fuerza, que se basa en unir elementos imaginarios con otros reales, hizo soñar a muchos miles de lectores que pensaron que lo maravilloso era posible y que viajeros de otros mundos habían visitado nuestro planeta y, posiblemente seguían haciéndolo. Y, de esa forma, encontró eco la idea de que las líneas de Nazca fueron trazadas a modo de puerto espacial para naves espaciales, que las pirámides de Egipto fueron levantadas por alienígenas, o que en el Antiguo Testamento se describen aparatos volantes procedentes de otros mundos. Lo más curioso de todo es que, a pesar de que en muchos de los casos de historias de antiguos astronautas se ha destapado ya toda la trama imaginaria a su alrededor, siguen siendo citados en muchos libros o revistas como pruebas "irrefutables" acerca de la existencia de extraterrestres visitándonos.

Imagen: Sirio A y B, Telescopio espacial Hubble/NASA-ESA. H. Bond (STScI) y M. Barstow (University of Leicester).


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Fuente:
alpoma.net
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Reportaje
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